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LUNAS PROHIBIDAS - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 Anatomía de una Posesión
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12: Anatomía de una Posesión 12: Anatomía de una Posesión La casa dormía.

Un silencio pesado, cargado del cansancio de las rutinas domésticas, del olor a cena ya fría y a limpio reciente, colgaba inmóvil en el aire oscuro del pasillo.

El único sonido era el tic-tac lejano y metódico del reloj del recibidor, marcando el paso de un tiempo que ya no me pertenecía, y el rumor de mi propia sangre apresurándose en los oídos, un torrente sordo y constante que me anunciaba la traición a cada latido.

Había esperado.

Una hora completa después de que la franja de luz bajo la puerta del cuarto de mis padres se extinguiera, sumiéndolo todo en una oscuridad uniforme.

Una hora entera tumbado en la rigidez de mi cama, clavando la vista en las sombras del techo, sintiendo todavía el eco del agua caliente en mi piel —la ducha de antes, un ritual de purga que no había funcionado— y el sabor salado de Maya, un fantasma de sabor que persistía en mis labios como una verdad física.

La promesa, o había sido una orden, no dejaba de girar en mi cabeza, densa y tangible: Vienes a mi cuarto.

Finalmente, las mantas cedieron.

Las tablas del suelo, viejas y conocidas, crujieron bajo el peso descalzo de mis pies con un estallido seco que me pareció desgarrar el silencio.

Me quedé petrificado, conteniendo el aliento hasta que me ardieron los pulmones, escuchando más allá del zumbido de mi propia tensión.

Nada.

Solo aquel tic-tac implacable desde la lejanía de la casa.

Respiré hondo, un aire que olía a polvo nocturno y a quietud, y crucé el umbral hacia el pasillo.

Allí estaba.

La puerta de Maya.

No estaba completamente cerrada.

No del todo.

Una rendija angosta, del grosor de una moneda, mostraba en su base una línea de luz tenue y viscosa, del color de la miel derramada en la penumbra.

Mi mano se alzó, la palma húmeda de un sudor frío que nada tenía que ver con el calor, y se posó sobre la madera pulida.

Noté el grano de la pintura, una leve aspereza bajo la yema de los dedos.

No llamé.

Las palabras se me habían agotado.

Empujé, solo lo necesario, y la puerta cedió sin un ruido, dejándome pasar al espacio iluminado que había estado esperando —o temiendo— desde que el silencio comenzó.

La habitación olía a ella, pero aquí, dentro de su espacio, el aroma era distinto: concentrado, íntimo, como si el aire mismo hubiera absorbido su esencia.

Olía al aceite de almendras dulces que se frotaba en la piel después de la ducha, a la cera tierna de sus lápices de colores esparcidos sobre el escritorio, al rastro fantasmal de un incienso de sándalo quemado horas atrás, que se aferraba a las telas y a las esquinas.

Y debajo de todo, como una nota de fondo, persistía su olor propio, limpio, ligeramente ácido, exclusivo.

Un aroma que yo podía reconocer a ciegas.

La luz no venía del techo, sino de una lámpara de sal que descansaba en su mesita de noche.

Proyectaba un resplandor rojizo y cálido, casi palpable, que bañaba la estancia en una penumbra vibrante y hacía que las sombras en las paredes —cubiertas de bocetos sueltos, estudios de manos y rostros, y algún que otro póster— se contorsionaran en una danza lenta y silenciosa.

Ella estaba sentada en el borde de la cama.

No recostada entre las almohadas, no aguardando en una pose deliberada o sugerente.

Estaba sentada con la espalda recta, los pies descalzos apoyados en el suelo, las manos quietas sobre su regazo.

Tenía la postura de alguien que medita, o que aguarda una sentencia.

Llevaba puesta una camiseta larga, de algodón fino y desgastado por incontables lavados.

Era blanca, tan fina que, bañada por la luz ámbar de la lámpara, se volvía translúcida.

No llevaba nada debajo.

A través de la tela podía distinguir la sombra oscura y suave de sus pezones, el contorno nítido de sus senos.

No eran grandes, pero sí perfectamente definidos, con una redondez firme que terminaba en unos pezones del color de la corteza de un cerezo, un marrón rosado oscuro y familiar que me detuvo la respiración un instante.

La tela caía sobre sus muslos, dejando al descubierto la piel pálida y lisa de sus piernas, largas y cruzadas con una calma que parecía estudiada.

