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LUNAS PROHIBIDAS - Capítulo 14

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  4. Capítulo 14 - 14 Monólogo interno de Maya - Camino a casa
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14: Monólogo interno de Maya – Camino a casa 14: Monólogo interno de Maya – Camino a casa El aire todavía huele a algodón de azúcar quemado y a hierba pisada.

Un olor falso, de fiesta, que se me pega a la ropa y me da asco.

Camino rápido, las manos enterradas en los bolsillos de la sudadera, aunque hace calor.

Necesito sentir los puños apretados contra la tela, necesito esa presión para no volverme y… y no sé qué.

Gritar.

Correr de vuelta y arañarle los ojos a esa estúpida de pelo castaño que no le quitaba las manos de encima.

Él ni siquiera me vio.

O sí.

Esa mirada, al final, desde lejos.

Vacía.

Como si yo fuera un poste, un árbol, otra de las caras borrosas en la multitud.

Después de todo.

Después de lo de anoche, de haberme tenido llorando y suplicando en el suelo de la ducha, de haberme hecho sentir que era el centro de su universo por unas horas… hoy soy un fantasma.

Y él era el centro de todo.

Lo vi.

Dios, cómo lo vi.

Parado ahí, con ese traje ridículo que le quedaba… bien.

Demasiado bien.

Le daba una forma, una elegancia falsa que no es la suya.

La suya es la de los jeans viejos y las camisas de franela, la del pelo en los ojos.

No esa… esa representación.

Como si estuviera actuando.

Y lo peor es que lo hacía bien.

Sonreía.

Sonreía de una manera que no sonríe conmigo.

Conmigo sus sonrisas son otras.

Son secretas, torcidas, cargadas.

O son de esa compasión horrible que me hace sentir aún más pequeña.

Esta… esta era una sonrisa fácil.

Ligera.

Para el consumo de cualquiera.

Y cualquiera lo consumía.

No pude acercarme.

Me quedé al borde de la carpa, pegada a la sombra de un árbol, como una miserable.

Vi cómo las chicas se le acercaban no solo para pedir un té.

Vi sus sonrisas coquetas, sus toques “accidentales” en el brazo cuando le entregaban el dinero, sus risitas tontas.

Esas zorras.

Todas.

Incluso la Daniela, de mi clase de pintura, la que siempre dice que los hombres son “energéticamente densos”.

Ahí estaba, riéndose como una idiota, haciéndose la interesante, jugando con su pelo.

Patético.

Y él.

Él las trataba con esa amabilidad educada, ese distanciamiento que solo hacía que se le acercaran más.

“Ay, qué caballero”, debían pensar.

“Qué misterioso”.

Si supieran.

Si supieran lo que hay debajo de esa chaqueta de mayordomo.

Las marcas que le dejé anoche en los hombros.

El sabor que tenía en la boca solo hace unas horas.

Eso es lo misterioso.

Lo otro es una farsa.

Pero la farsa le quedaba bien.

Y eso me envenena.

Lo peor fue verlo con *ella*.

Con Chloe.

No hace falta que se besen en la boca para que yo lo vea.

Lo vi en la forma en que ella se le acercaba, cómo le hablaba al oído, cómo su mano se posaba en su brazo y *se quedaba* ahí, unos segundos de más, con la excusa de ajustarle algo del traje.

Lo vi en cómo ella lo miraba cuando él no veía.

No con la simple satisfacción de una organizadora.

Es otra mirada.

Es… interés.

Es curiosidad.

Es el principio de algo.

Y él, el muy idiota, el ciego, no lo ve.

O quizás sí.

Quizás le gusta.

Esa idea me revuelve el estómago.

¿Le gusta?

¿Le gusta esa normalidad insulsa, esa alegría barata, esa chica que no conoce ni una pizca de la oscuridad que él lleva dentro?

Porque la lleva.

Sé que la lleva.

Yo la puse ahí.

O la saqué a la luz.

Es lo mismo.

Es nuestra oscuridad.

No de ella.

Vi cómo trabajaban juntos, como un equipo.

Él sirviendo, ella coordinando.

Un par.

Un dúo.

Y yo al margen, observando, sintiéndome como un bicho raro, una intrusa en una vida que podría estar teniendo si yo no estuviera.

Pero estoy.

Y no me voy a ir.

Camino más rápido, las uñas clavándose en las palmas.

Cada imagen se repite en mi cabeza como una película en bucle.

Él inclinándose para servirle a una rubia de la facultad de Derecho.

Él riéndose con Lucas, ese amigo suyo tan simple.

Él escuchando a Chloe, asintiendo, con esa atención que parece tan genuina.

¿Por qué no puede verme a mí así?

¿Por qué cuando me mira hay siempre ese miedo, esa cautela, ese… pánico?

Porque lo nuestro es real.

Lo otro es teatro.

Tiene que ser teatro.

Pero duele.

Duele verlo brillar en un escenario donde yo no tengo lugar.

Duele saber que otras pueden tocarlo, sonreírle, desearlo abiertamente, sin tener que esconderse, sin tener que llorar antes o después.

Ellas pueden tener la versión pública, luminosa.

Yo me tengo que conformar con los restos, con lo que sobra cuando se apagan las luces.

Con lo que ocurre en la oscuridad, entre lágrimas y gritos ahogados.

¿Y si un día los restos ya no le bastan?

¿Y si decide que prefiere la luz, por falsa que sea?

No.

No puede.

No después de lo que hemos hecho.

No después de lo que somos.

Es imposible.

Estamos atados.

Atados por secretos, por transgresiones, por esa intimidad sucia y perfecta que nadie más puede entender.

Él no puede encajar en su mundo de tés y sonrisas limpias.

