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LUNAS PROHIBIDAS - Capítulo 15

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  4. Capítulo 15 - 15 Una Proposición en la Penumbra
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15: Una Proposición en la Penumbra 15: Una Proposición en la Penumbra El silencio del trayecto a casa fue distinto al de la ida.

Ya no era el silencio nervioso de la anticipación, sino uno cargado de imágenes que se negaban a desaparecer: la luz del sol filtrándose por la carpa, el sonido de las risas, el peso ligero de la chaqueta de mayordomo, y sobre todo, el contacto seco y cálido de los labios de Chloe en mi mejilla.

Un gesto pequeño, casi nada, que ahora, en la soledad de la calle vacía, parecía expandirse hasta llenarlo todo.

Y luego, la otra imagen, la que lo empañaba todo: a Maya, sentada en las gradas como una estatua de resentimiento y dolor, mirándome desde la distancia antes de desaparecer.

¿Lo había visto?

¿Había visto el beso?

No.

Estaba demasiado lejos.

Pero Maya tenía una antena para estas cosas.

Podía sentir la intención en el aire, el cambio de energía.

Había visto cómo Chloe se me acercaba, cómo me tocaba.

Eso bastaba.

Para ella, eso sería una declaración de guerra.

Sentí el impulso de correr, de alcanzarla, de explicarle… ¿qué?

¿Que no era nada?

¿Que era solo un agradecimiento entre amigos?

Ella nunca lo entendería.

Porque en nuestro mundo retorcido, ningún contacto era inocente.

Cada roce era un territorio disputado.

Llegué a la puerta de casa con el corazón aún acelerado, pero no por la caminata.

Dudé un momento, luego saqué el teléfono.

La conversación con Maya estaba ahí, el último mensaje suyo era el bloqueo.

Pero había desbloqueado mi número en algún momento, seguramente después de la ducha, después de que la “paz” se restableciera a su manera.

Ahora el espacio para escribir estaba vacío, invitando, amenazando.

Mis dedos se cernieron sobre la pantalla.

No quería un enfrentamiento por mensaje.

Eso siempre salía mal.

Pero necesitaba saber.

Necesitaba romper el hielo de alguna forma antes de enfrentarme a ella en persona.

Escribí, borré, volví a escribir.

Al final, opté por lo simple, lo que no sonara a acusación ni a disculpa, solo a curiosidad.

Yo: Oye.

Vi que estabas en las gradas.

¿Por qué no me esperaste?

Te fuiste así, sin decir nada.

Envié el mensaje y conté mentalmente.

Uno, dos, tres… El tick azul de leído apareció casi al instante.

Ella tenía el teléfono en la mano.

La imaginé en su habitación, con la luz de la lámpara de sal, leyendo mi mensaje con esa expresión inescrutable.

Los puntos suspensivos de que estaba escribiendo aparecieron, desaparecieron, volvieron a aparecer.

Estaba dudando.

Eso era algo.

Finalmente, llegó la respuesta.

Maya: No quería molestarte.

Parecías muy ocupado disfrutando de tu día de fama.

No era mi lugar interrumpir.

Cada palabra goteaba ácido.

Disfrutando.

Tu día de fama.

No era mi lugar.

Traducción: estabas en tu elemento, rodeado de admiradoras, y yo sobraba.

Me froté la cara con la mano.

Esto ya empezaba mal.

Respiré hondo.

No podía dejar que la conversación derivara por ese camino ahora, por texto.

Era una trampa.

Yo: Bueno, ya estoy en camino a casa.

Hablamos luego.

No hubo respuesta.

Ni un “ok”, ni un “como quieras”.

Solo silencio.

Era incluso peor.

Subí los escalones de casa con una pesadez que no tenía nada que ver con el cansancio físico.

Al entrar, me encontré con el cuadro doméstico de siempre, pero con un pequeño cambio.

Mi madre estaba en el salón, cosiendo un botón en una camisa de Robert.

La televisión estaba encendida pero con el volumen bajo, solo como ruido de fondo.

Me saludó con una sonrisa cansada pero cariñosa.

“¡Hijo!

¿Cómo te fue?

¿Triunfaste como mayordomo?” “Fue un caos, pero fue divertido,” dije, dejando caer mi mochila en una silla.

Me acerqué y me senté en el sofá a su lado.

“Un éxito, según Chloe.” “¡Ah, me muero por ver las fotos!

¿Te tomaron muchas?” “Un montón.

