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LUNAS PROHIBIDAS - Capítulo 6

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  4. Capítulo 6 - 6 Intersección Tóxica
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6: Intersección Tóxica 6: Intersección Tóxica El anuncio llegó con la naturalidad de una tormenta anunciada.

Mi madre, revolviendo una olla de estofado, mencionó sin levantar la vista: “Maya ha decidido también.

Va a entrar a la sede local.

Música y Artes Visuales.

Dice que necesita un entorno más ‘estimulante’ para su creatividad.” El tenedor se me detuvo a mitad de camino.

El estofado, que olía delicioso, de repente me supo a ceniza.

Robert asintió con aprobación.

“Es una buena combinación para ella.

Tiene talento.” Yo solo pude asentir, la garganta cerrada.

El territorio que había considerado, de manera ingenua, un refugio temporal—la universidad, el mundo diurno de Chloe y las clases de programación—estaba a punto de ser invadido.

Y así fue.

Desde el primer día, Maya se convirtió en una presencia constante en mi paisaje universitario.

No compartíamos clases, pero la sede era un campus compacto, un ecosistema de plazas, cafeterías y pasillos donde era imposible no cruzarse.

Y ella, con su instinto de depredadora y su belleza que ahora llevaba un toque más bohemio y deliberado—vestidos fluidos, pelo con mechas de colores sutiles, un cuaderno de dibujo siempre bajo el brazo—no pasaba desapercibida.

Se integró rápido, magnetizando a su alrededor a un grupo diverso de compañeros de arte: el tipo intenso de la guitarra acústica, la chica de pelo azul que hablaba de performance, el fotógrafo siempre con una cámara antigua colgada.

Verla allí, en mi mundo, fue un desajuste cognitivo constante.

Era como si dos realidades paralelas y mutuamente excluyentes hubieran colisionado.

La Maya nocturna, posesiva y claustrofóbica, y esta Maya diurna, radiante, artística, rodeada de admiradores.

Pero yo conocía la verdad que se escondía bajo esa fachada.

Y ella, a su vez, vigilaba la mía.

Los encuentros comenzaron a ser frecuentes, y nunca eran casuales.

Siempre que yo estaba con alguien, especialmente con Chloe, aparecía.

Como un fantasma elegante y sonriente.

Estaba en la cafetería con Chloe, riéndonos de un ejercicio de código desastroso, cuando una sombra cayó sobre nuestra mesa.

“Hermano, qué casualidad.” Su voz era dulce como la miel, pero sus ojos escaneaban la escena: la proximidad de nuestros cuerpos, la taza de café de Chloe a medio camino hacia la mía.

“Chloe, qué bueno verte.

¿Ayudando a este desastre con sus enredos otra vez?” Chloe sonrió, genuinamente encantada.

“¡Maya!

Sí, intento que no cometa otro error.

¿Te unes?” “Oh, no, no quiero interrumpir,” dijo, pero se sentó de todos modos, arrastrando una silla de otra mesa.

Su rodilla rozó la mía bajo la mesa y se quedó allí, un punto de presión insistente mientras charlaba animadamente con Chloe sobre los preparativos del Maid Café Reverse.

Yo me quedé mudo, atrapado entre la calidez normal de Chloe y el calor eléctrico y amenazante de la rodilla de Maya.

Otra vez, saliendo de clase con un par de compañeros de ingeniería—Lucas y Ana—discutiendo sobre un proyecto de base de datos, la vi apoyada en un árbol, hablando con el guitarrista.

Su mirada se desprendió de él y se fijó en mí, luego en Ana, que me estaba mostrando algo en su laptop, su hombro rozando el mío.

La sonrisa de Maya no se desvaneció, pero se congeló, se volvió una máscara perfecta.

Al día siguiente, encontré mi cuaderno de algoritmos con una página arrancada, la que tenía las notas que Ana había escrito por mi mientras iba un momento al baño.

La presión era insostenible.

Cada risa compartida con Chloe, cada estudio en grupo, cada salida casual, era observada, medida, archivada.

Los celos ya no eran solo preguntas en la penumbra de nuestra casa; ahora eran un espectáculo público muy silencioso, una tensión que yo sentía como un cable de acero tirando de mis entrañas cada vez que nuestras miradas se cruzaban en un pasillo abarrotado.

