Lux de Luna - Capítulo 15
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15: Código del lobo 15: Código del lobo El Alfa del Norte había estado a un solo paso de consumar su venganza más cruel cuando el destino decidió intervenir.
El aroma apareció primero como un susurro.
Cítricos & Canela.
Un perfume imposible que se filtró en la habitación hasta impregnarlo todo.
Conall se quedó inmóvil, el cuerpo tenso, la respiración entrecortada.
Su lobo rugió con una fuerza que no sentía desde hacía años, sacudiendo los cimientos de su control.
Cuando por fin siguió el rastro, lo que encontró lo desarmó por completo.
La hija bastarda de su enemigo.
Lux.
La muchacha se desplomó frente a él sin fuerzas, y Conall reaccionó antes de pensar.
La sostuvo entre sus brazos, sorprendido por lo ligera que era, por lo frágil que se sentía su cuerpo contra el suyo.
No lo dudó.
La llevó hasta su habitación, como si hacerlo fuera lo más natural del mundo.
Ahora, llevaba media noche observándola dormir.
El fuego de la chimenea proyectaba sombras suaves sobre su rostro pálido.
Lux respiraba con dificultad, el ceño levemente fruncido, como si incluso en sueños temiera despertar.
Conall permanecía de pie, rígido, luchando contra cada impulso que lo atravesaba.
—”¡Compañera!
¡Márcala!” —No —murmuró—.
No es posible.
—”¡Nuestra!”— insistía su bestia.
Conall apretó los puños, sintiendo la tensión recorrer su cuerpo como un rayo que brota de una tormenta inminente.
En su mente, algo despertaba: el lobo que yacía en lo más profundo de su ser.
Era una energía visceral, cruda e indomable, que hacía eco de sus instintos más primitivos.
Aquella conexión mental, un hilo invisible entre él y su bestia, vibraba con cada latido de su corazón.
—No —murmuró, la voz quebrada por la lucha interna— Pero no podía negar esa llamada.
Su lobo, esa parte de él que nunca se había sometido a las reglas de la civilización, respondía al impulso feroz de reclamar lo que era suyo.
En el fondo, sabía que el enlace mental entre ambos no era solo una comunicación; era una fusión de voluntades, un grito de reconocimiento.
Esa conexión era su salvación y su condena, porque el lobo quería más que solo proteger.
Quería marcar.
La idea de “marcar” a alguien vibraba en su mente como un mantra, una pulsión que iba más allá de la posesión física.
Era un acto de reivindicación, un ritual primordial donde todo el mundo debía conocerlo.
La necesidad de dejar su huella en ella era urgente, casi devoradora.
No podía haber dudas; ella era su compañera destinada, y su lobo lo sabía con certeza.
Su esencia animal ardía en deseo; quería hacerla suya en cada sentido de la palabra.
El lobo de Conall no pensaba en términos de razón o lógica.
No se detenía a evaluar las consecuencias o a considerar la fragilidad del corazón humano.
Era un instinto repleto de fuerza y territorialidad.
Deseaba aferrarse, proteger, y aunque Conall luchaba por mantener un semblante de control, la parte irracional de él clamaba por liberarse.
El lobo consideraba que compartir significaba debilidad, y eso no entraba en su horizonte.
Cada vez que la miraba, sentía la presión creciente, como si el aire se volviera denso a su alrededor.
Ella era una llama que iluminaba su oscuridad, y, sin embargo, su instinto lo mantenía en guardia.
El lobo, deseaba que todos supieran que ella les pertenecía, que era de ellos por derecho.
Quería reclamarla con un roce de su hocico, dejar su marca en la piel de la mujer que lo llenaba.
—Cálmate —se dijo a sí mismo, pero la voz de su lobo resonaba más fuerte, más insistente.
“No hay tiempo para la calma.
¡Hazlo!” En su mente, la imagen de ella emergía, resplandeciente, y la envolvía con una energía que vibraba en su núcleo.
Cada latido de su corazón se sincronizaba con la intensidad de su deseo.
Entonces, se dio cuenta.
Este impulso, esta voraz necesidad de marcarla, era también lo único que lo mantenía vivo.
Aunque había renunciado a muchas cosas, el lazo con su lobo no era uno de esos sacrificios.
Conall se enfrentaba a la verdad innegable: dentro de él habitaba una parte que no solo deseaba poseer, sino que también anhelaba sentir.
Y mientras el lobo aullaba, Conall comprendió que este instinto primal era un reflejo de su propio deseo de pertenecer.
Quería que ella conociera la profundidad de su ser, esa parte que sentía y que, a pesar de los temores, lo empujaba a dar un paso al frente.
Así, respirando profundamente, dejó que su lobo gritara en su interior.
—”Pareja”.
Bloqueó el enlace mental con su lobo con una firmeza que le dolio en lo más profundo.
Si había pagado el precio de su alma, debía aceptar la condena que venía con ello.
Y, aun así… ¿Por qué su corazón latía con tanta fuerza?
¿Sería la hija bastarda de su enemigo su compañera destinada?
Lux abrió los ojos de pronto.
Desorientada, se incorporó de golpe.
Allí, a su lado, estaba Conall, quien la observaba con una intensidad desconcertante.
Su expresión era un enigma; una mezcla de preocupación y determinación que desentonaba con la imagen del Alfa temido por todos.
— ¿Dónde… dónde estoy?
—la voz de Lux temblaba.
Conall se acercó despacio, cuidando cada paso, manteniendo la distancia justa.
—Te desmayaste.
