Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

LUNAS PROHIBIDAS - Capítulo 7

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. LUNAS PROHIBIDAS
  4. Capítulo 7 - 7 Ecos de Otro Yo
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

7: Ecos de Otro Yo 7: Ecos de Otro Yo Fue una broma, uno de esos comentarios al azar que se sueltan en una tarde lenta de estudio en la biblioteca.

Chloe, con un lápiz metido en su moño desordenado, levantó la vista del libro que estaba revisando para mí y me miró… no a los ojos, sino a la frente.

“¿Sabes qué?” dijo, con ese tono ligero y distraído que usaba para las observaciones que no importaban demasiado.

“Con ese pelo rebelde que tienes… creo que un flequillo, así ladeado, te sentaría bien.

Suavizaría un poco esa mirada de filósofo exasperado que a veces te sale.” Lo dijo y volvió a leer, como si hubiese comentado el clima.

Pero la idea, pequeña y tonta, se quedó ahí.

Al día siguiente, frente al espejo del baño después de la ducha, me detuve un momento más de lo habitual.

Mi pelo oscuro, siempre un poco largo y sin domar, me caía sobre la frente de forma caótica.

Recordé sus palabras.

Con los dedos todavía húmedos, aparté un mechón hacia un lado, imitando ese flequillo del que hablaba.

Y… hubo un cambio.

No una revelación, pero sí un ajuste.

Suavizaba un poco mis cejas, me hacía ver menos desordenado, más intencional.

Me hacía parecer, tal vez, un poco menos como el chico perdido que había vuelto a casa y un poco más como alguien que podía tener un plan.

O al menos, como alguien que empezaba a fijarse en su propio reflejo.

Una semana después, sentado en la peluquería del centro comercial —un lugar que no pisaba desde la graduación del instituto— le enseñé al barbero, un tipo con tatuajes de tijeras en los antebrazos, una foto que había encontrado en internet, elegida a partir del comentario de Chloe.

“Algo así, pero sin que parezca que me esforcé demasiado.” El barbero asintió con la tranquilidad de quien lo ha escuchado mil veces.

“Claro, algo natural, con movimiento.” El sonido de las tijeras marcó un pequeño punto de no retorno.

El cambio de ropa fue más lento, más accidental.

O más bien, más empujado por las circunstancias.

Ana, mi compañera de proyectos de programación, fue la culpable.

Estábamos trabados con un algoritmo y la frustración ya olía a café rancio cuando, sin levantar la vista del código, comentó: “No te lo tomes a mal, pero esos jeans tan apretados y las camisas de franela… no van contigo.

Te restan presencia.” Lucas, desde su portátil, soltó una carcajada incrédula.

“Es verdad.

Deberías probar algo más suelto.

Algo que diga que sabes dónde estás parado.” Ana añadió, con una sonrisa que no era burla sino simple sinceridad: “Solo digo que podrías aprovecharte un poco más de tu altura y tu… no sé, esa vibra de chico interesante.” Ese comentario, más que el algoritmo, fue lo que me dejó pensando.

Fue Chloe, otra vez, quien convirtió la broma en algo real.

“¿Sabes qué?

Sarah, una amiga de Diseño de Moda, está haciendo un proyecto sobre rediseño de imagen básica.

Le vendría genial un voluntario.

Y a ti… pues, ¿por qué no?

Podría ser divertido.” Así que un sábado por la mañana terminé caminando por el distrito comercial junto a Chloe y Sarah.

Sarah era pura energía comprimida en un cuerpo pequeño, con gafas de montura roja y la habilidad de hablar sin respirar sobre “siluetas”, “telas” y “declaraciones no verbales”.

Chloe caminaba a mi lado como un recordatorio de que todo esto era, en teoría, normal; sonreía cada vez que Sarah me arrojaba al probador una prenda que parecía sacada de un editorial de moda experimental.

El proceso resultó menos traumático de lo que había imaginado.

Sarah examinó mi ropa habitual con una mezcla de lástima y determinación.

“Todo esto es rígido, no te ayuda.

Eres delgado y eres alto; deberías jugar con formas, con capas.

No meterte en un uniforme de jeans.” Me hizo probar pantalones de tela suave, rectos o ligeramente acampanados.

Camisas oversize de lino o algodón que caían sin apretar.

Un suéter ancho de cuello alto que, para mi sorpresa, me hizo sentir cómodo, casi resguardado.

Chloe observaba desde fuera del probador, a veces con una expresión que decía más que cualquier comentario.

“Ese color caqui te va genial con tu tono de piel,” decía, o “esa tela cae de una manera muy natural en ti.” Hubo un momento pequeño, pero lleno de algo que no supe identificar.

Estaba probándome una camisa abierta sobre una camiseta básica y, cuando salí del probador para que Sarah viera el conjunto, la manga se enganchó en la manija de la puerta.

