Lux de Luna - Capítulo 21
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21: Machos Alfas 21: Machos Alfas El Alfa Bodolf, con una sonrisa tan forzada que casi crujía, tomó la mano de Lux y la acercó a la del Rey Eliseo.
—Majestad… —murmuró, empujándola un paso más.
Eliseo no perdió tiempo.
Sus dedos se cerraron alrededor de la mano de Lux con una firmeza innecesaria y, sin pedir permiso, empujó de ella hasta sentarla parcialmente sobre sus muslos.
-¡Oh!
—exclamó, satisfecho—.
Qué delicado.
El ceño de Conall se frunció al instante.
El de Zeta también.
Ambos lobos, desde los extremos opuestos del salón, reaccionaron igual: tensión en los hombros, mandíbula apretada, mirada fija.
—Exótica belleza, mi querida —continuó Eliseo, paseando la vista por ella sin pudor—.
Muy… poco común.
Lux sintió cómo el calor le subía al rostro.
Bajó la mirada de inmediato, deseando desaparecer, pero el Rey le levantó la barbilla con dos dedos, obligándola a mirarlo.
—Siempre me preguntó qué se sentiría al probar a una humana.
Zeta apretó los puños.
Conall dejó escapar un gruñido bajo, peligroso.
—Mi Rey —intervino Bodolf rápidamente, sudando—.
Mi hija no tiene lobo.
No puede ser reclamado.
Lo dijo como si pidiera disculpas por su mera existencia.
Eliseo sonriente, cargando la cabeza.
—Ya veremos qué hacemos con ella, estimado Alfa Bodolf.
Lux tragó saliva.
La tensión en el aire era palpable.
Lux sintió que los corazones de los hombres presentes latían aún más rápido que el suyo, y sabía que cualquier movimiento en falso podría desatar una tormenta.
Con la mirada fija en Eliseo, un destello de desafío brilló en sus ojos, y su curiosidad comenzó a eclipsar su miedo.
El Rey, disfrutando visiblemente de su pequeña victoria, continuó explorando el rostro de Lux con su mirada penetrante, como si se tratara de una obra de arte en un museo.
Mientras tanto, Zeta y Conall intercambiaron miradas furtivas, un diálogo silencioso lleno de advertencias y promesas de protección.
—No creo que entiendas lo que significa verdaderamente “ser reclamada”, Lux —acertó a decir Zeta, su voz suave pero cortante como un cuchillo afilado—.
Es más que un simple juego para los lobos.
Es un vínculo que no se puede romper, algo que no se debería tomar a la ligera.
Lux sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero decidió no dejarse intimidar.
La calculadora mirada de Eliseo la atravesó, y aunque el Rey la trataba como un juguete, había algo en su comportamiento que la hacía dudar.
¿Era realmente tan peligroso o simplemente un arrogante que disfrutaba mostrando su poder?
—Ella nunca encontrará a su pareja destinada.
No posee su parte lobo.
lamentablemente.
— mencionó a Bodolf de una manera lastimosa, como grabándole la mancha negra que cernía sobre sus hombros.
— Estoy convencido de que le hayamos beneficiado a tu preciosa bastarda, Alfa Bodolf.
— exclamó Eliseo ante la mirada inquisitoria de Zeta y de Conall.
——————– Un rato después, la música llenaba el salón y la fiesta estaba oficialmente “en su apogeo”, aunque la tensión podía cortarse con un cuchillo.
Aria se deslizó hasta Liz como una sombra.
—¿Lo ha conseguido?
—susurró.
—Sí, mi señora —respondió Liz—.
Todo según lo planeado.
—Excelente.
Desde el extremo superior del salón, Conall no había apartado los ojos de Lux ni un segundo.
Oscuro, inmóvil, parecía una estatua… hasta que habló.
— ¿Dónde está mi copa de vino?
—He enviado a Will a buscarla —respondió Leo con cautela, observándolo de reojo.
—¿Ocurre algo?
—añadió, finciendo naturalidad.
Conall no respondió.
— ¿Se puede saber qué te ocurre con la bastarda?
—insistió Leo en voz baja.
Conall giró la cabeza lentamente.
—No vuelvas a referirte a ella de esa manera.
El tono heló a Leo.
—Vale… vale —alzando las manos—.
Tranquilo, fiera.
Solo pregunto.
—No preguntes.
—Conall, llevas toda la noche como si alguien te hubiera robado el hueso favorito.
El gruñido que recibió como respuesta fue suficiente.
—¡He dicho que me consumas esa maldita copa de vino!
Leo suspiró, resignado.
—Sí, mi Alfa.
Justo entonces apareció Will con la copa.
Conall se la arrebató y se la bebió de un solo trago.
—¡Más!
Will parpadeó, sorprendido.
—Eh… ¿todo bien?
—Perfectamente.
— contesta Conall secamente.
—Esto no es buena señal —murmuró Leo—.
El Alfa no bebe.
Nunca.
—¿Y qué hacemos?
—Consíguele una botella antes de que decida morder a alguien.
Mientras tanto, Zeta no apartaba la vista de Lux.
Cada vez que alguien se le acercaba, su lobo se agitaba inquieto.
