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LUNAS PROHIBIDAS - Capítulo 22

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  4. Capítulo 22 - 22 El Pacto Consumado
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22: El Pacto Consumado 22: El Pacto Consumado La tercera noche después de que la imagen del óvalo rojo me quemara la retina, cedí.

No fue un deseo ardiente ni una necesidad física incontrolable.

Fue algo más sombrío, más frío.

Una decisión tomada en la quietud claustrofóbica de mi habitación, mientras escuchaba el silencio absoluto del otro lado del pasillo.

Era el silencio de un juicio suspendido, de una espera infinita.

El peso de la mirada de Maya en la biblioteca, el vacío que había dejado su retirada, y la oferta de Chloe, limpia y brutal como un cuchillo quirúrgico, se alinearon en mi mente formando una ecuación cuyo único resultado posible era la acción.

Encendí el teléfono.

La luz de la pantalla iluminó mi rostro en la oscuridad.

Deslicé el dedo hasta la conversación con Chloe.

Sin permitirme pensar, sin respirar, escribí una sola letra.

Yo: C.

El mensaje se envió.

El sonido del whoosh fue obscenamente alto en el silencio.

Cerré los ojos, esperando.

No hubo respuesta inmediata.

Los segundos se estiraron como minutos.

Tal vez había cambiado de opinión.

Tal vez era una broma cruel.

Tal vez… El teléfono vibró.

Chloe: Entendido.

Dirección en 15 minutos.

No traigas nada.

Solo tú.

Un enlace de mapa.

Un motel diferente, en la carretera de circunvalación, más anónimo, más alejado.

Respiré hondo, un aire que no llegó a mis pulmones.

Me levanté y me vestí con ropa oscura, sencilla.

Al pasar frente al espejo, evité mi mirada.

No quería ver al hombre que estaba a punto de convertirse.

Salí de casa con la sigilosidad de un ladrón.

La noche era fría, el cielo despejado y negro, sin luna.

El óvalo rojo de Maya flotaba en mi mente.

Lo apagué a la fuerza.

No iba a pensar en ella.

Iba a no pensar.

Iba a desconectar.

El viaje en coche fue un trance.

Seguí las indicaciones del GPS mecánicamente.

El motel era aún más barato y desolado que el anterior, una hilera de puertas azules bajo un letrero de neón parpadeante que rezaba “VACANCY”.

Estacioné en un lugar oscuro.

Antes de salir del coche, recibí otro mensaje.

Chloe: Habitación 12.

La puerta está abierta.

Mi corazón latía con un ritmo seco y rápido, no de excitación, sino de la adrenalina previa a un salto al vacío.

Caminé hasta la puerta 12.

El número, de plástico blanco, estaba torcido.

Empujé la puerta.

Cedió.

Dentro, la habitación era un clon de la anterior: el mismo aire acondicionado que olía a polvo y desinfectante, la misma alfombra manchada, la misma cama con edredón sintético.

Pero Chloe era diferente.

No estaba sentada esperando.

Estaba de pie en el centro de la pequeña habitación, bajo la luz cruda de la lámpara del techo.

Llevaba un vestido sencillo, de algodón oscuro, que le llegaba hasta mitad del muslo.

No llevaba maquillaje.

Su cabello estaba recogido en una cola de caballo baja y sencilla.

Parecía más joven, más vulnerable que nunca.

Pero sus ojos… sus ojos eran los mismos.

Grises, claros, y en ellos no había ansiedad ni excitación anticipada.

Había una calma absoluta, una expectación serena, como un cirujano esperando al paciente.

La puerta se cerró a mi espalda con un clic suave.

El sonido finalizó el mundo exterior.

“Hola,” dijo ella.

Su voz era suave, neutral.

No respondí.

No podía.

Solo la miraba, sintiendo cómo la decisión fría que había tomado en mi habitación comenzaba a agrietarse bajo la realidad de su presencia.

“¿Reglas?” preguntó, como si estuviera repasando un protocolo.