Chloe, que estaba más cerca, se adelantó enseguida para ayudarme.

“Déjame,” dijo en voz baja.

Sus dedos, rápidos y seguros, empezaron a liberar la tela.

Para hacerlo, tuvo que acercarse más de lo normal.

Sarah estaba de espaldas, revisando una estantería.

El espacio entre Chloe y yo se redujo a unos pocos centímetros.

Pude oler su perfume, algo fresco, casi acuoso, a pepino y sandía; tan distinto del aroma denso, inquieto, de Maya.

Su cabello castaño, siempre algo desordenado, casi me rozaba la barbilla.

Mientras trabajaba la tela atrapada, el dorso de su mano rozó mi antebrazo desnudo.

No fue el tipo de contacto que conocía de Maya: no hubo electricidad, ni intención.

Fue un roce casual, cálido, sin pretensiones.

Y aun así un escalofrío suave, completamente libre de culpa, me recorrió la espalda.

Chloe levantó la vista justo cuando la manga se liberó.

Por un segundo, nuestros ojos se encontraron.

Una sonrisa pequeña, casi apenada, se le asomó a los labios antes de que diera un paso atrás.

“Listo.

Salvado de la tiranía de las manijas,” dijo, con la voz un poco más alta de lo necesario.

“Gracias,” musité, sintiendo todavía el punto exacto donde su piel había rozado la mía, como si guardara un calor mínimo, discreto, pero presente.

Sarah, completamente ajena al pequeño incidente, dio su veredicto.

“Perfecto.

Esa combinación.

Fluida, moderna, pero sin intentarlo demasiado.

Te da… presencia.” Al final compré solo unas cuantas piezas, lo que mi presupuesto de estudiante permitía.

No era un armario nuevo, pero sí un comienzo.

Esa noche colgué las prendas en mi armario, junto a mis viejos jeans y las camisas de franela.

Parecían cosas traídas de otro lugar, casi de otra vida.

Como promesas de una versión distinta de mí, una que todavía estaba aprendiendo a existir.

La verdadera prueba fue al día siguiente, bajo la luz cruda de la mañana.

Me vestí con uno de los nuevos pantalones de tela color hueso y una camiseta de cuello alto negra, simple pero de una caída impecable.

Me peiné, todavía atento al nuevo flequillo que ahora descansaba sobre mi frente con una naturalidad que ya no sentía impostada.

Al mirarme en el espejo de cuerpo entero, hubo un instante de extrañeza: no era un desconocido, pero sí una versión más nítida, más definida de mí mismo.

La ropa no me apretaba; me envolvía, dándome una sensación extraña de espacio y, curiosamente, de anonimato.

Como si pudiera moverme entre la gente sin que el mundo reclamara una etiqueta inmediata para mí.

Tenía un café programado con Chloe para repasar unos apuntes antes de clase.

La encontré en nuestra mesa habitual de la cafetería del campus, con dos tazas humeantes frente a ella.

Caminé hacia allí un poco más consciente de mis pasos, del modo en que la tela nueva acompañaba mi cuerpo como si siempre hubiera pertenecido a él.

Ella levantó la vista cuando mi sombra cubrió la mesa.

Sus ojos gris verdoso se abrieron apenas, pero lo suficiente para delatar su sorpresa.

Su mirada recorrió, sin prisa pero sin torpeza, cada parte de mí: los zapatos nuevos, sencillos y limpios; los pantalones; la camiseta; mi rostro; mi pelo.

El silencio que siguió duró dos, tal vez tres segundos, pero se sintió como un puente suspendido entre lo viejo y lo nuevo.

Un rubor suave, casi imperceptible, coloreó sus mejillas.

“Vaya,” dijo al fin, con una voz que sonó genuinamente sorprendida, libre de la ironía amable que solía usar conmigo.

Dejó el bolígrafo sobre la mesa.

“Te ves… increíble.

De verdad.” No dijo “guapo”, ni “interesante”.

Dijo “increíble”.

Y lo dijo con una sinceridad tan directa, tan desprovista de cálculo o de segunda intención, que el elogio me impactó de lleno en el pecho.

No hubo manipulación, no hubo juego de poder, no apareció la sombra de una transacción oculta.

Era un hecho, dicho con calma, como quien observa que el cielo está azul.

Y la reacción que provocó en mí fue igual de simple y, al mismo tiempo, abrumadora: una oleada de calor agradable que me subió desde el estómago hasta la cara, seguida de una timidez nerviosa que me obligó a bajar la mirada a mi taza de café.

“Gracias,” logré decir, aunque mi voz sonó más ronca de lo que esperaba.

“Fue… la idea de Sarah, y…” “No,” me interrumpió, sonriendo ahora, una sonrisa amplia y cálida que iluminó su rostro.

“La idea fue de Sarah, pero el resultado es todo tuyo.