Una calma que su respiración, apenas perceptible pero un poco más acelerada de lo normal, delataba.

No alzó la vista cuando crucé el umbral.

Mantuvo los ojos fijos en sus propias manos, que reposaban inmóviles sobre su regazo, los dedos ligeramente entrelazados.

Su cabello, aún ligeramente húmedo de la ducha, caía sobre sus hombros en ondas oscuras que captaban destellos cobrizos de la luz de sal.

Parecía tallada en esa quietud, una figura en espera, y todo el aire de la habitación parecía contener el aliento junto con ella.

“Cierra la puerta,” dijo.

Su voz era suave, pero no había dulzura en ella.

No había ni rastro de la vulnerabilidad de horas antes.

Era una instrucción clara, cortante en su precisión, que cortó el aire cargado de la habitación.

Giré y empujé la puerta.

Se cerró con un movimiento fluido hasta que el pestillo, un mecanismo pequeño y ordinario, cayó en su lugar con un *clic* metálico y seco.

El sonido resonó en mi pecho como el cerrojo de una celda, definiendo los límites de un espacio del que ya no podía salir.

“Ven aquí.” No había donde esconderse, ni tiempo que ganar.

Mis pies, descalzos aún sobre la alfombra desgastada, avanzaron.

Caminé los pocos pasos que separaban la puerta del borde de la cama, midiendo cada movimiento como si el suelo pudiera ceder.

Me detuve frente a ella, lo bastante cerca para sentir el calor que emanaba de su cuerpo, lo bastante lejos para no tocarla.

Desde esta altura, desde mi posición de pie frente a su quietud sentada, mi mirada cayó sobre los detalles más íntimos de su presencia: la raya perfecta que dividía su cuero cabelludo, el arco suave y vulnerable de su nuca donde unos rizos diminutos y rebeldes se enroscaban húmedos.

Entonces, ella alzó la vista.

Fue un movimiento lento, deliberado, como si levantara el peso de un mundo entero.

Sus ojos, atrapados en la penumbra rojiza y danzante de la lámpara de sal, me encontraron.

Y no eran los mismos.

No eran los ojos desesperados y vidriosos que me habían suplicado en el vapor de la ducha, ni los ojos afilados y celosos que lanzaban dardos durante la cena.

Eran otra cosa.

Eran los ojos de alguien que ha recuperado el territorio perdido y lo examina, centímetro a centímetro, evaluando daños y reafirmando dominio.

Eran profundos, inescrutables como un pozo de agua estancada bajo la luna, y en su fondo ardía una llama baja y constante, una brasa vigilante que no parpadeaba.

Una llama que no prometía calor, sino verdad.

“Desvístete,” ordenó, sin alterar el tono.

“Quiero verte.

Todo.” No era una invitación.

Era un requisito.

Un ritual de reafirmación.

Con manos que intentaban no temblar, me quité la camiseta, dejándola caer al suelo.

Los pantalones del pijama siguieron, y luego la ropa interior.

Me quedé desnudo ante ella, bajo su escrutinio.

El aire de la habitación era fresco, y mi piel se erizó.

Ella no hizo ningún movimiento para tocarme.

Solo sus ojos recorrieron mi cuerpo, de los pies a la cabeza, con una lentitud meticulosa, como un coleccionista evaluando una pieza que le pertenece.

“Bueno,” murmuró finalmente.

“Ahora tú.” Se levantó.

Frente a mí, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo a través de la fina tela, tomó el dobladillo de su camiseta.

La levantó, despacio, revelando centímetro a centímetro su piel.

Primero el vientre, plano y suave, con el ombligo pequeño y perfecto.

Luego la curva de sus costillas, la caja torácica delicada.

Y por fin, sus senos se liberaron de la tela.

Eran exactamente como los había vislumbrado: pálidos, de una blancura de porcelana a la luz rojiza, con pezones erectos y oscuros, del tamaño de monedas pequeñas, areolas del mismo tono cereza oscuro, texturadas.

La camisota pasó por encima de su cabeza y la dejó caer.

Estaba completamente desnuda.

No hizo ningún gesto para cubrirse.

Se mantuvo allí, ofreciéndose a mi vista y al ambiente de la habitación, con una soberbia tranquila y vulnerable a la vez.

Su cuerpo era una geografía que yo conocía demasiado bien: las caderas estrechas, el vello púbico oscuro y cuidado, las piernas que parecían no terminar nunca.

