LUNAS PROHIBIDAS - Capítulo 19
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19: La Trampa Dorada 19: La Trampa Dorada El bar de tapas era exactamente el tipo de sitio que Chloe elegiría: luminoso sin ser estridente, con una decoración rústica y moderna a la vez, música de fondo lo bastante discreta como para no pelear con las conversaciones, y una carta de pintxos que parecía diseñada para mirarse antes que para leerse.
El aire olía a aceite de oliva, a jamón serrano y a esa promesa ligera de los viernes por la noche, cuando el fin de semana todavía es una posibilidad intacta.
Lucas y Ana ya estaban allí, inclinados sobre sus teléfonos y riéndose de algo, cuando llegamos.
“¡Por fin!” dijo Lucas alzando su jarra de cerveza a modo de saludo.
“Pensamos que se habían perdido.” “El profesor de Interfaces nos secuestró con una perorata interminable,” se quejó Chloe mientras se quitaba la chaqueta ligera de mezclilla con un gesto natural, casi coreografiado.
Debajo llevaba un top sencillo, color crema, que le sentaba peligrosamente bien.
Se sentó frente a mí, y su rodilla rozó la mía bajo la mesa pequeña y redonda.
Fue un contacto casual, sin intención evidente… pero noté que no se apartó.
“¿Ya pidieron algo?” La noche empezó a fluir con esa facilidad engañosa que tienen las salidas en grupo cuando nadie carga el ánimo.
La conversación saltaba sin esfuerzo: profesores absurdos, planes vagos para el próximo puente, películas que nadie terminaba de ponerse de acuerdo en ver, anécdotas vergonzosas de primeros trabajos.
Chloe era, como siempre, el centro gravitacional: preguntaba, escuchaba, se reía con ganas, y conseguía que todos orbitáramos a su alrededor sin darnos cuenta.
Ana y Lucas acabaron enfrascados en una discusión amistosa sobre videojuegos, levantando la voz lo justo para fingir indignación.
Y por un rato —solo un rato— me permití relajarme del todo.
Flotar en la simpleza del momento.
Era justo lo que había estado buscando sin saber cómo nombrarlo: normalidad.
Camaradería.
Una conexión limpia, sin capas de tensión ni sombras escondidas.
Una noche que no pedía nada más que estar presente.
Pero en uno de esos breves remansos de calma, mientras Lucas se levantaba para ir por otra ronda, Chloe se inclinó hacia mí.
Su perfume —fresco, con un fondo dulce, algo que me recordaba al pepino— invadió mi espacio personal sin resultar invasivo.
“¿Estás bien?
Te noto un poco ido,” dijo.
Sus ojos verdes se detuvieron en los míos con una atención sincera, sin ironía.
“Sí, sí.
Solo cansado.
Ha sido una semana larga.” “Lo sé.” Sonrió con complicidad.
“Por eso esta noche es perfecta.
Para desconectar.” Con un gesto que parecía completamente espontáneo, apoyó el brazo en el respaldo de mi silla.
No llegó a tocarme, pero su cercanía se volvió envolvente, casi protectora.
Luego giró la cabeza hacia el otro lado.
“Oye, Ana, ¿te acuerdas de aquella vez que intentamos hacer sushi en casa de Lucas y terminamos con arroz pegado en el techo?” La anécdota absurda desvió la conversación, arrancando risas.
Pero la sensación de su brazo detrás de mí, el calor de su cuerpo a tan poca distancia, se quedó.
Miré mi vaso: apenas quedaba un sorbo de agua con gas y limón.
Chloe lo notó al mismo tiempo, como si tuviera un radar permanente para esas cosas.
“¡Se nos acaban las bebidas!” anunció, incorporándose.
“Voy por otra ronda.
¿Lo de siempre para todos?” Al pasar junto a mí, su mano se apoyó un segundo en mi hombro.
Un contacto breve, casual… y suficiente.
“Tú relájate, mayordomo,” dijo con una sonrisa ladeada.
“Esta noche te toca que te sirvan a ti.” Le devolví la sonrisa, genuinamente agradecido.
Chloe caminó hacia la barra, charlando con el camarero como si lo conociera de toda la vida.
Desde la mesa, observé su perfil recortado por las luces cálidas del local, su risa fácil, su presencia luminosa.
