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LUNAS PROHIBIDAS - Capítulo 8

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  4. Capítulo 8 - 8 El Abrazo y el Abismo
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8: El Abrazo y el Abismo 8: El Abrazo y el Abismo La calma fue lo peor.

Después de aquella reacción helada frente a mi nueva ropa, Maya no volvió a mencionarlo.

No hubo comentarios sarcásticos, ni miradas que diseccionaran cada centímetro de mi cuerpo renovado.

Solo… silencio.

Como si hubiera bajado una compuerta interior y se hubiera encerrado detrás.

En la casa, era un fantasma educado; en la universidad, si nos cruzábamos, me regalaba una sonrisa suave, cortés, vacía, y luego se desviaba hacia cualquier otro camino.

Ese vacío era más aterrador que su furia, porque en el silencio mi mente hacía el resto del trabajo: completaba los huecos con todo tipo de monstruos —su dolor, su resentimiento, su desconexión cada vez más fría.

La tensión se acumuló como la presión inminente antes de un huracán.

Empecé a pasar más tiempo fuera: estudiaba en la biblioteca hasta el cierre, aceptaba todas las invitaciones posibles de Chloe, de mis compañeros, incluso de quien solo me necesitara para tomar un café rápido.

Cualquier excusa valía.

Necesitaba aire.

Pero sabía que cada hora lejos era, para Maya, otra chispa cayendo sobre un bosque que ya ardía en silencio.

La ruptura llegó un martes gris, de esos que parecen suspendidos en una especie de tristeza ambiental.

Había vuelto tarde de un proyecto grupal; la cabeza me latía con fórmulas, errores lógicos y esa pesadez extraña que llevaba días instalándose en mi pecho.

La casa estaba en silencio.

No vacía, no inofensiva.

Era un silencio que respiraba, que se doblaba en las esquinas como un animal dormido.

Subí las escaleras con paso lento, sintiendo un cansancio que no era solo físico.

Ella estaba allí.

En medio del pasillo.

No caminando, no yendo a su habitación.

Plantada, como si hubiera estado esperándome desde hacía horas.

El espacio estrecho entre nuestras dos puertas se había convertido en un escenario minúsculo, inevitable.

Llevaba unos leggings negros y una sudadera mía, una vieja, una que se había apropiado hacía tanto tiempo que ya ni la recordaba como parte de mi ropa.

Había dormido en ella, pintado en ella, reído en ella.

Ahora le caía grande, como una armadura demasiado usada.

Estaba más pálida de lo habitual, los ojos enormes y oscuros, sin maquillaje, sin ese brillo.

No era la expresión de alguien enfadado.

Era la expresión de alguien agotado por dentro.

De alguien que ya no sabía a qué aferrarse.

Intenté cruzar hacia mi habitación con un saludo apenas audible.

“Hola.” “¿Dónde estabas?” No lo dijo gritando.

Su voz sonó plana, gastada, como si se hubiera quedado sin bordes.

“En la uni.

Con un grupo de trabajo.” “Con Chloe.” “No.

Con Lucas y Ana.

De mi facultad.” “Hmm.” Un sonido que no compraba nada.

“Pero la viste hoy, ¿verdad?” Solté un suspiro, sintiendo cómo el cansancio me ganaba.

“Sí, Maya.

La vi en la cafetería.

Tomamos un café.

Como hacen los amigos.” “Amigos.” Repitió la palabra como si le quemara.

Una mueca de dolor se le dibujó en los labios.

“Ella te está alejando.

Te está sacando de aquí.

De mí.

Lo hace poco a poco, con sus…

sus sonrisas y su… su normalidad.” La última palabra le salió con un desprecio que venía de un lugar muy hondo.

“Ella no me está alejando de nada.

Yo tomo mis propias decisiones.” “¿Sí?” Su voz tembló por primera vez.

Un temblor pequeño, pero peligroso.

“¿Y cuándo fue la última vez que pasamos un rato juntos?

