LUNAS PROHIBIDAS - Capítulo 4
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4: Maya en las sombras 4: Maya en las sombras El interrogatorio sutil comenzó al día siguiente.
Chloe, y la normalidad que representaba, parecía haber activado un interruptor en Maya.
Ya no se limitaba a crear momentos de proximidad cargada.
Ahora reclamaba información.
Exigía, de manera pasivo-agresiva, un mapa de mis movimientos.
“¿Adónde vas?” era la nueva letanía, pronunciada cada vez que me ponía la chaqueta o agarraba las llaves.
Su tono era curiosamente neutro, pero sus ojos, esos ojos que ahora leía con la desesperada atención de un náufrago leyendo las nubes, no lo eran.
Había un filo en ellos.
“Solo a la biblioteca municipal,” respondía la primera vez, intentando mantener la normalidad.
“Necesito concentrarme.” “¿Solo?” La pregunta llegaba siempre, como un relámpago tras el trueno.
“Sí, Maya.
Para concentrarse, uno suele estar solo.” Intentaba que mi voz sonara a burla leve, fraternal, pero me salía tensa.
Ella asentía, lentamente, como si estuviera archivando el dato en un lugar oscuro de su mente.
“Claro.
Tiene sentido.” Cuando llegaba, aunque no fuera tarde, su presencia en el recibidor o en las escaleras se volvía inevitable.
“¿Qué hiciste?” “¿Con quién hablaste por teléfono antes de salir?
Te oí desde mi cuarto.” “¿Te encontraste con alguien?” Las preguntas eran arañas que tejían una red a mi alrededor.
Si intentaba esquivarlas, dar una respuesta evasiva o, Dios no lo permitiera, ignorarla por completo, su expresión se nublaba.
No era un enfado explosivo, sino algo más hiriente: una herida silenciosa.
Sus labios se apretaban, sus hombros se encogían ligeramente, y me lanzaba una mirada que decía, con elocuencia perfecta, *¿Por qué me excluyes?
¿Qué tienes que ocultar de mí?* Era una culpa diseñada con precisión, y funcionaba.
Me hacía sentir como un tirano por querer un espacio de aire.
Pero si, agotado por la tensión, cedía y le respondía con más detalle, con una suavidad forzada en un intento de apaciguarla, el cambio era inmediato y casi más perturbador.
Se acercaba más, su insistencia se volvía más personal, más densa.
“¿Y qué te dijo Chloe exactamente?” “¿Te riñó tu profesor?
Cuéntame.” Era como si mi amabilidad, por falsa que fuera, la interpretara como una invitación a entrar más profundamente, a poseer no solo mis horarios, sino también mis pensamientos.
Esta danza envenenada se extendió por días.
La casa era una campana de cristal donde cada una de mis exhalaciones era observada, medida, catalogada.
Me sentía como un insecto bajo un microscopio, con Maya como la científica cuya curiosidad tenía un tinte ominoso.
Empecé a dar rodeos innecesarios, a inventar excusas tontas para salir solo a caminar sin rumbo, solo para respirar un aire que no estuviera filtrado por su presencia vigilante.
Una tarde, decidí refugiarme en lo concreto.
Saqué mis libros de la universidad, los apilé sobre el escritorio de mi habitación y me sumergí en un ensayo sobre ética aristotélica.
Era un territorio mental duro, limpio de ambigüedades emocionales.
La phronesis, la prudencia práctica, la virtud del término medio…
conceptos nítidos que se resistían a la niebla en la que vivía.
Me aferré a ellos.
No hubo un golpe en la puerta.
Ni un “¿Se puede?” infantil.
Simplemente, en un momento en que estaba subrayando una frase sobre la elección deliberada, la puerta se abrió y ella entró.
El chirrido del gozne me hizo levantar la cabeza.
Estaba allí, en el umbral, como materializada a partir de la penumbra del pasillo.
Llevaba unos leggings negros y una camiseta larga y holgada de algodón que le bajaba hasta mitad de los muslos.
Su cabello estaba suelto.
No dijo nada.
Solo cruzó la habitación y se sentó en el borde de mi cama, a dos metros de mí, con la espalda recta.
Volví a mis libros, pero las palabras habían perdido todo significado.
