LUNAS PROHIBIDAS - Capítulo 21
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21: Pacto de Cicatrices 21: Pacto de Cicatrices El domingo transcurrió en un limbo opresivo.
La casa, normalmente llena de pequeños ruidos domésticos los fines de semana, parecía haber contenido la respiración.
La ausencia de Maya era una presencia en sí misma, más grande y más palpable que cualquier cosa que hubiera traído consigo.
Mi madre comentó su ida al campo para pintar con naturalidad, atribuyéndolo a un arranque de inspiración artística.
Robert asintió, absorto en el periódico.
Para ellos, era una excentricidad más.
Para mí, era un repliegue de tropas, un silencio cargado de significado que resonaba en cada rincón vacío.
Intenté estudiar.
Las líneas de código en la pantalla se convertían en polimatías indescifrables.
Cada alerta del teléfono hacía que mi corazón diera un vuelco, pero nunca era ella.
Era Lucas bromeando, un recordatorio de la universidad, o Ana compartiendo un meme.
Chloe no mandó nada.
Su silencio era tan calculado como su discurso.
Me había dado su mensaje, su “oferta”, y ahora me dejaba cocinarme a fuego lento en mi propio caldo de culpa, confusión y esa repulsiva chispa de atracción que no podía extirpar.
Por la tarde, no pude soportarlo más.
Salí a caminar sin rumbo, las manos enterradas en los bolsillos de mi chaqueta, la cabeza baja.
El aire otoñal, fresco y limpio, no lograba limpiar el hedor que sentía pegado a mi piel, un olor psicológico a mentira y a sudor frío.
Terminé, sin saber cómo, en el parque donde Maya y yo habíamos estado sentados aquella tarde de tregua.
El banco estaba vacío.
Las hojas caídas formaban un mosaico crujiente a sus pies.
Me senté en el mismo lugar donde ella se había sentado, y por un instante delirante, casi pude sentir el calor de su cuerpo al lado, el peso de su silencio comprensivo.
Pero no había nada.
Solo el viento susurrando entre las ramas desnudas y el graznido lejano de los cuervos.
Ella se había ido a buscar silencio porque el silencio de la casa, nuestro silencio compartido, se le había vuelto insoportable.
¿Lo habría sentido?
¿La vibración en el aire cuando cruzaba la línea con Chloe?
¿O era simplemente el desgaste natural de nuestro frágil armisticio, resquebrajándose bajo el peso de lo que éramos?
Lunes.
Volver a la universidad fue como ponerse un disfraz que ya no me quedaba bien.
La normalidad del campus, los estudiantes yendo de un lado a otro, las risas, las conversaciones triviales, me parecían una obra de teatro en la que había olvidado mi papel.
Me movía como un autómata, respondiendo a saludos con monosílabos, evitando encontrarme con la mirada de nadie demasiado tiempo.
La vi en la cafetería.
Chloe.
Estaba sentada en una mesa junto a la ventana, la luz de la mañana iluminando su pelo castaño desordenado, hojeando un libro de texto.
Llevaba un suéter de cuello alto de color beige.
Desde mi posición, no podía ver si el cuello cubría las marcas.
Probablemente sí.
Ella era meticulosa.
Parecía la imagen misma de la estudiante aplicada y serena.
Nadie que la mirara habría imaginado lo que había sucedido en esa habitación de motel, lo que se escondía bajo esa tela suave.
Dudé.
Mi instinto fue dar media vuelta y salir.
Pero antes de que pudiera moverme, levantó la vista.
Sus ojos grises me atravesaron la distancia del local, sin sorpresa, como si me hubiera estado esperando.
Y sonrió.
No una sonrisa triunfante o provocativa.
Era una sonrisa cálida, de reconocimiento, la misma sonrisa de siempre.
La sonrisa solar.
Me hizo un gesto con la cabeza, invitándome a acercarme.
Mis pies se movieron antes de que mi cerebro pudiera decidir lo contrario.
Caminé hacia su mesa, sintiendo cada paso como si el suelo fuera de gelatina.
“Hola, despistado,” dijo, cerrando el libro.
“Pensé que hoy te darías de baja por esa resaca monumental.” Su tono era ligero, amistoso.
Nada en ella delataba el pacto sórdido que había propuesto.
“Estoy bien,” mentí, dejando caer mi mochila al suelo.
“No lo pareces.” Su mirada se volvió ligeramente escrutadora, pero de una preocupación falsamente genuina.
“Tienes cara de no haber pegado ojo.
¿Problemas?” ¿Problemas?
La pregunta era tan absurda que casi solté una risa amarga.
“No.
Solo… no dormí bien.” “Lo del viernes,” dijo, bajando la voz un poco, como si fuera a compartir un secreto médico.
“A veces esas mezclas pueden dejarte el sistema revuelto un par de días.