Lucas ya subió algunas al grupo.” Saqué mi teléfono y abrí la conversación del grupo de voluntarios.

Había unas cuantas imágenes: algunas serias, la mayoría ridículas.

En una, yo estaba inclinándome exageradamente ante Lucas, que hacía de cliente exageradamente snob.

En otra, todo el grupo posaba con sonrisas de cansancio y alegría.

Chloe estaba a mi lado, su cabeza ladeada hacia mí, sonriendo a la cámara.

Nuestra proximidad era casual, de grupo, pero al verla en la foto, sentí un pequeño pinchazo.

Esperaba que mi madre no lo notara.

Ella tomó el teléfono y comenzó a pasar las fotos, riéndose con suavidad.

“¡Ay, qué gracioso!

Te ves muy formal.

Muy guapo, hijo.” Me dio un golpecito en la rodilla.

“¿Y esa es Chloe?

Qué chica más hermosa.

Se le ve muy simpática.” “Sí, es una buena amiga,” dije, intentando que sonara lo más neutral posible.

“Me alegra que tengas una amiga así allí.

Te hace bien salir, hacer cosas normales.” Su comentario era inocente, pero me llegó como un dardo.

Cosas normales.

Eso era lo que yo anhelaba y, al mismo tiempo, lo que me ataba a Maya: la anormalidad de lo nuestro.

Pasamos unos minutos más comentando las fotos.

Noté la ausencia de Robert.

“¿Y papá?” “Lo llamaron del trabajo.

Una urgencia con un envío.

Dijo que llegaría tarde, que cenáramos sin él.” Suspiró.

“Estos turnos de improviso lo agotan.” Asentí.

La ausencia de Robert significaba que la casa estaba más vacía, más silenciosa.

Que mi conversación con Maya tendría menos riesgo de interrupciones, pero también menos cortafuegos.

Era ahora o nunca.

“¿Y Maya?” pregunté, tratando de que sonara igual de casual.

“¿Está arriba?” “Sí, creo que sí.

Llegó hace un rato, dijo que tenía dolor de cabeza y se fue directo a su cuarto.” Mi madre me miró con un dejo de preocupación.

“Creo que el festival le sentó mal, con tanto ruido y gente.

Tú sabes que a veces se agobia.” Claro, pensé.

El festival.

“Sí, quizás.

Voy a subir a ver cómo está, a contarle un poco como me fue.” “Hazlo.

Y dile que si quiere, le hago algo suave para la cena.” Mi madre volvió a su costura, confiada en la normalidad de la escena: un hermano preocupándose por su hermanastra.

Al subir las escaleras, cada crujido de la madera resonaba como un latido amplificado.

El pasillo estaba en penumbra, solo iluminado por la luz que salía por debajo de la puerta de mi habitación y el resplandor tenue, del color de la sangre vieja, que se filtraba por la ranura de la puerta de Maya.

Me detuve frente a ella.

Respiré hondo.

Ya no había vuelta atrás.

Toqué suavemente con los nudillos.

Un golpe, dos.

No hubo respuesta.

“¿Maya?” llamé, mi voz sonando extrañamente alta en el silencio.

Unos segundos de nada.

Luego, un movimiento leve desde dentro.

“Pasa.” Abrí la puerta.

La habitación estaba como la recordaba de la noche anterior, pero el aire era distinto.

Ya no olía a sexo y a incienso, sino a quietud y a una tristeza densa.

Ella estaba sentada en la cama, de espaldas a la puerta, mirando por la ventana hacia el jardín ya oscuro.

Llevaba la misma sudadera con capucha de la tarde, el cabello recogido en un moño desaliñado.

No se volvió cuando entré.

Cerré la puerta a mis espaldas, sin hacer ruido.

Me quedé allí, de pie, sintiéndome como un intruso.

“Mamá dice que te duele la cabeza,” dije, rompiendo el hielo con la excusa más tonta.

“No me duele la cabeza,” respondió ella, su voz plana, sin inflexiones.

Seguía sin mirarme.

“Ah.” Un nuevo silencio, más pesado.

Podía cortarlo con un cuchillo.

“¿Estás enojada?” pregunté al fin, yendo al grano.

“Por lo del café.

Porque al final participé.” Ella se encogió de hombros, un movimiento casi imperceptible.

“No.

No exactamente por eso.” “Entonces ¿por qué?” Avancé un par de pasos, pero no me senté.