“¿Reglas?” repetí, atontado.

“Sí.

Tú decides hasta dónde.

Lo que no quieras.

Lo que sí.” Dio un paso hacia mí.

No había coquetería en su movimiento.

Era directo.

“Dímelo ahora.

Para que no haya malentendidos.” Mi mente era un bloque de hielo.

¿Reglas?

¿Cómo podía haber reglas para esto?

“No… no lastimarte de verdad,” logré articular.

“Sin dejar… marcas permanentes.” Ella asintió, como si tomara nota.

“Aceptable.

Las marcas temporales… están permitidas.” No era una pregunta.

Era una confirmación.

“¿Y tú?

¿Hay algo que no quieras?” “No quiero… perder el control como la otra vez.” La frase sonó ridícula.

¿No era eso exactamente lo que ella buscaba?

Una sonrisa casi imperceptible curvó sus labios.

“El control es una ilusión.

Pero podemos fingir que lo tienes.” Dio otro paso.

Estaba ahora a un metro de mí.

Podía oler su jabón, simple, sin el perfume habitual.

“¿Algo más?” Negué con la cabeza.

No había más palabras.

“Bien.” Extendió una mano y me tomó de la muñeca.

Sus dedos eran fríos.

Me condujo, sin forcejeo, hacia el centro de la habitación, frente a la cama.

Luego, soltó mi muñeca y se arrodilló.

No fue un gesto de sumisión romántica.

Fue un acto de colocación.

Un actor tomando su marca.

Miró hacia arriba, sus ojos fijos en los míos, y esperó.

La vista de ella allí, en el suelo, con ese vestido sencillo, esperando, desató algo en mí.

No fue la furia ciega de la última vez, alimentada por la droga y la confusión.

Fue algo más oscuro, más consciente.

Una rabia fría y dirigida contra todo: contra mí mismo por estar allí, contra ella por ponerme en esa posición, contra Maya por su silencio que me había empujado al borde.

Una rabia que necesitaba un conducto.

Mis manos, que habían estado inertes a los costados, se elevaron.

No con violencia, sino con una lentitud deliberada que era más amenazante que un golpe.

Tomé su cara entre mis palmas.

Sus mejillas eran suaves, frías.

Ella no parpadeó.

Sus ojos seguían clavados en los míos, respirando un poco más rápido ahora.

“Tú quieres esto,” dije, y mi voz sonó extraña, ajena.

“Sí.” “Por qué.” “Porque cuando haces esto,” susurró ella, “dejo de existir.

Solo queda la sensación.

Es… paz.” Esa palabra, “paz”, en ese contexto, fue la chispa.

Apreté su rostro con más fuerza, mis dedos hundiéndose en su piel.

Ella emitió un sonido ahogado, un mezcla de dolor y alivio.

Incliné su cabeza hacia atrás, exponiendo la línea larga y pálida de su cuello.

Me incliné y puse mis labios allí, no para besar, sino para sentir el latido de su sangre bajo la piel.

Luego, mordí.

No fue un mordisco amoroso.

Fue una presión sostenida, cruel, calculada para dejar una marca, para imprimir mi frustración en su carne.

Un gemido largo y tembloroso salió de su garganta.

Sus manos se aferraron a mis pantorrillas, pero no para empujarme, sino para anclarse.

“Sí… así…” jadeó.

La reacción, su entrega absoluta a mi agresión, fue el combustible.

La solté bruscamente y la empujé hacia atrás.

Cayó sobre la alfombra áspera con un golpe sordo.

Me arrodillé sobre ella, mis rodillas a ambos lados de sus caderas.

Con un movimiento brusco, agarré el escote de su vestido de algodón y lo desgarré.

La tela cedió con un sonido rasgante satisfactorio.

Debajo, no llevaba nada.

Sus senos pequeños y pálidos, con pezones oscuros y ya erectos, quedaron expuestos al aire frío de la habitación.

La miré, mi propia respiración empezando a acelerarse.

