LUNAS PROHIBIDAS - Capítulo 17
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- Capítulo 17 - 17 Monólogo La Geometría de los Cuerpos Celestes
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17: Monólogo: La Geometría de los Cuerpos Celestes 17: Monólogo: La Geometría de los Cuerpos Celestes Los vi hoy.
Estaban sentados en un banco del parque, bajo un sol demasiado limpio para lo que había entre ellos.
No se tocaban.
No reían.
Ni siquiera hablaban.
Pero el aire a su alrededor estaba cargado, como después de una explosión: cuando el ruido ya pasó, pero sabes que el suelo sigue lleno de cosas a punto de estallar.
Una tensión silenciosa que la mayoría no notaría.
Yo sí.
Él se inclinaba apenas hacia ella.
No mucho.
Lo justo para delatarse.
Ese gesto inconsciente que nace cuando el cuerpo obedece a algo que la cabeza intenta negar.
Y ella… ella estaba rígida, recta, como si sostenerse así fuera la única manera de no quebrarse.
Pero sus ojos la traicionaban.
No miraban el estanque, ni a la gente, ni el día bonito.
Lo miraban a él.
Todo el tiempo.
Y no era una mirada normal.
No era la de dos hermanos.
Tampoco la de dos personas coqueteando.
Era algo más hondo.
Más torcido.
La mirada de quienes han compartido un lugar oscuro, tan oscuro que ya no saben cómo se ve la salida.
De quienes se reconocen no por lo que son, sino por lo que les falta.
Como si cada uno fuera la prueba viviente de que el otro existe.
No se buscaban por amor.
Se necesitaban por miedo.
Y eso es lo que más me aterrorizó.
Porque cuando dos personas se convierten en la única luz del otro, no están iluminándose: están ardiendo.
Y tarde o temprano, todo lo que arde termina consumiéndose.
Yo he visto las señales.
Todas.Los moretones que él intenta esconder con mangas largas incluso cuando hace calor.
La manera en que ella aparece, siempre a tiempo, siempre en silencio, cada vez que él y yo pasamos demasiado rato juntos.
El sobresalto involuntario cuando suena su teléfono.
Y ese cambio de color en su rostro cuando ve su nombre en la pantalla.
Eso no es una dinámica familiar.Es una órbita.
Una cerrada, sofocante, donde dos cuerpos giran sin escapatoria, alimentándose de la misma necesidad mientras se desgastan poco a poco.
No hay espacio para el aire ahí dentro.
Solo para la costumbre y el miedo.
Y yo… yo he fingido no verlo.
He sido el sol.
El sol que no pregunta, que no exige.
El que está siempre ahí: cálido, constante, fácil.
La risa que no pesa.
El lugar donde descansar sin tener que justificarse.
La mano extendida sin condiciones.
O al menos, eso es lo que parezco.
Porque el sol es necesario, ¿no?Sin él todo se enfría, todo se marchita.
Sin mí, él se perdería del todo en esa noche que ella encarna.
Ella es la luna, claro.
Hermosa desde lejos.
Hipnótica.
Pero fría.
Su luz no nace de ella; es reflejo.
Vive de lo que recibe.
De la atención, del conflicto, del vínculo torcido que comparten.
Brilla porque algo más la ilumina.
Porque hay algo que perder.
Si el sol se apagara… si yo me apartara…¿qué quedaría de la luna?
Nada visible.
Solo una masa fría flotando en la oscuridad.
Él cree que la necesita.
Cree que esa oscuridad es profunda, inevitable.
Pero no lo es.
No es profundidad: es vacío.
Y yo… yo no soy vacío.
Yo tengo peso.
Tengo calor real.
Presencia.
Algo que no depende del dolor para existir.
He sido paciente.Demasiado paciente.
Demasiado brillante.Demasiado… solar.
Y quizá ese ha sido mi error.
Porque el sol también quema.El sol también puede ser posesivo.
Puede marcar la piel con su calor y reclamar aquello que ilumina.
He dejado que la luna juegue con una luz que no es suya, creyéndose el centro de su noche.
Pero está equivocada.
La vi hoy.
Intentando ser normal.
Intentando tener una “cita” inocente.
Fue casi triste.
El esfuerzo se notaba desde lejos.
Él estaba incómodo, tanteando un terreno que ya no existe, uno que ellos mismos dinamitaron hace tiempo.
Y ella… vigilante.
Atenta incluso al aire que él respiraba sin pedirle permiso.
No pueden escapar de lo que son.
Y lo que son no lleva a ningún lado.
Yo soy otra cosa.Yo soy la avenida amplia, abierta, llena de luz.
Y ya es hora de que él lo vea.
De que sienta el calor real, no ese frío lunar que lo mantiene atrapado.
No voy a arrancarlo de golpe.
El sol no arranca: atrae.
Calienta.
Afloja.
Hace que las cosas florezcan… o que se derritan.
Voy a acercarme más.
Seré esa amiga perfecta: la que escucha sin interrogar, la que no exige, la que siempre está disponible.
La que ofrece risas, normalidad, descanso.
Y cuando llegue el momento… algo más.
Algo simple.
Algo que no venga cargado de culpa ni de sombras.
Él dice que no quiere nada serio.
Que solo quiere paz.Perfecto.
Yo tampoco quiero algo serio.
No como él cree.
Yo quiero posesión, sí, pero una posesión tranquila.
Solar.
Que gire hacia mí porque quiere, no porque tenga miedo de lo que pasa si se va.
Que me elija sin sentir que está traicionando a nadie.
Ella no puede darle eso.
Nunca podrá.
Está demasiado atrapada en su drama, en sus secretos, en su necesidad de conflicto.
La he observado el tiempo suficiente.
Conozco sus grietas.
Sus miedos.
Sé que sabe que la veo.
Sé que mi presencia la desestabiliza.
Y eso la está consumiendo.
Bien.Que lo haga.
Mientras tanto, yo voy a brillar.
Primero con suavidad.
Luego un poco más.
Hasta que él no pueda mirar hacia otro lado sin sentir la diferencia.
Hasta que su luz le parezca tenue, insuficiente.
Hasta que la luna deje de ser misterio y se convierta solo en una piedra fría flotando en la oscuridad.
Al final, todos orbitamos alrededor de algo.Él ha estado girando alrededor de su propia destrucción demasiado tiempo.
Es hora de cambiar su centro de gravedad.Es hora de que el sol reclame lo que siempre ha iluminado.
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