Te sienta… bien.

Te hace parecer más… tú.

O una versión más despierta de ti.” Tomó su taza, escondiendo la sonrisa detrás del borde.

“Vamos, siéntate, que el café se enfría.

Aunque con esta nueva imagen, casi da pena manchar los apuntes con migas.” Reímos, y el momento se disolvió, pero la sensación permaneció.

Un nerviosismo agradable, un cosquilleo de validación que no nacía de un lugar oscuro o complicado, sino de la luz clara de la amistad.

Era un sentimiento tan sencillo y tan raro en mi vida actual que casi me dolía.

La otra reacción, lo sabía, no sería tan sencilla.

La esquivé todo el día, enterrándome en clases, en proyectos, en conversaciones que no tenían peso.

Pero la casa… la casa era un campo de batalla inevitable.

Cuando llegué por la tarde, cargado con mis libros y una bolsa de otra tienda —donde había encontrado una chaqueta ligera de mezclilla oversize que Sarah había descrito como “el toque final perfecto”—, ya sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarla.

Aun así, quería probármela con el resto antes de que cualquier palabra, cualquier mirada, contaminara el momento.

Subí directamente a mi habitación, cerré la puerta y me quité la ropa de calle.

Me puse los nuevos pantalones, la camiseta negra, y por último me enfundé la chaqueta.

Era más grande de lo que estaba acostumbrado, pero al verla en mí —cómo caía sobre los hombros, cómo equilibraba la silueta, cómo creaba un aire de despreocupación perfectamente dirigida— entendí lo que Sarah quería decir.

Me dio un vuelco el estómago.

Una mezcla extraña de satisfacción, orgullo… y un temor anticipatorio que me tensó la espalda.

Me giré un poco, mirándome de perfil en el espejo de la puerta del armario.

Y justo ahí, sin un golpe previo, sin un “¿puedo?”, sin siquiera un roce de dedos en la manija, la puerta de mi habitación se abrió.

Maya entró.

Supongo que había oído mis pasos, o simplemente había sentido —como un animal entrenado para detectar a su presa— la anomalía en mi rutina, el cambio sutil en mis movimientos, en mis silencios.

Se detuvo en el umbral.

Y se quedó helada.

Sus ojos, que normalmente me encontraban con rapidez —ya fuera con deseo, con ira o con esa precisión quirúrgica con la que evaluaba mis gestos— esta vez recorrieron mi cuerpo de arriba abajo con una lentitud casi insoportable.

Fue un examen meticuloso, devastador.

Su mirada se detuvo un segundo demasiado largo en mi flequillo nuevo (un destello de desconcierto atravesó su expresión), luego descendió por la chaqueta oversize, los pantalones de tela, los zapatos impecables.

No dijo nada.

El silencio se espesó, tomando forma entre nosotros, más denso con cada latido martillado en mi pecho.

En su rostro aparecieron capas, una tras otra, sin disimulo.

Primero, puro desconcierto: una vacilación casi infantil, como si su mente intentara encajar mi imagen y fracasara.

Después, como una sombra que se derrama, surgió el enojo.

No explosivo.

No ruidoso.

Una rabia contenida, fría, que oscureció el brillo de sus ojos.

Pero lo que más me desconcertó fue lo que se filtró al final, en los detalles mínimos: el temblor sutil de su labio inferior, el apretón casi imperceptible de sus dedos contra los costados del cuerpo.

Vulnerabilidad.

Una herida abierta que no sabía que existía.

“¿Qué… es esto?” preguntó por fin.

Su voz no era un grito.

Era un hilo fino, tenso, como si cada palabra cortara.

“Es… ropa nueva,” dije, intentando sonar casual, como si no me sintiera desnudo bajo su mirada.

Era absurdo: solo me estaba probando una chaqueta, y aun así me sentía sorprendido en un acto íntimo, casi prohibido.

“Lo veo,” respondió, avanzando un paso dentro de la habitación.

Ya no me examinaba: me perforaba con los ojos.

“El pelo también.” “Sí.

Un cambio.” “Un cambio,” repitió, y en su boca la palabra adquirió un filo envenenado.

Dio otro paso más.

Estaba lo suficientemente cerca como para tocarme, pero no lo hizo.

Su presencia pesaba, casi magnética, como si intentara arrastrarme de vuelta a su órbita por pura voluntad.

“¿De repente?

¿Por qué?” Me encogí de hombros; la chaqueta amplia hizo que el gesto se sintiera más visible, más provocador de lo que pretendía.

“No sé.

Quería… verme mejor.

Actualizarme un poco.” “Verme mejor,” murmuró, y su mirada se volvió aún más aguda, como si intentara arrancar la verdad de debajo de la tela.

“¿Para quién?” La pregunta cayó pesada, casi acusatoria.