Era una escena de normalidad casi perfecta.
Y, sin embargo, algo se agitó dentro de mí.
Una inquietud pequeña pero persistente.
Todo encajaba demasiado bien.
Era exactamente lo que yo necesitaba, como si alguien hubiera leído mis pensamientos y ajustado la noche a medida.
Como si Chloe estuviera interpretando, sin esfuerzo, el papel ideal.
Mientras ella esperaba en la barra, mi teléfono vibró en el bolsillo.
Lo saqué despacio, con un presentimiento incómodo.
Era un mensaje de Maya.
Maya: La casa está muy silenciosa.
Papá y mamá se fueron al cine.Maya: Terminé el proyecto de las capas de color.
Quedó… intenso.
Adjuntó una foto.
Era un primer plano del lienzo.
Un remolino denso de azules y negros que parecía girar sobre sí mismo, tragándose el espacio.
En el centro, un destello de amarillo luchaba por existir, no brillante, sino exhausto, como el último aliento de algo que se niega a desaparecer.
No había equilibrio, no había calma.
Solo fuerza y tristeza empujándose mutuamente.
Sentí un nudo cerrarse en mi garganta.
Eso era Maya.
No las ironías, no los silencios cargados.
Esto.
Su forma de decir la verdad sin palabras.
No anécdotas ligeras ni risas compartidas, sino un grito atrapado en color.
Escribí despacio.
Yo: Es increíble.
De verdad.Yo: Da vértigo.
La respuesta llegó casi de inmediato.
Maya: Vértigo.Maya: Esa era la palabra que buscaba.
Hubo un segundo de silencio digital.
Luego: Maya: ¿Qué haces?
Miré alrededor.
La mesa, las risas de fondo, el tintinear de vasos.
La barra iluminada.
Chloe hablando con el camarero, inclinada hacia delante, viva, presente.
El mundo sencillo.
Volví a la pantalla.
Yo: En el bar.
Con Chloe, Lucas y Ana.
Esta vez la pausa fue más larga.
Lo suficiente como para que mi pulgar dudara sobre la pantalla.
Lo suficiente como para sentir el cambio de temperatura al otro lado.
Finalmente, apareció.
Maya: Ah.Maya: Diviértete.
Nada más.
Dos palabras limpias, correctas.
Demasiado correctas.
Guardé el teléfono, pero la imagen del cuadro seguía ardiendo detrás de mis ojos, superpuesta a las luces cálidas del bar.
Dos mundos hablando idiomas distintos.
Y yo, atrapado justo en medio, sintiendo que cualquier paso que diera iba a inclinar el suelo bajo mis pies.
Solo dos palabras.
Pero las leí con su tono exacto: plano, contenido, el de alguien que cede terreno no porque quiera, sino porque ya no le queda fuerza para sostenerlo.
No había reproche, ni ataque.
Solo ese silencio cargado que Maya manejaba mejor que nadie.
El remolino oscuro del cuadro se me superpuso a las luces cálidas del bar, como una doble exposición mal hecha.
Por un segundo, sentí que me partía en dos: una mitad aquí, intentando pertenecer a la luz y al ruido; la otra aún en su habitación, aprendiendo a leer el idioma de su dolor a través de pinceladas.
“¡Para el hombre que lo tiene todo… o al menos, para el que necesita relajarse un poco!” La voz de Chloe me devolvió al presente.
Había regresado con una bandeja.
Dejó una jarra de cerveza frente a Lucas, un cóctel rosado frente a Ana y, delante de mí, un vaso alto con un líquido ámbar y burbujeante, adornado con una rodaja de naranja y un ramito de romero.
“Este es para ti,” dijo.
“Es una especie de gin-tonic especiado que hace el barman.
Dice que es infalible contra el cansancio.
Prueba.” “Wow… gracias.
Parece serio.” “Lo es.
Así que tómalo con calma.” Sonrió con una complicidad tranquila mientras se sentaba de nuevo a mi lado, su propio vaso —más sencillo, menos adornado— en la mano.
Levanté el vaso.
Olía a ginebra, a cítricos, a algo herbal que no supe nombrar.
El primer trago fue suave, casi inocente.
Demasiado fácil.
Tenía un sabor profundo, ligeramente dulce al final, el tipo de bebida que te engaña haciéndote olvidar lo fuerte que es.
Chloe chocó su vaso contra el mío.
“Por las pequeñas treguas,” dijo.
Sus ojos brillaron un segundo, con algo que no alcancé a leer, antes de beber.
“¿Por las treguas?” pregunté, todavía con el eco de la palabra vibrándome en el pecho.
“Por los momentos en que dejamos de pelear con todo,” aclaró.
Su mirada se sostuvo en la mía un segundo de más, lo suficiente para incomodarme.
Bajé los ojos al vaso y bebí otro trago, más largo.
El líquido frío me recorrió la garganta y dejó un calor lento, expansivo, casi amable.
A mi alrededor, la conversación retomó su curso, pero ya no la seguí del todo.
Las voces empezaron a sonar amortiguadas, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.
El nudo que llevaba horas apretado, con el nombre de Maya en el centro, se fue aflojando.
No desapareció, pero perdió filo.
En su lugar quedó un peso agradable en brazos y piernas, una pesadez que invitaba a quedarse quieto.
Me recosté un poco más en la silla.
El brazo de Chloe, que seguía apoyado en el respaldo, rozó ahora mi hombro.
Esta vez no fue un accidente.
Tampoco me aparté.
“Se te ve mejor,” murmuró cerca de mi oído.
Su voz era baja, íntima.
Su aliento, tibio, se mezcló con el aroma a romero y cítricos de la bebida.
Sonreí sin pensar.
“Este trago es… mágico,” dije.
Mi propia voz me sonó espesa, como si hubiera pasado por agua antes de salir.
Bebí otro sorbo.
Ya iba por la mitad, aunque no recordaba haberlo decidido.
El mundo empezó a perder definición en los bordes.
Las luces se suavizaron.
Las risas de Lucas y Ana se convirtieron en un murmullo alegre, lejano, como una canción conocida sonando desde otra habitación.
El mensaje de Maya, el cuadro, el remolino oscuro… todo se hundió en una especie de barro tibio, cómodo.
No importaba ahora.
Nada importaba demasiado.
Solo existía ese instante: la música baja, la mesa de madera, el sabor dulce y herbal en la boca, y el calor del cuerpo de Chloe a mi lado.
Me di cuenta, vagamente, de que ella casi no bebía.
Sostenía su vaso, jugaba con la rodaja de limón, daba sorbos pequeños, medidos.
En cambio, cuando bajé la vista, mi vaso estaba vacío.
“¿Otro?” preguntó.
No esperó la respuesta.
Ya lo tenía en la mano.
“No sé… me está…” Intenté ordenar la frase, pero se me desarmó antes de llegar al final.
“Vamos, es viernes,” dijo con suavidad.
“Uno más.
Para dormir como un bebé.” Su sonrisa era tranquila, convincente, imposible de discutir.
Asentí, porque decir que no exigía una claridad que ya no tenía.
La cabeza me pesaba como si estuviera rellena de algodón húmedo.
Los pensamientos flotaban, lentos, pegajosos.
El segundo vaso llegó.
Esta vez no sabía a casi nada.
Solo era frío, burbujeante.
Bebí por reflejo, para apagar una sed que no sabía de dónde venía.
El alcohol bajó sin resistencia.
La última imagen nítida fue el rostro de Chloe observándome.
Su sonrisa ya no era solo amable.
Había algo expectante en ella, una atención concentrada, como quien espera el momento exacto en que algo va a suceder.
Después, las luces del bar se estiraron en líneas brillantes.
La voz de Lucas me llegó deformada, desde muy lejos.
Intenté hablar, pero la lengua no me obedecía.
“Creo que… me pasé,” logré decir, apoyando la frente en la mesa.
“Tranquilo,” dijo Chloe, muy cerca.
Su tono era suave, pero había una firmeza nueva debajo.
“Yo me encargo.” Levantó la vista hacia los otros.
“Lucas, Ana… creo que ya nos vamos yendo.
A este hay que llevarlo a casa.
Se me descompuso.” Y yo, demasiado pesado para protestar, demasiado envuelto en esa calma artificial, dejé que la noche decidiera por mí.
Hubo risas comprensivas, despedidas que me llegaron como ecos deformados.
Alguien dijo algo que sonó amable.
Alguien más chocó una mano contra mi hombro.