“Tócame,” susurró.

“Pero no donde siempre.

Tócame como si fuera la primera vez.

Como si no supieras que hacer después.” La orden era extraña, desarmante.

Extendí una mano, vacilante, y posé las yemas de mis dedos en el centro de su clavícula.

Su piel estaba fresca, suave como la seda mojada.

Ella cerró los ojos, un leve estremecimiento recorriéndola.

Comencé a trazar un camino lento, descendiendo por el esternón, sintiendo el leve bombeo de su corazón bajo la piel.

Rodé mis dedos alrededor de la curva de un seno, sin tocarlo directamente, sintiendo la tensión en el aire cambiar.

Un suspiro, apenas audible, escapó de sus labios.

“Sigue.” Mis dedos bajaron por su costado, sintiendo cada costilla, la cintura estrecha, la cadera ósea.

Me arrodillé lentamente ante ella, mi aliento caliente en su vientre.

Olía a jabón limpio y a esa esencia dulce y profunda que era solo suya.

Puse mis labios sobre el hueso de su cadera, un beso seco, casi clínico.

Ella emitió un sonido entre dientes, una inhalación rápida.

“Ahora… ahí,” dijo, su voz un poco más ronca.

Miré hacia arriba.

Sus ojos estaban abiertos ahora, observándome desde la altura, su rostro sumergido en las sombras que la luz de la lámpara no alcanzaba a disipar.

Solo el brillo de su mirada, fija y expectante, perforaba la penumbra.

Con una mano, que descendió de mi nuca con una firmeza serena, me guió hacia el centro de ella.

Su tacto no era brusco, pero tampoco dejaba lugar a dudas.

No usé mis dedos al principio.

Dejé que mi respiración, caliente y entrecortada, le anunciara mi proximidad antes que nada.

Acerqué mi rostro, sumergiéndome en el espacio íntimo y cálido que se abría ante mí.

Inhale.

Su aroma era intenso, terroso, musgoso, profundamente femenino.

Era el olor de la sal y la humedad, del deseo desnudo y puro, y me mareó por un instante.

Luego, extendí la lengua.

El primer contacto fue como tocar una flor de textura aterciopelada y húmeda.

Trazé una línea lenta, deliberada, desde la base de sus labios menores, suaves y cálidos, ascendiendo por el surco que latía con una pulsación sorda, hasta llegar al clítoris.

Ya estaba hinchado, palpable, un pequeño núcleo de tensión y sensibilidad que se estremeció bajo mi toque.

Un gemido se escapó de ella, ahogado y profundo, que vibró en el aire quieto de la habitación como la nota de un instrumento desafinado.

El sonido no solo lo escuché; lo sentí en la piel que recorría.

Sus manos se hundieron en mi pelo, sus dedos enredándose en mis mechones.

No fue un tirón de fuerza, sino un aferramiento con una necesidad tan visceral que, en sí misma, era una orden clara, una plegaria urgente.

“Sí…,” susurró, su voz rasgada por el aire que le costaba retener.

“Justo ahí… con la lengua… Hnng…Así…” Cada sílaba era una guía, un refuerzo.

Su cuerpo se arqueó ligeramente hacia mí, ofreciéndose, confirmando el camino.

Y yo obedecí, aprendiendo el ritmo y la presión de su respiración entrecortada, de sus músculos que se tensaban y cedían bajo mis labios, convirtiendo cada lamida, cada círculo lento, en una palabra de un idioma nuevo y apremiante que solo los dos estábamos aprendiendo a hablar en la penumbra.

Obedeciendo cada susurro, cada jadeo, cada tensión en sus músculos abdominales, la lamí, la besé, la exploré con una devoción que no era amor, sino algo más primitivo: la necesidad de dominar a través de la sumisión, de calmar a la fiera alimentándola.

Sabía exactamente lo que le gustaba, los círculos lentos, la presión intermitente, el cambio súbito de ritmo.

Sus gemidos se hicieron más continuos, un murmullo quejumbroso que llenaba la habitación.

Sus piernas temblaban a ambos lados de mi cabeza.

“Dentro… mete tus dedos… mientras haces eso…” jadeó.

Introduje dos dedos dentro de ella.

Estaba increíblemente caliente, húmeda, y sus paredes se cerraron alrededor de ellos con un espasmo.

Moví los dedos en un ritmo contrario al de mi lengua, y su cuerpo se arqueó como un arco.

