LUNAS PROHIBIDAS - Capítulo 18
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18: Equilibrio Frágil 18: Equilibrio Frágil El otoño llegó al pueblo sin hacer ruido, como un respiro largo y fresco.
Los árboles del camino a la universidad estallaron en naranjas, rojos y dorados, y el aire dejó atrás la pesadez del verano para volverse limpio, casi crujiente.
Respirar era más fácil.
En casa, la luz entraba más baja, más tibia, dibujando sombras largas en las paredes mientras las tardes se encogían sin que nadie las detuviera.
Y, contra toda lógica, entre Maya y yo se había instalado algo parecido a una tregua.
Día tras día, esa tregua empezó a sentirse como una forma frágil de paz.
No la paz ingenua de antes, sino una consciente, agotada.
La de dos personas que han peleado demasiado y que, por puro cansancio, deciden dejar de apuntarse, aunque sea por ahora.
No había perdón ni explicaciones.
Solo un acuerdo silencioso de no volver a abrir ciertas heridas.
Las reglas de ese territorio neutro no se hablaron; se asumieron.
Por las tardes, después de clases, yo subía a mi habitación a estudiar o a perder el tiempo frente al computador, alternando entre líneas de código y lecturas sin importancia.
Ya no cerraba la puerta con llave.
A veces, al rato, se abría despacio y Maya aparecía.
No preguntaba si podía pasar.
Nunca lo había hecho.
Entraba como quien siempre ha tenido ese derecho y se dejaba caer en mi cama con un suspiro largo, como si el mundo pesara menos allí.
Al principio, su presencia convertía la habitación en un campo eléctrico.
Yo era consciente de todo: de cómo se movía, del roce de las páginas cuando leía, de cada suspiro que soltaba sin darse cuenta.
Todo me tensaba.
Pero, con los días, esa carga fue perdiendo fuerza.
La tensión se fue diluyendo hasta transformarse en algo distinto: una compañía silenciosa que, para mi sorpresa, no pesaba.
A veces incluso resultaba cómoda.
Maya solía traer su cuaderno de bocetos o la tablet y se sentaba a dibujar, concentrada, saltando entre referencias para sus proyectos.
Otras veces se tumbaba boca arriba en mi cama, mirando el techo, con un solo auricular puesto.
Sus pies descalzos marcaban el ritmo de la música contra el borde del colchón, un gesto inconsciente, casi doméstico.
“Oye, mira esto,” decía de pronto, sin alzar la cabeza.
Yo giraba la silla hacia ella.
Me enseñaba un boceto: un personaje para una animación, un estudio de manos, a veces un paisaje abstracto cargado de emociones que solo ella parecía entender del todo.
Al principio, sus explicaciones eran técnicas, precisas.
Pero inevitablemente derivaban en lo que sentía, en lo que quería decir con cada trazo.
“Este azul no es tristeza,” explicaba.
“Es vacío.
El vacío justo antes de tomar una decisión.
¿Lo ves?” Buscaba mis ojos.
Ya no había reproche en su mirada, ni desafío.
Solo intensidad.
Cruda, directa.
Y yo… a veces lo veía.
O al menos lo intentaba.
Comentaba lo que me provocaba, sin demasiada seguridad: “Me gusta esta textura,” o “Esta línea me da vértigo, como si todo fuera a caerse.” Ella asentía, pensativa, y en ocasiones cambiaba algo a partir de lo que yo decía.
Era un intercambio raro.
Íntimo de una forma nueva.
Maya me estaba dejando ver cómo funcionaba su cabeza, y yo estaba ahí no como su enemigo ni como alguien a la defensiva, sino como un testigo cercano.
Privilegiado.
Otras veces, era ella quien se asomaba a mi mundo.
Se acercaba por detrás para mirar la pantalla del computador, abarrotada de líneas de código que para cualquiera parecían puro caos.
“¿Y eso qué hace?” preguntaba, señalando una parte con el dedo.
“Es un algoritmo para ordenar datos.
Como… poner una biblioteca en orden, pero muy, muy rápido.” Arrugaba la nariz.