Ella yacía allí, desgarrada, expectante, sus ojos vidriosos.

No había miedo.

Había una gratitud profunda y perversa.

“Eres un monstruo,” le dije, y no sabía si me lo decía a mí o a ella.

“Tu monstruo,” corrigió ella, su voz ronca.

“Hazme sentirlo.” Mis manos descendieron.

No para acariciar, sino para tomar posesión.

Apreté sus senos con una fuerza que hizo que su cuerpo se arqueara fuera del suelo.

Mis pulgares frotaron sus pezones con rudeza, casi girándolos.

Ella gritó, un sonido agudo que se quebró en un jadeo.

Sus uñas se clavaron en mis antebrazos a través de la tela de mi camisa.

La ropa era un obstáculo.

Me levanté lo suficiente para quitarme la camisa a tirones, dejando caer los botones.

Luego, desabroché mi pantalón.

Ella observaba, tumbada en el suelo, su pecho subiendo y bajando rápidamente, sus labios entreabiertos.

Cuando estuve listo, no la penetré de inmediato.

La tomé de las caderas y la giré boca abajo sobre la alfombra.

“No… no me mires,” ordené, y fue una orden para mí mismo tanto como para ella.

No quería ver su rostro, esa máscara de éxtasis perverso.

Quería solo el cuerpo, la reacción animal.

Ella enterró su cara en el doblez de su brazo.

Sus hombros temblaban.

Agarré sus caderas y la levanté, colocándola de rodillas.

Su espalda, pálida y delgada, se arqueó ante mí.

Una hilera de vértebras marcaba la piel.

Puse una mano en la base de su cuello, presionándola hacia abajo, hasta que su frente tocó la alfombra.

La otra mano guió mi erección hacia ella.

No había preparación, ni delicadeza.

La penetré por detrás en un solo movimiento profundo y seco.

Un grito sofocado, ahogado por la alfombra, estalló en la habitación.

Su cuerpo se tensó como un arco, luego cedió, hundiéndose bajo el peso del placer doloroso.

Comencé a moverme, con un ritmo metódico, implacable.

No era frenético como la primera vez.

Era deliberado.

Cada embestida era un golpe de cincel contra la roca de mi propia culpa y confusión.

El sonido de nuestra unión, húmedo y obsceno, el choque de mis caderas contra las suyas, el jadeo entrecortado que salía de ella… era la única banda sonora.

Mis manos recorrieron su espalda, no con amor, sino con un interés de propietario.

Apreté la carne de sus glúteos, dejando marcas blancas que se volvieron rojas.

Mis dedos se enredaron en su cola de caballo y tiré, no con fuerza suficiente para lastimarla de verdad, pero sí para torcerle el cuello, para someterla aún más.

Ella gimió, un sonido de sumisión absoluta.

“¿Esto es lo que querías?” gruñí, acelerando el ritmo.

“¿Sentirte usada?” “¡Sí!

¡Por favor!” su voz era un sollozo entre los jadeos.

“¡Más fuerte!

¡Olvida quién soy!

¡Olvídate de todo!” Sus palabras eran un hechizo.

Cerré los ojos y por un segundo, lo logré.

La imagen de Maya, el óvalo rojo, se desvaneció.

Solo existía esta sensación cruda, este poder espurio sobre otro ser humano que se entregaba a él voluntariamente.

Mi mano que tiraba de su pelo se soltó y se desplazó por su costado, por su vientre, hasta encontrar el núcleo de calor entre sus piernas.

No la acaricié.

La presioné con la base de mi palma, frotando en círculos duros y rápidos al compás de mis embestidas.

El cambio en ella fue instantáneo y violento.

Su cuerpo comenzó a sacudirse con espasmos incontrolables.

Un grito largo, desgarrado, que no intentó contener, salió de sus pulmones y rebotó en las paredes baratas del motel.

Su interior se convulsionó alrededor de mí en una serie de contracciones espasmódicas y profundas.

El espectáculo de su clímax, tan intenso, tan entregado, tan ajeno a cualquier cosa que no fuera la sensación pura, fue el detonante final para mí.

