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Lux de Luna - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 La protección del Alfa del Norte
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16: La protección del Alfa del Norte.

16: La protección del Alfa del Norte.

Minutos después de abandonar la habitación, Conall cruzó los pasillos de la casa de la manada con pasos firmes, ignorando las miradas furtivas de los guerreros que custodiaban el pasillo y el silencio incómodo que provocaba su presencia.

Se detuvo frente a una de las puertas de invitados y la abrió sin llamar.

—Leo —gruñó.

Su gamma abrió un ojo, claramente molesto.

—Tengo sueño.

—Me da igual.

Levántate.

Leo suspiró, incorporndose en la cama.

— ¿Qué ha pasado con Lady Electra?

—preguntó con sarcasmo—.

¿No has podido con ella que ahora necesitas refuerzos?

Conall lo miró con una frialdad que borró la broma de inmediato.

—Quien está en mi cama no es lady Electra.

Es su hermana.

Leo se quedó inmóvil.

No podía creer lo que acababa de oír.

¿Su alfa había seducido a la bastarda?

—…¿La bastarda?

Los ojos se le abrieron de par en par.

—¿Cómo demonios…?

Conall gruñó, impaciente.

—Encuentra a una omega.

Se llama Sabine.

Ahora.

—¿Y qué sugieres?

—replicó Leo, ya poniéndose las botas—.

¿Que vaya cama por cama despertando omegas como un lunático?

A pesar del tono, Leo no cruzó la línea.

Conocía a su alfa desde antes de que el mundo se volviera ceniza.

Había sido él quien lo encontró medio muerto tras la guerra, quien lo ayudó a levantarse cuando ya no quedaba nada.

Suspiró.

—Está bien.

La encontraré.

No pasó mucho tiempo antes de que Conall estuviera en la cocina, el lugar donde el pulso real de la manada latía en susurros.

Sabine estaba allí, ordenando recipientes, cuando se giró y se encontró con el Alfa del Norte frente a ella.

Se quedó pálida.

Leo se situó a la derecha de Conall, observándola con atención.

—Sabine —dijo Conall—.

¿Verdad?

Ella inclinó la cabeza de inmediato.

—Sí, Alfa Conall.

¿En qué puedo servirle?

—Mírame.

Sabine dudó, pero levantó la vista.

Sus ojos mostraban cansancio… y miedo.

—Necesito información —continuó él—.

Y sé que tú puedes dármela.

Ella tragó saliva.

—Haré lo que esté dentro de mis posibilidades.

Conall no perdió tiempo.

—Dime por qué la hija bastarda del Alfa Bodolf es tratada como una esclava en su propia manada- El silencio cayó como una pérdida.

Sabine bajó la mirada, las manos temblándole.

—Porque… porque la Luna Aria lo ordenó —susurró al fin—.

Desde siempre.

Levantó la vista de nuevo, esta vez con lágrimas contenidas.

—Lux nació de una humana.

La trajeron a la mandada contra la voluntad de la Luna.

La mujer murió tras el parto… y desde entonces, la niña ha sido el castigo.

Sabine apretó los labios.

—No sé si puedo contarle esto, Alfa Conall…

Si alguien descubre que estamos hablando sobre Lux, me metería en muchos problemas.

Conall intensificó su aura alfa en Sabine…

—¡Te exijo que me lo cuentes!

Ya me ocuparé del resto…

Sabine temblaba y Leo intentaba mantener las distancias, pero por alguna razón, se sintió afectado por sus lágrimas.

—Cuéntanos, Sabine.

Será mejor para todos.— le aseguró Leo mientras le apoyo la mano sobre el hombro de ella.

—La hacen trabajar, pasar hambre, dormir en una celda fía y sucia.

La golpean si desobedece.

Todo como recordatorio del error de Alfa Bodolf.

Leo maldijo en voz baja.

—Pero estos días, están fingiendo que la tratan bien, solo por el hecho de la fiesta de su presentación…

para que ningún invitado sospeche la verdad.

Conall no dijo nada.

Pero algo se quebró en su interior.

—¿Y el Alfa?

—preguntó al fin—.

¿Lo permite?

—Mira hacia otro lado —respondió Sabine—.

Es más fácil encontrar que no existe.

Ella es su recordatorio de lo débil que ha sido al enamorarse de una humana.

El silencio volvió a instalarse.

—Puedes irte —ordenó Conall.

Sabine se acercó y salió casi corriendo.

Leo lo miró con cautela.

—Conall… ¿por qué, de repente, nos estamos interesando en la bastarda?

—No digas nada —lo cortó.

Conall regresó a la habitación.

Lux dormía profundamente, enroscada sobre sí misma, como si incluso en sueños buscara protegerse.

Su respiración era suave.

Inocente.

Vulnerable.

Se acercó despacio.

Observó sus manos delgadas, las marcas en la piel, el gesto tranquilo que no coincidía con la crueldad que había escuchado.

Algo se apretó en su pecho.

No era deseo.

No era estrategia.

Era protección.

En cuestión de minutos, la mente de Conall comenzó a moverse como siempre: fría, precisa.