Sentía el peso de su mirada sobre mi nuca, un punto de calor intenso y persistente.
La tensión en la habitación se condensó, volviéndose espesa, casi opresiva.
Podía oír mi propia respiración, y la suya, lenta y regular.
Minutos pasaron.
El silencio era un animal vivo.
“¿Qué lees?” preguntó al fin.
Su voz era suave, pero cortó el silencio como un cuchillo caliente en mantequilla.
“Sobre Aristóteles,” respondí, sin girarme.
“La virtud como término medio.” “Hmm.” Hizo una pausa.
“¿Y cuál es el término medio entre ignorar a tu hermana y prestarle atención?” Dejé el bolígrafo.
No podía ignorar eso.
Me giré en la silla para enfrentarla.
Ella estaba sentada con las manos apoyadas a los lados, hundiéndose ligeramente en el colchón.
Me miraba directamente, y en sus ojos no había rastro de la herida fingida ni de la ira celosa.
Había una calma extraña, una certeza profunda que me resultaba más alarmante que cualquier emoción anterior.
“No te estoy ignorando, Maya.” “Parece que sí.
Te escondes detrás de tus libros.
Sales sin decir adónde vas.
Hablas con otras personas.” Cada acusación era enunciada con una claridad factual, sin reproche aparente, pero con una carga demoledora.
“Necesito espacio.
Es normal.” “¿Normal?” Repitió la palabra como si la examinara.
“Aquí nada es normal.
Tú lo sabes.
Yo lo sé.” Su mirada no se desviaba.
“¿Por qué intentas fingir que lo es?” No tenía respuesta.
O tenía demasiadas, y todas eran peligrosas.
Me quedé mirándola, atrapado en la trampa de su lógica perversa.
Ella sostuvo mi mirada, y luego, con un movimiento que me quitó el aliento, se recostó de lado sobre mi cama.
Apoyó la cabeza en su brazo doblado, como si se preparara para una siesta.
Su cuerpo formaba una curva languidez, familiar y a la vez profundamente ajena en este contexto.
La camiseta se subió un poco, revelando una franja de piel pálida en su cadera.
Su mirada nunca se apartó de mí.
Era una mirada de absoluta confianza, pero no la confianza de una hermana.
Era la de alguien que ha apostado todo a una carta y sabe, con una certeza inquebrantable, que va a ganar.
Era desarmante y aterradora.
El ensayo de Aristóteles yace abandonado.
La habitación se había reducido al espacio entre mi silla y la cama, al campo magnético que emanaba de su cuerpo recostado.
Hablamos, pero no recuerdo de qué.
Probablemente fueron trivialidades: el tiempo, un programa de televisión, un comentario sobre la cena.
Las palabras eran solo sonidos, un velo transparente colocado sobre el verdadero diálogo que estaba ocurriendo en el silencio, en la postura de ella, en el latido acelerado que yo sentía en mis sienes.
Ella se ajustó un mechón de pelo detrás de la oreja, un movimiento simple que pareció durar una eternidad.
Su mirada recorrió mi rostro, mi pecho, mis manos aferradas a los brazos de la silla.
“Tienes miedo,” dijo, no como una pregunta, sino como un diagnóstico.
“¿De qué?” Mi voz sonó ronca, extraña incluso para mis propios oídos.
“De esto.” Un gesto leve, casi imperceptible, que abarcaba la habitación, la tensión de las últimas semanas.
“De lo que está pasando.
De lo que quieres.” Una sacudida de negación, visceral y automática, me recorrió.
“No quiero nada, Maya.
Esto es…
esto está mal.” Ella sonrió, una sonrisa pequeña, casi triste, pero sus ojos brillaban con aquella certeza feroz.
“No mientas.
No a mí.
Y no a ti mismo.” Se incorporó lentamente, pasando de estar recostada a sentarse al borde de la cama, más cerca de mí.
Las piernas colgando, descalzas.
“Me llamas la atención.
Desde que volviste.
Desde antes, quizá.
Y yo te llamo la atención a ti.
Por eso te quedaste paralizado aquel día.
Por eso me escuchaste esa noche.
Por eso me evitas y al mismo tiempo no puedes dejar de buscarme con la mirada.” Cada palabra era un martillazo que hundía un clavo de verdad en el ataúd de mis negaciones.
