Lux de Luna - Capítulo 18
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18: No estás sola 18: No estás sola La noche había caído por completo cuando Conall se detuvo frente a la puerta de la habitación de Lux.
No tenía ningún motivo lógico para estar allí.
Ya se había asegurado de que estuviera a salvo, alimentada, protegida.
Eso debería haber sido suficiente.
Y, sin embargo, algo en su interior no le concedía el descanso.
Su lobo rugía, impaciente.
“Comprueba.
Mírala.
Asegúrate”.
Conall presionó la mandíbula antes de golpear la puerta con los nudillos.
Desde dentro, un sobresalto.
-Si…?
—la voz de Sabine llegó sobresaltada.
—Soy yo.
Un silencio breve, seguido del roce apresurado de pasos.
La puerta se abrió apenas lo suficiente para que Sabine asomara el rostro.
—Alfa Conall… Él inclinó levemente la cabeza, conteniéndose.
—He venido a ver cómo esta Lux.
No era una insinuación para ver si lo dejarían pasar.
Era una orden y la omega frente a él sabía que debería hacerse a un lado para dejarle entrar.
—Lux…
aún no está lista.
Poco le importó.
Con un movimiento fuerte y brusco, derribó la puerta dejando a Lux completamente expuesta.
Su cabello aún estaba ligeramente húmedo, suelto, y sus ojos celestes se alzaron hacia él con una mezcla peligrosa de nervios y alivio.
Sabine tragó saliva y salió de la habitación sin pronunciar palabras.
No se atrevería a desafiar al Alfa del Norte.
Conall cerró la puerta y se paró frente a aquella muchacha que no dejaba de rondar por su mente…
Cada fibra de su ser reaccionó al verla.
Viva.
Integra.
Tan frágil que le resultaba ofensivo que el mundo la hubiera tratado con tanta crueldad.
— ¿Te encuentras bien?
—preguntó, seco, como si la pregunta no le importara.
Lux asintió, aunque sus manos se retorcían nerviosas en la tela sencilla que llevaba puesta.
—Sí… Sabine me ayudó a bañarme.
Bien.
No era suficiente, pero bien.
Conall dio un paso al interior de la habitación.
El espacio se le quedó pequeño de inmediato.
No por el tamaño, sino por la presencia de ella.
Lux retrocedió instintivamente un paso, avergonzada, hasta que la cama rozó la parte posterior de sus piernas.
—No pretendía incomodarte —dijo él, aunque su voz no suavizó—.
He venido a comprobar algo.
Lux tragó saliva.
—¿Qué cosa, Alfa?
Conall alzó la mirada hacia el pequeño arco apoyado junto a la pared.
Sabía lo que había dentro.
Los vestidos que había mandado a traer.
Había sido una decisión impulsiva… y aún así, absolutamente necesaria.
—Quiero elegir personalmente lo que vestirás esta noche.
Lux abrió los ojos, sorprendida.
—¿Usted…?
-Si.
No era una petición.
Tampoco una orden cruel.
Era algo distinto.
Algo que Lux no sabía cómo interpretar.
—Yo… no quiero causarle problemas —murmuró ella—.
Si Lady Electra se enterara de que tengo toda su atención…
Lux conocía de sobra las intenciones de su Luna.
Sabía que Aria intentaría provocar que Electra fuera la nueva amante del Alfa del Norte.
—“¿Por qué él estaría interesado en mí?”, — se preguntaba con desasosiego.
La idea de Conall, el Alfa del Norte, sintiendo algo hacia ella era tan abrumadora como inverosímil.
— “No puede ser verdad.
No cuando Electra está justo a su lado”.
Su mente se llenaba de imágenes de Electra, siempre segura de sí misma, radiante y poderosa.
—“Ella será su amante”,— pensó, y una punzada de celos la atravesó.
—“¿Por qué debería Importarle lo que yo sienta?
Solo lo hace para contentarla.” Lux se convencía más de que era solo un gesto amistoso, un acto de cortesía.
—“No hay nada más.
No puedo permitirme pensar que esto es diferente”.
El eco de sus inseguridades resonaba en su mente.
Era difícil no desear que su corazón fuera suficiente, que hubiera una razón legítima detrás de la atención de Conall.
—“Quizá le gusta la idea de tenerme cerca, tal vez para usarme como un ejemplo.
