LUNAS PROHIBIDAS - Capítulo 2
- Inicio
- Todas las novelas
- LUNAS PROHIBIDAS
- Capítulo 2 - 2 El eco de algo que no debería ser
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
2: El eco de algo que no debería ser.
2: El eco de algo que no debería ser.
Intenté enterrar lo sucedido bajo capas de racionalización.
Quizás había sido un espasmo, algo físico, totalmente desconectado de cualquier contexto.
Quizás ella tenía un problema médico, una condición rara que yo desconocía.
O, la opción más probable, yo había malinterpretado de manera grotesca y perversa un simple gesto de afecto fraternal mezclado con la fatiga del viaje.
Era la única salida lógica.
Así que decidí creérmelo.
Pero el universo, o más bien Maya, parecía empeñada en sabotear mi frágil autoengaño.
Los días que siguieron se desarrollaron bajo un nuevo régimen, uno que operaba con dos constituciones claramente diferenciadas.
Cuando estábamos con mis padres, en el comedor, frente al televisor, paseando por el jardín.
Maya era la imagen de la indiferencia saludable.
Me hablaba con la cortesía distante de un conocido.
“¿Podrías pasarme la sal, por favor?” “Papá pregunta si quieres ir al supermercado.” Su tono era plano, su lenguaje corporal, abierto y neutro.
Podía estar sentada en el extremo opuesto del sofá, sumergida en su teléfono, como si yo fuera un mueble más, uno ligeramente incómodo que había aparecido de visita.
Mi madre comentaba, aliviada: “Qué bien que se llevan tan civilizadamente ahora, sin aquellas peleas tontas de antes”.
Robert asentía, satisfecho con la paz doméstica.
Esa pantalla se desvanecía en el instante en que la puerta principal se cerraba tras ellos o en los silencios de la casa cuando subían a su habitación.
Entonces, el aire cambiaba.
Se cargaba de una electricidad silenciosa.
La primera vez que noté el cambio fue en la cocina, dos días después del incidente.
Mis padres habían ido a visitar a unos amigos.
Ella estaba lavando unos platos, yo secándolos.
El silencio no era incómodo, pero estaba alerta, como un animal que presiente un movimiento en la maleza.
“¿Normalmente eres así de meticuloso cuando secas los platos?” preguntó de pronto, sin mirarme.
Su voz no era la de antes.
Había bajado un tono, adquirido una textura más áspera, más íntima.
No era una voz para lanzar al aire de una cocina; era una voz para espacios reducidos.
“No sé qué quieres decir” respondí, concentrado en frotar un plato.
“Que eres algo minucioso.” Giró la cabeza hacia mí.
Tenía las manos hundidas en el agua jabonosa, pero su mirada era seca, directa.
Aquel brillo extraño no estaba, pero había sido sustituido por una intensidad concentrada que me resultaba igual de desconcertante.
“Me imagino que te tomas tu tiempo para entender las cosas.
Para… desmenuzarlas”.
La palabra “desmenuzarlas” salió de sus labios como algo tangible, una uva que hubiera exprimido ligeramente.
Sentí un calor repentino en la nuca.
“Supongo” murmuré, apartando la vista.
Ella sonrió, un movimiento leve de los labios, y volvió a fregar.
Pero había plantado una semilla.
Una semilla que no era de hermandad.
El contacto físico, que antes era ocasional, empezó a sentirse como un idioma propio.
Uno que ella hablaba con fluidez y que yo apenas entendía.
En el pasillo angosto que llevaba al baño, “cedía el paso” de una manera que hacía que su pecho rozara mi brazo.
Era un toque mínimo, apenas un segundo, pero suficiente para que todo mi cuerpo se pusiera alerta.
Cuando veíamos una película en el sofá —con mi madre mirándonos de reojo y sonriendo por “lo unidos que estábamos”— ella se estiraba y su pie descalzo terminaba, casi por casualidad, apoyado en mi pantorrilla.
Lo dejaba ahí, cálido, insistente, como si no tuviera prisa por moverse.
En la pantalla explotaban naves espaciales, pero yo solo podía pensar en ese punto de calor tocando mi piel y en lo imposible que me resultaba concentrarme en otra cosa.
Una tarde, buscando un libro en el estante del salón, se acercó por detrás.
Yo estaba agachado, revisando los lomos.
Sentí su presencia a centímetros, el calor de su cuerpo a mi espalda.
Su brazo se extendió por encima de mi hombro para alcanzar un volumen en el estante superior.
La manga de su camiseta holgada me rozó la oreja, el costado de su seno presionó, suave pero innegable, contra mi hombro.
