Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

LUNAS PROHIBIDAS - Capítulo 20

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. LUNAS PROHIBIDAS
  4. Capítulo 20 - 20 Resaca de Ceniza
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

20: Resaca de Ceniza 20: Resaca de Ceniza La luz de la mañana se colaba por las cortinas beige del motel, desteñidas por demasiados amaneceres iguales, dibujando franjas pálidas sobre la alfombra manchada.

La conciencia volvió a mí a trompicones.

Primero, el dolor.

Un martillazo seco en las sienes, rítmico, implacable.Luego, las náuseas, densas, subiendo desde el estómago con un sabor agrio, metálico.Y después… el recuerdo.

No llegó en forma de imágenes claras.

Llegó como el cuerpo recuerda las pesadillas.

Sensaciones sueltas, sin orden: uñas clavándose en mi espalda con desesperación, un jadeo roto que no sonaba a placer sino a hambre, a algo que no se sacia; el regusto amargo de la ginebra mezclado con romero y sudor.

Y, de pronto, un destello nítido: moretones violáceos sobre una piel pálida que no era la de Maya.

Giré la cabeza sobre la almohada áspera.

Chloe dormía a mi lado, de perfil, la respiración lenta.

La luz de la mañana no tenía piedad.

Revelaba las marcas con una claridad obscena.

Los óvalos oscuros en sus muñecas, exactamente donde mis dedos se habían cerrado con demasiada fuerza.

La sombra amoratada de una mordida en la curva de su hombro.

Un arañazo rojo, aún inflamado, recorriéndole el costado.

No parecían huellas de una noche compartida.

Parecían restos.

Como si alguien hubiera pasado arrasando y se hubiera ido sin mirar atrás.

Yo.

El horror me atravesó de golpe, frío, absoluto.

Me incorporé demasiado rápido y la habitación se volcó.

La cabeza me explotó en una sinfonía de dolor.

Me llevé las manos a la cara, sentí la aspereza de mi barba, el sudor seco pegado a la piel.

La pregunta no fue un pensamiento elaborado.

Fue un gemido mudo, primitivo, que me retumbó en el pecho: ¿Qué he hecho?

No era una pregunta moral.

Era existencial.¿Qué parte de mí —liberada por una sustancia y por una manipulación que ahora veía con una claridad aterradora— era capaz de eso?

No del sexo.

Del abandono brutal.

De la violencia.

De cruzar una línea y no mirar atrás.

De la manera en que Chloe no solo lo había permitido, sino que lo había guiado.

Lo había querido.

Lo había alimentado con cada grito.

Ella se movió a mi lado.

Un suspiro profundo escapó de sus labios.

Abrió los ojos.

No hubo confusión matutina.

Ningún parpadeo lento, ningún desajuste.

Sus ojos grises me encontraron de inmediato, lúcidos, atentos.

Y en ellos no había rastro de arrepentimiento, ni de dolor, ni siquiera de sorpresa.

Había una calma evaluadora.

Y debajo de ella, una satisfacción honda, silenciosa, que me dio más miedo que cualquier reproche.

“Buenos días,” dijo, con la voz ligeramente ronca.

Se estiró con la languidez de un gato, sin pudor alguno, exponiendo las marcas con una naturalidad que las volvía aún más perturbadoras.

“¿Cómo está tu cabeza?” La banalidad de la pregunta me dejó sin aire.

“¿Qué… qué me diste, Chloe?” Se encogió de hombros.

El gesto hizo que su expresión se tensara apenas un segundo, un recordatorio mudo del dolor que cargaba en el cuerpo.

“Algo para ayudarte a relajarte.

Estabas muy tenso.” Una sonrisa breve, íntima, cruzó su rostro.

“Parece que funcionó.

Más de lo que esperaba, la verdad.” “Me drogaste,” dije.

La palabra salió áspera, rota por la resaca y la incredulidad.

“Me trajiste aquí… y…” No pude terminar.

No hacía falta.

La prueba estaba escrita sobre su piel.

“Y tú me diste exactamente lo que necesitaba,” completó ella, incorporándose en la cama.

