LUNAS PROHIBIDAS - Capítulo 5
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- Capítulo 5 - 5 Preparativos para el Festival
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5: Preparativos para el Festival 5: Preparativos para el Festival Los meses siguientes fueron un torbellino de decisiones tomadas en medio de una niebla emocional que nunca se disipaba del todo.
El descubrimiento de que Chloe estudiaba Administración de Empresas en una sede universitaria a solo cuarenta minutos de casa fue la primera pieza que encajó en un puzzle que yo no sabía que estaba armando.
La segunda fue la creciente certeza de que la carrera de Filosofía y Ciencias Políticas, que desde la distancia me había parecido tan luminosa y esencial, en las aulas se sentía como estudiar el mapa de un territorio que nunca pisaría.
Las discusiones eran teóricas, etéreas, y yo necesitaba anclarme a algo concreto, algo que pudiera *construir* o *arreglar*.
La abstracción, de repente, me resultaba insoportable.
La tercera pieza, la más pesada y determinante, fue Maya.
O más bien, lo que habíamos creado entre nosotros.
Una relación que no tenía nombre.
No éramos pareja, no éramos amantes en ningún sentido convencional, y desde luego, ya no éramos hermanos.
Éramos cómplices de un secreto que deformaba la realidad a nuestro alrededor.
Esa tensión constante, esa doble vida que llevábamos bajo el mismo techo que mis padres, me tenía psicológicamente agotado.
La idea de volver a la residencia universitaria, a un espacio propio, era tentadora.
Pero otra parte, una parte más profunda y envenenada, no podía concebir estar lejos de ella.
De su posesión.
Del único lugar donde, a pesar de todo, sentía que mi confusión tenía un propósito, por retorcido que fuera.
Así que, cuando mi madre me preguntó una noche, con esa preocupación práctica que la caracterizaba, “Hijo, si esta carrera no te llena, ¿qué piensas hacer?
No puedes quedarte en un sitio que no es para ti”, la respuesta salió antes de que yo mismo la hubiera pensado del todo.
“Quiero cambiarme.
A la sede de aquí.
A algo más…
concreto.” El silencio en la mesa fue palpable.
Mi madre parpadeó.
Robert dejó el tenedor.
Maya, sentada frente a mí, no mostró expresión alguna, pero sus ojos, en la penumbra de la lámpara del comedor, brillaron con un destello rápido, intenso, como el de un depredador que ve acercarse a su presa.
“¿A qué?” preguntó Robert, con calma.
“Informática.
Ingeniería Informática.” La idea había germinado en conversaciones triviales con Chloe, que mencionaba lo demandado que estaba el campo.
Y, por un golpe de suerte o de destino, un antiguo profesor del instituto, al que había ayudado con proyectos de robótica, me había ofrecido una carta de recomendación entusiasta.
La usé.
Y funcionó.
Así que volví.
No a la residencia, sino al cuarto de mi infancia, ahora transformado en la guarida de un adulto atrapado en una telaraña de su propia fabricación.
Volví a vivir bajo el mismo techo que Maya.
Y la dinámica entre nosotros, lejos de estabilizarse, se intensificó, adquiriendo una rutina clandestina y febril.
Los tres meses siguientes se desarrollaron en dos planos paralelos.
Durante el día, yo me sumergía en los fundamentos de la programación, en la lógica pura y limpia de los algoritmos, en el mundo binario de los unos y ceros donde todo tenía una solución.
Era un refugio mental perfecto.
Por las tardes, a veces salía con Chloe, cuyas visitas se habían vuelto más frecuentes, quizá porque intuía que algo no andaba bien, pero nunca preguntaba más allá de lo superficial.
Era mi conexión al mundo exterior, al mundo de la luz.
Pero las noches… las noches pertenecían a Maya.
Ya no era solo entrar en mi habitación.
Era una cacería constante, una búsqueda de oportunidades.
La casa, con sus horarios predecibles y sus rincones familiares, se convirtió en un escenario de riesgo calculado.
La primera vez fue en la cocina, una noche en que mis padres se habían ido al cine.
Ella estaba lavando un vaso en el fregadero.
Yo pasé detrás de ella para llegar a la nevera.
No fue un accidente cuando mi cuerpo rozó el suyo.
Ella se congeló, el agua corriendo sobre sus manos.
“No te muevas,” susurró, sin volverse.
Y yo no me moví.
Me quedé pegado a su espalda, sintiendo la curva de su columna a través de la fina tela de su camisón.
Su mano izquierda, húmeda y fría, encontró la mía y la guió por debajo de su brazo, hasta posarla sobre su vientre, bajo el camisón.
No llevaba nada debajo.
“¿Lo sientes?” murmuró, echando la cabeza hacia atrás contra mi hombro.
“Latido rápido.
Es por ti.
Solo por ti.” Su otra mano cerró el grifo.
Luego, lentamente, se volvió dentro del círculo de mis brazos.
Sus ojos estaban oscuros, las pupilas dilatadas.
Sin mediar palabra, empujó suavemente mi espalda contra la encimera de granito, fría a través de mi camisa.
Se arrodilló.
El crujido de su camisón sobre el suelo de linóleo fue el único sonido antes de que sus manos trabajaran con eficiencia brutal la hebilla de mi cinturón y el botón de mis jeans.
“Quiero saber a qué sabe,” dijo, su aliento caliente ya contra mi piel antes de que la prenda bajara por completo.
“Quiero recordar este sabor cuando estés en clase.” Y lo hizo.
Con una falta de timidez que seguía siendo electrizante y aterradora.
Sus manos me sujetaban firmemente por las caderas, sus uñas presionando la carne, mientras su boca trabajaba con una determinación que era puramente posesiva.
Jadeaba entre cada movimiento, palabras entrecortadas saliendo contra mi piel.
“Mío…
esto es mío…
nadie más…” Sus gemidos eran vibraciones profundas que me recorrían hasta los huesos.
“Así…
ah, sí…
así me gusta verte…
perder el control por mí…” Era imposible resistirse.
Mi cabeza chocó contra el gabinete de la cocina, los ojos cerrados, las manos enterradas en su pelo suelto, no para guiarla, sino para aferrarme a algo mientras la ola me arrastraba.
Cuando llegué al límite, un grito ahogado me arrancó del pecho.
Ella no se retiró.
Me sostuvo la mirada mientras tragaba, sus ojos brillando con un triunfo húmedo.
“Marcado,” susurró después, limpiándose los labios con el dorso de la mano antes de levantarse.
“Por dentro y por fuera.” Otras veces era en el salón, en el sofá grande mientras la televisión murmuraba noticias a las que nadie prestaba atención.
Ella se sentaba a horcajadas sobre mí, su falda de dormir subida hasta la cintura, moviéndose con un ritmo lento y tortuoso que ella controlaba por completo.
Apoyaba las manos en mis hombros, sus dedos hundiéndose en mi carne, y bajaba su boca a mi oído.
“¿Piensas en ella cuando estás conmigo?” susurraba, su voz un hilo venenoso de celos.
“¿En Chloe?” “No,” gemía yo, y era la verdad en ese momento.
No podía pensar en nada que no fuera el calor y la fricción de su cuerpo.
“Bien.
Porque esto…” clavaba las uñas, “esto es solo nuestro.
Este sudor, este gemido, esta forma en que te abres para mí…
nadie más lo conoce.
Nadie más lo tendrá.” Y aceleraba el ritmo, sus propias palabras excitándola.
“Dilo.
Dime que es solo mío.” “Es solo tuyo,” repetía yo, mecánicamente, atrapado entre el placer y la claustrofobia.
“Sí…
ah, sí…
más…” Sus movimientos se volvían erráticos, su respiración un jadeo desesperado.
“Ahora…
ven conmigo ahora…
quiero sentirlo todo…” Y nos desplomábamos juntos, enredados en el sofá, el sudor frío pegando nuestras ropas a la piel, el silencio de la casa repentinamente enorme a nuestro alrededor.
Ella se quedaba encima, su cabeza en mi pecho, escuchando el galope de mi corazón, y sus dedos trazaban círculos en mi piel.
“Perfecto,” murmuraba, exhausta pero satisfecha.
“Así es como debe ser.” La frecuencia era adictiva.
Cada dos o tres noches, ella encontraba la manera, el lugar.
En el lavadero, contra la secadora mientras vibraba, amortiguando nuestros sonidos.
En el baño, con la ducha corriendo para enmascarar los gemidos que ella ya no podía contener por completo, sus gritos ahogados por mi boca o por una toalla que mordía.
Cada encuentro era una reafirmación de su propiedad, un ritual para expulsar a cualquier otro fantasma, especialmente el de Chloe, de mi mente y, según ella, de mi cuerpo.
Fue en medio de esta doble vida —la luz diurna de la universidad y Chloe, la oscuridad posesiva de Maya— que llegó el anuncio del Festival de Verano Universitario.