Permaneció así un instante, demasiado tiempo para ser un accidente, el tiempo justo para que yo inhalara y captara su olor, el mismo de aquella tarde en su cuarto.
“Perdón” dijo, su voz un susurro justo a mi lado, sin un ápice de verdadera disculpa.
“El espacio está un poco justo”.
Se retiró con el libro, dejándome agachado, con el corazón martilleándome en los oídos, sintiendo la huella fantasmal de su cuerpo contra el mío.
Era un juego de aproximaciones y retiradas.
Un bombardeo de microseñales que, por separado, podían negarse, pero que en conjunto formaban un patrón inconfundible y deliberado.
Yo me sentía como un campo de batalla donde luchaban dos ejércitos desmoralizados.
Por un lado, la confusión y el rechazo visceral.
Esto estaba mal.
Era un territorio prohibido, una línea familiar que no solo no debía cruzarse, sino que ni siquiera debía olisquearse.
Cada roce, cada mirada cargada, era una traición a la familia que dormitaba en la habitación de al lado, a la confianza de mi madre, al hombre que me había dado su apellido.
Me sentía sucio, cómplice por omisión, por no haber dicho algo, por no haber puesto un límite claro aquella primera vez.
El miedo a equivocarme, a ser yo el perverso que leía malicia donde solo había afecto torpe, me paralizaba.
Pero del otro lado acechaba la curiosidad.
Una curiosidad malsana, avivada por el misterio de ella.
¿Qué demonios pasaba por su cabeza?
¿Qué juego era este?
¿Era poder, era deseo, era confusión, era todo a la vez?
Su dualidad era fascinante.
La frialdad calculada con los padres, la sensualidad taimada a solas.
Era como observar a una espía perfecta, una actriz que interpretaba dos papeles con maestría absoluta.
Y en el centro de ese enigma estaba el evento nuclear, el momento en su habitación que lo había cambiado todo.
Un orgasmo silencioso, sin estímulo aparente.
¿Cómo era posible?
La pregunta científica, biológica, se mezclaba con la moral, creando una mezcla explosiva de fascinación y repulsión.
A veces, en medio de una de sus “incursiones”, captaba su mirada y veía, no seducción, sino algo parecido a… experimentación.
Como si yo fuera un espécimen, una variable en una ecuación personal que ella estaba resolviendo.
Hablábamos, sí, pero nunca de esto.
Nunca de nada que realmente importara.
Eran conversaciones de clima, de series, de recuerdos sueltos.
Ella llevaba la charla con una habilidad casi quirúrgica, manteniéndola lejos de cualquier borde emocional.
Si yo intentaba acercarme a uno, cambiaba el tema con una pregunta sobre la universidad o algo tan abstracto que me obligaba a irme de la emoción y meterme en la cabeza.
Aun así, buscaba esos ratos a solas conmigo.
Se asomaba al marco de mi puerta cuando yo leía, se quedaba ahí apoyada sin decir palabra durante minutos.
O se sentaba en el escalón de arriba cuando yo subía, obligándome a pasar cerca de ella.
Era como si necesitara asegurarse de que yo estaba ahí, de que seguía dentro de su órbita.
Probaba los límites de ese tirón entre nosotros, pero sin dejar que ninguna palabra lo llamara por su nombre.
La tensión se fue compactando día tras día, roce tras roce, hasta convertirse en un secreto compartido que nadie decía en voz alta.
Un secreto que parecía inhalar y exhalar entre nosotros, denso e invisible.
A veces, en la mesa, nuestras miradas se cruzaban apenas un segundo por encima de la sopa, y en ese instante mínimo se deslizaba algo prohibido, algo que ninguno de los dos nombraba.
Ella lo rompía enseguida, girándose hacia mi madre para preguntar por la receta, como si nada hubiese pasado.
Éramos cómplices de algo que yo no terminaba de entender, y que ella fingía no notar.
Todo se acumuló hasta llegar a un punto crítico una noche, tal vez una semana después de que yo llegara.
Había sido un día exhausto de tanta normalidad forzada.
Mis padres se acostaron temprano.
Yo estaba en mi habitación, tratando de leer un ensayo que se me escapaba entre los dedos como arena.
La casa estaba inmóvil, hecha de silencio.
Y entonces escuché algo.
O quizá dejé de escucharlo.
Fue más bien la ausencia de un sonido que debería estar allí.
Un silencio distinto, expectante, que venía del otro lado del pasillo.
Luego, un leve crujido de su cama.
Me quedé inmóvil, el libro abierto sobre mi regazo.