Chloe, en su inocencia, a veces comentaba: “Tu hermana es tan interesante, ¿verdad?

Y siempre tan atenta.

Ayer me preguntó si salíamos mucho tú y yo, que le parecía genial que tuvieras una amiga tan buena.” Cada palabra de Chloe, bienintencionada, era un cuchillo que Maya había afilado y clavado.

La gota que colmó el vaso fue el ensayo general del Maid Café.

Chloe, como coordinadora, me había arrastrado al auditorio para probar el traje—un atuendo de mayordomo absurdo y ajustado—y para repasar el protocolo de servicio.

Era ridículo, y por eso mismo, estábamos riendo a carcajadas mientras yo intentaba servir té sin derramarlo, haciendo reverencias exageradas.

Chloe sostenía un pastel de plástico, doblada por la risa.

“¡No, así no!

¡Más formal, más eleganteeee!” gritaba entre risas.

En ese momento de tontería pura, de alegría genuina y despreocupada, levanté la vista.

Ella estaba allí.

En la penumbra del fondo del auditorio, apoyada contra la puerta de salida.

No se había cambiado después de sus clases de arte; llevaba manchas de pintura en los jeans y una camisa blanca holgada que le habría robado a Robert.

No llevaba expresión alguna.

Solo miraba.

Desde la distancia, no podía verle los ojos, pero sentí su impacto como un puñetazo en el estómago.

La risa se murió en mis labios.

Chloe, notando mi cambio, siguió mi mirada.

“Oh, hola Maya.

¿Vienes a reírte de este desastre conmigo?” Maya no respondió de inmediato.

Luego, empujándose de la puerta, dijo con una voz que no tenía ningún matiz: “No.

Solo pasaba.

Diviértanse.” Y se fue.

Esa noche, la casa era un ataúd de silencio.

Mis padres habían salido.

La tensión, acumulada durante semanas de miradas cruzadas en el campus, de encuentros forzados y sonrisas congeladas, saturaba el aire.

Subí a mi habitación con la sensación de caminar sobre cristales.

Sabía que no había terminado.

No tuvo que esperar mucho.

Apenas había cerrado la puerta, intentando concentrarme en una línea de código que bailaba ante mis ojos sin sentido, cuando ésta se abrió de golpe.

Maya entró y la cerró de un portazo.

No había lágrimas, no había el histrionismo de la discusión previa.

Había una furia helada, contenida, que la hacía vibrar de pies a cabeza.

Sus ojos, normalmente tan expresivos, eran pozos negros y planos.

“¿Te diviertes mucho?” La pregunta salió como un latigazo.

“Maya, por favor…” “¿Haciéndote el payaso para ella?

¿Vistiéndote como su muñeco para que ella y todas sus amiguitas se rían?

¿Es así como consigues su atención?” “Es un evento de la universidad, es una bobada nada mas,” intenté, manteniendo la voz baja, razonable.

“No es nada.” “¡No es nada!” estalló, y la furia helada se quebró en llamas.

Avanzó hacia el centro de la habitación.

“¡No es nada que pase horas contigo!

¡No es nada que te busque, que te toque, que te mire como si fueras el único hombre en el mundo!

¿Me crees idiota?” “Chloe es mi amiga.

Solo mi amiga.” La frase, ya tan gastada, sonó débil incluso para mis oídos.

“¿Solo tu amiga?” Su risa fue un sonido corto y amargo.

“¿Crees que no veo lo que quiere?

La conozco.

Es esa clase de chica ‘buena’, ‘alegre’, ‘normal’.

Las peores.

Porque todo lo que hacen tiene una intención escondida bajo una sonrisa.

Te está orbitando, esperando su momento.

Te está usando a ti para sentirse especial, porque sabe que tú…

que tú estás confundido y vulnerable.” “Eso no es cierto.

Y aunque lo fuera, es mi vida, Maya.” “¡Tu vida!” gritó, y de repente las lágrimas asomaron, furiosas, humilladas.

“¿Tu vida?

¡Tu vida es esto!

¡Es esta habitación, es esta casa, soy yo!

¡No ella!

¡No esa universidad de mierda ni ese café de mierda!

¡Yo!

¡Yo!

¡Yo!

¡Yo!” El dolor en su voz era real, desgarrador, pero estaba enredado con una posesividad tan feroz que me dejó sin aliento.

“Maya, esto…

esto no está bien.