Un rato de verdad, sin… sin el sexo…

¿Cuándo fue la última vez que me preguntaste cómo estaba, qué soñé, qué pintaba?

¿Cuándo fue la última vez que existí para ti como algo más que un… que un extraño más?” Sus palabras me golpearon de lleno.

Eran una verdad que había evitado mirar.

Tenía razón.

Lo nuestro se había reducido a un campo minado de celos o a encuentros que parecían más una válvula de escape que algo compartido.

El resto —la complicidad, la hermandad, la simple vida juntos— se había ido desvaneciendo sin que lo notáramos.

“Maya…” No encontré cómo seguir.

“Todo cambió,” murmuró, y las lágrimas empezaron a asomar.

No de forma dramática, sino lenta, con ese dolor que pesa.

Como si soltar cada lágrima le costara demasiado.

“Desde que volviste de la universidad.

Trajiste algo contigo… una distancia.

Y luego Chloe apareció, y esa distancia se volvió un muro.

Y ahora… con tu pelo nuevo, tu ropa nueva… es como si estuvieras ensayando para ser otra persona.

Una persona que no me necesita.

Que no me quiere.” “No es así,” dije, pero mi voz sonó débil.

Porque en el fondo, algo en mí sabía que ella estaba diciendo la verdad con una precisión que daba miedo.

“¡Sí lo es!” El grito estalló como una desesperación contenida durante demasiado tiempo.

Se llevó las manos a la cabeza, enredando los dedos en su pelo.

Todo su cuerpo temblaba, como si el frío viniera desde adentro.

“¡No lo soporto!

¡No soporto la idea de quedarme sola aquí!

En esta casa, con sus recuerdos y su silencio, sabiendo que tú estás ahí fuera, riendo con ella, cambiando para ella, convirtiéndote en alguien que ya no me reconoce!” Las lágrimas le caían sin control ahora, resbalando por su rostro pálido.

Su respiración era un jadeo irregular, casi de pánico.

“Tú eras…

el único que me entendía… el único que me hacía sentir que existía de verdad.

Y ahora… ahora me estoy desvaneciendo.

Y tú ni siquiera lo notas.” El dolor en su voz era tan crudo, tan desnudo, que desarmó cualquier defensa.

No estaba viendo a la chica calculadora ni a la chica posesiva.

Era una niña asustada, atrapada en un laberinto que ella misma había construido, pero el miedo que sentía era auténtico, profundo, devastador.

Su obsesión no se veía como un monstruo en ese instante, sino como una herida abierta.

Me necesitaba, sí, pero no como una hermana necesita a un hermano; era la necesidad desesperada de alguien que siente que se hunde y cree que tú eres la única tabla a la que puede agarrarse.

Sin pensarlo, sin medir nada, algo instintivo tomó el control.

Di un paso hacia ella.

Luego otro.

Y la abracé.

Fue un abrazo torpe, incómodo, en medio del pasillo estrecho.

Pero en cuanto mis brazos la rodearon, ella se quebró del todo.

Un sollozo profundo, desgarrado, salió de su pecho, y todo su peso cayó sobre mí.

Sus manos se aferraron a la espalda de mi camisa, apretando con tanta fuerza que parecía que si me soltaba se desplomaría al vacío.

Todo su cuerpo temblaba, y su llanto sonaba como algo rompiéndose por dentro.

“Shhh… Maya, shhh…” murmuré junto a su oído, sintiendo mis emociones agitarse también.

La sostenía contra mí, moviéndola apenas, tratando de darle un mínimo de calma mientras su tormenta chocaba contra mi pecho.

“No estás sola.

Estoy aquí.” “P-prométeme,” balbuceó entre sollozos, su rostro hundido en mi cuello, su aliento caliente y húmedo en mi piel.

“Prométeme que no te irás.

Que no me dejarás.” “No voy a ir a ningún lado,” dije, y en ese momento lo sentía como una verdad absoluta.

No podía dejarla rota ahí en el suelo.

Había algo parecido a la compasión —algo que hacía tiempo no sentía, ahogado entre confusión y deseo— que volvía a surgir con fuerza.

