LUNAS PROHIBIDAS - Capítulo 9
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
9: La Calma que Quema 9: La Calma que Quema La mañana después del pasillo fue casi una broma cruel.
Todo parecía… normal.
Tan normal que dolía.
Bajé a desayunar con el estómago revuelto, esperando cualquier cosa: una mirada dura, el muro de silencio de los últimos días, un comentario envenenado que me rompiera antes del primer sorbo de café.
Pero no.
Maya estaba sentada a la mesa, untando mantequilla en una tostada con una calma quirúrgica.
Cuando levantó la vista, me sonrió.
“Buenos días.
¿Dormiste bien?” Su voz estaba limpia.
Limpia de lágrimas, de quiebres, de desesperación.
Demasiado limpia.
Como si alguien hubiera apagado la versión de ella que conocí anoche y la hubiera reemplazado por otra, brillante y recién instalada.
“Hermana Normal, parche 2.0”.
El cambio me dejó congelado.
“Más o menos,” respondí, intentando que mi mano no temblara mientras servía el café.
Aún sentía en la piel el eco de su cuerpo derrumbándose en mis brazos, su llanto clavándose en mi cuello.
“Debes estar agotado con tanto proyecto,” comentó con ligereza, pasándome la mermelada.
“Vi a Lucas ayer en el campus.
Me dijo que las bases de datos los tienen locos.” Era una conversación cualquiera, la clase de charla dominguera que deberíamos haber tenido siempre.
Pero cada frase salía de ella con una suavidad rara, como si estuviera leyendo un guion que ensayó toda la noche.
Sus ojos, aunque ya no me devoraban como antes, me seguían en pequeños destellos: chequeos silenciosos, microvigilias.
No me miraba fijo, pero tampoco me perdía de vista.
Era como si estuviera midiendo algo, todo el tiempo.
Así empezó la nueva etapa.
Una coreografía extraña, hecha de acercamientos y retrocesos perfectamente calculados.
A veces, cuando mis padres no estaban, se sentaba a mi lado y apoyaba la cabeza en mi hombro mientras veíamos algo en el teléfono.
Era un gesto tiernamente familiar… pero su cuerpo no estaba relajado.
Era un contacto lleno de tensión, como si temiera que si aflojaba un solo músculo, yo desaparecería.
Otras veces, durante una cena cualquiera, sentía su pierna tocar la mía bajo la mesa.
No era un roce coqueto, ni el juego silencioso que habíamos tenido antes.
Era una presión firme, casi ansiosa, como si necesitara comprobar que yo seguía ahí, sólido, presente, real.
Pero si intentaba devolverle el gesto o sostenerle la mirada, la retiraba al instante, como si le quemara.
Y entonces volvía a sonreír, tranquila, perfecta, como si nada hubiera pasado.
Los encuentros sexuales continuaron, pero su cualidad había mutado.
Ya no eran siempre el fuego devorador de siempre.
A veces tenían una urgencia mecánica, casi funcional.
Otras, una intensidad que parecía querer consumirnos hasta los huesos, como si a través del cuerpo pudiera alcanzar algo más, algo que las palabras y los gestos cotidianos ya no podían tocar.
Una noche, entró en mi habitación sin hacer ruido.
Yo estaba sentado en el borde de la cama, revisando algo en el portátil.
Ella se detuvo frente a mí, su figura recortada contra la luz del pasillo.
No dijo nada.
Solo bajó, se arrodilló entre mis piernas y, con manos que no titubeaban, desabrochó mi cinturón y el botón de mis pantalones.
Su mirada estaba fija en la tarea, sus pestañas proyectando sombras largas sobre sus mejillas.
No había seducción en sus movimientos, solo una determinación concentrada.
Cuando me tomó en su boca, fue con una devoción casi religiosa y una técnica devastadora que sabía, por experiencia, que me reduciría a jadeos en minutos.
Sus manos se aferraban a mis muslos, los dedos hundiéndose en la carne con una fuerza que hablaba de una necesidad más profunda que el placer.