Necesitaba estar listo para lo que fuera.

“Me miraste desde lejos y te fuiste así…

¿Qué pasa, Maya?” Fue entonces cuando se volvió.

Lentamente.

Su rostro estaba pálido, los ojos ligeramente hinchados, como si hubiera estado llorando o conteniendo las lágrimas con fuerza.

No había rabia en su mirada.

Había algo peor: una decepción profunda, un cansancio inmenso.

“¿Qué pasa?” Repitió mi pregunta, y un destello de amargura cruzó sus ojos.

“¿De verdad tienes que preguntarlo?

¿O es que te crees tan buen actor que hasta tú te lo crees?” “No estoy actuando.” “¡Claro que no!

Por eso sonreías así.

Como si no tuvieras un peso en la conciencia.

Como si fueras… otro.” Su voz se quebró en la última palabra.

“Y todas ellas… acercándose, tocándote, riéndose contigo.

Y tú, dejándote.

Disfrutándolo.” Ahí estaba.

El núcleo del problema.

No era el evento en sí.

Era la imagen de mí, feliz y accesible, siendo reclamado por el mundo exterior.

Un mundo del que ella se sentía excluida, o del que me quería excluir.

“Estaba con mis amigos, Maya,” dije, tratando de mantener la calma.

“Estábamos trabajando en algo, nos estábamos divirtiendo.

¿Es eso malo?

¿No puedo divertirme?” La pregunta la tomó por sorpresa.

Parpadeó, como si nunca se la hubiera formulado.

Sus labios se abrieron para contestar, pero no salió ningún sonido.

¿Qué podía decir?

¿Que no, que no podía divertirme?

Sería una locura, incluso para nuestros estándares retorcidos.

Pero para ella, en su lógica, mi diversión sin ella, y sobre todo en un contexto donde ella no encajaba, era una especie de traición.

“No es eso,” murmuró al final, desviando la mirada.

“Es… la forma.

La facilidad con la que lo haces.

Como si no costara nada.” Su respuesta me dio un atisbo de comprensión.

No era solo celos hacia otras mujeres.

Era envidia.

Envidia de una conexión sencilla, de una camaradería descomplicada que ella, con su intensidad aplastante y su secreto que la aislaba, quizás nunca había tenido.

O que había perdido.

Sus “amigas” del arte parecían más bien conocidas, compañeras de proyectos.

No personas con las que pudiera ser ella misma, porque ella misma era este conflicto que tenía frente a mí.

Un sentimiento de lástima, no condescendiente sino genuino, se mezcló con mi propia frustración.

Esta chica, encerrada en su laberinto de obsesión, me tenía a mí como su único y tóxico punto de referencia.

Y yo, atrapado en el mismo laberinto, no sabía cómo sacarnos.

Entonces, la idea surgió.

No como un plan meditado, sino como un destello de desesperación, una posible rama hacia la que agarrarnos para no caer del todo.

“Maya,” dije, y mi voz sonó más suave de lo que había sido en días.

Ella volvió a mirarme, cautelosa.

“¿Qué tal si… salimos?” Su expresión fue de completo desconcierto.

Como si le hubiera hablado en otro idioma.

“¿Qué?” “Salir.

Tú y yo.

Este fin de semana.

A algún lado.

A dar una vuelta, a tomar un café, a… no sé.

A ver una película.

Como…” Tragué saliva.

“Como lo harían dos personas que se están conociendo.” El silencio que siguió fue absoluto.

Podía oír el tictac de un reloj en alguna otra habitación.

Ella me miraba fijamente, buscando el truco, la burla, la nueva forma de herirla.

“¿Por qué?” preguntó al fin, la voz apenas un suspiro.

“¿Para qué?

¿Para fingir que somos normales?

No lo somos.” “Lo sé,” admití rápidamente.

“Por Dios, Maya, lo sé mejor que nadie.” Me acerqué un poco más, hasta quedar al borde de la cama, pero sin sentarme.

“Ya no te veo como una hermana.

Eso se acabó.

Se acabó desde aquel día en esta misma habitación.

Y esto que tenemos ahora… esto que hacemos… es difícil.

Es confuso.

Es horrible a veces.

Y siento que es difícil para los dos.” Sus ojos se anegaron, pero no dejó caer las lágrimas.

Solo me observaba, permitiéndome continuar.

“No sé cómo arreglar esto.