Con un gruñido que era pura liberación animal, me hundí en ella hasta el fondo y me dejé ir.

El orgasmo no fue una explosión de placer, sino una implosión de vacío.

Fue como si todo el veneno, la tensión, la rabia y la confusión fueran succionadas de mi cuerpo en un torbelillo ciego, dejando solo un cascarón vacío y tembloroso.

Me desplomé sobre su espalda, jadeando, el sudor mezclándose con el de su piel.

Ella yacía inmóvil bajo mí, su respiración era un llanto entrecortado, su cuerpo aún palpitaba con los ecos del climax.

El olor a sexo y a esfuerzo llenaba la habitación cerrada.

Poco a poco, la conciencia regresó, fría y nauseabunda.

Me separé de ella y rodé hacia un lado, quedándome boca arriba en la alfombra sucia, al lado de su cuerpo derrumbado.

El techo manchado de agua era lo primero que vi.

Luego, giré la cabeza.

Chloe se había movido.

Se había sentado, con las piernas cruzadas, apoyada contra la cama.

Se había puesto mi camisa desabrochada sobre los hombros, cubriéndose parcialmente.

En una mano sostenía un pañuelo de papel, con el que se limpiaba suavemente entre las piernas.

No me miraba.

Estaba absorta en la tarea, con una expresión de concentración serena, casi doméstica.

Las marcas de mis dedos en sus caderas comenzaban a enrojecer.

El óvalo amoratado de mi mordida en su cuello destacaba brutalmente contra su palidez.

No había triunfo en su rostro.

No había vergüenza.

Había… satisfacción.

Una satisfacción profunda, completa, como la de quien ha ingerido un alimento muy necesario.

“¿Estás bien?” preguntó de pronto, sin levantar la vista, como si preguntara por el tiempo.

La pregunta era tan absurda, tan fuera de lugar, que me quedé sin palabras.

¿Estaba yo bien?

¿Después de eso?

“Sí,” mentí, mi voz un crujido seco.

“Bien.” Finalmente, me miró.

Sus ojos estaban claros, sin rastro de lágrimas o de turbación.

“Fue mejor que la primera vez.

Más… consciente.

Para los dos.” Se puso de pie con un leve quejido, mi camisa colgando de sus hombros, y fue al baño.

Oí correr el agua.

Regresó con un vaso de agua y lo puso en el suelo a mi lado.

“Bebe.

Te deshidratas.” Me incorporé y tomé el vaso.

El agua estaba fría y anónima.

La bebí de un trago mientras la observaba.

Ella recogió su vestido desgarrado del suelo, lo examinó con un gesto de fastidio práctico y luego lo metió en su bolso pequeño.

Luego, comenzó a vestirse con ropa limpia que debía tener en el coche: unos leggings negros, una sudadera amplia.

Al ponérsela, el cuello alto cubrió la marca de mis dientes.

Cuando terminó, parecía… normal.

Solo una chica saliendo de un motel barato un jueves por la noche.

Excepto por el ligero temblor en sus manos al atarse el pelo de nuevo, y la forma cuidadosa en que se movía, como si su cuerpo estuviera dolorido.

“No tienes que irte aún,” dijo, sentándose en el borde de la cama.

“Podemos esperar un rato.

Para que no salgamos juntos.” No respondí.

Me vestí en silencio, sintiendo cómo la tela rozaba mi piel sensible, como si me estuviera poniendo la piel de otra persona.

El vacío post-coital se estaba llenando ahora de algo peor: la comprensión lúcida de lo que acababa de hacer.

Lo había hecho sobrio, consciente, siguiendo un acuerdo.

Había cruzado una línea y había descubierto que, al otro lado, no había un monstruo, sino un desierto.

Y a Chloe le gustaba ese desierto.

“La próxima vez,” dijo ella mientras yo me ataba los zapatos, “podemos probar con ataduras.

Suaves.