Algo simple.

Humano.

Poco a poco, sus sollozos brutales se fueron transformando en un llanto cansado.

Sus manos dejaron de agarrarse a la tela con desesperación y se apoyaron contra mi espalda, de un modo distinto, más débil.

Su cuerpo dejó de temblar y se apoyó en el mío, buscando calor, buscando un lugar donde encajar por un momento.

El pasillo quedó en silencio, solo roto por su respiración irregular y el golpeteo rápido y caótico de mi corazón.

“Lo siento,” murmuró, con la voz rota, hecha pedazos.

“Soy un desastre.

Te asusto.

Te agobio.” “No,” susurré, mientras mi mano dibujaba círculos lentos en su espalda, igual que hacía cuando era pequeña y venía temblando por una pesadilla.

“No me asustas.” Ella levantó la cabeza despacio.

Tenía el rostro empapado, la nariz roja, los ojos hinchados y vidriosos.

Pero por primera vez en semanas, no había furia en ellos, ni cálculo, ni ese brillo tenso y demandante.

Había alivio.

Un alivio tan puro y tan animal que casi dolía verlo: el alivio de no haber sido apartada en su momento más vulnerable.

Y debajo de eso… algo más.

Algo profundo, oscuro, adictivo.

La misma chispa que había visto la primera vez, pero ahora mezclada con una fragilidad absoluta y el consuelo que yo le estaba ofreciendo.

Era una combinación peligrosa: necesidad, gratitud y una posesión que, por primera vez, encontraba una justificación emocional.

Me miró, y yo la miré de vuelta, atrapado en ese instante suspendido donde parece que el mundo deja de moverse.

El abrazo dejó de ser solo un consuelo.

Habíamos cruzado una línea invisible.

Le había demostrado que, a pesar de todo, seguía siendo su refugio.

Y ese entendimiento silencioso cambió algo en el aire.

La desesperación había mutado.

La tensión del pasillo, que antes era pura angustia, empezó a llenarse de otra cosa, más densa, más peligrosa.

Sin apartar los ojos de los míos, su brazo —el que rodeaba mi cintura— subió lentamente hasta apoyarse sobre mi pecho, justo encima del corazón.

Podía sentir cómo latía contra su palma.

“Me haces esto,” susurró.

Ya no había lágrimas en su voz.

Había asombro.

Y un deseo profundo, casi primitivo.

“Me destrozas y me reconstruyes.

Solo tú.” Su otra mano dejó mi espalda y subió hacia mi nuca, enredando los dedos en mi pelo, jugando con el nuevo flequillo.

No apretó, pero la intención era clara.

Tiró de mí despacio, acercando mi rostro al suyo.

El beso no se parecía a los de antes.

No fue una orden, ni una mordida, ni un castigo.

Fue lento.

Profundo.

Todavía húmedo por sus lágrimas, con el sabor salado de todo lo que estábamos arrastrando.

Fue un beso nacido de una gratitud trastornada, de una reafirmación después del borde del abismo.

Y era mucho más peligroso que cualquier otro, porque venía cargado con la verdad desnuda de su dependencia… y con mi compasión respondiéndole.

“Te necesito,” respiró contra mis labios.

“No de la manera en que ellos piensan.

Te necesito así.

Ahora.

Aquí.” La lógica, el miedo, la advertencia de que podíamos ser descubiertos en cualquier momento (mis padres podían llegar, podían subir las escaleras), todo se desvaneció.

El pasillo, ese espacio de tránsito familiar, se convirtió en un universo aislado.

El abrazo humano se torció, se envenenó de la única manera que sabíamos cómo relacionarnos ahora.

La compasión se convirtió en combustible para el fuego que nos consumía.

Ella me empujó contra la pared, con una fuerza renovada por la desesperación canalizada.

Sus manos ya no temblaban; trabajaban con una urgencia febril.

Bajó la cremallera de mis nuevos pantalones de tela, la tela suave cayendo.