Un grito agudo, que ella convirtió en un gemido sofocado al morderse el labio, estalló en el aire.

“¡Ah, Dios!

¡Ahí!

¡No pares!

¡Por favor, no pares!” Su climax fue rápido, violento, un terremoto que la sacudió de pies a cabeza.

Sentí cómo su interior palpitaba y se contraía alrededor de mis dedos, cómo sus músculos abdominales se ponían duros como piedra.

Un flujo cálido mojó mi barbilla.

Ella se desplomó hacia atrás, cayendo sentada en el borde de la cama, jadeando, sus ojos vidriosos fijos en el techo.

Pero no era suficiente.

Para ninguno de los dos.

El abismo exigía más.

Antes de que pudiera recuperar el aliento, ella se incorporó.

Sus ojos, ahora llenos de una urgencia feroz, me encontraron.

Me empujó hacia atrás, haciéndome sentar en el suelo de madera frente a la cama.

Luego, se montó sobre mí, de rodillas, encarándome.

Su vagina, brillante e hinchada, estaba a centímetros de mi boca otra vez, pero ella no buscaba eso.

“No,” dijo, su voz ronca por los gemidos.

“Ahora te toca a ti mirar.” Tomó mi pene con su mano, no con suavidad, sino con una firmeza posesiva.

Me guió dentro de ella, bajando lentamente, impregnándose de mí con una expresión de concentración absoluta.

Sus ojos estaban abiertos, clavados en los míos.

Cuando estuvo completamente sentada, emitió un suspiro largo y satisfecho, como si acabara de encajar la pieza final de un rompecabezas.

“Aquí,” susurró, poniendo una de mis manos sobre su seno izquierdo.

Su piel estaba caliente, el pezón duro como una piedrita bajo mi palma.

“Siente cómo late.

Por ti.” Puso mi otra mano en su cadera.

“Y aquí… guíame.

Pero recuerda… soy yo quien decide.” Y comenzó a moverse.

No era el vaivén salvaje de otras veces.

Era un balanceo lento, profundo, deliberado.

Cada elevación y descenso era un enunciado.

Sus senos se movían con el ritmo, sus pezones estaban dibujando pequeños círculos en el aire.

Ella mantenía la mirada fija en mí, absorbiendo cada cambio en mi expresión.

“¿Ya…

lo entiendes?” jadeó, inclinándose hacia adelante, sus manos apoyándose en mis hombros.

Su aliento, caliente y dulce, me golpeó en la cara.

“Así… cuando estamos así… no hay Chloe… no hay preocupaciones… no hay peligro… solo esto.

Solo yo… sintiéndote a ti… y tú… sintiéndome a mí…” Aceleró el ritmo.

El sonido húmedo de nuestros cuerpos uniéndose se volvió más audible.

El roce de su vientre contra mi pelvis, el crujido de sus rodillas contra el suelo duro.

Sus gemidos ya no eran palabras, sino sonidos guturales, animales.

“Dime… dime quién es la única… que te hace sentir asi…” dijo con su voz quebrándose en un punto alto de placer.

“Tú…” fue lo único que pude articular, el mundo reducido a la sensación de ella envolviéndome, a ella devorándome.

“¿Quién?” insistió, clavando sus uñas en mis hombros.

“¡Tú, Maya!

¡Solo tú!” Mi confesión, arrancada por el éxtasis, pareció llevarla al borde otra vez.

Su movimiento se volvió errático, frenético.

Se enderezó, arqueando la espalda, una mano yéndose a su propia vagina, frotando su clítoris con dedos ávidos mientras seguía cabalgándome.

“¡Aquí… voy a… contigo dentro… quiero sentirlo todo!

¡Dámelo todo!” gritó, ya sin intentar bajar la voz.

El riesgo siempre había estado ahí, latente, pero ahora cobraba forma concreta: el sonido de su voz, ahogado pero vibrante, escapándose por la rendija bajo la puerta y flotando por el pasillo silencioso.

Esa posibilidad, ese miedo agudo, añadió una capa de peligro puro que electrizó cada nervio, volviendo el aire más denso y cada sensación, mil veces más aguda.

Con esa corriente de adrenalina corriendo por mis venas, dejé de arrodillarme.

Me levanté del suelo en un solo movimiento, poderoso y fluido, con ella aún envuelta alrededor de mi cuerpo.