Si quieres.” Lo dijo como si sugiriera probar un nuevo restaurante.

“No habrá próxima vez,” dije, pero las palabras carecían de convicción.

Lo decía por decir algo, por aferrarme a algún vestigio de decencia.

Ella sonrió, una sonrisa pequeña y triste.

“Claro que sí.

Porque ahora sabes que funciona.

Sabes que aquí, conmigo, puedes ser eso.

Y no tienes que pedir perdón después.

No tienes que analizarlo.

Solo es… una función.

Una liberación.” Se levantó.

“Y yo… obtengo lo mío.

Así que es justo.” Se acercó a la puerta.

Antes de salir, se volvió.

“Mándame un mensaje cuando estés en casa.

Para saber que llegaste bien.” Una última muestra de su fachada de preocupación solar.

Luego, salió, cerrando la puerta suavemente tras de sí.

Me quedé solo en la habitación devastada, el olor a nuestro encuentro todavía denso en el aire.

Me miré las manos.

Las mismas manos que habían acariciado los dibujos de Maya, que habían tocado su rostro con una ternura complicada, horas antes habían apretado, desgarrado, sometido a otra mujer.

Y lo peor era que una parte de mí, la parte que ahora habitaba el desierto, no se sentía horrorizada.

Se sentía… aliviada.

Vacía, pero aliviada.

Como si un tumor de emociones insoportables hubiera sido extirpado mediante una cirugía brutal.

Salí del motel y conduje de vuelta a casa bajo el cielo sin luna.

La ciudad dormía.

Mi teléfono vibró una vez.

Un mensaje de Chloe, como había prometido.

Chloe: Llegué bien.

Gracias.

Descansa.

No respondí.

Al entrar en casa, el silencio era aún más profundo, si cabe.

Me detuve frente a la puerta de Maya.

Esta vez, desde la ranura inferior, no se filtraba ninguna luz.

Oscuridad total.

Luna nueva.

Subí a mi habitación, me desvestí y me metí en la ducha.

Esta vez no me froté.

Solo me quedé bajo el agua caliente, dejando que me golpeara, intentando sentir algo, cualquier cosa que no fuera ese vacío resonante.

Al salir, envuelto en una toalla, un último destello de luz en mi teléfono me llamó la atención.

No era un mensaje.

Era una notificación de Instagram.

Maya había subido otra historia.

Un video, en blanco y negro, de apenas tres segundos.

Lo abrí.

Era un primer plano de una mano—su mano—sosteniendo un pincel cargado de pintura negra espesa.

La mano se desplazaba con decisión y cubría por completo, con un trazo grueso y opaco, esa pequeña mancha roja que había estado en el centro del óvalo del lienzo.

La pintura negra la engulló sin dejar rastro.

Fin del video.

No había texto.

No hacía falta.

El mensaje era claro: la última brasa de luz, de esperanza, de conexión, había sido apagada.

Extinguida.

Consumida por la oscuridad que ella había elegido habitar.

Dejé caer el teléfono en la cama.

Me sequé, me vestí con ropa de dormir y me metí entre las sábanas.

Afuera, el viento otoñal gemía.

Adentro, en mi pecho, no había gemidos.

Solo el eco frío y vasto del desierto que acababa de descubrir dentro de mí, y el silencio absoluto, definitivo, que ahora reinaba al otro lado del pasillo.

Había buscado una válvula de escape, y la había encontrado.

Pero al abrirla, no había liberado presión; había vaciado la cámara por completo.

Y ahora, en el silencio resultante, solo podía escuchar el sonido de dos ausencias: la de Maya, que se había retirado a un territorio donde yo ya no tenía cabida, y la de mi propia humanidad, que había negociado partes de sí misma a cambio de un momento de paz ficticia en los brazos de un monstruo que se hacía pasar por un refugio.

El invierno, supe mientras cerraba los ojos sin esperanza de dormir, no llegaría con el frío de fuera.

Ya vivía dentro de mí.

Y no tenía idea de cómo sobrevivir a él.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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