LUNAS PROHIBIDAS - Capítulo 13
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13: Luz de Feria 13: Luz de Feria Chloe me atajó junto a los casilleros, una semana antes del festival.
Tenía esa cara de preocupación que le salía cuando organizaba algo importante, las cejas un poco fruncidas.
“Oye, una confirmación final, ¿sí?
Lo del café.
No te vas a echar atrás, ¿verdad?” Su tono era medio en broma, pero con un fondo serio.
Sabía, porque Lucas me había chismeado, que un par de voluntarios ya habían desertado y la tenía complicada.
“Claro que voy”, le dije, y me salió más firme de lo que esperaba.
“Ya di mi palabra.
Además, mi madre está emocionada por ver el traje.
No puedo defraudar a mi público.” Ella soltó el aire, relajándose, y una sonrisa amplia le iluminó la cara.
“Genial.
De verdad, genial.
Sabía que podía contar contigo.” Me dio un golpecito en el brazo, rápido, y se fue casi saltando, gritándole algo a alguien del comité que pasaba por el pasillo.
La vi alejarse, con su moño desordenado y su energía que parecía iluminar el gris del pasillo, y por un segundo, solo un segundo, me pregunté qué sentiría abrazar esa luz en vez de quemarme con la otra.
Pero no.
Ese era el punto.
Lo había decidido después de esa noche en el suelo de la habitación de Maya, sintiéndome vacío y a la vez atrapado en una red de sudor y posesión.
Chloe era mi amiga.
Mi única conexión con algo que no olía a secretos ni a desesperación.
Alejarme de ella sería rendirme por completo a la oscuridad.
Tenía que mantener ese pedazo de terreno, aunque fuera pequeño.
Aunque solo fuera por salud mental.
El día llegó con un sol implacable y un campus transformado.
Habían instalado carpas, puestos, un escenario.
El aire olía a comida callejera, a césped y a ese nerviosismo festivo de los eventos universitarios.
Nuestro “Maid Café Reverse” estaba montado en un rincón sombreado del patio principal, con mesitas blancas, mantelitos de encaje ridículos y una decoración que oscilaba entre lo vintage y lo directamente cursi.
Era tan absurdo que daba risa, y quizás por eso funcionaba.
Vestirse fue un proceso colectivo y surrealista.
Nos apiñamos en un salón prestado, un grupo de chicos de distintas facultades, todos con cara de “¿cómo terminé aquí?”.
El traje no era incómodo, la verdad.
Pantalones oscuros de tela decente, una camisa blanca, un chaleco gris y una corbata fina.
Lo más raro era la chaqueta corta de mayordomo, con esos detalles en los hombros.
Cuando me la puse y me miré en el espejo largo que habían traído, no me reconocí.
Parecía… puesto.
Como un personaje.
Lucas, que se estaba peleando con su corbata a mi lado, me vio y silbó.
“Eh, eh, mira al señorito.
Con razón Chloe estaba tan insistente en que participaras.
¡Para atraer a la clientela!” “Cállate, Lucas”, le dije, pero me reí.
Era imposible no hacerlo.
La situación era demasiado ridícula.
“En serio, hermano.
Te ves bien.
Como de otra época.” Se acercó y me ajustó el cuello de la camisa con torpeza.
“Aprovecha.
Hoy puedes ser quien quieras.
Incluso un tipo que no tiene una hermanastra que lo mira como si fuera un pastel.” La broma cayó con un peso que no debería haber tenido.
Lucas no sabía nada, solo bromeaba con la actitud posesiva que cualquiera podía notar.
Pero a mí me recordó que Maya estaba ahí fuera, en algún lugar del festival.
La había visto más temprano, con su grupo de amigos de arte, vestida con un overol de mezclilla manchado de pintura y una camiseta negra raída.
Nos habíamos cruzado miradas a distancia.
La suya fue un escáner rápido, de los pies a la cabeza, cuando me vio con el traje colgado del brazo.
No dijo nada.
Solo se fue con los suyos.
Pero la advertencia estaba ahí, flotando en el aire entre nosotros.