Deberías beber más agua.” Hablaba como una enfermera, no como la cómplice de lo que había pasado.
“¿Te alivió al menos?
La tensión, digo.” La miré fijamente, buscando en sus ojos algún rastro de la mujer hambrienta y perversa del motel.
Solo vi claridad, interés amistoso.
Era desconcertante.
Era aterrador.
Era como si Chloe tuviera un interruptor, y hubiera vuelto a la posición de “amiga normal” sin el más mínimo esfuerzo.
“Chloe…” empecé, sin saber siquiera qué iba a decir.
¿Acusarla?
¿Preguntarle qué mierda había usado?
Ella levantó una mano, deteniéndome.
“No hace falta que hablemos de eso,” dijo suavemente.
“En serio.
Fue… una noche intensa.
Las cosas pasan.
Lo importante es que estamos bien, ¿no?” Sus dedos jugueteaban con la esquina del libro.
“Y lo que dije… la oferta.
Sigue en pie.
Sin presión.
Piensa en ello como… una válvula de escape.
Para cuando lo necesites.
Yo estaré ahí.” Su pie, bajo la mesa, rozó el mío.
No fue un roce sensual.
Fue un toque casual, pero deliberado.
Un recordatorio físico.
“Pero por ahora, somos amigos.
Como siempre.
¿Vale?” Su capacidad para comparte-mentalizar era monstruosa.
Y, de alguna manera, también liberadora.
Me estaba dando una salida.
Podía fingir, como ella, que nada anormal había sucedido.
Podía retroceder a la seguridad de nuestra amistad, aunque ahora supiera que bajo esa superficie había un abismo.
Y que la puerta a ese abismo estaba abierta, esperándome.
“Vale,” dije, y la palabra sabía a ceniza.
“Genial.” Su sonrisa se amplió, y por un segundo, fue la Chloe de siempre, la que hacía que todo pareciera más sencillo.
“Oye, el grupo de estudio para el examen de Bases de Datos es esta tarde en la biblioteca.
¿Vas a venir?
Lucas dijo que sin tu cerebro para lo de las consultas anidadas, estamos perdidos.” Asentí.
Era más fácil decir que sí, seguir el flujo de la normalidad que ella tan hábilmente dirigía.
La tarde de estudio fue una tortura peculiar.
Estar sentado en la misma mesa que Chloe, viéndola interactuar con Lucas y Ana con su chispa habitual, riéndose de sus bromas, discutiendo conceptos con seriedad, era surrealista.
Cada tanto, nuestras miradas se encontraban.
En las de ellos, solo había camaradería.
En las de ella, había un destello rápido, un guiño de complicidad privada que solo yo podía descifrar, antes de volver a sumergirse en la conversación general.
Era como si compartiéramos un secreto sucio en medio de la biblioteca silenciosa, y a ella le divirtiera enormemente.
En un momento, mientras Lucas y Ana debatían acaloradamente, ella se inclinó hacia mí como para coger mi borrador.
Su hombro presionó contra el mío.
Su voz, un suspiro apenas audible, llegó a mi oído.
“Te mira mucho, ¿sabes?” “¿Quién?” “Tu hermanastra.” No se giró a mirarme.
Siguió escribiendo una nota en su cuaderno como si nada.
“Desde la mesa de allá atrás, cerca de los estantes de arquitectura.
Lleva diez minutos mirando hacia aquí.
Bueno, mirándote a ti.” Un escalofrío me recorrió la espina dorsal.
Con un esfuerzo titánico para no girarme de golpe, deslicé la mirada hacia donde ella indicaba.
Allí, en la penumbra de un rincón alejado, sentada sola con un portátil y unos auriculares enormes, estaba Maya.
No estaba pintando.
No leía.
Solo miraba.
Directamente hacia mí.
Su expresión era inescrutable a la distancia, pero la postura de su cuerpo era rígida, alerta.
Volví la vista rápidamente a mi libro, el corazón galopándome en el pecho.
“No parece muy contenta,” murmuró Chloe, y en su tono detecté un dejo de satisfacción apenas velado.
“¿Han tenido una pelea?” “No,” respondí demasiado rápido.
“No es eso.” “Hmm.” Chloe hizo una pausa.
“Es curioso.
Siempre tiene esa manera de mirar… como si fueras una ecuación que no logra resolver.
O una pintura que no termina de entender.” Finalmente, me miró.
Sus ojos eran curiosos, inocentes.
“¿Qué será lo que no entiende, tú crees?” La pregunta era una puñalada disfrazada de curiosidad amistosa.
Chloe sabía.
O intuía lo suficiente.
Y le gustaba jugar con fuego, acercando la cerilla a la gasolina de mi relación con Maya solo para ver la chispa.