Luego sentí un brazo firme rodeándome la cintura y tirando de mí hacia arriba.
Me puse de pie.
O algo parecido.
Mis piernas respondían con retraso, como si fueran extremidades prestadas.
El suelo parecía inclinarse.
El aire fresco de la noche me golpeó la cara y, por un segundo, pensé que eso me aclararía la cabeza.
No lo hizo.
Fue como hundirme en algo más espeso.
Las farolas se alargaban, se curvaban, bailaban.
“Mi casa…” intenté decir.
Salió como un murmullo inútil.
“Shhh, ya está.
Tranquilo.
Casi llegamos,” susurró Chloe.
No íbamos hacia mi casa.
Lo supe.
No como una idea clara, sino como una incomodidad vaga, enterrada muy al fondo, demasiado lejos para importarme de verdad.
Todo estaba amortiguado.
El mundo entero parecía envuelto en algodón.
Lo único nítido era el apoyo de su cuerpo sosteniéndome, el olor limpio de su pelo, y una necesidad aplastante de cerrar los ojos.
Hubo un coche.
Recuerdo el vaivén del asiento, el motor ronroneando como un animal doméstico.
Una canción suave en la radio, irreconocible.
Apoyé la frente contra la ventana fría y ese contraste me dio un escalofrío lento.
La mano de Chloe se deslizó por mi pelo, despacio, con una ternura tan cuidadosa que me apretó el pecho.
Sentí ganas de llorar, sin saber por qué.
Después, luces artificiales filtrándose por mis párpados entreabiertos.
Un letrero de neón que parpadeaba.
Una puerta que se abría.
El olor me llegó antes que la imagen: limpio, químico, impersonal.
Aire acondicionado.
Desinfectante barato.
No era casa de nadie.
Era un lugar de paso.
“¿Dónde…?” intenté preguntar.
“En un sitio tranquilo,” dijo ella, cerca.
“Nada más.
Descansa.” Me ayudó a sentarme en el borde de una cama demasiado firme.
El edredón era beige, genérico, como si nadie hubiera dormido allí de verdad.
La luz de una lámpara pequeña dibujaba sombras suaves en las paredes.
El polvo flotaba lentamente en el aire.
Ella se arrodilló frente a mí.
Sus movimientos eran seguros, prácticos.
Me desató los zapatos uno por uno.
Sentí cómo me los quitaba, cómo mis pies tocaban la alfombra áspera.
Luego sus manos subieron, deteniéndose un instante, como si midiera algo invisible.
El sonido metálico de la hebilla al soltarse resonó demasiado fuerte en la habitación silenciosa.
Y en algún rincón lejano de mi mente, una alarma intentó encenderse.
Pero la oscuridad era más rápida.
Un destello de alarma, débil y lejano, atravesó la niebla de mi mente.
“Chloe… no… no puedo…” “Shhh.
No tienes que hacer nada.
Déjame a mí.” Su voz era una caricia, una orden, un consuelo.
Todo a la vez.
Mi resistencia era un castillo de arena ante la marea de esa sustancia en mi sangre y el agotamiento total de mi cuerpo.
Mi cabeza cayó hacia atrás, golpeando suavemente la pared detrás de la cama.
Cerré los ojos, y el mundo se redujo a sensaciones.
Sentí cómo sus manos tiraban de la cintura de mis pantalones y de mi ropa interior, bajándolos hasta mis muslos.
El aire frío de la habitación, cargado del olor a polvo y a limpiador barato, golpeó mi piel desnuda de la cintura para abajo, provocando un estremecimiento involuntario que nada tuvo que ver con el deseo.
Luego, sus manos, cálidas y decididas, me tocaron.
No había en ese contacto la urgencia posesiva y familiar de Maya, ni la ternura cuidadosa que Chloe había mostrado hasta ahora.
Había algo distinto: una curiosidad técnica, una determinación silenciosa y concentrada.
Sus dedos me rodearon, midiendo el peso y la forma, acariciando con una presión exacta y calculada que, a pesar de la niebla algodonosa que nublaba mi mente y mi cuerpo exhausto, provocó una respuesta física inmediata e involuntaria.
Un gemido gutural, ronco y ajeno, se me escapó de lo más hondo del pecho.
“Ahí está,” murmuró ella, y en su voz había un tono de satisfacción baja, casi de logro.
Su aliento, caliente y cercano, me rozó la piel un instante antes de que su boca me encontrara.
Fue diferente a todo lo conocido.
No había en su acto sumisión, ni adoración, ni esa furia posesiva y familiar a la que estaba acostumbrado con Maya.
Había… control.
Un control absoluto y desapasionado.
Ella manejaba mi cuerpo con la destreza práctica de quien conoce un instrumento musical, sacando sonidos y reacciones fisiológicas que yo no sabía que podía producir.
La niebla en mi mente se tiñó de un rojo profundo, de un deseo puramente animal, desprovisto de pensamiento, de emoción, de la culpa que siempre acechaba.
Solo quedaba impulso puro, una corriente eléctrica que ella dirigía.
Jadeaba, mis puños se aferraron a las sábanas ásperas y frías del motel.
Abrí los ojos a medias, la visión borrosa, y la vi allí, arrodillada entre mis piernas.
Su rostro estaba concentrado, absorto, sus labios brillantes y sus ojos cerrados en una expresión de profundo deleite casi clínico.
Al verla así, consumida por ese acto pero con esa serenidad técnica, algo se quebró violentamente dentro de mí.
No fue el placer físico lo que hizo estallar el dique.
Fue la rabia.
Una rabia ciega, furiosa, sin dirección precisa, que se volvió contra todo: contra la niebla química en mi cerebro, contra la manipulación sutil que intuía pero que mi mente entorpecida no podía procesar, contra mi propia debilidad patética, contra la sombra larga y fría de Maya que, incluso aquí, se cernía en un rincón de la habitación.
Y sobre todo, contra la facilidad aterradora con la que ella, Chloe, la chica de luz, había conseguido reducirlo todo a esto.
Con un gruñido que no sonó humano, me liberé bruscamente de su boca.
La agarré por los hombros con una fuerza instintiva que la hizo gritar, pero el grito sonó ahogado, y en su tono capté un destello de excitación, no de dolor.
La levanté como si pesara nada y la arrojé sobre el colchón hundido.
Ella cayó de espaldas, rebotando, con los ojos muy abiertos.
No había miedo en esa mirada.
Había una expectación salvaje, hambrienta, como la de un depredador que ve acercarse a su presa.
Su top color crema ya estaba desabrochado, revelando por debajo un sujetador de encaje negro, delicado y totalmente calculado.
No perdí tiempo en coqueteos.
Se lo arranqué.
No fue un acto de seducción, fue una toma, un despojo.
Sus senos, más pequeños, más firmes y altos que los de Maya, con pezones rosados y erectos como capullos, quedaron expuestos al aire frío y a mi mirada enfurecida.
Me abalancé sobre ella, enterrando mi cara en la curva de su cuello, mordiendo la piel salada sin cuidado, sin intención de amor, solo de marca.
Ella gritó otra vez, un sonido largo y tembloroso que se quebró al final, y sus uñas, afiladas, se clavaron en mi espalda, arañando con una ferocidad que era respuesta y aliento.
“Sí… así… más fuerte…” jadeaba en mi oído, su voz convertida en un susurro ronco y desesperado que alimentaba el fuego.
Sus piernas se enroscaron alrededor de mis caderas con fuerza de hiedra, sus talones presionando la parte baja de mi espalda, incitándome, guiándome hacia ella.
No hubo preparación, ni delicadeza, ni miramientos.
La penetré de un solo movimiento brutal, profundo, un acto de posesión que nos arrancó un gemido sincronizado y gutural, una mezcla de dolor agudo y placer cortante.
Ella se arqueó bajo mi peso, su espalda formando un puente perfecto y tenso, ofreciéndose por completo.
“¡Así!
¡Así es como lo quiero!” gritó, y su mirada no estaba en mí, sino fija en el techo manchado de la habitación, perdida en un éxtasis que parecía alimentarse directamente de mi violencia desatada.
Comencé a moverme, con un ritmo salvaje y sin compás, cada embestida un intento ciego de destrozar algo dentro de mí, de afirmar una soberanía que sentía perdida, de escapar de la cárcel de mi propia cabeza.
El sonido de nuestros cuerpos sudorosos chocando, de la cabecera ligera de la cama golpeando contra la pared de yeso con un thud-thud-thud rítmico, llenó la habitación barata.