El café abrió sus puertas, y el flujo de gente fue constante.
Al principio fue torpe.
Servir té sin derramarlo mientras mantienes una sonrisa “elegante” es más difícil de lo que parece.
Chloe, que estaba a cargo de la coordinación y también servía vestida con un delantal de época sobre su ropa normal, era un torbellino de eficiencia y buen humor.
Cada vez que pasaba cerca, me lanzaba una mirada cómplice o un susurro rápido.
“¡La inclinación es de quince grados, no noventa!” o “¡Esa sonrisa parece que te duele una muela!
¡Relájate!” Y así, poco a poco, me fui soltando.
La absurdidad del rol, las risas de los clientes (en su mayoría compañeros que venían a tomar fotos y a molestar), la atmósfera de fiesta… era contagioso.
Dejé de pensar en Maya, en mis padres, en la presión de la universidad.
Por unas horas, era solo un tipo con un traje raro sirviendo té y pastelitos de plástico que sabían a cartón.
Fue durante una de esas rondas, recogiendo tazas vacías, cuando noté que Chloe me observaba más de lo normal.
No con su mirada de coordinadora, sino con otra cosa.
Una curiosidad suave, una sonrisa que se le quedaba pegada en los labios un segundo más de lo necesario.
Cuando pasé cerca de ella junto a la mesa de los pasteles, me rozó el brazo con el suyo.
“Oye, ¿te das cuenta?”, murmuró, sin mirarme, mientras revisabala cantidad de cupcakes.
“¿El qué?” “De que te están tomando más fotos que a nadie.
Y no son solo para burlarse.” Había un dejo de diversión en su voz, pero también algo más.
Algo cálido.
Miré a mi alrededor.
Era verdad.
Notaba miradas sostenidas, sonrisas tímidas de algunas chicas, susurros detrás de las manos.
Lucas, sirviendo en una mesa cercana, me hizo un gesto con la cabeza como diciendo “te lo dije”.
Era raro.
Incómodo, pero también… halagador.
De una manera superficial, inocente.
Nada que ver con la intensidad devoradora a la que estaba acostumbrado.
“Es el traje”, dije, encogiéndome de hombros, intentando que sonara a broma.
Chloe por fin me miró.
Sus ojos grises tenían reflejos verdes bajo la luz del sol que se filtraba por la carpa.
“No es solo el traje”, dijo simplemente, y luego se sonrojó, como si la frase se le hubiera escapado.
Giró rápidamente para atender a un grupo que llegaba.
“¡Bienvenidos!
¿Les gustaría probar nuestro té de la duquesa?” El resto de la tarde pasó en una mezcla de bullicio y momentos extrañamente íntimos en medio del caos.
En un momento de calma, Chloe y yo nos refugiamos detrás del puesto de bebidas, un área semioculta por una cortina.
Estábamos agotados, sudando un poco bajo las telas formales.
“Un éxito, ¿eh?”, dijo ella, ofreciéndome una botella de agua.
“No pensé que fuera a venir tanta gente.” “Gracias a tu insistencia”, respondí, tomando un sorbo.
Estábamos muy cerca, en la penumbra del espacio reducido.
Podía ver las pequeñas pecas en su nariz, el rastro de brillo en sus labios.
“No.
Gracias a todos ustedes por aguantar el ridículo.” Me miró, y su sonrisa se suavizó.
“En serio.
Lo de hoy… y lo de la semana pasada, con Alex.
Fue… Muy de amigo la verdad.” Su agradecimiento era sincero, desarmante.
“No fue nada.
Cualquiera lo hubiera hecho.” Ella negó con la cabeza.
“No.
No cualquiera.” Hizo una pausa, jugueteando con la etiqueta de su botella.
“A veces siento que… que contigo las cosas son sencillas.
O al menos, más sencillas que con otra gente.
No hay tanto drama, tantos juegos.” La ironía de sus palabras me dolió físicamente.
Si ella supiera.
Si supiera el drama en el que vivía, los juegos retorcidos que eran mi pan de cada día.
Pero en ese instante, en ese escondite detrás de una cortina, rodeados del murmullo alegre del festival, quería creer que podía ser esa persona.
