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LUNAS PROHIBIDAS - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 Territorio Neutral
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16: Territorio Neutral 16: Territorio Neutral El sábado por la mañana, la casa tenía esa quietud densa de los fines de semana.

La luz del sol entraba por la ventana de la cocina, iluminando motas de polvo que danzaban en el aire.

Yo estaba junto a la mesa, dándole vueltas a una taza de café ya frío, escuchando cada sonido de la casa.

Los pasos de mi madre arriba, el murmullo lejano de la televisión en el salón.

Y, desde el piso de arriba, el silencio absoluto de la habitación de Maya.

Había sido mi idea, pero ahora que el día había llegado, la duda me corroía por dentro.

¿Qué demonios estaba haciendo?

¿Llevar a Maya a una “salida” como si fuéramos dos adolescentes normales?

Era absurdo.

Nada entre nosotros era normal.

Y sin embargo, la alternativa—seguir encerrados en ese ciclo de deseo, culpa y destrucción—era insostenible.

Tenía que intentar algo.

Cualquier cosa.

El mensaje de la noche anterior había sido escueto.

Yo: ¿Sigue en pie lo de mañana?

Había tardado media hora en responder.

Maya: Supongo.

¿A qué hora?

Acordamos las once.

Sin prisas.

Sin expectativas altas, o eso me decía a mí mismo.

A las diez y media, oí sus pasos bajando las escaleras.

Iba directa a la cocina.

Entró, y por un instante, nos miramos como dos extraños que se encuentran en una pensión.

Llevaba unos jeans oscuros, botas negras y un jersey de cuello alto beige, sencillo pero que le sentaba de una manera que parecía deliberadamente casual.

Su cabello, liso y suelto, olía a champú.

No llevaba maquillaje, o llevaba tan poco que no se notaba.

Parecía… vulnerable.

Más joven.

Menos la criatura de oscuridad y fuego que habitaba mi mente.

“Hola,” dijo, yendo directa a la nevera para sacar un jugo.

“Hola.

¿Lista?” “¿Lista para qué?” preguntó, sirviéndose un vaso sin mirarme.

“No sé a dónde vamos.” “Tampoco yo.

Pensé que podríamos decidirlo sobre la marcha.” Me levanté, dejando la taza en el fregadero.

“¿Te apetece caminar?

Ir al centro, ver qué hay.” Ella se encogió de hombros, un gesto que ya le conocía bien.

Era su escudo cuando no quería mostrar interés.

“Vale.

Como quieras.” Salimos.

El simple acto de cruzar la puerta juntos, con la intención declarada de pasar tiempo sin un objetivo sexual o conflictivo, era tan extraño que sentí una punzada de surrealismo.

Caminamos en silencio por la acera, manteniendo una distancia prudente.

El aire de la mañana era fresco, prometiendo un día despejado.

“¿Adónde va la gente… normal… un sábado por la mañana?” preguntó Maya de pronto, sin mirarme.

Había un dejo de genuina curiosidad en su voz, mezclado con ironía.

“No lo sé.

A tomar un café, a comprar, al parque… A perder el tiempo, básicamente.” “Suena aburridísimo.” “A veces el aburrimiento es un lujo,” dije, y las palabras me salieron con más amargura de la que pretendía.

Ella me lanzó una mirada de reojo pero no respondió.

Seguimos caminando hacia el centro del pueblo, un lugar que conocíamos como la palma de nuestras manos, pero que hoy parecía un decorado nuevo, visto a través del prisma incómodo de nuestra situación.

El centro estaba animado.

Familias, grupos de amigos, parejas paseando.

Nos colamos entre la gente, dos islas de tensión en un mar de normalidad.

Finalmente, tras unos minutos de caminar sin rumbo, ella se detuvo frente a una pequeña galería de arte.

En el escaparate había unos carteles anunciando una exposición de acuarelas de artistas locales.

“¿Entramos?” pregunté.

Ella asintió, casi imperceptiblemente.

Dentro, el silencio era profundo, solo roto por el leve crujir del suelo de madera bajo nuestros pies.

Las paredes blancas estaban cubiertas de paisajes serenos, bodegones, retratos suaves.

Un mundo de quietud y luz, el opuesto absoluto al caos interior que llevábamos a cuestas.

Maya se alejó de mí, acercándose a los cuadros con una concentración intensa, estudiando cada pincelada, cada elección de color.

La observé desde la distancia.

En ese momento, absorta en el arte, su rostro se relajó.

La furia, la desesperación, los celos, desaparecieron.

Era solo una chica mirando pinturas.

Era hermosa de una manera que no tenía nada que ver con la atracción retorcida que sentía por ella.

Era una belleza simple, humana.

Me acerqué a su lado, frente a un cuadro de un bosque otoñal, los tonos ocres y rojos explotando en el papel.

“Es bueno,” murmuró ella, casi para sí misma.

“El manejo del agua es impecable.