Cada pensamiento, cada estrategia, se entrelazaba en un tejido de decisiones forjadas por la experiencia.

El peligro acechaba en cada sombra, y su única prioridad era proteger a Lux.

Con firmeza, cerró los ojos y se concentró en el enlace mental que compartía con Leo.

—Llama a todos nuestros lobos.

Quiero que Lux tenga protección.

—ordenó Conall, sintiendo cómo su voz reverberaba a través del vínculo telepático.

A su lado, la figura dormida de Lux parecía tan vulnerable, tan irremediablemente ajena a los peligros que la rodeaban.

Nadie, absolutamente nadie, debía acercarse a ella sin que él lo supiera.

Leo no respondió de inmediato.

En su silencio, Conall percibió la inquietud de su gamma.

La tensión formaba un nudo en el aire, palpable como un aliento contenido.

—No podemos hacer nada, Conall —finalmente habló Leo, su tono cargado de preocupación—.

Los invitados…

No pueden inmiscuirse en cuestiones internas de las manadas.

Conall apretó los dientes, mirando a la muchacha dormida.

La luz tenue de la habitación caía sobre su rostro, iluminando su piel pálida como si la luna le otorgara su protección.

La idea de cualquier amenaza hacia ella era una herida abierta en su corazón.

—¿Qué estás planeando?

—insistió Leo, la curiosidad desbordando su preocupación.

La mirada de Conall se endureció.

Sabía que cada palabra contaba, cada decisión tenía que ser calculada con precisión.

Estaba en juego algo más grande que él, que incluso la manada.

Estaba en juego el futuro de Lux.

—Que nadie vuelva a hacerle daño —respondió Conall, su voz un susurro grave, pero resuelto.

La determinación se anidaba en su pecho, confundiendo su respeto por las reglas establecidas con un deseo ardiente de proteger lo que era suyo.

Leo frunció el ceño, escéptico.

Las dudas eran evidentes en su mente, y la pregunta surgió como una sombra imponente: —¿Cómo piensas ayudar a esa bastarda sin desafiar las órdenes de Bodolf?

No quiero que termine en una batalla, Conall.

El aire se volvió denso ante la mención del líder de la manada.

Bodolf era un antiguo lobo, poseedor de un poder que paralizaba a quienes osaban desafiarlo.

Conall lo sabía, y también sabía que no podía permitir que la preocupación de su gamma, dictara sus acciones.

—¡He dicho que llames a nuestros guerreros.

Nadie volverá a hacerle daño!

Esta vez, su voz salío como un puñal, dispuesto a clavarse en cualquiera que intentara desafiarlo.

—¿Eso es una orden…

o una promesa?

—preguntó Leo, su voz tensa, en un intento de captar la esencia de la resolución de Conall.

Conall cerró los ojos, sintiendo el peso de la decisión que llevaba en su interior.

La respuesta era compleja, y cada letra gravitaba en el aire con intensidad.

Era el momento de revelarse, de mostrar hasta dónde estaba dispuesto a llegar.

—Ambas —contestó, la firmeza en su voz resonando como un eco en el inmenso espacio de sus pensamientos, un compromiso sellado no solo con palabras, sino con promesas ardientes.

Leo hizo una pausa, procesando la gravedad de la declaración de Conall.

Ambos sabían que las líneas estaban trazadas, que el territorio que estaban a punto de cruzar era peligroso, lleno de trampas que podrían costarles la vida.

Sin embargo, la imagen de Lux, tan serena en su sueño, insufló un nuevo vigor en el corazón de Conall.

—Hay cambios de planes —dijo finalmente, rompiendo el silencio que les envolvía—.

Prepárate para lo inesperado.

En ese instante, ambos comprendieron que el desafío que se avecinaba no era solo una cuestión de estrategia; era un juego de lealtades.

Conall se comprometía a ir contra la corriente, a arriesgarse por la chica que, aunque ajena a sus luchas, había calado profundo en su alma.

Leo suspiró, la resignación y la admiración estallando en su pecho.

—Está bien.

¿Qué necesitas que haga?

La llama del desafío brillaba en los ojos de Conall mientras formulaba su plan.

Podía sentir cómo el temor y la emoción se mezclaban en un torbellino, alimentando su resolución.

Solo tendría que ser astuto, camuflar sus intenciones bajo la fachada de las normas de la manada.

—Quiero que vigiles a los demás.

Nadie debe enterarse de lo que estamos haciendo.

Lux es nuestra prioridad, y no puedes dejar que su presencia se convierta en un arma en manos equivocadas.

Leo asintió, comprendiendo la profundidad de la misión.

Mientras se preparaba para actuar, el vínculo entre ellos se reforzó, una conexión silenciosa que decía más que mil palabras.

Conall sabía que a pesar de los riesgos, tenían que hacerlo.

La protección de Lux era su razón de ser, y eso significaba estar dispuesto a luchar, incluso contra el mismo Bodolf, si se interpusiera en su camino.

Y por primera vez desde que había vendido su alma… eligió proteger algo que no podía controlar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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