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Lux de Luna - Capítulo 10

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  4. Capítulo 10 - 10 La bestia y la máscara
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10: La bestia y la máscara 10: La bestia y la máscara —”Compañera.” La palabra resonó en su mente con una fuerza brutal.

Conall no era incapaz de controlar a su bestia.

Jamás lo había sido.

Pero aquella noche, en aquel bosque que aún olía a recuerdos y sangre vieja, permitió que el lobo tomara el mando.

No por debilidad, sino por supervivencia.

Había demasiado dolor contenido.

Había vendido su alma para salvar a su gente, y ahora debía convivir con las consecuencias.

La felicidad no residía en el poder, ni en el oro, ni en los territorios conquistados.

La felicidad —si alguna vez había existido para él— residía en algo que ya no poseía.

El alma.

El lobo se agitó, dominado por una necesidad primitiva, feroz.

Un tirón invisible lo empujaba a avanzar, a seguir ese rastro imposible que lo envolvía por completo.

El aroma de cítricos dulces mezclado con canela inundaba su ser, excitándolo hasta la locura.

No era solo deseo.

Era reconocimiento.

Era pertenencia.

—”¡Compañera!”—rugió mentalmente el lobo.

Pero no lograba encontrarla.

La frustración lo volvió más salvaje.

Dio vueltas durante horas, olfateando el aire, arañando la tierra, luchando contra un instinto que no comprendía.

Cada segundo sin respuestas era una herida nueva.

Cuando el lobo de Leo finalmente lo encontró, en lo más profundo del bosque, ambos enlaces mentales se tensaron de inmediato.

La sacudida los obligó a regresar a su forma humana.

Conall cayó de rodillas un instante, respirando con dificultad.

—¿Qué ha pasado?

—preguntó Leo, alarmado—.

Llevas más de dos horas desaparecido.

La cena está a punto de servirse como parte de tu bienvenida.

—Lo sé —respondió Conall, ya de pie, recuperando su máscara.

—Nunca te has ido tanto tiempo… —Lo sé, Leo.

—¿Va todo bien?

—Sí.

La firmeza de su voz no dejaba lugar a réplica.

Leo lo observó con atención, pero no insistió.

—Regresemos.

Tienes que prepararte.

Después del baño, Conall volvió a ponerse la armadura invisible que lo protegía del mundo.

El alfa impenetrable.

El lobo sin fisuras.

En el despacho, Bodolf le sirvió una copa de coñac y no perdió tiempo.

—Verás, Alfa Conall —comenzó—.

Llevamos mucho tiempo haciendo las cosas de una manera.

Cambiarlas ahora es complicado.

Conall bebió un sorbo con calma.

—Entiendo que quieras reconstruir tu manada tras la guerra —continuó Bodolf—, pero no creo que el rey esté de acuerdo con la unificación del territorio ni con el control de la mina.

—No será exclusivo —respondió Conall, dejando la copa—.

Se han fijado aranceles.

Quien pueda pagarlos, tendrá acceso a Pico Blanco.

Bodolf se tensó.

—¡No puedes acaparar todo ese terreno!

—Oh, sí que puedo.

Soy el Alfa del Norte.

Su voz no tembló.

—He ganado la guerra.

El rey siempre ha dictado la ley del conquistador: quien gana, se queda con el premio.

Bodolf lo sabía.

Y aun así, el impulso de matarlo seguía allí.

—Si tu padre hubiera aceptado las condiciones de las doce manadas… —insistió.

—Mi padre murió defendiendo una causa noble —lo interrumpió Conall—.

Pero yo no soy mi padre.

Y mi causa no es noble.

La respuesta lo descolocó.

—Lamento tu pérdida —dijo Bodolf, fingiendo compasión—.

Tu padre era mi amigo.

Conall lo miró sin parpadear.

—No estoy solo —respondió cuando Bodolf insinuó que necesitaba apoyo—.

Mi gente me respalda.

—No hablo de súbditos —replicó Bodolf—.

Hablo de una compañera.

—Aún no he encontrado a la mía.

Y no la encontraría jamás… o eso creía.

Un lobo sin alma no podía ser elegido por la Diosa Selene.

—He oído que buscas una amante.

—Veo que estás informado —dijo Conall, confirmando lo que ya sospechaba: Bodolf tenía informantes por todos lados.

—Un hombre no debería estar solo.

—Supongo que tú tienes más experiencia en cuestiones amorosas —replicó Conall—.