“No lo sé,” mascullé, concentrándome en la pantalla de mi portátil hasta que las letras se desdibujaron.
Cuando al cabo de un rato me atreví a mirar de nuevo, la mesa de Maya estaba vacía.
Se había ido tan silenciosamente como había aparecido.
Su vigilancia breve pero intensa me dejó más perturbado que su ausencia total.
Ella había visto.
Había visto a Chloe a mi lado, su proximidad, nuestra conversación susurrada.
Para su mente celosa y paranoica, eso sería más que suficiente para tejer mil narrativas de traición.
Chloe, como si hubiera percibido mi ansiedad, puso su mano sobre la mía, sobre la mesa, en un gesto de consuelo que Lucas y Ana no podían malinterpretar.
“Tranquilo.
Seguro que son imaginaciones tuyas.” Sus dedos apretaron los míos ligeramente, una presión reconfortante y posesiva al mismo tiempo.
Luego, retiró la mano y volvió a sus apuntes.
El resto del día fue una niebla.
La imagen de Maya observándome desde las sombras se repetía una y otra vez.
¿Por qué había vuelto?
¿Por qué había ido a la biblioteca?
¿Para vigilarme?
¿Para confirmar sus sospechas?
Su nota decía “no sé cuándo volveré”.
Y sin embargo, allí estaba.
El campo ya no le proporcionaba el silencio que buscaba, o el silencio que necesitaba era otro.
Esa noche, de vuelta en casa, su puerta seguía cerrada.
Pero esta vez, desde el interior, se filtraba el tenue resplandor de su lámpara de sal.
Había vuelto.
No fui a llamar.
No sabía qué decir.
¿Disculparme por algo que no había hecho con ella, pero sí con otra?
¿Preguntarle qué había visto?
¿Contarle la verdad, monstruosa e inconfesable?
Me encerré en mi habitación.
La soledad, antes un respiro, ahora era una celda.
Me llegó un mensaje.
No de Maya.
De Chloe.
Chloe: El estudio hoy fue productivo.
Gracias por salvar a Lucas de sí mismo con esas ecuaciones.
Chloe: Oye, vi la cara que pusiste cuando viste a Maya.
Lo siento si te puse nervioso.
Solo era una observación.
Chloe: ¿Estás seguro de que estás bien?
Pareces… angustiado.
Escribía como la amiga preocupada.
Pero cada mensaje era un hilo que tiraba, enredándome más en su red.
Respondí con evasivas, agradeciéndole su preocupación, diciendo que estaba cansado.
Chloe: Lo entiendo.
A veces el cansancio se junta con otras cosas y es una carga.
Recuerda lo que te dije.
La oferta.
Para aligerar la carga.
Chloe: Buenas noches.
Duerme bien.
Dejé el teléfono boca abajo.
La tentación era un susurro reptante en la parte posterior de mi mente.
La “válvula de escape”.
Una manera de ahogar el caos interno en un caos físico controlado, donde la única expectativa era la liberación violenta, no el equilibrio imposible, ni los celos silenciosos, ni las miradas desde la sombra.
Chloe lo ofrecía sin ataduras, sin drama emocional posterior.
Era repulsivo.
Era, de alguna manera retorcida, comprensible.
Pasaron dos días.
Dos días de puertas cerradas en el pasillo, de comidas familiares donde Maya estaba presente pero distante, hablando lo justo, sumergida en su mundo.
No me buscó.
Yo no la busqué.
La tregua había muerto, y en su lugar había una guerra fría más sofisticada y dolorosa.
Ella no me acusaba; me ignoraba.
Y ese ignorar, sabiendo lo que sabía, era mil veces peor.
El miércoles por la tarde, Chloe me encontró de nuevo en la cafetería, esta vez solo.
Se sentó frente a mí sin preguntar.
Llevaba el cuello alto otra vez.
“Sigue igual,” dijo, sin preámbulos, como si continuáramos una conversación.
“¿El qué?” “El asunto con Maya.
La tensión.
Se te nota en los hombros, en la forma en que frunces el ceño sin darte cuenta.” Bebió un sorbo de su té.
“No es sano, arrastrar eso todo el tiempo.” “No es algo que se pueda apagar,” dije, mirando mi café.
“Todo se puede apagar.
O al menos, silenciar por un rato.” Puso su taza sobre la mesa.
“Mira, sé que mi… propuesta puede parecer extrema.
Pero piensa en ello como un reinicio.
Una descarga física tan intensa que después, por contraste, el ruido mental parece más bajo.
Como después de una tormenta fuerte.
El aire queda limpio, ¿sabes?” Sus analogías eran siempre tan luminosas, tan razonables, incluso cuando describían la oscuridad.
Estaba vendiendo un producto, y yo, Dios me ayude, estaba considerando comprarlo.
“No quiero… que se repita como la otra vez,” logré decir, refiriéndome a mi pérdida de control, a la violencia.