Ella misma se liberó de los leggings, simplemente empujándolos hacia abajo junto con su ropa interior, sin quitárselos del todo.

No había tiempo, no había espacio para la desnudez completa.

Era crudo, inmediato.

Me guió dentro de ella, de un movimiento brusco y profundo que nos arrancó un gemido sincronizado.

La pared era fría contra mi espalda, el suelo de madera del pasillo duro bajo sus pies descalzos.

Ella se aferró a mis hombros, sus piernas rodeando mi cintura, y comenzó a moverse con un ritmo que no era de placer, sino de exorcismo.

“¿Lo ves?” jadeaba, su frente apoyada contra la mía, sus ojos cerrados, las lágrimas secas brillando en sus pestañas.

“Así es como me calmas.

Así es como me haces sentir querida…

Ahn…

No con palabras… con esto.” Cada embestida era un intento de fundirnos, de borrar la distancia que tanto la aterrorizaba.

Sus uñas se clavaban en la tela de mi camisa, en mi piel.

Sus gemidos no eran de éxtasis puro, sino de una liberación dolorosa, de una afirmación de su sentimiento.

“Eres mío… aquí dentro… mi paz, mi locura… todo…” Sus palabras se quebraban.

“¡Di que eres mío!

¡Di que aunque te vistas como otro, aunque hables con ella, aquí, así, eres mío!” Atrapado en la tormenta física y emocional, en el remolino de su necesidad absoluta y de mi propia incapacidad para negar esta conexión retorcida, susurré las palabras que exigía.

“Soy…

tuyo…” Eso la envió por el precipicio.

Un grito ahogado, desgarrado, le estalló en la garganta, y su cuerpo se convulsó alrededor del mío, una serie de espasmos largos y profundos que la sacudieron de pies a cabeza.

El poder de su clímax, tan cargado de emoción cruda, me arrastró a continuación.

Fue una entrega total, un vaciado que dejó mi mente en blanco y mi cuerpo convertido en un peso muerto contra la pared.

Nos quedamos allí, pegados, respirando en jadeos desesperados, sudorosos, entrelazados en la penumbra del pasillo.

El sonido de nuestro aliento era obsceno en el silencio de la casa.

Poco a poco, ella relajó el agarre de sus piernas, dejándome deslizarme fuera de ella.

Sus pies encontraron el suelo.

Nos miramos, todavía atrapados en ese espacio íntimo y transgresor.

En sus ojos, el alivio y esa “otra cosa” se habían fusionado en una expresión de posesión tranquila, triunfante y trágica.

Había logrado reconectarme, atraerme de vuelta al abismo, usando su propio derrumbe como el anzuelo más efectivo.

Se ajustó la ropa sin pudor, limpiándose con el dorso de la mano.

Luego, se levantó de puntillas y me dio un beso suave, casi casto, en los labios.

“Gracias,” murmuró, y la palabra tenía un significado completamente distinto ahora.

No era por solo por lo que acabábamos de hacer.

Era por no haberla dejado caer cuando se desmoronó.

Se dio la vuelta y entró en su habitación, cerrándola sin hacer ruido.

Me quedé allí, en el pasillo helado, con la ropa arrugada, el olor de lo que acababa de pasar mezclado con el rastro salado de sus lágrimas aún flotando en el aire.

Sentía en la piel, en los huesos, que lo que había sido una grieta entre nosotros ya no era una grieta.

Era un abismo.

Y yo acababa de saltar dentro sin pensarlo, creyendo que estaba ayudando a alguien que se estaba hundiendo… sin darme cuenta de que, en el proceso, me había amarrado a ella con las cuerdas más fuertes que existen: su dolor, y mi compasión mal entendida.

La línea entre consolarla y condenarnos se había borrado por completo.

Se había disuelto ahí mismo, en ese pasillo estrecho donde cualquiera podría haber aparecido, donde cualquier mirada accidental habría bastado para destruirnos.

Pero en ese momento, lo único que importaba era que la caída ya había empezado.

Y no sabía si quería —o podía— detenerla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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