La sábana se deslizó hasta su cintura.

No intentó cubrirse.

Me observó con atención clínica.

“No finjas arrepentimiento ahora.

No después de lo… presente que estuviste anoche.” Cada palabra era precisa.

Afilada.

“Fue la primera vez que te vi sin todas esas capas,” continuó.

“Sin la culpa.

Sin la confusión.

Sin Maya.”Pronunció su nombre sin énfasis, como quien nombra un concepto abstracto.

“Anoche fuiste honesto.

Fuiste simple.” Me atravesó un escalofrío, porque en medio del horror había una verdad que no podía negar.

Anoche no pensé en Maya.No pensé en mis padres.No pensé en el mañana.

Fui un cuerpo respondiendo a estímulos.

Nada más.

Y en ese vacío… había una forma retorcida de libertad.

“Eso no era yo,” dije al fin.

Pero incluso a mis propios oídos sonó frágil.

“Claro que lo eras.

Era la parte de ti que guardas bajo llave.

La parte que tu hermanastra huele, pero no logra sacar del todo, ¿verdad?” La palabra “hermanastra” la pronunció con una inflexión especial, cargada de un conocimiento que me heló la sangre.

“Ella juega con el drama, con la obsesión, con el dolor.

Es… teatral.” Bajó la mirada hacia su propio cuerpo y señaló uno de los moretones con un dedo.

“Esto es real.

Es crudo.

Y a mí me gusta lo crudo.” Se levantó de la cama y caminó desnuda hacia el baño.

Su espalda también estaba marcada por líneas rojas irregulares.

No intentó cubrirse.

Encendió la ducha con un gesto mecánico, indiferente a mi mirada atónita, como si todo aquello fuera la consecuencia más natural del mundo.

Sentí que me ahogaba.

Había dos monstruos en mi vida, no uno.

Y acababa de descubrir que el que se presentaba como refugio era, quizá, el más peligroso de todos, porque usaba la luz para cegarte antes de mostrarte su verdadera forma.

El viaje de regreso a casa fue un silencio denso dentro de su coche compacto y limpio.

Yo miraba por la ventana, viendo desfilar las calles familiares como si pertenecieran a otro planeta.

El olor a café barato y a su perfume —ahora mezclado con el olor rancio del sexo en nuestra ropa— me revolvía el estómago.

“No tienes que preocuparte,” dijo de pronto, en un tono casual, como si comentara el tráfico.

“No voy a contárselo a nadie.

No voy a pedirte que seamos novios.” Hizo una breve pausa.

“Esto es solo… un arreglo.

Entre amigos.

Para cuando la presión sea demasiada y necesites desahogarte.

De la manera que sea.” Me miró de reojo.“Yo obtengo lo que necesito.

Tú también.

Es simbiótico.” “Me usaste,” dije.

La voz me salió plana, vacía.

“Te liberé,” corrigió sin alterarse.

“Y tú me diste un regalo.

Así que estamos a mano.” Frenó frente a mi casa.

La fachada blanca, el jardín ordenado, todo parecía una postal de una vida que ya no me pertenecía.

“Piénsalo,” añadió.

“Cuando te canses de caminar sobre cáscaras de huevo con ella, ya sabes dónde encontrar una salida más… directa.” Salí del coche sin decir nada.

Mi cuerpo era un peso extraño, mis piernas de goma.

Cerró la puerta y se alejó, despidiéndose con un gesto leve de la mano.

La vi desaparecer calle abajo y, por un instante, deseé que ese coche se la llevara para siempre.

Al abrir la puerta de casa, el silencio era denso, expectante.

Era más tarde de lo que pensaba; casi mediodía del sábado.

Olía a café recién hecho y a algo horneándose.

Normalidad doméstica.

Un insulto.

“¿Hijo?

¿Eres tú?” La voz de mi madre llegó desde la cocina.

“Sí.” La palabra me salió áspera, como si me raspara la garganta.

“¿Todo bien?

Anoche no llegaste.” “Sí.

Bien.

Me quedé un poco más en la fiesta.” Mentir era tan fácil ahora que daba miedo.

Subí las escaleras.