Sus piernas se cerraron sobre mis caderas, sus brazos se aferraron a mis hombros.

El movimiento la sorprendió en plena entrega, arrancándole un chillido breve y estrangulado que fue una mezcla de sorpresa y de placer intenso.

No la solté.

La llevé en mis brazos, esos pocos pasos que separaban la cama del otro extremo de la habitación, hasta la pared junto a su escritorio.

La apoyé contra la superficie fría y lisa, entre un póster arrugado y el borde de madera del mueble.

El impacto, suave pero firme, hizo temblar los frascos de vidrio con pinceles y la lata de lápices; el sonido metálico y ligero de los utensilios chocando entre sí fue como un cascabel de advertencia.

Ahora la dinámica había cambiado.

Ahora era yo quien controlaba el ángulo, la profundidad, el ritmo irrevocable.

La penetré con una embestida firme y profunda, uniéndonos de nuevo en un solo golpe de calor y fricción.

Luego continué, con embestidas cortas, precisas y profundas, cada una buscando y encontrando un lugar que hacía que sus músculos se contrajeran a mi alrededor.

Nuestros cuerpos, pegados al muro, chocaban contra él con un ritmo sordo y constante, un tamborileo secreto que se sumaba a la sinfonía desesperada de nuestros jadeos, de los roces de la tela, del crujido de la madera que cedía un milímetro bajo la presión.

Cada golpe contra la pared era un latido más de esta verdad clandestina, un sello de urgencia en la piel fría del yeso.

Ella enterró su rostro en mi cuello, ahogando sus gemidos en mi piel, mientras el mundo fuera de esa puerta —la casa, las reglas, las consecuencias— se desvanecía, reducido al único hecho tangible de nuestros cuerpos moviéndose en la sombra, creando un ruido que era, en sí mismo, un acto de desafío.

“¡Sí!

¡Así!

¡Más duro!

¡Como si quisieras… ah… romperme en dos!” gritaba ella, su cabeza ladeada contra la pared, sus ojos cerrados, la boca abierta en un rictus de agonía placentera.

Una de sus manos se aferró al borde del escritorio, sus nudillos se pusieron blancos.

La sensación era abrumadora.

La vista de su cuerpo contra la pared, sus senos aplastados contra mi pecho, sus pezones rosados y erectos, el sudor brillando en su piel pálida a la luz rojiza, la expresión de abandono absoluto en su rostro… era demasiado.

Sentí la tensión acumulándose en mi base, casi imparable.

“Maya… voy a…” “¡Adentro!” ordenó, abriendo los ojos y clavándome con una mirada de fuego.

“¡Quiero sentirlo!

¡Marca mi interior!” Esa última orden, tan cruda, tan posesiva, fue el detonante.

Un rugido ahogado me desgarró la garganta mientras me vaciaba en ella en una serie de espasmos largos y profundos, cada uno más intenso que el anterior.

Ella gritó también, un sonido agudo y triunfal, su propio orgasmo desencadenado por la sensación de mi climax dentro de ella, su interior apretándome con fuerza convulsiva, exprimiendo cada última gota.

Nos desplomamos juntos, deslizándonos por la pared hasta el suelo, una maraña de miembros sudorosos y pesados.

El aire olía a sexo, a sudor, a la cera del incienso, a nosotros.

Nuestros corazones latían al unísono, un tamborileo caótico en el silencio repentino.

Ella fue la primera en moverse.

Se arrastró un poco, buscando algo en el desorden del suelo cerca de la cama.

Encontró su camisota y, con movimientos lentos y agotados, la usó para limpiarse entre las piernas, sin pudor, ante mí.

Luego, la arrojó a un lado.

Se acercó a mí, deslizándose sobre las tablas del suelo con un movimiento cansado y fluido, como una marea que retrocede.

Se acurrucó contra mi costado, buscando el hueco que mi cuerpo formaba, y reposó su cabeza sobre mi pecho.

Su pelo, ya completamente deshecho y húmedo en las sienes, se esparció como una mancha oscura sobre mi piel.

Una de sus manos se posó sobre mi vientre, la palma abierta y plana, los dedos ligeramente curvados, como midiendo el ritmo de mi respiración o reclamando, en un gesto de posesión tranquila, lo que acababa de suceder.

Su piel, pegada a la mía, estaba pegajosa por el sudor seco y caliente, y emanaba un calor denso, el calor de dos hornos que se apagan lentamente.

