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Lux de Luna - Capítulo 17

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17: El orgullo de un Alfa 17: El orgullo de un Alfa Electra aprendió muy pronto a fingir.

A fingir que aquella noche nunca ocurrió.

A fingir que no había temblado bajo el peso del Alfa del Norte.

A fingir que no había visto en sus ojos algo mucho más peligroso que el deseo: el desprecio.

Desde entonces, evitaba a Conall.

Cambiaba de pasillo si escuchaba su voz.

No acudía a las comidas cuando sabía que él estaría presente.

Y si coincidían en un mismo espacio, bajaba la mirada como una loba castigada.

Eso no pasó desapercibido.

La Luna Aria no tardó en notarlo.

—¿Qué te ocurre?

—le preguntó una mañana, con voz dulce y venenosa a la vez—.

Desde la llegada del Alfa Conall pareces… apagada.

Electra apretó las manos sobre su regazo.

—Nada, madre.

Aria la observó con atención.

Con demasiada atención.

—Te he criado para algo más que “nada” —replicó—.

No olvides cuál es tu papel en todo esto.

Electra tragó saliva.

—Lo sé.

Pero Aria ya no la escuchaba.

Porque había notado algo más.

Algo mucho más grave.

Lux.

La bastarda ya no estaba donde debía estar.

Ya no pasaba hambre.

Ya no era castigada con la misma frecuencia.

Y, lo más imperdonable: nadie se atrevía a tocarla.

—¿Desde cuándo esa cosa camina con escolta?

—preguntó Aria a Liz, con una calma que solo precedía a la tormenta.

Liz bajó la cabeza.

—Desde que el Alfa del Norte dio la orden, mi señora.

El silencio fue absoluto.

—¿Qué orden?

—susurró Aria.

—Que nadie la castigue.

Que nadie la humille.

Que… —Liz dudó— que la dejen en paz.

La copa de Aria se rompió contra el suelo.

—¿Desde cuándo un Alfa extranjero decide qué ocurre en mi manada?

El enfrentamiento no tardó en llegar.

Bodolf miraba a Conall, los ojos encendidos por una ira mal contenida.

—Te estás excediendo —gruñó—.

Has venido como invitado, no como juez.

Conall no se levantó.

No lo necesitó.

—¿Hablas de la muchacha?

—preguntó con frialdad.

—Hablo de mi hija —escupió Bodolf—.

Te guste o no, Lux lleva mi sangre.

Conall alzó la mirada, lento, calculador.

—Entonces deberías agradecerme —dijo—.

Porque lo que he visto en esta manada es una deshonra para cualquier Alfa.

Bodolf golpeó el escritorio.

—¡No tienes derecho a cuestionar cómo trato a mi linaje!

—Al contrario —replicó Conall, poniéndose de pie al fin—.

En la ley de los lobos, maltratar a un descendiente es renegar de las raíces.

Y eso te debilita.

El aire se volvió denso.

Peligroso.

—Esa bastarda nació de un error —rugió Bodolf—.

No tiene lobo.

No tiene valor.

—Tiene pulso —respondió Conall—.

Y sigue viva pese a tus esfuerzos.

Bodolf lo miró como si quisiera matarlo allí mismo.

—No te metas donde no te llaman, muchacho.

Conall dio un paso al frente.

Solo uno.

—Ya lo hice.

Los dos alfas se miraron, la ferocidad vibrando entre ellos como una cuerda a punto de romperse.

—Mientras estés bajo mi techo —dijo Bodolf con voz tensa—, Lux sigue siendo asunto mío.

Conall sonrió.

Una sonrisa breve, oscura.

—Mientras yo respire —respondió—, nadie volverá a tocarla.

Y en ese instante, ambos supieron la verdad.

Aquello ya no era solo política.

Ni comercio.

Ni viejas guerras.

Era una declaración.

Y la Luna Aria, desde la sombra, lo comprendió también.

Lux había dejado de ser una bastarda invisible.

Se había convertido en el punto débil de todos.

——————– El día de la presentación llegó envuelto en una calma engañosa.

La casa de la manada bullía de actividad, pero en los aposentos de la Luna Aria el ambiente era irrespirable.

Electra permanecía de pie frente a su madre, las manos entrelazadas con fuerza, como si así pudiera contener el temblor que recorría su cuerpo.

—Hemos llegado al día de la presentación —dijo Aria con frialdad— y no has hecho ningún progreso con el Alfa del Norte.

Electra alzó la mirada apenas un segundo.

—Madre… ese hombre es oscuro.

Peligroso.

Aria arqueó una ceja, sorprendida.

—¿Y ahora lo notas?

Electra respiró hondo.

—¿No habría otra forma de llegar a su manada sin… sin tener que pasar por ser su amante?

El golpe llegó sin contacto físico.

—¿Eres idiota o qué?

—escupió Aria—.

¿Tienes idea de lo que estamos arriesgando si perdemos esta oportunidad?

—Madre… —susurró Electra—.

El Alfa Conall me da miedo.

La risa de Aria fue breve y cruel.

—Más miedo debería darte perderlo todo.

Quedarte sin manada.

Sin estatus.

Trabajar como una esclava cuando nos despojen de lo que es nuestro.

Electra palideció.

—¿Quieres eso?

—No… —respondió, casi sin voz.

—Eso pensé.

Aria se acercó, invadiendo su espacio.

—Esta noche, después de la celebración, entrarás en su dormitorio —ordenó—.

Lo esperarás en su cama.

Electra dio un paso atrás.

—Madre… no quiero volver a pasar por eso… —Lo harás —sentenció Aria—.

Y lo complacerás en todo aquello que desee.

Electra sintió que el aire le faltaba.

—Yo me encargaré de que esté… predispuesto.

—¿Qué…?

—susurró.