“Suena aburridísimo.” “Lo es,” admitía.
“Pero es como un rompecabezas.
Cuando por fin funciona, se siente bien.” Ella se quedaba mirando la pantalla unos segundos más, como si las letras y símbolos fueran runas antiguas intentando revelarle un secreto.
“Prefiero mis rompecabezas,” decía al final.
“Tienen color.” Sonreíamos.
Era algo mínimo, casi insignificante.
Pero cada uno de esos momentos iba colocando un ladrillo más en el puente frágil que estábamos levantando entre los dos.
El cambio en su actitud hacia mi aspecto fue otra señal clara de que algo había mutado.
Una tarde, entró a mi habitación mientras yo me probaba una chaqueta nueva, de mezclilla oscura, más suelta que las que solía usar.
“¿Qué te parece?” pregunté, más por llenar el silencio que esperando una respuesta amable.
Se detuvo en el umbral y me observó de arriba abajo con esa mirada crítica que nunca la abandonaba del todo.
Esperé el comentario mordaz, la pulla habitual.
Pero no llegó.
En su lugar, asintió despacio.
“Te queda bien.
El color oscuro te favorece.
Te hace ver… más sólido.” Se acercó y, con una naturalidad que me dejó sin aire, acomodó el cuello de la chaqueta hacia dentro.
Sus dedos rozaron mi nuca: un contacto breve, práctico, casi casual.
Pero no lo fue.
“Sí,” añadió.
“Es mucho mejor que esas camisas a cuadros de leñador.” No hubo veneno en su tono.
Tampoco reproche.
Solo aceptación.
Tal vez incluso algo parecido al orgullo, como si mi cambio fuera, en algún punto retorcido, una consecuencia de ella.
La intimidad física, ese monstruo que siempre había estado al acecho entre nosotros, con garras de culpa y de rabia, también cambió.
No desapareció —eso era imposible—, pero perdió su filo más afilado de violencia y desesperación.
Ya no nacía del choque, de la lucha por el dominio o del intento de herir.
Ahora surgía de la simple proximidad, del silencio compartido, de una calma tan nueva y frágil que era, en sí misma, la sensación más arriesgada que habíamos probado.
Una noche de lluvia, estábamos los dos en el sofá del salón, sumergidos en la quietud azul de la televisión.
Mis padres habían salido a cenar con unos amigos, y la casa, acunada por el repiqueteo constante contra los cristales, era nuestra.
La pantalla murmuraba un documental aburrido sobre la migración de las aves, con planos aéreos de bandadas formando V sobre paisajes invernales.
Ella estaba recostada en un extremo, con las piernas estiradas y dobladas a la altura de las rodillas, completamente absorta en un libro de tapas oscuras.
Yo estaba en el otro extremo, un cojín de por medio, fingiendo interés por las grullas.
Fue en un momento así, en un paréntesis de tiempo tan ordinario que ni siquiera lo vimos venir, cuando sin pensarlo realmente —sin el peso de la decisión, casi como un acto reflejo—, deslicé mi mano por el sofá.
Mi brazo se extendió sobre la lana áspera del cojín, y mi mano se coló, callada y suave, bajo el suéter suelto de lana gruesa que ella llevaba.
Mis dedos encontraron, primero, el calor.
Luego, la piel suave y lisa de su costado, justo por encima de la cintura del pantalón.
Era una temperatura distinta a la del ambiente, un verano particular y vivo.
Ella no se sobresaltó.
No hubo ese sobresalto eléctrico, esa tensión instantánea que solía helar el aire entre nosotros.
Solo un cambio casi imperceptible en su respiración.
Dejó escapar un suspiro pequeño, que se perdió en el narrador del documental, y su cuerpo se arqueó ligeramente, una curva dócil que permitió que mi mano se deslizara más fácilmente, como invitándola a quedarse.
Mis dedos entonces empezaron a explorar, con una curiosidad ahora tranquila.
Trazaron el arco ascendente de sus costillas, contando cada hueso como si fueran los peldaños de una escalera secreta.