La persona sencilla, el buen amigo.
“Tú también haces las cosas fáciles, Chloe”, le dije, y fue verdad.
Con ella, la carga se aligeraba.
Ella sonrió, una sonrisa que le llegaba a los ojos, y luego, en un movimiento rápido e inesperado, se levantó de puntillas y me dio un beso en la mejilla.
Fue un contacto seco, cálido, que duró menos de un segundo.
Pero el lugar donde sus labios tocaron mi piel pareció quedarse ardiendo.
“Eso es por ser un buen mayordomo y un gran mejor amigo”, dijo, su voz un poco temblorosa, antes de salir de detrás de la cortina, dejándome allí, con el corazón acelerado de una manera que no tenía nada que ver con el cansancio.
El beso en la mejilla.
No era nada, ¿verdad?
Un gesto de agradecimiento entre amigos.
Pero no lo sentí así.
Y por cómo se había sonrojado y huido, Chloe tampoco.
Había una línea que se había traspasado, o al menos, se había rozado.
Una línea hacia un territorio nuevo, lleno de posibilidades que asustaban y atraían a partes iguales.
El evento terminó con aplausos y más fotos grupales.
Nos despedimos de los otros voluntarios, exhaustos pero con esa euforia de haber hecho algo juntos que salió bien.
Mientras me cambiaba de ropa, Lucas no paraba.
“¿Lo viste?
¿Viste cómo la pequeña Chloe te plantó uno en la mejilla?
¡Eh, eh!
¡Se viene romance entre amigos!” “No es nada, Lucas”, repetí, pero mi protesta sonó débil incluso para mí.
“Claro que no.
Por eso ella no te quitaba ojo en todo el día.
Y tú, disimulando como un elefante en una cacharrería.” Me dio una palmada en la espalda.
“Está bien, hombre.
Es una buena chica.
Y después del espécimen que era su ex… tú eres un príncipe.” Salimos a la tarde que ya caía.
El campus se estaba vaciando, lleno de restos de la fiesta.
Caminé hacia la salida, sintiendo el peso del cansancio pero también una ligereza extraña.
Había logrado algo hoy.
Había sido parte de algo normal, exitoso, luminoso.
Y Chloe… Chloe había abierto una puerta.
Solo un poco, pero estaba ahí.
Fue entonces cuando la vi.
Sentada en las gradas de cemento cerca de la entrada principal, como si estuviera esperando.
Maya.
Tenía auriculares puestos, pero su mirada no estaba en la música de su teléfono.
Estaba fija en mí.
Había cambiado su overol por unos jeans y una sudadera con capucha, a pesar del calor.
Su expresión era inescrutable.
No era la furia.
Era algo más frío, más calculador.
Como si estuviera reevaluando el terreno después de una batalla que no había presenciado, pero cuyos resultados podía intuir en mi postura, en la forma en que todavía sonreía levemente por lo acontecido.
Nuestras miradas se engancharon a través de la distancia.
Ella no hizo un gesto.
No me llamó.
Solo sostuvo la mirada, durante tres, cuatro segundos que se hicieron eternos.
Luego, lentamente, se levantó, se dio la vuelta y comenzó a caminar en dirección contraria, metiéndose las manos en los bolsillos de la sudadera, desapareciendo entre los pocos grupos que quedaban.
No hubo confrontación.
No hubo palabras.
Pero el mensaje estaba claro: ella había visto algo.
Había visto el éxito, la atención, el beso en la mejilla (espero que no).
Y lo había archivado.
No como una derrota, sino como un nuevo dato en el complejo algoritmo de nuestra guerra privada.
La ligereza que sentía se evaporó, sustituida por el familiar peso de plomo.
Había brillado bajo las luces de feria, sí.
Pero la oscuridad seguía ahí, esperando a que se apagaran los focos para reclamar lo que, según ella, le pertenecía.
Y yo, caminando solo hacia casa, no sabía si tenía fuerzas para seguir resistiéndome, o si, en el fondo, ya estaba demasiado acostumbrado a la penumbra como para soportar la claridad del día.
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