Y ella no dejaba de hablar, sus palabras eran un torrente sucio, excitado y provocador que avivaba cada vez más mi furia.
“¡Muestra quién manda!
¡Hazme sentir que existo!
¡Rompe a la buena chica!
¡Soy tuya, haz lo que quieras conmigo!” Cada palabra era un latigazo en mi espalda, un golpe que me hacía empujar con más fuerza.
La agarré de las muñecas, sus huesos finos bajo mis dedos, y se las inmovilicé sobre la almohada, por encima de su cabeza.
Ella forcejeó, no para liberarse, sino para probar la resistencia de mi agarre, para sentir el peso completo de la dominación.
Su respiración era un jadeo continuo, sus ojos se volvieron vidriosos, llenos de lágrimas brillantes que no eran de tristeza, sino de una entrega absoluta y perversa.
La posición la hacía sentirse más vulnerable, más a mi merced, y ella se derritió en ella, gimiendo palabras sueltas, incomprensibles, entrecortadas por los embates.
Cambié de ángulo, la giré sobre sus manos y rodillas sin soltarla del todo, en un movimiento brusco.
Esta nueva vista, su espalda pálida y arqueada, la curva definida de su trasero, me enfureció aún más, como si esa sumisión visual fuera el insulto final.
La penetré por detrás, con una fuerza que la hizo gritar y hundir la cara en la almohada, ahogando el sonido.
Una de mis manos se enredó en su pelo, tirando de su cabeza hacia atrás, exponiendo la línea tensa y vulnerable de su cuello, que besé y mordí con furia acumulada.
La otra mano se deslizó por su costado, por la planicie de su vientre, hasta encontrar el nudo sensible y húmedo entre sus piernas.
No la acaricié.
La presioné, la froté con rudeza, siguiendo el ritmo frenético y despiadado de mis embestidas.
“¡Ahí!
¡Por ahí!
¡No pares!
¡Te necesito así, fuerte, descontrolado!” Sus gritos estaban ahogados por la tela de la almohada, pero los oía, y cada uno era un puñado de gasolina en el incendio que consumía mi razón.
Sentí que el clímax se acercaba, no como una ola de placer, sino como una explosión imparable de pura rabia física, una necesidad de descargar todo el veneno.
“¿Dónde?” gruñí, mi voz irreconocible, áspera por los gritos y la fatiga.
“¡Dentro!
¡Quiero sentirlo todo!
¡Marca tu territorio!” gritó ella, volviando la cabeza a un lado para mirarme con unos ojos desquiciados de placer, desafiante y completamente entregada.
Esas fueron las palabras finales, el detonante.
Con un rugido que pareció rasgarme la garganta, me hundí en ella hasta el fondo, y el mundo exterior estalló en un blanco cegador y silencioso.
Fue un cataclismo puramente físico, una descarga electroconvulsiva de todo el veneno, la confusión y la rabia acumulada durante meses.
No hubo luz, ni pensamiento, solo una implosión violenta del sentido.
Me desplomé sobre su espalda, jadeando, cubierto de un sudor frío, sintiéndome vacío como un cráter.
Ella también se derrumbó bajo mi peso, su cuerpo sacudido por una serie de espasmos largos y profundos, un llanto entrecortado de satisfacción extrema saliendo de sus labios hinchados.
Pasaron minutos, quizás horas; el tiempo se había disuelto.
La conciencia regresó a gotas lentas y pesadas, fría y nauseabunda.
El olor a sexo agrio, a sudor y a la habitación cerrada me revolvió el estómago.
Me separé de ella con un movimiento torpe, rodando hacia un lado de la cama, sintiendo el frío repentino del aire en mi piel húmeda.
Mi cabeza era un yunque de hierro sobre el que alguien martilleaba con ritmo constante.
Miré a mi alrededor con dificultad.
La habitación de motel, barata y anónima, con sus cuadros insípidos y su alfombra manchada.
La ropa esparcida por el suelo como los restos de un naufragio.
Y Chloe, acurrucada a mi lado, respirando con una calma profunda y regular, una sonrisa pequeña, extrañamente serena y satisfecha, en sus labios hinchados y rojizos.
