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Lux de Luna - Capítulo 11

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11: La elección 11: La elección Un rato después, Electra y Conall se internaron en el bosque.

La noche había caído por completo, envolviendo los árboles en sombras alargadas que parecían observarlos.

Durante los primeros minutos, Electra caminó en silencio, con las manos entrelazadas frente al cuerpo.

Su timidez era evidente, casi ensayada.

—¿Cómo es el clima en tu manada?

—preguntó al fin, rompiendo el silencio.

—Frío —respondió Conall sin detenerse—.

Siempre lo ha sido.

Electra sonrió con nerviosismo.

Respiró hondo.

Aquello no era un paseo casual y ambos lo sabían.

—Tengo que hacerlo —dijo de pronto, para sí misma—.

Mi madre me ha dicho que lo seduzca.

Conall se detuvo cuando sintió que Electra temblaba.

Se giró lentamente para mirarla.

Su expresión era inescrutable, como una máscara tallada en piedra.

—Entonces necesitarás a alguien que pueda calentar tu cama, alfa —añadió Electra, forzando valor donde apenas lo había.

El silencio que siguió fue espeso.

Conall era conocido por su reputación.

Las lobas lo deseaban.

Él las tomaba sin promesas, sin afecto, sin dejar rastro.

Aquella no era una proposición inocente.

Era una jugada política… y él lo sabía.

—¿Te estás ofreciendo?

—preguntó con voz baja.

—Sí… No le dio tiempo a decir más.

Conall la sujetó con firmeza y la besó sin delicadeza, sin ternura, como si quisiera borrar cualquier ilusión romántica que pudiera albergar.

Cuando se separó, Electra tuvo que recuperar el aliento, conmocionada.

Electra aún temblaba por el contacto, el sabor de sus labios era amargo y cálido al mismo tiempo.

Su corazón latía desbocado, pero en su interior una chispa de desafío se encendió.

Si iba a jugar en este tablero peligroso, no podía permitirse flaquear.

—No me malinterpretes, Conall —dijo, esforzándose por mantener la voz firme—, no soy solo una opción más.

Sé lo que necesitas… alguien que despierte tu instinto, que esté dispuesta a jugar al borde del abismo.

Él arqueó una ceja, la luz de la luna reflejando su rostro con sombras que acentuaban su dureza.

Cada movimiento suyo era una prueba de poder, un recordatorio de su posición como alfa, y ella se sintió pequeña ante esa presencia imponente.

—¿Estás sugiriendo que eres lo suficientemente fuerte para manejarme?

—preguntó, cada palabra un filo afilado.

Sintiendo cómo su pulso se aceleraba, Electra se acercó un paso más, retando su espacio personal como si desnudara sus propias inseguridades.

Sus ojos, que antes brillaban con determinación, se volvieron peligrosamente intensos.

—Podría ser más que suficiente —respondió, su voz casi un susurro—.

He visto lo que otros no pueden soportar.

No soy una de esas lobas que te siguen con sus ilusiones.

Puedo ofrecerte lo que quieres, sin ataduras, sin corazones rotos.

Conall rió, un sonido frío como el viento helado que atravesaba la noche.

Su risa resonó en el silencio, burlona e hiriente.

—Eres valiente, Electra, pero eso no siempre es suficiente.

Las promesas vacías son poco más que cenizas.

¿Qué te hace pensar que yo no quemaría esas cenizas también?

La tensión en el aire se volvió palpable.

Ella sabía que estaba jugando con fuego, pero en ese instante oscuro, el deseo de control superaba al de la razón.

Se acercó un poco más, dejando que el calor entre ellos creara un electrizante lazo.

—Porque no tengo miedo de arder —murmuró, y en sus ojos brilló una mezcla de desafío y deseo.

—Si quieres demostrar cuánto estás dispuesta a colaborar —dijo con frialdad—, te espero en mi habitación a medianoche.

Y sin mirar atrás, Conall regresó a la casa de la manada, dejando a Electra sola entre los árboles, temblando sin saber si había ganado o perdido algo irrecuperable.

——————– Más tarde, en su habitación, Conall se reunió con Leo.

—¿Estás seguro?

—preguntó el gamma, claramente inquieto.

—Lo estoy.

—Bodolf quiere colocarte a su hija como amante —insistió Leo—.

Lo he confirmado con los omegas.

—Lo sé —respondió Conall—.

Y me parece un instrumento adecuado.

Leo frunció el ceño.

—Estás cruzando una línea peligrosa.

—Si su propio padre es un desalmado —replicó Conall—, ¿por qué debería sentir compasión yo?

Se acercó a la ventana, mirando la luna.

—Involucrarme con ella es declararle la guerra —añadió—.

Y estoy dispuesto.

Leo guardó silencio.

—La romperé —continuó Conall, sin emoción—.

Y si después de eso aún quiere seguirme… que lo haga.

No sabe lo que le espera en el Norte.

——————– La luna cuarto menguante ya dominaba el cielo cuando Electra apareció en la puerta de su habitación.

Vestía de manera sugerente, pero su postura delataba nerviosismo.

—Veo que has aceptado mi invitación —dijo Conall, sin sorpresa.

Electra cerró la puerta tras de sí.

—Siento curiosidad por ti —confesó—.

Se habla mucho de lo inalcanzable que eres.

Conall se acercó despacio.

Demasiado despacio.

La tomó de la cintura, obligándola a mirarlo a los ojos.

—¿Sabes con quién te estás metiendo?

Electra tragó saliva.

—¿Tienes idea de lo que soy capaz de hacer?

En su mirada no había deseo.

Había cálculo.

Había oscuridad.

La empujó contra la cama con violencia, imponiendo su presencia sin tocarla de nuevo.

La sombra de sus garras fue suficiente para que Electra comprendiera que aquello no era un juego.

Conall la había empujado contra la cama con una fuerza que le robó el aliento, su presencia invadiéndola como un frío helado.

No necesitaba tocarla para hacerle sentir lo vulnerable que era en aquel momento.

—Parece que alguien no ha medido las consecuencias de sus actos —murmuró.

Electra palideció, sus labios temblando al pronunciar la pregunta que la atormentaba.

—¿Me…

me harás daño…?

Un silencio abrumador se instaló, pesado y opresivo, mientras Conall inclinaba la cabeza, sus ojos oscuros brillando con una intensidad inquietante.

La forma en que la miraba le hacía sentir como si fuese un mero objeto, un peón en su juego de dominación.

Los colmillos apenas visibles asomaban de entre sus labios, recordándole la naturaleza salvaje que habitaba en él.

—¿Tú qué crees?

respondió con una calma escalofriante, su tono rebosante de desprecio y diversión.

La respuesta quedó suspendida en el aire.

Y muy lejos de allí, en otra habitación de la misma casa, una mestiza sin lobo sintió un escalofrío recorrerle la espalda… como si el destino acabara de moverse un paso más.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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