Ella sonrió, una sonrisa pequeña y comprensiva.
“Entonces establezcamos reglas.
Tú mandas.
Tú decides hasta dónde.
Yo solo… recibo.” Sus ojos brillaron con una luz interior que nada tenía que ver con la amistad.
“Podría ser distinto.
Más controlado.
Pero igual de… liberador.” Era una mentira, por supuesto.
Ella no quería control.
Anhelaba el descontrol, la rendición a la fuerza bruta.
Pero estaba dispuesta a interpretar el papel de sumisa para llevarme al lugar donde ambos sabíamos que terminaríamos.
Y yo, exhausto de la guerra fría con Maya, de la culpa, del miedo a mí mismo, estaba considerando seriamente firmar ese pacto con el diablo que usaba el rostro de un ángel.
“No sé,” murmuré.
“No tienes que decidir ahora.” Extendió la mano y tocó el dorso de la mía, un contacto breve pero eléctrico.
“Piénsalo.
Y si en algún momento… la presión es demasiada, el silencio en tu casa se vuelve insoportable, o simplemente quieres dejar de pensar… mándame un mensaje.
Una letra.
Una ‘C’.
Y yo arreglo el lugar.
Tú solo tienes que presentarte.” Se levantó, recogió su taza y su mochila.
“Cuídate,” dijo, y se fue, dejándome con el sabor amargo del café y la dulzura venenosa de su oferta flotando en el aire.
Esa noche, en casa, el silencio del pasillo era ensordecedor.
Me quedé despierto hasta tarde, escuchando.
Nada.
Ni un suspiro, ni el roce de unas sábanas, ni el leve clic de su lámpara al apagarse.
Maya era un fantasma en su propia habitación.
Finalmente, la desesperación y la curiosidad malsana pudieron más.
Abrí mi teléfono.
No para escribir a Chloe.
Para espiar.
Abrí Instagram, una red que casi nunca usaba.
Recordé el nombre de usuario de Maya.
Entré en su perfil.
Era privado, por supuesto.
Yo no era seguidor.
Pero la imagen de perfil era visible.
Era nueva.
Una fotografía en blanco y negro, tomada seguramente con el teléfono.
Un primer plano extremo de una sección de uno de sus cuadros.
Era un mar de pinceladas negras, gruesas, caóticas, pero en el centro, casi ahogado, había un pequeño óvalo de lienzo sin pintar, una forma que se asemejaba vagamente a un ojo, o a un rostro desdibujado.
Y dentro de ese óvalo, una mancha minúscula, de un rojo brillante, como una herida fresca, o la última brasa de un fuego a punto de extinguirse.
La había subido hace una hora.
No había pie de foto.
Solo un emoji: 🌑 Luna nueva.
Oscuridad total.
Ausencia de luz.
La miré durante largo rato, esa imagen desesperada y hermosa, y supe que era un mensaje.
Para quien pudiera entenderlo.
Para mí.
Estaba diciendo que se estaba sumergiendo en la oscuridad, que la luz (¿su luz?
¿la mía?
¿la de Chloe?) se había reducido a una mota sangrante e insignificante.
Y que yo, desde mi lado del pasillo, cómplice de esa oscuridad y ahora de otra, era responsable.
Cerré la aplicación, el corazón oprimido.
La pantalla del teléfono brilló en la oscuridad de mi habitación.
Mi pulgar se cernió sobre la aplicación de mensajes.
Deslicé el dedo hacia abajo, hasta la conversación con Chloe.
La pantalla mostraba su último mensaje: “Buenas noches.
Duerme bien.” La tentación era un peso físico, un imán que tiraba de mi dedo hacia la tecla para escribir.
Una letra.
Una ‘C’.
Y todo el dolor, la confusión, el peso de la mirada de Maya desde las sombras, se podrían cambiar por una hora de anestesia violenta, de olvido animal.
Respiré hondo, con fuerza.
No toqué la pantalla.
En su lugar, apagué el teléfono y lo dejé boca abajo en la mesilla.
La oscuridad de la habitación me envolvió, pero ya no era solo la ausencia de luz.
Era una presencia activa, compuesta por el silencio de Maya al otro lado de la pared, por la sonrisa solar de Chloe que escondía un abismo, y por el hombre que yo me estaba convirtiendo, un hombre que contemplaba monstruos y se preguntaba, con un escalofrío de anticipación y de horror, con cuál de ellos pactaría su propia condena.
El otoño avanzaba implacable fuera de la ventana, desnudando los árboles, y yo me quedé ahí, en la cama, atrapado en el ojo del huracán, sabiendo que pronto, muy pronto, tendría que elegir hacia qué lado de la tormenta me arrojaría.
O si, simplemente, me dejaría desgarrar por ambos.
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