No podía refutarla.
Era cierta.
Una verdad vergonzante, monstruosa, pero cierta.
“Es repulsivo,” susurré, más para mí que para ella.
“¿Lo es?” Se levantó.
No se acercó a mí de inmediato.
Se puso de pie junto a la cama, y comenzó a caminar lentamente, con una deliberación felina, alrededor de la habitación.
Pasó los dedos por el lomo de mis libros, miró por la ventana, como si estuviera inspeccionando su territorio.
Y yo era parte de él.
“¿O es solo diferente?
¿Solo más intenso?
¿Más real que todas esas conversaciones educadas que tienes ahí fuera?” Se detuvo frente a mí.
Yo seguía sentado, clavado en la silla, mirándola desde abajo.
La luz de la lámpara del escritorio iluminaba su lado, dejando la otra mitad en sombras.
“No tengas miedo,” murmuró.
No era una súplica.
Era una orden disfrazada de consuelo.
Extendió una mano y, con una lentitud hipnótica, posó sus yemas de los dedos sobre mi mejilla.
Su tacto era cálido, suave.
Un estremecimiento que no era placer ni repulsión, sino pura descarga nerviosa, me recorrió de la cabeza a los pies.
“¿Por qué?” logré preguntar, mi voz apenas un hilo de aire.
“¿Por qué estás haciendo esto, Maya?” Ella inclinó la cabeza, estudiándome como a un espécimen fascinante.
Su otra mano se unió a la primera, enmarcando mi rostro.
Su mirada era profunda, insondable.
“Porque me llamaste la atención,” repitió, como si fuera la respuesta más simple y completa del mundo.
“Y porque ahora,” añadió, bajando la voz hasta convertirla en un susurro que se me colaba directamente en el cerebro, “no puedo soltarte.” Fue entonces cuando bajó.
No fue un beso romántico, ni apasionado.
Fue una toma de posesión.
Sus labios se encontraron con los míos con una firmeza absoluta, sellando cualquier otra protesta, cualquier último vestigio de razón.
Un sabor a té y a algo metálico.
Mis manos, que habían estado aferradas a la silla, se soltaron por propia voluntad, flotando en el aire unos instantes antes de posarse, torpemente, en sus caderas.
La tela delgada del leggings, sintiendo el calor de su piel debajo.
Ella guió todo.
Rompió el beso y, sin soltar mi cara, me miró a los ojos.
“Deja de pensar,” ordenó.
Y tiró de mí, levantándome de la silla.
El viaje hasta la cama fue un tropiezo de dos cuerpos moviéndose en un sueño compartido.
Libros y papeles cayeron al suelo con un ruido sordo.
Ya no había Aristóteles.
Solo había su peso encima de mí, la urgencia repentina y devastadora en sus manos que me quitaban la camiseta, la mirada fija e incansable con la que observaba cada una de mis reacciones, como si estuviera grabando un manual de instrucciones de mi perdición.
“No tengas miedo,” susurraba una y otra vez contra mi piel, entre besos que mordían más que acariciaban, mientras sus manos trazaban líneas de fuego por mi espalda, mi pecho.
Era un mantra que anulaba cualquier objeción.
Y era cierto, el miedo se estaba transformando, derritiéndose bajo el calor de una lujuria que había estado fermentando en la oscuridad durante semanas, alimentada por miradas, roces y sonidos en la noche.
Era una rendición.
Una capitulación ante lo inevitable que ella había visto desde el principio.
Cuando ella se liberó de su camiseta, no hubo timidez, ni coquetería.
Fue un hecho.
Una revelación que yo ya había imaginado tantas veces en mis pesadillas y fantasías culpables que, al verla, sentí un vértigo de déjà vu.
Su piel era pálida bajo la luz tenue de la habitación, salpicada de pecas que no recordaba.
Me miraba desde arriba, sus ojos oscuros, casi negros ahora, fijos en los míos.
“¿Lo ves?” dijo, su voz ronca por la excitación y esa certeza imperturbable.
“Esto es lo que querías.
Lo que los dos queremos.” No esperó una respuesta.
Bajó de nuevo, y su boca, sus manos, su cuerpo, iniciaron una exploración metódica y voraz.