Subieron hasta encontrar el borde inferior, firme y elástico, de su sujetador de algodón.
Y luego, con una lentitud deliberada, casi reverencial, mi palma se posó y se cerró con suavidad sobre uno de sus senos.
Era pequeño, encajaba perfectamente en el hueco de mi mano, como si siempre hubiera estado moldeado para caber allí.
A través de la tela del sujetador, sentí cómo su pezón se endurecía al instante, un botón de sensibilidad que presionaba contra el centro de mi palma, un latido mudo que me daba la bienvenida.
Ella entonces dejó el libro a un lado, sobre el sofá, con un gesto natural, como si simplemente hubiera llegado a un punto y aparte.
Giró la cabeza para mirarme.
Sus ojos en la penumbra del salón, iluminados solo por el parpadeo azulado de la pantalla, eran oscuros, pero no había urgencia en ellos.
No había esa llama devoradora.
Solo una calidez profunda, líquida, un consentimiento silencioso que llenaba el espacio entre nosotros más que cualquier palabra.
Se acercó un poco más, deshaciendo la distancia del cojín, y apoyó la cabeza en el hueco de mi hombro.
Su pelo olía a champú de manzana y a la humedad de la noche.
Yo continué acariciándola, con movimientos lentos, circulares, hipnóticos.
Mi pulgar dibujaba círculos sobre la tela, sintiendo cada cambio en su textura, cada pequeña contracción de su piel bajo mi toque.
En la pantalla, las grullas volaban en cámara lenta sobre montañas nevadas, en un silencio majestuoso y ajeno.
No hubo palabras.
No hubo un intento de desabrochar, de buscar más piel, de convertir esto en un preludio.
No había un “más allá” que alcanzar.
Fue solo eso: el contacto.
El peso de su seno en mi mano.
El calor que se fundía entre su espalda y mi pecho.
La lluvia golpeando con persistencia suave contra la ventana, encerrándonos en una burbuja de tiempo suspendido.
Era una intimidad que no buscaba consumir ni poseer, ni siquiera probar algo.
Simplemente existía.
Y en esa existencia tranquila, era más poderosa, más arraigada, que cualquier acto de pasión violenta que hubiéramos cometido antes.
Era el monstruo domesticado, acurrucado a nuestros pies, respirando al mismo ritmo que nosotros.
Otras veces, era ella quien tomaba la iniciativa.
Entraba en mi habitación mientras yo estaba concentrado en el teclado, sin decir nada, y se acercaba por detrás.
Me rodeaba el cuello con los brazos y apoyaba la barbilla en mi cabeza.
Olía a pintura fresca y a su champú de almendras, un aroma que ya reconocía incluso antes de sentirlo.
“Estás muy callado,” murmuraba.
“Estoy pensando.” “Deja de pensar un rato.” Y entonces sus manos descendían, deslizándose por mi pecho con una familiaridad que ya no me paralizaba.
Me hacía contener la respiración, sí, pero no por miedo.
Era otra cosa.
Una anticipación extraña, densa, un placer que ya no venía acompañado solo de culpa, sino también de una sensación de conexión real, torcida desde el origen, pero real al fin y al cabo.
En la universidad, nuestra dinámica también había cambiado.
Ya no existía la persecución constante ni el acecho desde la distancia.
Todo era más… civilizado.
Nos cruzábamos en los pasillos o en la cafetería.
A veces ella iba con su grupo de amigos de arte; yo, con Lucas, Ana o Chloe.
Bastaba un gesto con la cabeza, una sonrisa breve, en ocasiones incluso un “¿qué tal?” dicho al pasar.
Para cualquiera que mirara desde fuera, éramos simplemente un hermano y una hermanastra que se llevaban bien.
Nada más.
Y esa normalidad aparente era, quizá, la máscara más peligrosa de todas.
Pero en esos cruces breves, en ese contacto visual que duraba un segundo más de lo necesario, viajaba todo el universo de nuestra nueva normalidad.