“Para mí, Maya.

Para nadie más.” Soltó una risa breve, cortante, sin una gota de humor.

“¿Para ti?

Vamos.

Tú nunca has pensado en ‘verte mejor’.

Tú vives con jeans apretados y camisas pegadas.

Esto…” hizo un gesto brusco, abarcando cada centímetro de mi cambio, “esto no es para ti.

Esto es un disfraz.” “No es un disfraz,” dije, sintiendo cómo la defensiva me subía al pecho.

“Es solo ropa y ya.” “¡Es una declaración!” explotó, y la rabia, esa que siempre empezaba fría, se extendió como fuego bajo hielo.

“¡Estás cambiando todo lo que eras!

¡Todo lo que éramos!

¿Crees que no lo noto?

Pareces… pareces uno de ellos.

Uno de esos chicos de su mundo.” El “su” fue una estocada.

Chloe.

Siempre Chloe.

“No tiene nada que ver con Chloe,” mentí, o medio mentí.

Y por supuesto, ella lo detectó al instante.

“¿No?” Avanzó otro paso, tan cerca que pude ver las motas diminutas de pintura azul secas en su cuello, el temblor casi imperceptible en sus pestañas.

“¿Ella te dijo que te cortaras el pelo?

¿Que te compraras esta… esta prenda?” La palabra “prenda” le salió impregnada de desdén.

“Fue idea de una compañera de diseño.

Chloe solo vino a acompañarme.” “¡Claro que te acompañó!” Su voz subió, quebrándose en los bordes.

“Acompañándote a convertirte en alguien… en alguien que podría gustarle.

Alguien que no está manchado por… por esto.” Esta vez, su gesto no fue hacia mi ropa, sino hacia la habitación, la cama, cada sombra cargada de nuestros encuentros.

“Estás intentando lavarte.

¿No es así?

Intentando verte limpio, nuevo, presentable.

Para ella.” Su percepción era tan certera que me dejó sin aire.

No tenía toda la razón, pero tampoco estaba completamente equivocada.

Había una parte de mí que sí buscaba sentirse diferente, que quería creer que existía un yo posible fuera del laberinto donde ella y yo nos habíamos empantanado.

“No estoy intentando nada, Maya.

Solo quería un cambio.” Ella me miró como si le hubiera arrancado algo sin usar las manos.

De pronto, la rabia se le deshizo en el rostro, como una máscara que se derrite al calor.

Y debajo estaba eso: la vulnerabilidad.

Cruda, dolorosa, sin defensas.

Sus ojos se llenaron de un brillo inquietante.

“¿Y qué hay de mí?” susurró.

La pregunta salió pequeña, como si fuera una niña perdida y no la Maya que yo conocía.

“¿Ya no te gusto como era?

Lo que teníamos dependía de ese chico con ropa vieja y pelo desastroso…

¿Y ahora que te ves así… ahora que podrías gustarle a cualquiera… ya no me vas a querer?” No lloró.

Se quedó al borde, con las lágrimas atrapadas, brillándole en los ojos como si temieran asomarse.

Y quizás por primera vez entendí que no estaba manipulando nada.

Era miedo.

Miedo real, primario, de quedarse sola en un mundo donde solo me tenía a mí.

“Maya…” No había frase correcta.

Todo sonaba frágil, torpe, insuficiente.

Ella volvió a mirarme de arriba abajo.

No con rabia esta vez, sino con una especie de duelo silencioso.

Como si lo que veía frente a ella fuera un fantasma del chico que conocía.

Murmuró, casi sin voz, como si hablara para sí: “Parece que quieres impresionar a alguien… Y sé que ese alguien no soy yo.” Y antes de que pudiera moverme, antes de poder alcanzarla o abrir la boca siquiera, se dio la vuelta y salió de la habitación.

Cerró la puerta con una suavidad terrible, una suavidad que cortaba más que un portazo.

Me quedé allí, en medio de la habitación, sintiendo la tela nueva caer sobre mí como si no fuera mía.

La chaqueta, el flequillo, los pantalones… todo lo que horas antes había sentido como un avance ahora parecía un disfraz mal elegido.

En el espejo, el mismo reflejo que había intentado animarme me miraba con una mezcla de culpa y desconcierto.

No había querido herirla.

Solo quería un poco de aire, un respiro, un indicio de que podía ser distinto.

Pero para Maya, mi necesidad de respirar era lo mismo que irme alejando a nado, dejándola hundirse en el agua oscura sin siquiera mirar atrás.

El cambio de peinado, la ropa nueva… no eran solo estilo.

Para ella eran señales.

Eran la prueba de que estaba empezando a imaginar un yo fuera de su sombra.

Y para Maya, eso era la herida más profunda que podía infligirle: la evidencia de que podía perderme.

Sin lucha.

Sin aviso.

Simplemente… perderme.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo