Lux de Luna - Capítulo 113
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Capítulo 113: El fantasma
Lilian se quedó paralizada.
No fue un gesto exagerado ni evidente, sino ese tipo de quietud peligrosa que nace cuando algo, en lo más profundo, se resquebraja. Sus dedos, aún apoyados sobre la mesa del televisor que aun estaba encendido, temblaron apenas perceptibles. Su hija no había olvidado. Mina recordaba… y peor aún, había visto.
—¿A qué te refieres, Mina? —preguntó, esforzándose por mantener la voz firme.
La joven la miró con una serenidad que no correspondía a su edad.
—A la mujer que estaba contigo hace menos de un minuto, mamá.
El aire pareció espesarse.
Lilian esbozó una sonrisa automática, casi mecánica.
—¡Qué cosas dices! Solo estaba terminando de arreglar algunas cosas con la galería de arte para las próximas exposiciones.
Pero Mina negó suavemente con la cabeza.
—Mamá, sé lo que he visto.
Ese tono… no era una queja infantil ni un capricho. Era certeza.
Un destello de inquietud cruzó los ojos de Lilian. Apenas un segundo. Suficiente para que algo dentro de ella comenzara a agitarse.
—Hija… será mejor que vayamos a cenar. Si no, tu padre se va a molestar.
Sin darle más margen, la tomó del brazo. El gesto fue más firme de lo habitual. Casi urgente.
El comedor estaba cálidamente iluminado. Todo en aquella casa transmitía estabilidad, lujo y una calma cuidadosamente construida.
Genaro alzó la vista al verlas entrar, y su sonrisa iluminó el ambiente.
—¡Aquí estáis! Mis chicas guapas.
Lilian respiró hondo antes de devolverle la sonrisa.
—Perdón por la demora, mi amor. Tenía que terminar el trabajo.
— ¿Cómo van las invitaciones?
—Las terminaré mañana mismo para poder enviarlas a tiempo.
—Estupendo —respondió él, satisfecho—. Será una de las exposiciones de arte más importantes del país.
Lilian asintió.
—Eso espero. Me he esforzado mucho para que tu hijo tenga el reconocimiento que se merece.
Genaro la miró con ternura.
—Nuestro hijo, Lilian. Sabes que Ethan te considera como su madre.
Aquellas palabras, normalmente reconfortantes, se clavaron en ella con una punzada inesperada.
Porque esa vida… esa familia… no era el inicio de su historia.
Era su refugio.
Genaro había sido un hombre roto cuando la conoció. Abandonado, con un niño pequeño y un imperio financiero que sostener. Ethan, en cambio, había crecido rodeado de sensibilidad y talento, inclinándose hacia el arte como si en ello encontrara la voz de su madre ausente.
Y entonces llegó Lilian.
Misteriosa. Elegante. Impecable.
Nadie sospechó jamás que aquella mujer, que había construido desde cero una reputación impecable como marchante de arte, no pertenencia realmente a ese reino.
Había aprendido. Había fingido. Había sobrevivido.
Pero nunca había olvidado.
Mientras cortaba un trozo de carne en su plato, su mente se deslizó hacia ese pensamiento que últimamente la perseguía con demasiada frecuencia.
Lux de Luna…
El nombre resonó dentro de ella como un eco prohibido.
Su hija.
Su primera hija.
Y junto a ese recuerdo… otro aún más peligroso.
Cornelius.
Su gran amor.
Su destino.
Un leve escalofrío recorrió su espalda.
Llegará el momento… pensó. Y él vendrá a buscarme.
Sabía que así sería.
Y también sabía algo más inquietante todavía:
Su protector jamás aceptaría un no como respuesta.
—Hoy he visto un fantasma.
La voz de Mina cortó el silencio como un cristal rompiéndose.
Lilian se atragantó con el vino. Tosió, llevándose la mano a los labios, mientras su corazón golpeaba con violencia.
—Mina, ¿qué dices? —intervino Genaro, sorprendido.
La niña no apartó la mirada de su madre.
—Era la viva imagen de mamá… pero más joven.
El tiempo pareció detenerse.
—Cuántas ocurrencias, cariño —respondió Lilian, demasiado rápido.
—Mamá —insistió Mina, inclinándose ligeramente hacia ella—. Te he dicho que vi a una mujer vestida con ropa de época… hablando contigo en tu habitación.
Genaro alzó una ceja, medio en broma, medio intrigado.
—Lilian… ¿hablas con muertos?
—No digáis tonterías, por favor.
Pero su voz ya no sonaba tan convincente.
—Hablar con seres que ya no están básicamente entre nosotros no es ninguna tontería, mamá —replicó Mina con una calma inquietante.
Lilian bajó la mirada.
—Claro que no… no quise que sonara así.
—Bueno —intervino Genaro, tratando de aligerar el ambiente—, tengamos la cena en paz.
Pero la paz ya se había quebrado.
Mina volvió a su plato, aunque sus pensamientos estaban lejos de allí.
Sé lo que vi.
Esa mujer…
No era solo parecida a su madre.
Era su madre.
O algo mucho más profundo.
Una sensación extraña comenzó a crecer en su pecho. No era miedo.
Era… curiosidad.
Fascinación.
—Me es tan familiar… —murmuró casi para sí misma.
Y entonces, una idea iluminó su mente, haciéndola sonreír ligeramente.
— ¿Será que tengo el don de ver fantasmas?
Alzó la mirada, con un brillo nuevo en los ojos.
—¡Mola!
Pero en el otro extremo de la mesa, Lilian sintió cómo el mundo que tanto le había costado construir comenzaba, lentamente… a desmoronarse.
—————————
De regreso al Reino Sagrado, Iris y Sion, disfrutaban de su propia ceremonia de apareamiento.
La habitación aún estaba impregnada de calor.
No solo el del fuego que crepitaba suavemente en uno de los extremos, sino el que nacía de ellos, de la unión reciente, de ese vínculo recién sellado que todavía vibraba en el aire como una energía viva.
Iris abrió ligeramente los ojos, sorprendida por la intensidad con la que Sion volvió a buscarla.
Ella apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando Sion la empujó sobre la cama.
No fue brusco… pero tampoco fue suave.
Fue necesidad.
Una necesidad nueva, desconocida, nacida de algo mucho más profundo que el deseo físico. Algo que latía entre ambos como un pulso compartido, como si sus almas hubieran aprendido a reconocerse en cuestión de instantes.
—¿Más? —repitió ella, con el aliento aún entrecortado.
Pero ya no era una pregunta.
Era una advertencia disfrazada de curiosidad.
Sion la miraba distinto.
No era solo deseo.
Era algo más profundo… más primitivo.
Sion no respondió de inmediato.
La observó.
Y en esa mirada ya no había solo el guerrero marcado por la guerra, ni el lobo endurecido por la pérdida. Había algo distinto… algo que Iris no había visto antes.
Vulnerabilidad.
Pero también poder.
—No es solo eso… —murmuró él, inclinándose ligeramente, lo suficiente para que sus frentes casi se rozaran—. Es como si… ahora te sintiera incluso cuando no te toco.
Iris contuvo la respiración.
Sí.
Eso también lo sentía ella.
Ese hilo invisible que los conectaba, esa corriente que iba y venía entre sus cuerpos, entre sus corazones, entre algo aún más antiguo que ambos.
Sus ojos —ambos ojos— brillaban ahora con una fuerza nueva, casi salvaje. Como si el mundo hubiera cambiado de repente y él pudiera verlo todo con una claridad que antes le estaba prohibida.
—Me siento… —empezó a decir, pero las palabras no parecían suficientes.
Iris lo observó en silencio.
Podía sentirlo.
La energía.
El flujo invisible que los unía.
El vínculo de apareamiento no solo los había conectado… los había transformado.
—Eso es el despertar —susurró ella, pasando suavemente una mano por el rostro de Sion, deteniéndose un instante en el ojo que antes permanecía oculto—. No solo has recuperado lo que perdiste… has ganado algo más.
Sion cerró los ojos un segundo, como si intentara comprender lo que estaba ocurriendo dentro de él.
Su respiración era más profunda. Más densa.
—Siento tu poder… —admitió finalmente, abriendo los ojos y clavándolos en los de ella—. Está aquí.
Se llevó la mano al pecho.
—Dentro de mí.
Iris no sonrió.
Porque aquello no era un juego.
—Y tú estás dentro de mí —respondió ella con la misma intensidad—. Esto es lo que somos ahora, Sion. Dos fuerzas entrelazadas.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue eléctrico.
Sion inclinó la cabeza, observándola con una mezcla de fascinación y algo que apenas empezaba a comprender: responsabilidad.
Sion se quitó de encima de Iris y se acomodó a su lado para poder cogerla y abrasarla.
Iris descansó su cabeza en el pecho de Sion.
—No temas, ya no estarás sola.
—No soy una sanadora poderosa como Lux, pero tampoco soy frágil, Sion. —sonrió Iris.
—Ahora eres mi compañera, eres mía y debo protegerte.
—Nunca creí que mi protector sería un lobo.
—¿Y eso te gusta o no? —su tono fue rígido.
Iris se sonrojó, mientras acariciaba el fuerte y esculpido pecho de su lobo gruñón.
—No se trata de que me guste, que gustar me gusta, se trata de que las profecías están cambiando.
—Explícate…
—Siempre se ha dicho que no era bueno mezclarnos con otros reinos. Los lobos y los humanos no comprenderían nuestro poder y nos los arrebatarían si pudieran.
—Supongo que hay de todo en todos lados. He pasado una guerra por la conquista de las tierras del Norte, por la montaña de Pico Blanco y las minas de piedras runas que existen allí… —recordó Sion.
—Y no es agradable. Pero nuestro Alfa, ha dado su vida para salvar a su gente y recuperar lo que es nuestro por derecho propio.
—El antiguo Rey Lucius, también codiciaba ese poder. Lo tenía todo, pero él quería las minas…
—¿Qué quieres decir, Iris? —Sion la miró con preocupación.
—Nuestro reino ha colaborado con la Guerra Fría, Sion.
Sion se congeló y, de inmediato se levantó de la cama hecho un basilisco.
—¿Me estás diciendo que tu gente ayudo al Alfa Bodolf y, a unos cuantos alfas más, sedientos de sangre?
—Te estoy contando que el Rey Lucius hizo un pacto con el Rey Eliseo. —Iris se estremeció al recordar todo aquello.
—Nadie sabe qué ha pasado con él, pero creo que tu rey, está esperando para atacar.
Sion comenzó a vestirse cuando nota que su parche en el ojo le comienza a molestar.
—¿Qué demonios? —exclamó molesto.
Iris se acercó hasta su compañero para examinarlo.
—Déjame verte.
Iris intentó quitarle el parche a Sion, pero éste, le sujetó la mano con fuerza.
—¡No!
—¡Oh! Perdona… yo no…
—No quiero que me veas así.
—Soy tu compañera, Sion y no me importa.
Sion suspiró y luego de pensarlo, se inclinó para que Iris tuviera mejor acceso a su rostro.
—Si es lo que creo… —dijo ella sonrojada.
De inmediato, Iris le quitó el parche a Sion.
—Puedes abrir los ojos, Sion. —exclamó satisfecha.
Sion accedió a regañadientes y, lentamente abrío su único ojo, bueno… ahora ya no era el único ojo.
—¿Qué clase de brujería es esta? —exclamó confundido.
Sion se acercó espantado hacia el espejo de la habitación para observarse frente a él.
—¿De dónde ha salido el otro? Puedo ver con ambos ojos. —Sion se miraba sin poder creerlo.
—Claro que puedes… —afirmó Iris con una sonrisa dibujada en su rostro.
—¿Qué me has hecho? Yo no quería que me sanaras… nunca te lo he pedido. No quería tu ayuda ni tu lástima. —confesó Sion un tanto aturdido por la situación.
—¡Qué lobo más gruñón! Para que te enteres, aparearse con una sanadora trae sus consecuencias.
—¿Y me lo dices ahora?
—¡No me has dado opción de hacerlo antes! ¡Te abalanzaste sobre mí! —le reprochó ella.
—¿Y qué debo esperar entonces?
—Cada sanador, activa un poco de su propio poder en su protector.
—Yo soy tu compañero… —le corrigió molesto.
—Sion, es lo mismo.
—Pues no, porque si aparece tu otro protector, lo mataré. No pienso compartirte. ¿lo entiendes?
Iris se quedó perpleja ante semejante determinación.
—Dijiste que las profecías están cambiando…—comentó Sion un poco más calmado.
Iris asintió lentamente.
Su expresión se ensombreció.
—Lo están. Y tú… —hizo una pausa, como si le costara decirlo en voz alta— no estabas destinado a cruzarte en mi camino.
Sion frunció el ceño.
—Pero lo hice.
—Sí.
—Y no pienso irme.
Las palabras fueron firmes. Inamovibles.
Iris sintió cómo algo en su interior se estremecía. No de miedo… sino de certeza.
—Eso es lo que me preocupa —confesó en voz baja—. Porque cada vez que alguien desafía su destino… el equilibrio se rompe.
Un golpe de viento sacudió las cortinas de la habitación.
El fuego titiló.
Y por un instante, el ambiente pareció volverse más pesado.
Más oscuro.
Sion lo notó.
—Esa sensación que tuviste…
Iris cerró los ojos un momento.
La sensación volvió a su mente como un relámpago.
Sombras.
Sangre.
—No era solo una advertencia —susurró—. Era un comienzo.
El comienzo de una nueva guerra…
Sion no respondió de inmediato.
En lugar de eso, volvió a inclinarse sobre ella, apoyando una mano a cada lado de su cuerpo, sosteniéndose sin llegar a aplastarla.
Pero esta vez no había urgencia.
Había intención.
—Entonces enfrentaremos lo que venga —dijo con una calma peligrosa—. Juntos.
Iris lo miró fijamente.
Y, por primera vez desde que la sensación la había sacudido, algo dentro de ella se relajó.
Porque, tal vez…
solo tal vez…
no estaba tan equivocada al romper las reglas.
Deslizó sus manos por los hombros de Sion, atrayéndolo hacia ella, no con desesperación… sino con elección.
—Entonces será mejor que te acostumbres —murmuró cerca de sus labios—. Porque esto… —sus dedos se entrelazaron con los de él— solo acaba de empezar.
Y fuera, en el Reino Sagrado…
el destino comenzaba a reescribirse.
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