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Lux de Luna - Capítulo 19

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19: Una reliquia antigua 19: Una reliquia antigua La explanada frente a la fortaleza de las Sombras Plateadas se llenó de un silencio expectante cuando el carruaje real se detuvo.

Los estandartes ondeaban con rigidez ceremonial, y los guerreros formaron una fila impecable.

El primero en descender fue el Rey Eliseo.

Su porte era impecable, su sonrisa medida, ensayada hasta la perfección.

Cada gesto suyo parecía calculado para inspirar respeto… o temor.

Sus ojos, sin embargo, eran fríos, demasiado atentos.

No miraban personas, sino piezas.

—No veía la hora de llegar, querido amigo —dijo con una calidez que no alcanzaba a tocarle la mirada.

Bodolf avanzó de inmediato, inclinando la cabeza con una reverencia exagerada antes de estrecharlo en un abrazo que duró apenas lo justo para parecer sincero.

—Eres bienvenido cuando quieras, mi Rey.

Esta siempre será tu casa.

Detrás de Eliseo descendió el príncipe heredero.

Zeta.

Alto, de rasgos asíaticos orientales como su padre y unos ojos con expresión indolente, observó a la manada como quien inspecciona algo que no termina de interesarle.

Sus ojos recorrieron el lugar sin curiosidad ni respeto.

Solo hastío.

—Príncipe Zeta —anunció Bodolf, girándose hacia él con entusiasmo forzado—.

Es un honor tenerte aquí.

Zeta asintió apenas, sin molestarse en sonreír.

—Supongo —respondió, con una voz tan vacía como su mirada.

Unos pasos más atrás, Conall observaba la escena con el ceño fruncido.

Su lobo gruñía bajo la superficie.

Nunca había confiado en ese Rey.

Los rumores no eran rumores para él: Eliseo olía a intriga, a sangre derramada sin ensuciarse las manos.

El verdadero enemigo nunca lleva las garras manchadas, pensó.

El rey Eliseo mantuvo su sonrisa ensayada mientras los ecos de sus pasos resonaban sobre la explanada de piedra.

Los guerreros permanecían firmes, como sentinelas inmóviles bajo el cielo nublado que parecía presagiar un cambio inminente.

La atmósfera se volvían cada vez más densa, y Bodolf lo sabía.

Eliseo apartó a Bodolf hacia una esquina para no ser escuchados, mientras los Omegas se encargaban del equipaje real.

—Siempre he admirado la grandeza de tu hogar, querido amigo —dijo Eliseo, gesticulando para abarcar el entorno con una mano, como si pretendiera capturarlo en su propia esencia—.

Pero debo confesar que hay ciertas comodidades que uno no puede disfrutar plenamente sin un poco de… consideración mutua.

Bodolf sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Esa palabra, “consideración”, resonaba como un eco inquietante en su mente.

No era una simple cortesía; era una advertencia disfrazada de amabilidad.

—Por supuesto, mi rey.

Estamos aquí para servirte en todo lo que necesites —respondió Bodolf, manteniendo la voz firme aunque su corazón latía con fuerza.

Era el juego del poder, y cada movimiento contaba más que las palabras.

Eliseo inclinó ligeramente la cabeza, su mirada penetrante concentrándose en Bodolf.

Había en sus ojos una chispa que parecía calcular posibilidades y desenlaces.

Se acercó un paso más, bajando un tono de voz que solo ellos dos podían oír.

—He oído rumores de una antigua reliquia escondida en las montañas del Norte.

Más específicamente la Montaña de Pico Blanco.

Se dice que otorga al poseedor un poder extraordinario.

Imagínate lo que podríamos lograr juntos si accedemos a ella.

Bodolf tragó saliva.

La mención de la reliquia era un peligroso juego que Eliseo estaba dispuesto a jugar.

No era solo una búsqueda de tesoros; era una invitación a atar sus futuros de manera irrevocable.

Sin duda, aquel rey estaba calculando cómo sacar ventaja de su visita.

—Si realmente existe, podría ser de gran utilidad para ambos —respondió Bodolf, manteniendo la compostura.