Esto que tenemos…

está mal.

Nos está destruyendo.” “¿Está mal?” Susurró ahora, las lágrimas corriendo por sus mejillas sin que ella hiciera nada por detenerlas.

Se acercó más, hasta que pude sentir el calor de su cuerpo, oler el aguarrás de sus pinturas y el jabón de su piel.

“¿Está mal que te quiera?

¿Está mal que no pueda soportar la idea de que ella te toque, te sonría, te robe?

¿Eso está mal?” “Nos estamos haciendo daño,” insistí, aunque mi propia convicción se desmoronaba ante su dolor crudo.

“El daño ya está hecho,” dijo, y su mano se elevó.

Esperé una bofetada, pero sus dedos solo se posaron en mi mejilla, temblorosos, empapados de lágrimas.

“El daño fue el día que volviste y me miraste de esa forma.

El daño fue querer algo que no podía tener.

Así que ahora…

ahora que lo tengo.

Y no voy a soltarlo.

Y menos por culpa de ella.” Su mirada se desplazó de mis ojos a mis labios.

La rabia y la desesperación en sus ojos se fundían en algo más oscuro, más urgente.

La energía en la habitación cambió, se espesó, pasando del campo de batalla verbal al campo magnético de nuestros cuerpos, tan familiar y tan tóxico.

“Tú me quieres,” murmuró, no como una pregunta, sino como un hecho contra mis labios.

“A pesar de todo.

A pesar de ella.

Me quieres aquí.” Su otra mano me agarró la muñeca y la guió con fuerza bruta, no a su mejilla, sino más abajo, aplastándola contra el centro de sus jeans.

La tela estaba delgada, y sentí el calor y la humedad a través de ella.

“Aquí es donde me quieres.

Donde me necesitas.

No en una cafetería de mierda sirviendo té.” “¡Hgnh!” Un gemido escapó de sus labios cuando mi mano, por traición propia de mis nervios, se cerró involuntariamente sobre su entrepierna.

“Sí…

ahí.

Así.” Ya no hubo más discusión.

El puente entre las palabras y la acción se quemó con la chispa de su dolor y mi incapacidad para negar lo que mi cuerpo clamaba, incluso cuando mi mente gritaba en desacuerdo.

Ella no fue tierna.

No fue seductora.

Fue una toma por asalto.

Sus manos se abalanzaron sobre mi camisa y la abrieron, los botones saltando y golpeando contra la pared con un sonido de disparos lejanos.

Su boca encontró la mía en un beso que era mordisco, castigo y reclamación a la vez.

Sabía a lágrimas saladas y a rabia.

“Ella no te hace esto,” jadeó contra mis labios, mientras sus manos descendían por mi pecho, mis abdominales, arañando la piel con una ferocidad que no había mostrado antes.

“Ella no te conoce…

no conoce cómo suspiras cuando te muerdo aquí…” Su boca se desplazó a mi cuello, y sus dientes se hundieron en el punto donde el hombro se une, un dolor agudo y punzante que me hizo arquearme contra ella.

“¡Una marca mía!

¡Para que lo vea si se atreve a acercarse!” Empujó.

Con una fuerza sorprendente, me hizo tropezar y caer de espaldas sobre la cama.

En un instante, ella estaba sobre mí, a horcajadas, sus manos inmovilizando mis muñecas contra el colchón a los lados de mi cabeza.

Su cabello, suelto y salvaje, formaba una cortina a nuestro alrededor.

Sus ojos, todavía brillantes por las lágrimas, ardían ahora con un fuego incandescente.

“Vas a mirarme,” ordenó, su voz un ronco susurro cargado de intención.

“Vas a mirarme a mí, y solo a mí.

Y vas a decir mi nombre.” Con un movimiento brusco, liberó una de mis muñecas solo para bajar la cremallera de sus jeans y empujarlos, junto con su ropa interior, hasta mitad de los muslos.

No se los quitó por completo.

Era un acceso brutal, urgente.

Guió mi mano libre, la que había soltado, y me obligó a tocarla.

Estaba empapada, temblorosa, cada músculo interno palpitando con una tensión febril.

“¿Lo sientes?

¿Sientes lo que me haces?

Esto es tu culpa.

Todo esto.” Su voz se quebraba entre la acusación y el éxtasis, mientras sus caderas se mecían contra mi mano, buscando fricción.