No sé ni si se puede arreglar,” continué, las palabras saliendo torpemente, intentando dar forma a algo que solo sentía como un nudo en el pecho.

“Pero lo único que sé es que antes, mucho antes de todo esto, éramos amigos.

Teníamos algo.

Nos reíamos.

Te contaba cosas.

Me contabas cosas.

Y ahora… ahora solo tenemos esto.” Un gesto vago, que significaba el sexo, las discusiones, los celos, las noches de angustia.

“Estamos atrapados en un ciclo y no nos conocemos de ninguna otra manera.

Quizás… quizás si tratamos de recuperar un poco de eso, de esa… amistad, o lo que sea que pueda haber ahora, las cosas serían un poco más… manejables.

Menos explosivas.” Ella bajó la vista hacia sus manos, que estaban entrelazadas y apretadas sobre su regazo.

“¿Quieres ser mi amigo?” La pregunta sonaba increíblemente triste.

“Quiero intentar no ser solo tu…” No pude encontrar la palabra.

“Tu cómplice en esto.

Quiero que podamos estar en una habitación sin que termine con gritos o… o con lo otro.

Quiero poder hablarte sin que todo gire alrededor de Chloe o de quién me mira.

Quiero saber qué pintas, qué música escuchas ahora, qué te hace reír.” Me arriesgué y me senté al borde de la cama, a una distancia prudente pero cercana.

“No sé si funcione.

Pero ¿qué tenemos que perder?

Lo que estamos haciendo ahora nos está matando a los dos.” Maya permaneció en silencio por un largo rato.

Su perfil, iluminado por la tenue luz rojiza de la lámpara, parecía esculpido en cera.

Luego, lentamente, una lágrima se desprendió y rodó por su mejilla.

No hizo nada para secarla.

“Tienes miedo” dijo, no como una acusación, sino como una constatación.

“Sí,” admití sin vacilar.

Era parte de la verdad.

“Tengo miedo de que esto explote y alguien salga tan herido que no se pueda reparar.

O que tú… que decidas que el dolor no vale la pena y te alejes de otra manera.” O que yo me ahogue y tenga que irme, pensé, pero no lo dije.

“Y si salimos… y vuelve a pasar.

Lo de siempre.” No especificó qué era “lo de siempre”, pero ambos lo sabíamos: la atracción magnética, la posesión, el sexo como respuesta a todo.

“Entonces habremos intentado algo distinto,” dije.

“Y al menos habremos salido de esta habitación.

Habremos visto el sol.” Ella soltó una risa corta, amarga.

“Eres increíble.

Después de todo esto… me propones una cita.” “No es una cita,” corregí, aunque la línea era tan delgada que casi no existía.

“Es… un alto el fuego.

Un intento de tregua en territorio neutral.” Finalmente, alzó la vista hacia mí.

Sus ojos, aún brillantes por las lágrimas, me escudriñaban, buscando el engaño, la manipulación.

Pero lo que yo ofrecía, por enredado y desesperado que fuera, era genuino.

Un último intento de encontrar un punto medio entre el abismo y la luz cegadora de Chloe.

“¿Adónde?” preguntó, su voz tan baja que casi no la oí.

Un alivio inmenso, mezclado con un nuevo tipo de ansiedad, me recorrió.

No había dicho que no.

“No lo sé.

Tú decides.

Algún lugar donde no vaya nadie del campus.” Ella asintió lentamente, como si cada movimiento requiriera un gran esfuerzo.

“Vale,” dijo.

Solo una palabra.

Pero en ese “vale” había una montaña de escepticismo, de esperanza, de miedo y de una curiosidad antigua que quizás no había muerto del todo.

“Vale,” repetí yo.

Nos quedamos sentados así, en el borde de su cama, en la penumbra rojiza, sin tocarnos, sin hablar.

El aire parecía diferente.

No se había solucionado nada.

El peso de lo nuestro seguía allí, enorme, oscuro.

Pero por primera vez en mucho tiempo, había una grieta por la que se filtraba, no luz, sino la posibilidad de un espacio distinto.

Un espacio fuera de esta habitación, fuera de este secreto.

Un espacio donde, quizás, podríamos aprender a respirar sin envenenarnos el uno al otro.

O donde descubriríamos, de una vez por todas, que eso era imposible.

Pero al menos lo intentaríamos.

Y esa pequeña chispa de acción, de tomar una decisión que no fuera reactiva, se sintió, en medio del caos, como un principio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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