La sede, buscando integrar a los nuevos estudiantes, organizaba un evento masivo.
Chloe, en su rol de eterna animadora y conectadora de personas, me llamó una tarde.
“¡Es perfecto para que conozcas gente!” decía su voz, alegre, al otro lado del teléfono.
Yo estaba en mi habitación, con la puerta entreabierta.
“Y necesitan desesperadamente voluntarios para el ‘Maid Café Reverse’.
¡Es un café temático atendido por mayordomos elegantes!
Con trajes, servir té, todo muy *aesthetic*.
Sería divertidísimo.
¿Te apuntas?
Por favor, te sacará de esa cueva de estudios.” Me reí, genuinamente.
La idea era absurda, pero la energía de Chloe era contagiosa.
Además, la palabra “divertido” resonó en mí como algo de otro planeta.
Lo necesitaba.
“Vale, ¿por qué no?” concedí.
“Suena a algo que podría arruinar con mi torpeza legendaria, pero me apunto.” “¡Excelente!
Te enviaré los detalles.
Necesitamos medirte para el traje.
Esto va a ser genial.” Colgué, con una sonrisa tonta en los labios.
Un proyecto tonto, con gente normal, haciendo algo que no tuviera segundas lecturas ni capas de culpa.
Un respiro.
No había notado que la puerta de mi habitación, que estaba entreabierta, se había abierto un poco más.
No hasta que sentí el cambio en la temperatura del aire.
Maya estaba en el umbral.
No sé cuánto tiempo llevaba allí.
Su expresión era de mármol.
Fría, lisa, impenetrable.
Pero sus ojos… sus ojos eran ventiscas.
“¿Festival?” preguntó.
Su voz era plana, sin entonación.
“Sí, el de la universidad.
Parece una tontería divertida.” Intenté que sonara ligero.
“¿Con Chloe.” No era una pregunta.
“Ella es la que organiza a los voluntarios, sí.” Maya entró en la habitación, cerrando la puerta a sus espaldas con un click suave y definitivo.
Se acercó, pero no con la sensualidad depredadora de costumbre.
Lo hizo con la precisión de un cirujano.
“¿Vas a ir por ella?” Su mienda escarbaba en la mía.
“Voy a ir al festival, Maya.
Por diversión.
Chloe es una amiga.” “Una amiga.” Repitió las palabras como si las probara y le supieran a mentira.
“¿Significa algo para ti?” El ambiente se enrareció.
Este no era el interrogatorio habitual, celoso pero casi juguetón.
Esto era otra cosa.
Más peligrosa.
“Es mi amiga.
Eso significa algo, sí.” Mantuve la voz firme, aunque por dentro sentía el familiar nudo de ansiedad apretándose.
Ella sostuvo mi mirada por lo que pareció una eternidad.
Luego, sin decir otra palabra, dio media vuelta y salió de la habitación, dejando tras de sí un vacío cargado de presagio.
Esa noche, la dinámica cambió.
Durante la cena, Maya fue un bloque de hielo.
Respondía a mis padres con monosílabos, pero a mí no me dirigió ni una mirada.
Era como si yo hubiera dejado de existir.
La hostilidad pasiva era palpable.
Cuando terminamos, subió a su cuarto sin ofrecer ayuda para recoger.
Más tarde, escuché movimientos en su habitación.
Pasos rápidos, el sonido de algo siendo arrojado contra un mueble con fuerza contenida.
La frustración emanaba de las paredes.
Después de un rato, salí al pasillo, indeciso.
Me detuve frente a su puerta, que estaba cerrada.
Respiré hondo y llamé suavemente.
“Maya?
¿Estás bien?” Silencio.
“¿Podemos hablar?” Nada.
Pero entonces, a través de la puerta, oí un sonido.
No era un sollozo, ni un grito.
Era un gruñido de pura frustración, ahogado, como si hubiera mordido una almohada.
Luego, unos pasos rápidos.
La puerta no se abrió, pero sentí su presencia al otro lado, muy cerca.
“Vete,” dijo su voz, apagada por la madera, pero cargada de una emoción tan intensa que casi podía tocarla.
Era una orden, pero también una súplica herida.
Retrocedí.
No era el momento.
Esa noche, por primera vez en meses, dormí solo.
Y fue la noche más larga de todas, porque en el silencio, sin su peso familiar y opresivo a mi lado, solo podía pensar en el frío de sus ojos y en el calor de su rabia, y preguntarme qué significaba este nuevo giro en el juego que nunca había elegido jugar, pero del que ya no sabía cómo salir.
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