Te traje aquí.
El pánico cruzó el rostro de ella.
—¡La Luna…!
Me castigará… —susurró—.
Me encadenará hasta mi presentación… Algo oscuro y peligroso se agitó en el pecho de Conall.
—Tranquila —dijo, con un tono más bajo de lo habitual—.
No diré nada.
Lux buscó algo con desesperación.
—Mis gafas… Ella siempre llevaba unas gafas de mucho aumento.
Algo que los lobos no necesitaban por su visión mejorada, pero ella…
ella no era una loba.
Él las tomó con cuidado y se las colocó sin tocarla más de lo necesario.
Y, aún así, unas chispas lo invadieron por sorpresa acentuando su realidad.
—Aquí.
Cuando Lux pudo enfocar, se sobresaltó al verlo tan cerca.
—¡Oh!
G-gracias… Conall no estaba acostumbrado a recibir gratitud.
Le incomodó.
Ella intentó levantarse, pero sus fuerzas la abandonaron y volvió a caer.
—¡Maldición!
—escapó de sus labios antes de poder evitarlo.
La sensación de debilidad la mantenía inmóvil, como si las raíces del colchón la hubieran atrapado.
Su mente divagaba entre pensamientos acerca de la Luna Aria y los rumores que pulularían por la manada.
Había oído murmullos sobre el castigo que podría recibir si alguna vez se entrometía en los asuntos de los invitdos a la manada.
La idea de enfrentarse a la ira de la Luna le hacía temblar.
—Debes comer — Conall ordenó, acercándole un panecillo que se veía extraordinariamente delicioso.—.
O no podrás irte.
—Necesito volver… —protestó débilmente.
Necesito volver a mi habitación o tendré muchos problemas si alguien se entera de esto.
—Primero come.
Conall le cogío la mano para dejarle el panecillo sobre su palma, visiblemente sucia, por apoyar sus manos sobre el cesped del jardín cuando escapó de su habitación.
Ella contuvo la respiración, incapaz de articular palabra.
Sabía que se esperaba que él la rechazara, que mostrara desdén ante su presencia, pero Conall respondió de otra forma.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal, cuando el ALfa del Norte, le quitó el panecillo de la mano para pasarle una toalla húmeda y limpiar la suciedad.
Cuando inspeccionó la mano de Lux y dio su conformidad al hecho de que ya estaba limpia, le depositó un nuevo panecillo.
El otro, lo descartaría más tarde.
Lux dudó, pero el hambre pudo más.
—Bueno, porque usted es un Alfa y queda mal desobedecer las órdenes de un Alfa.
Ella salivó al acercárselo a la boca.
Lo devoró con una urgencia que hizo que Conall frunciera el ceño.
—Despacio o te puedes atragantar.
—Mmm…
Lux asintió, pero no dejó de masticar.
—Toma, aquí tienes un poco de zumo de naranjas para bajar eso.
Lux cogió el vaso y.
sin quererlo, rozó los dedos de Conall.
Ella no lo percibió, pero él se estremeció con las chispas que surgieron de su toque.
—Gracias, Alfa.
Lux bebió de golpe regalándole una tímida sonrisa a Conall.
—Creo que me podría comer una cesta llena de estos panecillos.
No sabía que sabían tan bien.
— Lux comienza a liberar toda la tensión que tenía al principio.
Ella comienza a sentirse más cómoda con la presencia de Conall.
¿Nunca los habías probado?
Lux miró hacia otro lado con vergüenza.
No…
Conall observó lo desnutrida y sucia que estába, y la ropa que llevaba, no era propia de la hija del Alfa de la manda.
¿Te han esclavizado?
Ella alzó los ojos, grandes, celestes como el cielo de invierno..
Se puso nerviosa y se aferró a su harapiento vestido con claras intenciones de huir de allí.
—Es mejor que me vaya.
—No —dijo él, sin margen de réplica—.
—¿No?
—No, te quedarás aquí, te alimentarás y descansarás como corresponde.
Luego podrás irte.
Lux tragó saliva ante el tono imperativo en la voz del Alfa.
Lux obedeció, temblando un poco, aceptando la cesta que él le ofrecía.
—Eres… amable, Alfa Conall.
Conall se tensó.
—¿Amable?
—Sí, Sabine dice que pareces muy oscuro y que tu cicatriz es muy fea.
Pero yo no creo eso.
Conall se quedó quieto escuchando a Lux como si solo el sonido de su voz, lo hechizara.
Él llevaba una enorme cicatríz en la parte derecha de su rostro.
Una línea que cruzaba su ojo…
recordatorio del pacto que hizo con la criatura maldita.
—¿Por qué piensas lo contrario?
—Porque me has ayudado y hasta ahora eres amable conmigo.
Y eso me resulta extraño ya que nadie lo hace.
El silencio se volvió pesado.
—Come, necesitas descansar.
Conall estaba experimentando muchas sensaciones extrañas alrededor de Lux y se sintió algo incómodo.
Se dirigió a la puerta, pero Lux se asustó y dejó caer los panecillos que tenía en ambas manos.
—¿Te irás?— Ella preguntó con temor.
Conall se detuvo.
—Volveré antes del alba.
Nadie entrará.
Puedes dormir tranquila.
Los ojos de Lux se llenaron de lágrimas.
—Gracias, Alfa Conall.
Él no respondió.
Cerró la puerta y dio la orden a su guardia.
Nadie entraría.
Porque aunque no pudiera nombrarlo… ya estaba protegiéndola.
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