Mira cómo dejó que los colores se mezclaran aquí, sin forzarlos.” “Tú pintas mejor,” dije, y fue la verdad.

Había visto sus cuadros, abstractos, llenos de emociones turbulentas y colores que chocaban.

Eran inquietantes, pero tenían una fuerza que estas acuarelas apacibles no tenían.

Ella se sorprendió, volviéndose a mirarme.

“¿De verdad lo crees?” “Sí.

Tienes… más que decir.

Esto es bonito, pero es decoración.

Lo tuyo no.” Un rubor leve tiñó sus mejillas.

Miró hacia otro lado, pero una esquina de su boca se torció en algo que casi era una sonrisa.

“Nunca me habías dicho eso.” “Nunca me habías mostrado un cuadro tuyo para que te dijera algo.” “Tú nunca preguntaste.” El reproche era suave, pero estaba ahí.

Tenía razón.

En los últimos meses, nuestra conversación se había limitado a Chloe, a nuestros cuerpos, a nuestros conflictos.

No le había preguntado por su arte, por sus clases, por sus pensamientos.

“Pregunto ahora,” dije, con un esfuerzo.

“¿En qué estás trabajando?” Ella dudó, como si desconfiara de mi interés.

Luego, con voz baja, comenzó a hablar.

De un proyecto sobre la dualidad, sobre la luz y la sombra dentro de un mismo espacio.

De cómo quería usar capas de pintura transparente para crear profundidad, para que el espectador viera algo diferente según desde dónde mirara.

Habló de sus frustraciones con una técnica, de la inspiración que había encontrado en un artista japonés contemporáneo.

Yo la escuché.

Y por primera vez en mucho tiempo, la escuché de verdad, sin estar pendiente de una segunda intención, de un ataque o de una seducción.

Era fascinante.

Era una mente compleja, creativa, atormentada quizás, pero brillante.

Cuando salimos de la galería, el silencio entre nosotros era diferente.

Menos cargado, más contemplativo.

“Gracias,” dijo ella de pronto, mientras caminábamos hacia un parque cercano.

“¿Por qué?” “Por escuchar.

Por no hacer un comentario estúpido.” “No soy tan idiota,” dije, y ella soltó una risa breve, genuina.

El sonido me impactó en el pecho.

Era la risa de la Maya de antes, la de cuando éramos niños y compartíamos cómics en el árbol del jardín.

“A veces lo eres,” replicó, pero sin veneno.

Nos sentamos en un banco del parque, observando a los niños jugar y a los dueños pasear a sus perros.

El sol calentaba, a pesar del frescor del aire.

“¿Recuerdas,” dijo ella, mirando los columpios, “cuando intentamos construir una tienda de campaña con las sábanas del tendedero y se nos cayó todo encima?” Un recuerdo lejano y dorado emergió.

Teníamos diez y ocho años, quizás.

“Y mamá nos regañó porque arruinamos las sábanas limpias.” “Las arrugas nunca se le fueron,” sonrió ella.

“Siempre que las ponía en nuestra cama, decía ‘esto es obra de los arquitectos de pacotilla’.” Reímos.

Fue un momento de pura, simple nostalgia.

Un puente hacia un pasado donde éramos aliados, no enemigos ni cómplices en algo prohibido.

Pero como siempre, la calma no podía durar.

Un grupo de chicos y chicas de nuestra edad, claramente de la universidad, pasó cerca de nosotros.

Ian riendo, empujándose.

Uno de ellos, un chico con una chaqueta de los Eagles, miró a Maya con interés evidente.

Luego me miró a mí, evaluando si yo estaba con ella.

Maya lo notó.

Su postura, que se había relajado, se tensó de nuevo.

Su sonrisa se desvaneció.

Los chicos siguieron de largo, pero el daño estaba hecho.

La burbuja se había roto.

“Siempre pasa,” murmuró Maya, clavando la vista en sus manos.

“¿El qué?” “Que cuando por un segundo me olvido de todo… el mundo me recuerda que estoy aquí.

Y que tú estás aquí.

Y que la gente mira.

Y juzga.” Su voz era plana, pero el dolor era palpable.

“No nos conocen, Maya.” “No importa.

Miran.

Y yo los miro a ellos.

A las chicas que podrían hablarte, a los chicos que podrían hablarme a mí.

Y pienso en lo fácil que sería para ti.

Una sonrisa, una conversación tonta, un número de teléfono.

Y lo difícil que es… esto.” No especificó qué era “esto”, pero no hacía falta.

“No quiero una conversación tonta con una desconocida,” dije, y era la verdad en ese momento.

“¿Y con Chloe?

¿Eso también es una conversación tonta?” La pregunta surgió como un resorte, cargada de toda la vieja desconfianza.

Suspiré.

“Chloe es mi amiga, Maya.

Te lo he dicho.

No es una amenaza para… para lo nuestro.” Usar la palabra “nuestro” para definir aquel desastre me hizo sentir un hipócrita, pero era el lenguaje que ella entendía.