Cada peldaño exigía un esfuerzo desproporcionado.

Pasé frente a la puerta de Maya.

Estaba cerrada.

Me detuve.

Un impulso irracional —una necesidad de ver su rostro, de encontrar en sus ojos oscuros algún reflejo de la catástrofe que era mi vida— me empujó a tocar suavemente la madera.

No hubo respuesta.

“Maya.” Nada.

Empujé la puerta.

No estaba con llave.

Su habitación estaba en orden, bañada por la luz blanca del mediodía.

La cama hecha.

Los pinceles lavados y alineados con una pulcritud casi clínica.

Pero ella no estaba.

En el centro de su escritorio, apoyado contra la pared, había un lienzo pequeño, cubierto con un trapo.

Al lado, una nota doblada.

La tomé con dedos que temblaban apenas, lo suficiente como para traicionarme.

Me fui a pintar al campo.

El silencio de la casa se me hacía ruidoso.

No sé cuándo volveré.

No esperes.

No había firma.

Las palabras eran neutras, pero las leí en su tono más plano, más distante.

El tono que usaba cuando estaba herida pero decidida a no mostrarlo.

¿Lo sabía?

¿Podía haberlo sabido?

No había forma.

Y, sin embargo, Maya siempre había tenido una conexión intuitiva, casi sobrenatural, con mi estado.

Quizás solo había sentido la ausencia, la ruptura de nuestro frágil equilibrio, y había huido antes de que el silencio se volviera insoportable.

O quizás… quizás había visto algo.

Un mensaje no respondido.

Una vibración extraña en el aire al verme salir con Chloe la noche anterior.

No importaba.

El resultado era el mismo: se había ido.

Había retirado su presencia, su complicidad silenciosa, el único punto de anclaje que, por retorcido que fuera, me mantenía sujeto a alguna versión reconocible de mí mismo.

Dejé la nota exactamente donde estaba y me retiré a mi habitación.

Cerré la puerta y me dejé caer en el borde de la cama.

El olor de Chloe todavía me envolvía, emanando de mi propia ropa como una acusación persistente.

Me la quité toda, arrojándola a un rincón como si estuviera contaminada, y me metí bajo la ducha fría.

Froté mi piel hasta enrojecerla, intentando borrar la sensación de sus uñas, el sabor de su piel, la imagen de las marcas.

No funcionó.

Salí, me sequé de manera mecánica y me vestí con ropa limpia.

Me miré en el espejo.

Los ojos que me devolvían la mirada estaban inyectados en rojo, hundidos en profundas ojeras.

Parecía un extraño.

Alguien que había cruzado un umbral del que no había retorno.

Había descubierto que la “luz” de Chloe era un faro que guiaba hacia aguas más traicioneras, y que la “oscuridad” de Maya —mi cómplice, mi obsesión, mi ancla— se había retirado, dejándome a la deriva.

Me tumbé en la cama, mirando al techo.

El dolor de cabeza palpitaba al ritmo de mi corazón.

La culpa, ahora, no nacía de un deseo prohibido.

Era algo peor: de haber encontrado placer en una violencia que no reconocía como mía, y de haber traicionado, no a Maya como pareja, sino a esa frágil y monstruosa verdad que compartíamos.

Había manchado nuestro secreto con otro secreto aún más sucio.

Había roto el pacto no dicho.

Y ahora estaba solo.

Atrapado entre la celda de la obsesión de Maya y el laboratorio de la perversión de Chloe.

Dos caras de una misma moneda envenenada.

Dos mujeres que, a su manera, veían en mí no a una persona, sino a un instrumento para satisfacer sus propias necesidades oscuras.

El otoño doraba las hojas al otro lado de la ventana, pero dentro de mí solo quedaba ceniza, y el frío anticipo de una tormenta que sabía inevitable.

La tregua había terminado.

La guerra ahora tenía dos frentes.

Y yo, en medio, ya no sabía quién era, ni qué era capaz de hacer, ni a qué abismo pertenecía realmente.

Solo sabía que había caído más bajo de lo que jamás imaginé…y que no había nadie a quien aferrarme para salir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo