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Lux de Luna - Capítulo 20

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20: La presentación 20: La presentación El gran salón de la mandada Sombras Plateadas resplandecía bajo la luz de las antorchas y los candelabros de cristal.

Los alfas de las distintas manadas ocupan sus lugares, envueltos en joyas, capas y aromas de poder antiguo.

Las conversaciones se apagaron poco a poco cuando el Alfa Bodolf se levantó de su asiento.

—Esta noche —anunció con voz solemne— celebramos la mayoría de edad de mi hija… Lux.

El nombre recorrió el salón como un murmullo incómodo.

La bastarda.

La mayoría esperaba poco.

Algunos, nada.

Entonces, las puertas se abrieron.

Conall, que hasta ese momento había permanecido recostado en su asiento, con el ceño fruncido y la atención dispersa, se irguió sin darse cuenta.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente.

Ella apareció.

Lux avanzó despacio, con pasos inseguros pero firmes.

El vestido azul que caía sobre su cuerpo no era ostentoso, pero tampoco humilde.

Se ajustaba con suavidad, marcando su figura sin exponerla, envolviéndola como una promesa de protección.

El color realzaba sus ojos celestes, que brillaban bajo la luz como fragmentos de cielo.

Conall sintió un golpe seco en el pecho.

Es ella.

No había duda.

No para su lobo.

No para esa parte de él que había jurado estar muerta.

Lux mantenía la mirada baja, como siempre, pero alzó los ojos apenas un instante… y lo vio.

Al Alfa del Norte.

Observándola como si el mundo hubiera dejado de existir.

El tirón volvió a atravesarla.

Invisible.

Inexplicable.

Su corazón se aceleró y tuvo que obligarse a seguir caminando.

Conall presionó los dedos contra el brazo de su silla.

Nunca había aquel sentido.

No así.

No deseo.

No conquista.

Era otra cosa.

Más primitiva.

Más peligroso.

Protección.

Mientras tanto, desde su lugar junto a Bodolf, la Luna Aria observaba la escena en absoluto silencio.

Sus uñas se clavaron en la madera del apoyabrazos.

Ese vestido.

No era el que ella había elegido.

Sus ojos se deslizaron hacia Conall… y entonces lo vio.

La forma en que la seguía.

La tensión en su postura.

El brillo oscuro en su mirada.

Aria comprendió en ese instante que algo había cambiado.

Y el miedo, por primera vez en muchos años, se le instaló en el estómago.

Lux llegó al centro del salón y se detuvo.

Las manos le temblaban ligeramente, pero mantenía la espalda recta.

Sabine, desde un rincón, la observaba con los ojos llenos de lágrimas contenidas.

—Mírala… —susurró a alguien—.

No parece una esclava.

—No lo es —pensó Conall, con una furia fría—.

Nunca lo fue.

Cuando Lux inclinó la cabeza en señal de respeto, Conall se levantó.

El sonido de su silla al movimiento resonó más fuerte de lo que debería.

Varias miradas se volvieron hacia él.

Bodolf tensó la mandíbula.

Aria quedó inmóvil.

Conall dio un paso al frente.

No dijo nada.

No hacía falta.

Sus ojos se encontraron con los de Lux.

Y en ese instante, ella entendió algo que no sabía poner en palabras: no estaba sola.

Aria lo supo también.

Y por primera vez, la Luna de las Sombras Plateadas comprendió que había cometido un error imperdonable.

Porque el Alfa del Norte no miraba a Lux como a una pieza del juego.

La miraba como algo que ya le pertenecía.

Y Conall, aun sin admitirlo, tomó una decisión irrevocable mientras ella cruzaba el salón: Nadie volvería a tocarla.

Nadie volvería a quebrarla.

Ni siquiera su propio padre.

La guerra acababa de cambiar de forma.

——————– La reacción fue inmediata.

El Rey Eliseo se quedó atónito al verla cruzar el salón.

Su copa se detuvo a medio camino de sus labios y una sonrisa lenta, demasiado cargada de intención, se dibujó en su rostro.

—Bodolf… tráela aquí mismo —ordenó—.

Estoy deseandoo conocerla.

No hizo esfuerzo alguno por ocultar el brillo lascivo en sus ojos.

El gruñido de Conall era bajo, casi imperceptible, pero cargado de una violencia contenida que tensó el aire.

Sus músculos se endurecieron, su lobo golpeó contra su mente con furia.

Leo lo sintió al instante.

—Alfa, no —intervino por el enlace mental—.

Tranquilo.

No aquí.

No ahora.

Conall presionó la mandíbula.

Cada fibra de su ser exigía sangre, pero se obligó a permanecer inmóvil.

Por ella, se dijo, aunque aún no sabía cuándo había empezado a pensar así.

Lux avanzó despacio, con pasos medidos.

No por elegancia natural, sino porque así había aprendido: a moverse sin llamar la atención, a no provocar castigos.

Liz le había enseñado a caminar así a golpes, a gritos, a humillaciones silenciosas.

Aun así, esa noche estaba distinta.

Había comido.

Había dormido.

Había sido cuidada.

Y eso se notaba.

—¡Lux!

—exclamó Bodolf, sorprendido pese a sí mismo.

El rostro de Conall permaneció impenetrable.

El del príncipe heredero, núm.

Zeta se quedó rígido en su asiento, con los ojos clavados en ella, como si algo invisible le hubiera atravesado el pecho.

El Rey rompió el silencio con una carcajada áspera.

—Vaya, vaya… con la bastarda.

—Padre… —intentó advertir Zeta, incómodo.

—Ahora no, hijo —lo interrumpió Eliseo sin apartar la vista de Lux—.

Necesito conocer a esta adorable criatura.

Las miradas convergieron sobre ella como cuchillas.

Conall.

Zeta.

El Rey.

Aria.

Electra.

— ¿Y sus gafas?

—murmuró Aria, con desdén.

—No lo sé… —respondió Electra, molesta.

Sabine, desde un lateral, contuvo la respiración.

Había memorizado cada punto del salón, cada distancia, cada sombra, para que Lux pudiera caminar sin tropezar.

Para que no necesitera esas gafas que siempre la delataban como diferente.

Bodolf se acercó a su hija.

Hacía años que no la miraba de verdad.

Se detuvo un segundo, desconcertado.

—Te pareces a tu madre.

Fue lo único que dijo antes de tomarla del brazo y llevarla ante el Rey.

—Rey Eliseo, soberano mayor del continente, padre de todos nosotros —anunció con voz engolada—.

En este humilde acto, presente ante vos, a mi hija menor, Lux.

Sangre de mi sangre.

Una hija más de la manada Sombras Plateadas.

Eliseo bebió un largo trago, recreándose en ella sin pudor.

—Acércala un poco más, Alfa Bodolf —pidió—.

Quiero verla de cerca.

Lux sintió cómo el estómago se le cerraba.

Nunca tantas miradas habían estado sobre ella.

Nunca había sido el centro… y aquello no se sentía como un honor.

Entonces ocurrió.

Zeta se llevó una mano a la sensación.

El mundo parecía inclinarse a su alrededor.

Un aroma lo tocado de lleno: lavanda…

Limpio, el recuerdo del jabón que utilizaba su madre, la reina Luna.

Devastador.

Su lobo rugió.

—¿Qué… qué es ese olor?

—susurró, pálido.

—¡Compañera!— aulló su lobo.

El príncipe quedó helado.

No podía ser.

Él tampoco había encontrado a su compañera.

Y sin embargo… esa voz no mentía.

Los ojos de Zeta se abrieron de golpe.

Conall lo vio.

Lo entendió.

Su lobo reaccionó con una violencia salvaje.

—¡Intruso!

—rugió en su mente—.

¡Tenemos que matar al intruso!

Conall no se movió.

No atacó.

No habló.

Pero algo quedó claro en ese instante silencioso y letal: Lux ya no era invisible.

Y dos lobos alfa habían reconocido lo mismo.

La noche acababa de volverse peligroso.

——————– La nueva imagen de Lux, en comentarios.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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