A la luz mortecina, pude ver los moretones en forma de media luna que florecían en sus muñecas delicadas, y las marcas violáceas de mis dientes en la curva de su hombro.
Las miré, y una ola de horror denso y pegajoso me cubrió, ahogándome.
“Oh mierda,” susurré, mi voz destrozada, irreconocible incluso para mí.
“Chloe… lo siento… yo… no quise… no era yo…” Ella abrió los ojos.
No había en ellos lágrimas, ni miedo, ni reproche alguno.
Solo una calma profunda, y algo más, algo que me heló la sangre hasta los huesos: un triunfo claro, tranquilo y absoluto.
“No lo sientas,” dijo, su voz ronca por los gritos pero sorprendentemente clara.
Extendió una mano y me acarició la mejilla con los nudillos, un gesto que en ese contexto me pareció obsceno y perturbador.
“Fue perfecto.
Exactamente lo que necesitaba.
Lo que necesitábamos los dos.” “Yo estaba… no estaba en mis cabales.
Esa bebida… me nubló…” “Te relajó,” corrigió ella, sin pestañear, su mirada fija y lúcida.
“Te quitó las inhibiciones.
Te dejó ser… quien eres.
Esto que acaba de pasar, este eres tú, sin todas esas capas de culpa y confusión que te ahogan.” Se incorporó sobre un codo, sin el más mínimo pudor por su desnudez o por las marcas que la cubrían, y se sentó a mi lado en la cama.
Su cuerpo, convertido en un testimonio mudo de mi violencia, parecía exhibirlas con una especie de orgullo perverso.
“No quiero un novio dulce que me lleve a cenar y me abra la puerta.
Quiero esto.
Momentos crudos, donde no haya nada más que esto.
Sin compromisos asfixiantes, sin dramas de pareja eternos.
Solo esto.
Cuando lo necesitemos los dos.
Nada más.” Sus palabras, frías y lógicas, se colaban en mi mente aún enturbiada y dolorida, tratando de encontrar un hueco donde hacer sentido.
¿Me estaba proponiendo un acuerdo?
¿Estaba diciendo que lo que había pasado, mi pérdida total de control, esa furia casi violenta, era algo que ella buscaba activamente, que deseaba?
“Eres una masoquista,” dije, sin poder creerlo, la palabra saliendo como un susurro acusador.
Ella sonrió, una sonrisa amplia y genuina que no encajaba con nada en la habitación, con nada en el mundo que yo conocía.
“Y tú, cuando dejas de pensar, cuando te sueltas… eres bastante sádico.
Parece un buen equipo, ¿no te parece?” Se inclinó hacia mí y me dio un beso suave en los labios, un beso que sabía a ella, a mí, al alcohol barato y a la mentira fundamental de la noche.
“No hablemos más ahora.
Duérmete.
Mañana las cosas… se verán con más claridad.” Y se acostó de nuevo, dándome la espalda, como si lo más natural del mundo fuera dormir junto al hombre que acababa de marcarla como un animal, en la quietud repentina de una habitación que ahora guardaba un secreto mucho más retorcido y peligroso que cualquier adulterio.
Se acostó a mi lado, pegando su cuerpo al mío, y cerró los ojos, como si acabáramos de tener una cita romántica.
Yo me quedé mirando el techo manchado de la habitación de motel, el horror y la confusión solidificándose en un bloque de hielo en mi pecho.
Había cruzado una línea, borracho y drogado, y había encontrado al otro lado no a la Chloe solar y sencilla, sino a esto.
A una desconocida que se alimentaba de la oscuridad que yo había creído exclusiva de Maya.
Y lo peor, lo que me hacía temblar de frío a pesar del calor de su cuerpo, era darme cuenta de que una parte de mí, una parte profunda y repugnante, había disfrutado de esa liberación animal, de esa furia sin freno.
Mientras Chloe se dormía con una sonrisa en los labios, yo permanecí despierto, atrapado entre las sombras de dos mujeres que, a su manera, me reclamaban con una posesión que ahora sabía que podía ser igual de peligrosa, disfrazada una de tormenta y la otra de luz.
El otoño seguía fuera, frío e implacable, pero en esa habitación anónima, acababa de descubrir que bajo la misma piel de la normalidad podía latir un corazón tan oscuro y necesitado como cualquier otro abismo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com