Eliseo, por su parte, buscaba cualquier excusa para volver a tocarla, a llamarla, a tenerla cerca.
Pasó la mitad de la noche con sus manos encima de ella.
Lux se sintió pequeña, expuesta… y peligrosamente en el centro de todo.
Y desde la distancia, Conall la observaba con una mezcla feroz de celos, rabia y una necesidad de protección que no estaba dispuesta a admitir.
La noche apenas comenzaba.
Y ya prometía sangre.
——————– El Alfa Bodolf llevaba ya un buen rato presentando a Lux de un Alfa a otro, como si se tratara de una rareza de feria.
Sonrisas forzadas, miradas largas, curiosidad mal disimulada.
No era habitual que un lobo se mezclara con una humana.
Mucho menos que esa humana sobreviviera al parto.
Y prácticamente imposible que el resultado estuviera ahora de pie, respirando… y llamando tanto la atención.
Lux sonreía, asentía y respondía lo justo, hasta que el dolor en los pies empezó a volverse insoportable.
— Esto es una tortura.
No sé cómo las mujeres pueden llevar estas cosas sin odiar al mundo entero.
—pensó.
—Padre… necesito un momento —murmuró, inclinando la cabeza con educación.
Sin esperar respuesta, se apartó del grupo con cuidado.
Recordó lo que le enseñó a Sabine.
Cada paso, cada giro, cada referencia del salón.
Sin gafas, todo era un borrón elegante y peligroso.
Salir sin tropezar ya era un logro.
Una vez fuera del salón principal, avanzó despacio por los pasillos, apoyando la mano en la pared de piedra para no perder el equilibrio.
El ruido de la fiesta quedaba atrás y, por primera vez en la noche, pudo respirar.
Hasta que sentí una presencia.
Se detuvo en seco.
—¿Quién está ahí?
El olor era nuevo.
No era el de los guerreros de su padre.
Tampoco el de la cocina.
Su cuerpo se tensó.
—He preguntado ¿quién eres?
—Tranquila —respondió una voz joven, calmada—.
No te asustes.
Lux giró un poco la cabeza, sin ver con claridad.
—Soy el príncipe Zeta.
Ella lo había visto antes.
Sentado junto al Rey.
Silencioso.
Aburrido.
Como si nada le importara demasiado.
—Hola —dijo, bajando la voz.
—¿Estás bien?
La pregunta la tomó por sorpresa.
—Sí… ¿por qué lo pregunta, mi príncipe?
—Te vi salir del salón como si estuvieras escapando de un incendio —comentó—.
Y ahora vas abrazando las paredes.
Pensé que algo no iba bien.
Lux soltó una pequeña risa nerviosa.
—Sin mis gafas no veo casi nada.
—¿Y por qué no las llevas?
—Porque no combinar con el vestido.
Lo dijo con humor, como si fuera una tontería más.
Zeta arqueó una ceja.
—Ah.
Claro.
Prioridades mortales.
Lux extremadamente sin poder evitarlo.
— ¿Quieres dar un paseo conmigo?
—preguntó él, de pronto.
—¿Qué?
—se le escapó—.
Oh… no sé qué contestar a eso.
Zeta la miró con curiosidad genuina.
—Eres… —empezó.
—Rara —terminó ella por él—.
Perder.
—Iba a decir única.
Eso sí que no se lo esperaba.
Lux sintió cómo el calor le subía a las mejillas.
—No sé si alguien con mi… estatus puede pasear con el príncipe heredero.
Zeta ladeó los labios en una sonrisa ladeada.
—Cuando estemos solos, puedes llamarme Zeta.
—No es eso algo que una bastarda como yo no debería hacer?
—Después del Rey, soy la máxima autoridad —respondió con tranquilidad—.
Si te lo ordeno, simplemente lo haces.
No sonó cruel.
Sonó… protector.
—Vale —aceptó ella.
—Ahora, demos un paseo.
Zeta empezó a caminar… y se dio cuenta de que Lux no se movía.
—¿Vienes?
—Me da pena con usted, Prínci— —Zeta —la corrigió.
Lux suspiró.
—Me da pena contigo, Zeta, pero sin mis gafas, acabaré en el suelo antes de llegar a la esquina.
Zeta regresó hasta ella y le ofreció el brazo.
—¿Así mejor?
Lux dudó solo un segundo antes de aceptarlo.
-Si.
Le regaló una sonrisa sincera, sin máscaras ni protocolos.
Y algo en el pecho de Zeta se presiona de una forma nueva.
—¡Compañera!
¡Es ella!
¡Al fin la encontramos!
El lobo de Zeta se agitó con fuerza, casi atropellándolo por dentro.
—No —respondió mentalmente, tenso—.
No podemos marcarla.
—¡¡Por qué no!?— rugió el lobo.
—Porque el Reino de los Cambiaformas, no aceptaría a una mestiza como futura reina… —pensó, mientras caminaba junto a ella.
Pero sus ojos no podían apartarse de Lux.
Y por primera vez en mucho tiempo, al príncipe heredero del continente… algo le importaba de verdad.
——————– La imagen de Zeta, en comentarios.
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