Un te vi, un luego nos vemos en casa, un esto nuestro sigue aquí, pero ya no nos rompe.
Chloe solía estar cerca en esos momentos.
Sonreía y saludaba a Maya con una naturalidad que parecía sincera.
“¡Hola, Maya!
Me encantó ese diseño que subiste a Instagram.” Maya le devolvía la sonrisa, correcta, medida.
Pero sus ojos, cuando se posaban en Chloe, eran rápidos y atentos, como los de un gato observando a un pájaro que no termina de comprender.
Yo captaba ese cruce silencioso y sentía cómo se me formaba un pequeño nudo en el estómago.
La tregua era con Maya.
Chloe era otra cosa.
Otro territorio.
Una frontera todavía sin trazar.
Y la forma en que se observaban dejaba claro que ambas lo sabían.
Una tarde, en la biblioteca, me topé con Chloe en la sección de informática.
Estaba hojeando un libro sobre diseño de interfaces.
“¿Buscando inspiración para tu próxima hazaña?” le pregunté, acercándome.
Levantó la vista y sonrió al instante, una sonrisa que le iluminó la cara.“Algo así.
Quiero que mi próximo proyecto no solo funcione, sino que sea bonito.
Que invite a quedarse.” Cerró el libro y se apoyó contra el estante.
Luego añadió, casi como al pasar: “Por cierto, te vi hablando con Maya antes.
Se les ve… bien.
Más relajados.” Su comentario era casual, pero en mí encendió una pequeña alarma.“Sí, hemos… hemos estado intentando llevarnos mejor,” dije.
“Es más fácil ahora que conocemos los horarios del otro y todo eso.” “Me alegra,” respondió, y sonó genuino.
Luego bajó un poco la voz, como si compartiera una confidencia.
“Es que antes a veces parecía que… no sé.
Que había mucha tensión.
Como si os debierais dinero o algo.” Se rió despacio, con una suavidad casi disculpándose por la broma.
Forcé una risa.
“Algo así.
Cosas de familia.” “Claro.” Su mirada se quedó en mí un instante más, cálida, directa.
“Bueno, me alegra que se haya pasado.
Por ti.” Dio un paso hacia adelante, lo justo para que el mundo alrededor desapareciera un poco.
“Y hablando de cosas que nos hacen bien… ¿te apetece salir el viernes?
Nada complicado.
Ir a ese bar de tapas nuevo que abrieron cerca del parque.
Lucas y Ana también van.” La invitación era grupal, inocente en la superficie.
Pero la cercanía, el tono, la forma en que había enlazado la idea con algo “que nos hace bien”… todo eso abría una puerta apenas entreabierta.
Una puerta hacia su territorio de luz, de normalidad posible.
“Suena bien,” dije.
La sonrisa que me regaló fue tan luminosa que, por un segundo, borró la imagen de Maya esperándome en casa, con sus dibujos, su silencio compartido y esa tregua frágil que aún sosteníamos como si fuera de cristal.
Al salir de la biblioteca y caminar de regreso a casa bajo la luz dorada y fría del otoño, me invadió una sensación extraña: la de estar viviendo en dos mundos distintos que, por algún milagro temporal, todavía no chocaban.
En uno, existía una tregua compleja y silenciosa con la oscuridad que conocía demasiado bien.
En el otro, empezaba a dibujarse la promesa de una luz sencilla, casi tentadora en su normalidad.
Sabía —en algún rincón lúcido de mi cabeza— que ese equilibrio no era real, que era frágil como un castillo de naipes armado sobre secretos, culpas y deseos mal nombrados.
Pero después de tantos meses de guerra constante, esa calma, incluso si era prestada, incluso si era una mentira piadosa, se sentía deliciosa.
Lo suficiente como para querer creer en ella.
Al menos un día más.
El otoño seguía avanzando, tiñendo el mundo de colores hermosos y condenados a desaparecer.
Y yo caminaba en medio de ese paisaje, con las manos en los bolsillos y el pecho un poco menos apretado, pensando que tal vez —solo tal vez— no todo tenía que doler todo el tiempo.
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