Podía sentir la presión aumentar, y sabía que no podía ceder a las insinuaciones del monarca.

Pero la curiosidad lo carcomía.

¿Qué más podría obtener Eliseo al buscar esa reliquia?

Zeta, aún al margen, observaba con desdén.

Su apatía era un contraste marcado con la tensión palpable entre los otros dos.

Pero Conall, el lobo vigilante que había en su pecho, sabía que ese intercambio era solo el comienzo.

No dejaría que Eliseo se saliera con la suya; había más en juego que simples intereses.

Cada parte en este tablero tenía su propio objetivo, pero el rey ya había movido sus piezas… y pronto, sería el turno de Conall.

——————– Horas después, el salón principal acogió a los doce Alfas, al Rey y a su heredero.

El ambiente era denso, cargado de palabras elegidas con cuidado, de promesas ambiguas y silencios estratégicos.

Eliseo hablaba de unidad, de estabilidad, de paz entre manadas… mientras Zeta jugueteaba con su copa, claramente aburrido.

—La cooperación es esencial —decía el Rey—.

Sobre todo en tiempos tan… delicados.

Conall no dijo nada.

Observaba.

Memorizaba.

Las Lunas, mientras tanto, se reunían en otro salón.

Aria presidía la conversación con una sonrisa complaciente, pero su mente estaba en otro lugar.

—¿Tienes el brebaje listo?

—preguntó a Liz por lo bajo.

—Todo preparado, mi señora —respondió Liz—.

La copa del Alfa Conall está en su lugar.

El elixir del “vinculo de compañeros” no fallará.

—Excelente.

No podemos permitir que el Alfa del Norte, no se lleve a Electra como su Luna.

Cuando llegó la hora de la cena, todos los altos rangos ocuparon sus lugares.

Guerreros apostados, copas llenas, sonrisas diplomáticas.

—Bueno —dijo Eliseo, apoyando los dedos sobre la mesa—.

¿Dónde está la mestiza?

Bodolf se aclaró la garganta.

—Mi hija se está preparando, mi Rey.

Ya sabe cómo son las mujeres… siempre cuidando cada detalle.

Eliseo ladeó la cabeza, con una sonrisa gélida.

—Deberías enseñarle la importancia de no hacer esperar a un Rey.

Incluso… a una bastarda.

La palabra cayó como un golpe seco.

Conall tensó la mandíbula al oírlo.

Su mano se cerró alrededor de la copa de vino que estaba a punto de llevarse a la boca.

La presión fue instintiva, brutal.

El cristal no resistió y estalló en su mano, derramando el líquido oscuro sobre la mesa.

—Maldición… —murmuró, la Luna Aria desde el otro lado.

—No ha bebido —susurró Liz por lo bajo—.

Prepararé otra copa de inmediato.

Liz salió del salón derecho a sus aposentos para preparar, rápidamente, otro brebaje.

Esa noche, el Alfa Conall, debía beber esa copa de vino de una forma u otra.

Eliseo observó los fragmentos de vidrio con interés, no con preocupación.

—Vaya potencia —comentó—.

Es tranquilizador saber que contamos con alfas tan… formidables.

Conall alzó la vista y lo miró directamente.

No respondió.

No lo necesitaba.

En ese momento, uno de los guerreros se inclinó junto a Bodolf.

—Mi Alfa —susurró—.

La bastarda está fuera.

Espera su llamada.

Bodolf enderezó la espalda.

Su expresión cambió al instante: orgullo impostado, ambición mal disimulada.

—Mi hija ya está aquí —anunció—.

Estoy seguro de que su presentación será… del agrado del Rey.

Eliseo sonrió, satisfecho.

Zeta levantó la vista por primera vez con un mínimo de interés… no por Lux, sino por lo que pudiera obtener de ella.

Y Conall, sin saber aún por qué, sintió que algo dentro de él se tensaba como una cuerda a punto de romperse.

Porque intuía que aquella presentación no era un honor.

Era una trampa.

Y Lux estaba a punto de cruzar el umbral sin saberlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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