Recuerdo que además de tu compañera destinada, te encaprichaste de una humana.

El silencio se volvió incómodo.

—Locuras de juventud —masculló Bodolf.

—¿Qué se siente tener una hija mestiza?

La herida quedó expuesta.

Bodolf sintió cómo la tensión se acumulaba entre ellos, como un resorte a punto de estallar.

Cada palabra de Conall era un dardo envenenado.

La mención de su hija, aquella mestiza que llevaba el peso del desprecio en cada paso, lo caló hondo.

Su corazón, aunque endurecido por años de lucha y estrategia, sintió un leve escalofrío.

Conall lo observaba con una sonrisa torcida, disfrutando del juego que había desatado.

Era como si estuviera viendo a un depredador acorralado en su propia trampa.

—¿Qué se siente tener una hembra sin lobo?

—preguntó, su voz afilada como un cuchillo—.

Bodolf apretó los dientes, sintiendo el ardor en su pecho.

Mientras el orgullo de Alfa lo instaba a contestar con ferocidad, una parte de él sabía que no podría ocultar la verdad.

La angustia de ser un padre incapaz de ofrecerle a su hija la plena aceptación de su naturaleza, lo atormentaba.

—No me hables de lo que no entiendes, Conall —masculló, intentando recuperar el control de la conversación—.

Nunca conocerás el dolor de llevar una carga como esa.

El rostro de Conall se iluminó con un destello de satisfacción.

Se reclinó hacia adelante, acercándose como una sombra amenazante.

—¿Dolor?

Oh, Bodolf, no es dolor lo que siento al pensar en tu situación.

Es un regocijo oscuro.

Ver cómo el gran Alfa se aferra a una imagen que se desmorona, mientras tú intentas mantener intacto un legado que nunca será el mismo.

Una niña que jamás será completamente aceptada…

Las palabras se deslizaron como veneno, y Bodolf sintió cada sílaba hundiéndose en su piel.

Era un recordatorio punzante de su fracaso, de un amor prohibido que había traído más desgracia que felicidad.

Había creído que su fortaleza podría acallar las voces de quienes murmuraban en la oscuridad, pero la realidad se lo restregaba en la cara con cada encuentro.

—Siempre encuentras la forma de herir, ¿verdad?

—replicó Bodolf, su voz temblando de rabia contenida—.

No te equivoques, Conall.

Lo que tengo con ella es más puro que cualquier ambición que puedas albergar.

Conall soltó una carcajada, una risa burlona que resonó en el despacho como un eco de victoria.

—Te engañas a ti mismo.

Tener una bastarda sin lobo solo te hace débil, Bodolf.

Y la debilidad no tiene cabida en este mundo.

La arrogancia de Conall lo hizo retroceder.

De repente, se dio cuenta: estaba en la línea de fuego, expuesto, y aunque su instinto de Alfa le gritaba que debía atacar, su mente paralizada por el peso del recuerdo de su manchada y rota reputación se lo impedía.

Antes de que pudiera responder, un omega anunció la cena.

——————– Durante la velada, Conall observó cada gesto.

Aria no dejaba de elogiar a Electra.

—Está perfectamente preparada para ejercer como Luna.

Electra evitó su mirada.

—Parece tímida —comentó Conall.

—Es hermosa… —susurró Will.

—No olvides que será la loba de tu alfa —lo advirtió Sion.

—No soy tímida —intervino Electra—.

Solo no deseo interrumpir.

—No soy cualquier lobo —respondió Conall cuando Bodolf insinuó que ella lo haría feliz.

Entonces preguntó: —¿Dónde está la mestiza?

El efecto fue inmediato.

—Está delicada de salud —respondió Aria con rapidez—.

Queremos que llegue fuerte a su presentación.

—Criar a alguien que no es de raza pura debe ser complicado —añadió Conall, observando la reacción de Bodolf—.

Los humanos son frágiles.

La tensión se volvió casi tangible.

—El rey tiene curiosidad por ella —añadió Aria—.

—Basta —cortó Bodolf.

—Será mejor que Electra y el Alfa Conall den ese paseo —propuso Aria con una sonrisa calculada.

Electra se levantó.

—¿Vendrías conmigo, Alfa Conall?

Conall asintió.

Pero mientras se ponía en pie, el mismo aroma volvió a rozar sus sentidos.

Cítricos.

Canela.

Y esta vez… estaba cerca.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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