Jadeaba por la nariz, sonidos húmedos y obscenos llenando el silencio de la habitación.
En un momento, abrió los ojos y me miró desde abajo, y en ellos no vi éxtasis, sino un examen intenso, como si estuviera midiendo mi reacción, catalogando cada temblor, cada suspiro que me arrancaba.
“Ahí esta…” murmuró, separándose por un instante, su voz un ronco susurro cargado de saliva y deseo.
“Justo así… cuando pierdes el control por mí… es cuando sé que sigues aquí.” Volvió a bajar, tomándome más profundamente, y un gemido gutural se le escapó, vibrando a través de mi cuerpo.
“Eres mío… aunque tu mente vuele a otro lado… tu cuerpo… en este instante… eres mío.” Su afirmación, dicha así, en medio del acto, me estremeció más que cualquier grito de posesión.
Porque era cierta.
En ese arco de placer ciego, ella tenía el control absoluto.
Y ella lo sabía.
Otra vez, fue en el cuarto de lavado, de día, con el sol filtrándose por la pequeña ventana.
La secadora rodaba, amortiguando los sonidos.
Me empujó contra la máquina, su cuerpo delgado y fuerte presionando contra el mío.
La vibración constante de la secadora se transmitía a nuestros cuerpos, un zumbido bajo la piel.
Ella me besó con una furia contenida, sus manos explorando bajo mi ropa con una familiaridad que ya no sorprendía, solo aterraba por lo natural que se sentía.
“Quédate quieto,” ordenó entre besos que más bien eran mordiscos.
“Hoy… hoy yo decido.
Yo controlo.” Y lo hizo.
Guió cada movimiento, cada ángulo, con la precisión de una directora de orquesta.
Sus gemidos eran sofocados, ahogados contra mi hombro, pero sus palabras, susurradas directamente en mi oído, eran claras como el cristal.
“Siento cada latido… cada pulso tuyo dentro de mí… como si me contaras un algo… un algo que solo yo entiendo.” Sus uñas se clavaron en la piel de mi espalda cuando su ritmo se volvió frenético, errático.
“¡Dímelo!
¡Dime que en este segundo no piensas en nadie más!” Y en el vértigo, era la verdad.
No podía pensar.
Solo existir en la tormenta sensorial que ella dirigía.
Cuando llegamos al clímax, casi simultáneamente, fue con una intensidad que nos dejó jadeando, apoyados contra la máquina en movimiento, el sudor frío pegándonos la ropa a la piel.
Ella se hundió contra mi pecho, su respiración agitada, y susurró, exhausta pero triunfante: “Otro secreto guardado… otro momento que solo es nuestro.” Esa era la palabra ahora: secreto.
Todo giraba en torno a eso.
Cada encuentro, cada roce, cada mirada contenida era otro ladrillo en el muro que nos alejaba del resto del mundo.
Y en ella, en cada movimiento suyo, sentía una vigilancia feroz, casi animal, sobre ese territorio que compartíamos.
No estaba tensa como alguien listo para estallar; era una cuerda de violín afinada hasta el límite, lista para vibrar o romperse.
No me temía a mí exactamente.
Temía perder esto.
Lo único que, en su lógica torcida, le probaba que existía, que importaba, que pertenecía a alguien… y que ese alguien le pertenecía a ella.
Y esa nueva calma suya… me inquietaba más que toda su furia junta.
Hasta que una tarde de sábado —una tarde que debería haber sido tranquila, casi aburrida— algo más dentro de ella empezó a fracturarse.
Estábamos en el salón.
Ella en el suelo, apoyada contra el sofá, dibujando en su cuaderno como lo hacía cuando quería pretender normalidad.
Yo, en el sillón, fingiendo leer un libro cuyos párrafos no estaba procesando.
La televisión murmuraba un documental sobre ballenas, creo.
El ambiente parecía… doméstico.
Un espejismo de paz.