“Me vuelves loca…

y luego vas y sonríes para ella…” Dejó de guiar mi mano y se colocó sobre mí.

No hubo preparación, ni cuidado.

Tomó control y bajó, engulléndome de un movimiento profundo y severo que nos arrancó un gemido gutural a los dos.

Un sonido de dolor-placer, de posesión violenta.

“¡Dilo!” gritó, su espalda arqueándose en una curva perfecta y tensa.

“¡Dilo!

¡Dilo ahora!” Atrapado en la sensación abrumadora, en la tormenta de emociones y sensaciones, el nombre salió de mis labios, ahogado.

“Maya…” “Sí…

así…” comenzó a moverse, no con la lentitud calculada de otras veces, sino con una cadencia rápida, implacable, cada embestida un intento de borrar algo, de reafirmar algo.

Sus uñas se clavaban en el piel de mi pecho, dejando marcas que sabía que durarían días.

“Así es como es…

así es como debe ser siempre…

nadie más…

nunca nadie más…” Su respiración se convirtió en jadeos cortos, espasmódicos.

Su rostro era una máscara de agonía y éxtasis, las lágrimas secándose en sus mejillas ardientes.

Se inclinó, sus labios junto a mi oído, y sus palabras eran golpes de aliento caliente y sonido crudo.

“Te odio…

te odio por hacerme sentir esto…

por hacerme necesitarlo…

por no querer solo mío…” Cada declaración de odio iba acompañada de una embestida más profunda, más desesperada.

“Y te quiero…

Dios, te quiero de una manera que me asusta…

que me va a matar…” El ritmo se volvió caótico, salvaje.

Ella ya no guiaba, era guiada por un impulso que venía de un lugar más allá del control.

Sus músculos internos se apretaban a mi alrededor en espasmos rítmicos, anticipando el clímax que se acercaba como un tren fuera de control.

“¡Voy a…!

¡No apartes la mirada!

¡Mírame!

¡Mírame cuando lo haga!” gritó, y su cuerpo se tensó como un arco.

Un sonido desgarrado, que era mi nombre y un grito y una maldición todo en uno, se escapó de su garganta mientras su cuerpo era sacudido por oleadas de placer violento.

La sentí estallar alrededor de mí, contra mí, su posesión completándose en un cataclismo físico que me arrastró inevitablemente con ella.

Mi propio climax fue arrancado de mí, una rendición total, un vaciado que fue tanto físico como emocional.

Fue intenso, cegador, y estuvo tan mezclado con su dolor y su rabia que no supe dónde terminaba mi placer y empezaba mi condena.

Nos desplomamos, una masa de miembros entrelazados, sudor, lágrimas y fluidos.

Ella se derrumbó sobre mi pecho, su cuerpo todavía sacudido por pequeños espasmos postrero.

Su respiración era un llanto entrecortado.

Mis brazos, por propio instinto, la rodearon.

Y allí yacimos, en el silencio repentino y ensordecedor.

Pasaron largos minutos antes de que ella hablara, su voz apenas un susurro ronco contra mi piel.

“Lo siento,” dijo, pero no sonaba a arrepentimiento.

Sonaba a fatiga.

A resignación.

“Pero no puedo…

no puedo compartirte.

No con ella.

Ni con nadie.” Levantó la cabeza para mirarme.

Sus ojos estaban hinchados, agotados, pero la intensidad no había desaparecido.

Solo se había transformado en una certeza triste y absoluta.

“Así es lo nuestro.

Es enfermo, es retorcido, nos va a consumir…

pero es nuestro.

Y no voy a dejar que nada, ni nadie, se interponga.” Bajó y me dio un beso, esta vez suave, casi tierno, en los labios.

Un sello sobre lo dicho.

Luego, con un esfuerzo, se separó de mí y se levantó.

Recogió su ropa del suelo, vistiéndose con movimientos lentos, automáticos, sin pudor.

En la puerta, se detuvo y miró hacia atrás.

El caos de la habitación, la cama deshecha, mi camisa destrozada, yo aún tendido y expuesto, era el testimonio de la tormenta.

“El festival,” dijo, su tono ahora plano, final.

“No vayas.” No era una súplica.

Era la ley del nuevo territorio que acabábamos de demarcar con sudor, lágrimas y violencia.

Salió, cerrando la puerta sin hacer ruido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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