La sangre comenzó a latir en mi pecho con un ritmo sordo y pesado.
Otro sonido.
Un suspiro.
No de cansancio o sueño.
Era un suspiro contenido, dirigido, el preludio de algo.
Mi cuerpo se puso en alerta máxima, todos los sentidos afinados hacia su puerta, a unos metros de la mía.
Entonces empezó.
Era apenas audible.
Un roce rítmico, lento al principio, de sábanas.
Un movimiento friccionado, constante.
No había duda.
No podía haber otra interpretación.
Maya se estaba masturbando.
El aire de mi habitación se espesó, se volvió irrespirable.
Cada uno de esos leves sonidos era un martillazo en mi cráneo.
Me levanté de la cama, sin hacer ruido.
Las piernas me llevaron a mi puerta, luego al pasillo, impulsadas por una fuerza que estaba más allá de la razón.
Me detuve frente a su habitación.
No había luz bajo la puerta.
Solo la oscuridad y ese sonido, ahora un poco más rápido, un poco más apremiante.
Me quedé allí, en la fría penumbra del pasillo, paralizado por una duda que era un torbellino.
¿Entrar?
¿Abrir esa puerta y enfrentar la realidad, ver con mis ojos lo que mi mente ya pintaba con colores vívidos y prohibidos?
¿Confrontar finalmente el juego, romper el hechizo de los roces y las miradas con un acto definitivo?
La idea me atraía con la fuerza gravitacional de un agujero negro.
Era el siguiente paso lógico en esta danza demencial.
Quizás ella lo esperaba.
Quizás ese sonido era una invitación, un cebo.
Pero el miedo era más fuerte.
El miedo a tener razón.
El miedo a equivocarme y encontrarla dormida, a verme como un monstruo que irrumpe en la habitación de su hermanastra por una alucinación perversa.
El miedo a lo que sucedería después, a que el secreto dejara de ser tácito y se convirtiera en una verdad explícita e ingobernable.
A que todo se rompiera para siempre.
Y también… había rabia.
Una rabia sorda y amarga.
¿Por qué me ponía en esta posición?
¿Por qué me obligaba a ser el guardián de su secreto, el testigo forzoso de su intimidad?
Este acto, tan privado, ya no lo era.
Al hacerme escucharlo, al saber que yo estaba al otro lado de la pared (y algo en mí sabía que ella lo sabía), me convertía en participante.
Era una violación a la inversa.
Un gemido sofocado atravesó la puerta.
Breve, ahogado en la almohada, pero inequívoco.
Fue la gota que colmó algo en mí.
No de deseo, sino de una tensión insoportable.
No entré.
Di media vuelta y regresé a mi habitación, cerrando la puerta con un clic apenas audible que sonó como un portazo en el silencio de mi alma.
Me dejé caer en la cama, cubriéndome los oídos con las manos.
Pero era inútil.
No podía bloquear el sonido que ahora resonaba dentro de mi cabeza.
Lo oía en el susurro de la calefacción, en el crujir lejano de la casa, en el latido de mi propia sangre.
Se mezcló con el recuerdo del temblor en su cuerpo sentado en mi regazo, con el roce de su brazo en el pasillo, con el peso de su pie en mi pierna.
La noche se alargó, interminable.
Cada minuto era una losa.
Finalmente, los sonidos cesaron.
Un silencio profundo, cargado de fatiga, cayó sobre la casa.
Pero para mí, no hubo silencio.
El eco de lo escuchado, de lo imaginado, de lo intuido, llenó cada rincón de la oscuridad.
Me acompañó en la vigilia, se coló en sueños fragmentados y febriles.
A la mañana siguiente, bajé con ojeras y un nudo en el estómago.
Ella ya estaba en la cocina, preparando café.
Llevaba pantalones de una sudadera y una camiseta amplia.
Tenía el pelo recogido en un desorden, y lucía una serenidad radiante, como si hubiera dormido doce horas seguidas.
Al verme, me sonrió.
Una sonrisa amplia, normal, de hermana.
“Buenos días, dormilón.
Te has quedado hecha una piedra”dijo, sirviendo una taza y deslizándola hacia mí.”Toma.
Pareces un fantasma”.
Tomé la taza, evitando tocar sus dedos.
La miré a los ojos, buscando algún rastro, algún guiño de complicidad, un rubor, cualquier cosa que delatara el concierto privado de la noche anterior.
No había nada.
Solo la claridad absoluta, la normalidad impenetrable.
Era la misma mirada que había tenido después de sentarse en mi regazo.
La mirada que borraba todo lo anterior a ella.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com