Entonces, sin levantar la vista del papel, dijo: “¿Sabes qué es lo más aterrador del mar profundo?” Su tono fue tan casual que tardé un segundo en entender que me hablaba.
“No.
¿Qué?” pregunté, entrando en su juego con un nudo en el estómago.
“Que hay criaturas que evolucionaron para crear su propia luz.” Su lápiz siguió moviéndose, lento.
“Allá abajo no hay nada.
Oscuridad total.
Así que generan su propio sol.
Una lucecita mínima en medio de la nada.
Y eso es lo único que les evita volverse locas.” Hizo una pausa.
El sonido rasposo del grafito llenó el silencio.
“Pero esa misma luz… también las delata.
Atrae a los depredadores.
O a presas que confunden esa luz con la superficie.
Con la salida.” Soltó el lápiz.
Y cuando levantó la mirada, sus ojos estaban tranquilos, pero había algo roto detrás.
Algo sincero y quizás…
triste.
“A veces pienso que nosotros somos un poco así.” Su gesto fue pequeño, indefinido.
Podía significar la habitación, la tensión entre nosotros, el sexo, la historia completa.
“Esto nuestro… es nuestra bioluminiscencia.
Lo único que ilumina la oscuridad donde estamos atrapados.” Su voz bajó, apenas un susurro.
“Y también es lo que nos va a delatar.
Y a destruir.” El aire se me quedó atrapado en los pulmones.
No era una declaración de amor, ni un reproche, ni una amenaza velada.
Era algo mucho más crudo: una radiografía existencial de lo que éramos.
Una verdad dicha sin temblor, sin adornos.
Ella entendía la toxicidad, la dependencia, el filo en el que caminábamos… y aun así elegía quedarse ahí, conmigo, antes que enfrentarse a la oscuridad sola.
No era irracionalidad: era consciencia.
Y eso lo hacía infinitamente más inquietante.
“¿Y qué hacemos entonces?” pregunté, aunque mi voz apenas sonó.
Era un susurro, una exhalación rota.
Ella alzó lentamente la mirada.
Me sostuvo los ojos durante varios segundos, como si buscara alguna frase escrita en mi cara, una ruta de escape, una confesión, algo.
Lo que fuera.
Sus pupilas se movían con una calma casi triste.
Luego, una sonrisa pequeña, apenas un toque de curvatura en los labios, apareció como un gesto privado entre los dos.
“Nos quemamos, supongo.” Lo dijo con la serenidad de quien acepta una tormenta que ya está encima.
“Brillamos mientras podamos, hasta que alguien nos vea… o hasta que la oscuridad nos trague.” Se encogió de hombros, y el gesto tuvo algo tan vulnerable, tan humano, que me perforó.
“Mientras tanto… seguimos creando nuestra propia luz.
¿No?” Y así, sin dramatismo, volvió a su dibujo.
Como si hubiera dicho algo tan cotidiano como comentar el clima.
Pero el salón ya no era pacífico.
Había un temblor invisible suspendido en el aire.
Cada una de sus palabras se quedó vibrando entre nosotros, pesada, afilada, imposible de ignorar.
Porque en su metáfora había algo devastador.
Maya no estaba hablando solo de obsesión.
Ni de sexo.
Ni de celos.
Estaba hablando de un sentido de existencia.
De su necesidad de aferrarse a algo que la iluminara, aunque esa luz fuera corrosiva.
De su miedo al vacío.
Y también del mío, aunque yo aún no supiera cómo admitirlo en voz alta.
Y allí, sentado en el sillón, sintiendo cómo el eco de sus palabras manchaba toda la quietud del salón, entendí que tenía razón.
Éramos dos criaturas de fondo marino, generando nuestro propio resplandor en un entorno que nos había dejado sin sol.
Y la idea que se me incrustó en el pecho, más punzante que la culpa y más inquietante que el deseo, fue esta: Cuando llegara la destrucción —porque iba a llegar—, ¿cuál de los dos sería el depredador atraído por la luz… y cuál sería la criatura ingenua, confundida, que confunde ese brillo con la salida?
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com