Miren, aquí estoy, un Alfa que se preocupa hasta por las más débiles.
Pero eso no significa que realmente le importe”,— reflexionó.
La autocrítica la llevaba a un ciclo de dudas interminables.
—“Soy solo una sombra, un refugio pasajero entre dos mundos que jamás se cruzarán”.
La presión en su pecho aumentó al imaginar a Conall y Electra juntos, riendo, compartiendo secretos que nunca llegarían a ser suyos.
—“No soy digna de sus pensamientos”, —se decía.
—“Soy solo un recordatorio de lo que nunca podré ser, de lo que él realmente desea”.— Por un momento, incluso se sintió culpable, como si su propia existencia fuera un obstáculo en el camino hacia la felicidad de los demás.
Conall notó la sensación de desasosiego en Lux.
—No es asunto tuyo —la cortó Conall con firmeza.
Se acercó al arcoón y lo abrió.
La luz de la lámpara reveló telas suaves, colores claros, cortes sencillos pero dignos.
Nada ostentoso.
Nada que la expusiera.
Algo que la protegiera incluso a la vista de los demás.
Lux se acercó despacio, como si temiera que aquello desapareciera si se movía demasiado rápido.
—Son… muy bonitos —susurró.
Conall tomó uno de los vestidos.
Sus dedos, acostumbrados a la espada ya la guerra, parecieron dudar al tocar la tela.
La alzó frente a ella, evaluando.
Demasiado pálido.
Ese otro, demasiado llamativo.
No, no para ella.
—Alfa, no podemos permitir que otros la reclamen.
Ella es nuestra.— repetía su lobo con insistencia.
Lux bajó la mirada cuando sintió su escrutinio.
El calor le subió a las mejillas.
—No estoy acostumbrada a que… me miren así —admitió en voz baja—.
Siempre estorbo.
Algo oscuro se tensó dentro de Conall.
—Eso se acabó.
Lux levantó la vista, sorprendida por el tono.
Conall eligió finalmente un vestido de un azul suave, casi del mismo tono que los ojos de ella.
—Este —dijo.
Lux lo tomó con manos temblorosas.
—Gracias, Alfa… de verdad.
La gratitud sincera en su voz lo desarmó más que cualquier desafío.
Conall dio un paso más, acortando la distancia.
Lux se tensó, pero no retrocedió.
El miedo estaba allí… pero también algo más.
Confianza incipiente.
Necesidad.
Conall alzó una mano, deteniéndose a escasos centímetros de su mejilla, como si se obligara a pedir permiso al aire.
—No temas —dijo, grave—.
Nadie volverá a hacerte daño.
Lux se encontraba en un estado de vulnerabilidad que nunca había experimentado antes.
Conall, con su presencia imponente, parecía absorber toda la energía del lugar, y al mismo tiempo, su voz grave, colmada de sinceridad, desnudaba las barreras que había construido a su alrededor.
La mirada intensa de él la atrapaba, y por un momento, sus inseguridades se desvanecieron ante esa promesa de protección.
Nadie volvería a hacerle daño… ¿podía realmente confiar en esas palabras?
A pesar de la tensión que se sentía entre ellos, Lux percibía algo más que simple protección en la postura decidida de Conall.
Era un deseo, casi posesivo, de mantenerla a salvo y, a la vez, una conexión que empezaba a florecer, aunque tímidamente, entre sus corazones.
Con cada paso que él daba hacia ella, la distancia física se reducía, pero también lo hacía la distancia emocional que ella había mantenido por tanto tiempo.
Lux cerró los ojos un instante.
Cuando los abrieron, brillaban.
—Gracias… por verme.
Esas palabras le atravesaron el pecho.
Conall retiró la mano con brusquedad, como si se hubiera quemado.
—Descansa —ordenó, volviéndose hacia la puerta—.
La noche será larga.
Antes de salir, se detuvo.
—Lux.
Ella alzó la cabeza de inmediato.
—No estás sola.
Y entonces se fue, dejando tras de sí una habitación cargada de algo nuevo, peligroso y profundamente inevitable.
Lux se sentó despacio en la cama, abrazando el vestido contra su pecho.
Y, por primera vez, el miedo no fue lo único que la acompañó al cerrar los ojos.
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