—Liz preparará un brebaje —continuó Aria con calma—.

Enmascarará tu olor.

Hará que crea que eres su compañera destinada.

—¡No!

—Electra cayó de rodillas—.

Te lo suplico, madre.

No lo hagas.

Las lágrimas resbalaron por su rostro mientras se aferraba al borde del vestido de Aria.

—Ten piedad… Aria la miró desde arriba, implacable.

—Esta noche te marcará —dijo—.

Y una vez hecho, no podrá rechazarte.

Electra sollozó.

—No quiero… no así… Aria se inclinó, sujetándole el mentón con fuerza.

—El Alfa Conall te reclamará como su Luna —susurró—.

Y eso nos salvará a todos.

Electra cerró los ojos.

La decisión ya estaba tomada.

Y no era la suya.

——————– El vapor aún flotaba en el aire cuando Sabine terminó de aclarar el cabello de Lux.

El agua tibia había relajado un poco sus músculos, pero no el nudo constante que llevaba en el pecho.

—¿No te resulta extraño que el Alfa Conall sea tan amable contigo?

—preguntó Sabine mientras escurría la tela con la que acababa de secarla.

Lux se encogió de hombros, sentada en el borde de la cama.

—Supongo que le doy pena.

Sabine se detuvo.

La miró a través del espejo, seria.

—Ese hombre no siente pena por nadie, Lux.

Lux frunció ligeramente el ceño.

—Conmigo ha sido atento… amable, incluso.

—Demasiado —murmuró Sabine—.

De hecho, me buscó a mí para preguntarme por ti.

Lux giró la cabeza de golpe.

—¿Cuándo?

—La otra noche.

El corazón de Lux dio un pequeño salto incómodo.

—¿Y qué le dijiste?

Sabine suspiró, dejando el paño a un lado.

—La verdad.

Que eres la hija mestiza del Alfa Bodolf.

Que tu madre era humana.

Que murió al darte a luz.

Y que aquí… —hizo un gesto impreciso— no te han tratado precisamente bien.

—¡Sabine!

—exclamó Lux, llevándose las manos al regazo.

—Lux, mírame —dijo con firmeza—.

El Alfa Conall no es ciego.

Basta con mirarte para darse cuenta de que algo no encaja.

Lux bajó la mirada.

—Lo sé… —Aun así —continuó Sabine, más baja—, me sigue resultando inquietante su interés por ti.

Me da escalofríos.

Lux dudó.

—Es… raro.

Nunca sonríe.

Siempre parece enfadado.

Sabine asintió.

—Siempre frunce el ceño.

Como si cargara con algo que no puede soltar.

—¿Has notado algo más?

—preguntó Lux, levantando la vista, curiosa.

Sabine vaciló un instante, y entonces sonrió con cierta incredulidad.

—Me ha mandado al pueblo.

—¿Al pueblo?

—Sí.

A comprar… vestidos.

Para ti.

Los ojos de Lux se abrieron, enormes, de un azul casi irreal.

—¿Cómo dices?

—Me dio instrucciones claras —añadió Sabine—.

Dañar los vestidos que te dejó Lady Electra y que hoy te pongas uno de los que él ha comprado.

Lux se quedó sin palabras.

—¿Eso… eso te ha pedido?

—Tal cual.

Sabine negó con la cabeza, medio divertida, medio preocupada.

—Este Alfa me va a meter en un lío terrible.

Como siga así, acabaré pidiéndole asilo en su manada.

Rió suavemente, intentando restarle peso a la broma.

Pero Lux no rió.

Se quedó mirando un punto indefinido del suelo, con los labios entreabiertos.

—¿Y si… —dijo despacio— y si le pidiéramos asilo de verdad?

Sabine dejó de sonreír.

—Lux… —Aquí no tengo nada —continuó ella, con voz temblorosa—.

Ni futuro.

Ni protección.

Solo castigos, hambre y miedo.

Y él… Se interrumpió, insegura.

—Él te ha defendido —terminó Sabine por ella—.

Sin decirlo, pero lo ha hecho.

Lux asintió lentamente.

—Cuando estoy cerca del Alfa Conall… —confesó— siento algo extraño.

No es miedo.

No del todo.

Es como… si por primera vez alguien me viera.

Sabine se sentó a su lado.

—Eso puede ser peligroso.

—Lo sé —susurró Lux—.

Pero seguir aquí también lo es.

Hubo un silencio largo, cargado de pensamientos que ninguna de las dos se atrevía aún a pronunciar en voz alta.

Sabine rompió la quietud.

—Sea lo que sea que esté pasando, Lux… no estás sola.

¿De acuerdo?

Lux la miró y, por primera vez, sonrió de verdad.

—Gracias.

En ese mismo instante, un golpe suave resonó en la puerta.

Ambas se tensaron.

—¿Quién es?

—preguntó Sabine.

—Soy yo —dijo una voz grave al otro lado—.

El Alfa Conall.

Lux sintió que el corazón le martilleaba el pecho.

Sabine se levantó de inmediato, inclinando la cabeza al abrir.

Conall ocupaba casi todo el marco de la puerta.

Su presencia era imponente incluso cuando estaba quieto.

Sus ojos se posaron de inmediato en Lux, envuelta en una toalla sencilla, el cabello aún húmedo cayéndole por la espalda.

Algo en su interior se tensó.

Protección.

Necesidad.

Ira contenida.

—¿Está lista?

—preguntó con voz controlada.

Lux tragó saliva.

—Casi… Alfa.

Conall asintió una sola vez.

—Bien.

Nadie te molestará esta noche.

Sus palabras no eran una promesa amable.

Eran una orden al mundo.

Y Lux, sin entender del todo por qué, sintió por primera vez que quizá… solo quizá… ya no estaba completamente indefensa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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