No había ternura en su tacto, solo una necesidad urgente y una posesividad que se manifestaba en cada agarre, en cada marca que sus dientes dejaban en mi hombro.
Yo era un instrumento, un territorio a reclamar.
Y yo, Dios me ayude, respondía.
Mi cuerpo, traicionero, se alineaba con su ritmo, mis manos recorrían su espalda, se hundían en su cabello, la atraían más cerca con una fuerza que ya no podía atribuirse solo a ella.
No hubo preámbulos románticos, ni palabras dulces que suavizaran lo que estaba por ocurrir.
Fue un colisión de necesidades acumuladas, un derrumbe de todas las barreras que habíamos construido y desconstruido durante semanas.
El aire dejó de ser respirable y se convirtió en algo espeso, cargado del olor a su piel, a mi sudor, al polvo de los libros desalojados.
Ella me empujó contra el colchón con una urgencia que no admitía resistencia.
Sus manos no acariciaban —reclamaban.
Una me sujetó la muñeca, clavándola contra la almohada, mientras la otra trabajaba con eficiencia brutal entre nuestros cuerpos, desabrochando, empujando telas que parecían obstáculos intolerables.
“Ahí,” jadeó contra mi boca cuando sentí el contacto piel con piel, un susurro ronco que era mitad orden, mitad confirmación.
“Sí.
Justo ahí.” Cuando me penetró —porque fue ella quien guió el movimiento final, quien bajó con un control perfecto y devastador—, el sonido que escapó de su garganta no fue un grito, sino algo más profundo, un “ah” gutural que parecía sacado de las entrañas.
Su cabeza se echó hacia atrás, el cuello un arco pálido y tenso, los ojos cerrados con una concentración feroz.
“Quieto,” ordenó, aunque yo no me estaba moviendo, estaba paralizado por la sensación, por la realidad de lo que estaba sucediendo.
“Déjame…
déjame sentir.” Y ella sintió.
Comenzó a moverse con un ritmo lento, deliberado, cada elevación y descenso calculado.
Sus caderas encontraban un ángulo preciso, y en cada hundimiento sus labios formaban palabras entrecortadas.
“Desde…
aquel día…
en mi cuarto…
esto…
esto es lo que querías…” Cada frase era interrumpida por su propia respiración, entrecortada y caliente contra mi oído.
“Lo sentí…
cuando me senté…
lo sentiste tú también…
no mientas…” Mis manos, finalmente liberadas, se aferraron a sus caderas, sintiendo los músculos trabajar bajo la piel suave.
Ella abrió los ojos de pronto y me miró fijamente, como si mi reacción fuera la parte más importante del proceso.
“¿Ves?” murmuró, y aumentó el ritmo.
No de manera gradual, sino con una aceleración repentina que me hizo contener la respiración.
“Esto…
no es un pecado…
es la…
la única verdad que tenemos…” Sus movimientos se volvieron menos controlados, más urgentes.
La concentración en su rostro se quebró en algo más primitivo.
Los gemidos ya no eran palabras, sino sonidos puros, ahogados contra mi hombro donde enterró la cara.
“Ah, Dios…
ahí…
justo ahí…” Sus uñas se clavaron en mis pectorales, no con dolor, sino con una necesidad de anclaje.
“No te vayas…
no te vayas a…” El ritmo se volvió frenético, caótico.
Ella ya no guiaba, sino que era guiada por algo más profundo que la voluntad.
Su cuerpo comenzó a temblar alrededor del mío, un temblor que empezó en lo más profundo y se expandió hacia fuera como ondas en un estanque.
“Yo…
yo primero…” logró articular, y fue una advertencia, una declaración.
“Mírame…
mírame cuando…” Y la miré.
Vi cómo su rostro se transformaba, cómo la máscara de control se deshacía en algo vulnerable y salvaje al mismo tiempo.
Su boca se abrió en un grito silencioso, sus ojos se abrieron desmesuradamente, viéndome pero sin ponerme atención, enfocados en algún lugar entre su placer y mi rostro.
El espasmo que la recorrió fue violento en su intensidad.
Su interior se convirtió en una serie de contracciones rítmicas, apretadas, que me succionaron hacia su climax.
Un sonido largo y tembloroso salió de sus labios —”Haaaangh”— que se quebró en jadeos cortos, espasmódicos.
“Sí…
sí…
sí…” repetía, su frente apoyada ahora contra la mía, los ojos cerrados de nuevo, las pestañas húmedas.
“Tuya…
soy completamente tuya…” Esa declaración, en medio del éxtasis, debería haberme conmovido.
En su lugar, me estremeció con un escalofrío que nada tenía que ver con el placer.
Porque no sonaba a entrega, sonaba a marca.
A una posesión.
Y entonces, como si ese clímax hubiera desatado algo en mi propio cuerpo, el mío llegó.
Inevitable, abrumador, una ola de sensación que empezó en la base de mi espina dorsal y explotó hacia afuera, dejándome sin aliento, sin pensamiento, solo existiendo en ese vértigo de placer culpable que era tan intenso que rayaba en el dolor.
Ella lo sintió, y un último gemido, satisfecho, casi triunfal, vibró en su pecho.
“Sí…
así…
dentro…” Nos desplomamos juntos, o más bien, ella se desplomó sobre mí, su peso repentinamente pesado, inerte.
El sudor frío se mezclaba con el caliente.
Nuestros corazones latían en ritmos discordantes que gradualmente fueron sincronizándose.
El silencio que siguió fue más elocuente que todos los gemidos.
Solo nuestra respiración, que lentamente volvía a la normalidad, llenaba la habitación ahora extrañamente fría.
Ella se movió primero, despegando su piel de la mía con un sonido húmedo que me avergonzó.
Se incorporó sobre un codo y me miró.
Sus ojos habían recuperado parte de esa claridad evaluadora, pero ahora había algo más en ellos —una especie de satisfacción profunda, casi animal.
“¿Lo ves?” murmuró, y su mano, sorprendentemente tierna ahora, acarició mi mejilla.
“No había nada que temer.” Pero mientras sus dedos trazaban patrones en mi piel sudorosa, mientras su cuerpo aún palpitaba contra el mío con los ecos del orgasmo, supe con una certeza absoluta que el miedo no se había ido.
Solo había cambiado de forma.
Porque lo que acababa de ocurrir no era un final, sino el principio de algo para lo que no tenía mapa, ni brújula, ni siquiera la certeza de querer navegarlo.
Y sin embargo, cuando ella bajó para besarme otra vez —un beso más suave esta vez, casi dulce—, mi cuerpo respondió antes que mi mente.
Y esa traición, más que cualquier otra cosa, me dijo que ya estaba perdido.
“¿Qué es lo que quieres, Maya?” pregunté, y mi voz sonó ajena, gastada, agitada un poco por el reciente esfuerzo.
Ella sonrió, una sonrisa que no llegaba a aquellos ojos evaluadores.
Se inclinó y me dio un beso rápido, casi fraternal, en los labios.
“Ya lo tengo,” dijo simplemente.
Luego se levantó de la cama.
Recogió su ropa del suelo y empezó a vestirse con la misma naturalidad con la que había entrado en la habitación.
No había vergüenza, ni arrepentimiento, ni siquiera el rubor de la intimidad.
Solo una determinación tranquila.
Se vistió, se alisó el cabello con los dedos frente al reflejo de mi ventana, y se dirigió a la puerta.
Antes de salir, se detuvo y miró hacia atrás.
“No salgas con Chloe mañana,” dijo.
No era una petición.
Era una instrucción.
“Quedémonos en casa.” Y salió, cerrando la puerta suavemente tras de sí.
Me quedé solo, en mi cama deshecha, con el olor a sexo y a transgresión impregnando el aire.
Y supe, con una certeza que me heló más que cualquier confusión anterior, que Maya no solo estaba interesada emocionalmente, ni siquiera solo sexualmente.
Estaba aferrándose a mí como un náufrago se aferra a un salvavidas, pero con la fuerza de quien está dispuesto a hundir a ambos con tal de no soltarlo.
Había cruzado un umbral del que no había retorno, y ahora me arrastraba con ella, hacia unas sombras cuya profundidad apenas empezaba a vislumbrar.
Y lo peor, lo que me hacía cerrar los ojos con un estremecimiento de puro terror, era darme cuenta de que una parte de mí, una parte que ya no podía negar, no quería soltarse.
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