La respiración de ambos, que había sido una carrera desenfrenada, empezó a calmarse, a hundirse, a volverse más pausada y profunda.

Nuestros pechos se elevaban y descendían en un ritmo desincronizado que poco a poco fue encontrando una cadencia compartida.

Pero el silencio que llenó el vacío dejado por nuestros jadeos no era de paz.

No era el silencio del agotamiento satisfecho ni del entendimiento.

Era un silencio pesado, denso y alerta.

Era el silencio que cae sobre un campo de batalla después del último estallido, cuando el estruendo se apaga y solo queda el zumbido en los oídos, el olor a pólvora y tierra removida flotando en el aire.

Un silencio cargado con el humo de lo que hemos quemado y con la certeza, fría y clara, de que los términos han cambiado, de que las líneas se han cruzado para siempre, pero la guerra —esa guerra silenciosa entre lo que somos, lo que debemos ser y lo que nos hemos hecho el uno al otro— no había terminado.

Solo estaba en tregua, respirando, esperando a que uno de los dos diera nombre a las ruinas.

“Nunca lo harás con ella,” murmuró al fin, su voz ronca y dormida.

“¿Me lo prometes?” Miré hacia abajo.

Sus ojos estaban cerrados, largas pestañas oscuras sobre sus mejillas.

Parecía frágil, casi niña.

Pero conocía la fuerza de acero que había bajo esa piel.

“Nunca,” susurré.

Y en ese momento, en la extenuación post-coital, cuando la voluntad es una hoja en blanco y las defensas yacen desmanteladas, era una verdad absoluta, desnuda como nuestros cuerpos.

Chloe era un sueño de luz.

Era el sol de un mediodía claro y lejano: cálida, cierta, generosa en su distancia.

Prometía un futuro de fotografías perfectas y sonrisas sin dobleces, de un amor que se exhibiría sin vergüenza a la luz del día.

Era el horizonte amplio, el camino recto, la promesa de normalidad que tanto anhelaba mi familia y que yo mismo, en mis momentos más cobardes, me había imaginado deseando.

Pero Maya… Maya no era un sueño.

Maya era la realidad que respiraba a mi lado, su calor pegajoso fundiéndose con el mío.

Maya era la luna.

No la reflejada y pálida, sino la luna llena y dominante que se alza en la negrura total, la que gobierna las mareas ocultas y vuelve locos a los lobos.

Era la oscuridad tangible, la que ya poseía mi cuerpo en cada cicatriz y cada costumbre que ella conocía.

La que guardaba mis secretos más antiguos y los más recientes, tejidos en la trama de esta misma noche.

La que compartía mi historia, no como un capítulo brillante, sino como la tierra misma en la que ambas habíamos echado raíces, torcidas y entrelazadas en la misma sombra.

Elegir el sol significaba elegir un día perpetuo, pero era una luz que me haría extraño a mí mismo, que iluminaría solo la superficie aceptable de las cosas.

Aferrarme a la luna, a Maya, era elegir la noche eterna, sí, pero era una noche en la que cada contorno, cada verdad —por fea o prohibida que fuera— era visible al tacto, al gusto, a la memoria celular.

Ella no era la promesa de un futuro mejor.

Era la certeza de un presente devorador, y en mi agotamiento, esa certeza se sentía más real, más mía, que cualquier sueño.

“Bueno,” dijo, y un suspiro de satisfacción profunda, casi de alivio, escapó de sus labios.

“Entonces está bien.

Puedes quedarte a dormir aquí.

Pero temprano, antes de que amanezca, te tienes que ir a tu cuarto.” Asentí, aunque no podía verme.

Mi brazo la rodeó, dibujando círculos en su espalda desnuda.

Ella se hundió un poco más contra mí.

Y así nos quedamos, en el suelo de su habitación, dos fantasmas entrelazados en la penumbra rojiza, vacíos por el acto, llenos de un veneno que nos unía más fuerte que cualquier promesa de amor.

Había sido la posesión más explícita, la más visceral.

Una cartografía completa del deseo y la obsesión.

Y al final, cuando el sueño empezó a arrastrarme, solo una certeza flotaba en la niebla de mi mente: no importaba cuántas veces nos tocáramos, cuántos secretos compartiéramos o cuántos orgasmos nos arrancáramos el uno al otro, el abismo entre nosotros no se cerraba.

Solo se hacía más profundo, más familiar, más parecido a casa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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