Tiene una grieta.

Y yo estoy dentro de esa grieta.

Soy la grieta.

Mis amigas… ja.

Mis “amigas”.

Valentina no paraba.

“Ay, Maya, ¿ese es tu hermano?

¡Está buenísimo con ese traje!

No me digas que no te ha tocado alguna compañera suya preguntar por él.” Y Sofía, riéndose: “Claro, con esa carita de niño bueno que se carga ahora.

¿Está soltero?

Pasa su insta.” Me reí con ellas, una risa que me sabía a metal en la boca.

“Está centrado en los estudios,” dije, como una idiota.

“Y es un desastre, no le hagáis caso.” Pero por dentro quería gritarles que se callaran, que apartaran los ojos de él, que él no era un trozo de carne para que ellas lo evaluaran.

Es mío.

Aunque no pueda decirlo.

Es mío.

¿Por qué?

¿Por qué me pasa esto?

¿Por qué el simple hecho de ver a otra mujer rozarle el brazo me hace sentir que me arrancan algo por dentro?

No es normal.

Lo sé.

He leído suficiente, he visto películas.

Esto no es sano.

Esto es… obsesión.

Pero la palabra da igual.

Lo que importa es la sensación.

Es esta garra de hielo que se me cierra alrededor del corazón cada vez que imagino que podría preferir a otra.

A alguien que no sea yo.

Con él… todo empezó como un juego.

Un experimento.

Una forma de tocar algo prohibido, de sentir un poder que no tenía en ningún otro lado.

Pero se me fue de las manos.

O más bien, se me metió dentro.

En la sangre.

En los huesos.

Ahora no concibo un día sin saber dónde está, sin haber intercambiado aunque sea una mirada que signifique “sé tu secreto y tú el mío”.

Sin haberlo tocado.

Es mi ancla en este mundo que me parece tan insípido, tan falso.

En esta casa, con sus normas y sus silencios cómodos.

Él es la verdad.

Una verdad fea, complicada, que duele, pero es real.

Cuando estoy con él, *siento*.

Demasiado, quizás.

Rabia, deseo, celos, una necesidad que me aterroriza… pero siento que estoy viva.

No solo existiendo.

Y verlo hoy, repartiendo esa versión amable, accesible, a diestro y siniestro… fue como si me robara.

Como si estuviera diluyendo nuestra verdad, nuestra cosa intensa y privada, en ese mar de trivialidades.

Como si cualquiera pudiera tener un pedacito de él con solo sonreírle.

Llego a nuestra calle.

La casa está a la vista, blanca y silenciosa.

Nuestra casa.

Donde ocurre todo.

Donde todo se esconde.

De pronto, la escena del festival me parece un sueño lejano, un parpadeo de otra vida.

Esto, esta acera, esta puerta, es lo real.

Lo nuestro.

Me detengo antes de entrar, apoyando la frente en el tronco fresco del árbol de la entrada.

Cierro los ojos y respiro hondo.

No puedo dejarme llevar por esto.

No puedo mostrarle el pánico.

Él me ha visto débil demasiadas veces.

Lo del pasillo fue un error.

Un error necesario, quizás, porque funcionó.

Me calmó.

Me reclamó.

Pero no puedo permitirme ese lujo a menudo.

Tengo que ser más fuerte.

Tengo que ser la que tiene el control, incluso cuando por dentro me esté deshaciendo.

Porque lo conozco.

Lo conozco mejor que nadie.

Sé que es leal, de una manera torpe y culpable.

Sé que le aterra herir a la gente.

Sé que lo que tenemos, por enfermizo que sea, tiene un peso que la sonrisa fácil de Chloe nunca tendrá.

Él podría dejarse arrastrar por su luz, sí.

Podría disfrutar de la novedad, de la falta de complicaciones.

Le tienta.

Lo veo.

Pero también le da miedo.

Porque en el fondo, él no es ese chico del traje elegante.

Es el chico que se quedó paralizado cuando me senté en su regazo y me vino solo con eso.

Es el chico que escucha sonidos a través de las paredes y no se atreve a entrar.

Es el chico que me abraza cuando lloro aunque sepa que ese abrazo nos va a llevar al infierno otra vez.

Chloe no puede darle eso.

No puede darle esta intensidad.

Esta verdad cruda.

A la larga, se aburrirá.

O ella se asustará cuando vislumbre las sombras que hay en él.

Sombras que yo conozco y acepto.

Porque son mías también.

Subo los escalones y saco la llave.

Mi decisión está tomada.

No me rendiré.

No voy a hacer una escena, no voy a suplicar.

Voy a recordarle, de la manera que sea necesaria, lo que somos.

Lo que perdemos si nos apartamos.

Voy a ser más lista.

Voy a usar su culpa, su lujuria, su miedo a la soledad… y mi propia necesidad, que es más grande que el orgullo.

Abro la puerta.

La casa huele a limpio, a paz.

Es mentira.

Todo aquí es mentira, excepto lo que hay entre él y yo.

Eso es lo único real.

Aunque duela.

Aunque me consuma.

Entro y cierro la puerta suavemente.

Escucho.

La televisión en el salón.

Mis padres.

Él no ha vuelto todavía.

Bueno.

Tendré que esperar.

Pero sé que volverá.

Siempre vuelve.

A esta casa.

A mí.

Porque, aunque no sé si esto es amor… es algo.

Algo enorme, que me llena por completo, que me define.

Un fuego que quema y da vida al mismo tiempo.

Y no voy a dejar que nadie, y mucho menos una chica normal con una sonrisa normal, apague ese fuego.

Aunque tenga que quemarme con él.

Aunque tenga que quemarnos a los dos.

Es todo lo que tengo.

Y no lo suelto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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