“Todo es una amenaza,” dijo ella, con una certeza devastadora.

“Porque todo lo que no soy yo te aleja.

Un pensamiento, una sonrisa, un recuerdo que no me incluya.

Es como si tuviera que competir con el mundo entero por un pedazo de tu atención.” Se volvió a mirarme, y sus ojos brillaban con una angustia fresca.

“Y eso me agota.

Me vuelve loca.” Su honestidad cruda me dejó sin palabras.

No era solo celos.

Era una sensación de precariedad absoluta.

Como si yo fuera un barco y ella se estuviera ahogando, y cualquier ola que no fuera ella podía alejarme.

“No tienes que competir,” dije, pero sonó falso incluso para mis oídos.

“Claro que sí,” replicó, con una sonrisa triste.

“Y lo peor es que ni siquiera sé por qué.

Por qué tú.

Por qué esto.” Hizo un gesto vago entre nosotros.

“No es justo.

Para ninguno de los dos.” Era la primera vez que admitía que aquello también era injusto para mí.

Un pequeño reconocimiento de mi propia trampa.

Nos levantamos del banco y seguimos caminando, pero la ligereza se había esfumado.

La tensión regresó, familiar y opresiva.

Pasamos frente a una cafetería.

La vitrina estaba llena de pasteles coloridos.

“¿Entramos?” propuse, buscando desesperadamente recuperar el terreno perdido.

Ella asintió.

Dentro, el aroma a café recién hecho y a canela era reconfortante.

Pedimos dos cafés y una porción de tarta de manzana para compartir.

Nos sentamos en una mesa en un rincón, lejos de las ventanas.

La proximidad en el espacio reducido era palpable.

Sus piernas estaban a centímetros de las mías bajo la mesa.

Podía ver cada una de sus pestañas, el temblor leve de sus dedos alrededor de la taza.

“Hoy no ha estado mal,” dijo ella al fin, sin mirarme.

“La galería.” “No.

No ha estado mal.” “Podríamos… hacerlo otra vez.

Algún día.” La oferta salió tentativa, como si temiera que la rechazara.

“Sí.

Podríamos.” Un silencio.

Luego, ella alzó la vista.

“¿Esto es lo que querías?

¿Pasar un rato ‘normal’ conmigo?” “No sé lo que quiero, Maya,” admití, exhausto.

“Solo sé que lo de antes no podía seguir.

Y que hoy, a pesar de todo… ha habido momentos en los que no te he tenido miedo.

En los que te he visto.

Solo a ti.” Sus labios temblaron.

Extendió su mano sobre la mesa, no para tocarme, sino dejándola ahí, en el espacio neutral del mantel a cuadros.

Una oferta.

Una pregunta.

Miré su mano.

Delgada, pálida, con manchas de pintura que no salían del todo alrededor de las uñas.

La mano que me había tocado con rabia, con desesperación, con posesión.

Pero también la mano que sostenía un pincel con tanta delicadeza.

Sin pensarlo, cubrí su mano con la mía.

No fue un agarre apasionado.

Fue un contacto suave, precario.

Ella inhaló bruscamente, pero no la retiró.

Sus dedos se movieron un poco, ajustándose bajo los míos.

Un punto de calor en medio del frío de nuestra confusión.

“No prometo que pueda cambiar,” susurró, su voz quebrada.

“No prometo que no me volveré a poner insoportable.

Que no voy a odiar cada sonrisa que le des a otra persona.” “Yo no prometo que vaya a saber cómo manejar esto,” respondí.

“Ni que vaya a hacer siempre lo correcto.” “¿Existe algo ‘correcto’ aquí?” “No lo sé.” Nos miramos a través de la pequeña mesa, nuestras manos unidas sobre los restos de la tarta, en una cafetería llena de gente normal viviendo vidas normales.

Dos extraños unidos por un secreto que deformaba la realidad, intentando encontrar un camino a tientas en la penumbra.

Esa noche, de vuelta en casa, cada uno en su habitación, el silencio no era el de la guerra fría.

Era el silencio de un alto el fuego inestable, de una tregua negociada con palabras torpes y una tarta de manzana.

No se había solucionado nada.

La obsesión, los celos, la atracción tóxica, seguían ahí, latentes.

Pero por primera vez, había un pequeño espacio, un territorio neutral recién descubierto, donde quizás, solo quizás, podríamos aprender a vernos no como monstruos o salvavidas, sino simplemente como dos personas perdidas, tratando de no hundirse juntos.

Sabía que no sería fácil.

Que al día siguiente, un mensaje de Chloe, una mirada de demasiado tiempo, cualquier cosa, podría hacer saltar todo por los aires.

Pero hoy, hoy habíamos logrado algo.

Un frágil punto de partida.

Y en medio de aquel desastre, eso era más de lo que cualquiera de nosotros habría imaginado posible.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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