Lux de Luna - Capítulo 22
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22: Estrategias 22: Estrategias Mientras el salón seguía envuelto en música, copas alzadas y sonrisas fingidas, la normalidad era solo una fachada.
Bajo esa apariencia festiva, la tensión de Conall era un contenido animal, tenso, a punto de morder.
El Alfa Bodolf se abrió paso entre los invitados con Electra del brazo.
Su sonrisa era amplia, ensayada, casi paternal.
La de su hija, en cambio, estaba completamente ausente.
—Me ha dicho mi hija que vosotros dos os habéis entendido muy bien la otra noche, Alfa Conall —comentó Bodolf, con un tono excesivamente cordial.
Conall los miró sin disimular el desprecio.
No respondió de inmediato.
Electra tenía el rostro pálido.
No se atrevía a alzar la vista.
Sus dedos temblaban aferrados a la manga de su padre, como si aquello fuera lo único que la mantenía en pie.
—Es una ocasión perfecta para darles mi aprobación —continuó Bodolf.
Conall ladeó la cabeza apenas un poco.
—¿Aprobación?
—Has probado a mi hija —dijo Bodolf sin pudor—.
Ahora debes convertirla en tu amante.
Así funcionan las cosas.
Electra sintió un nudo en el estómago.
La sola idea de volver a estar cerca de Conall, bajo su dominio, le erizaba la piel.
No había deseo ahí.
Solo miedo…
y resignación.
Conall sabía muy bien lo que había hecho.
Y también sabía que, según las costumbres, aquello lo comprometía.
Aun así, no apartó la mirada de Bodolf.
—Y ¿qué quieres a cambio, Alfa Bodolf?
Bodolf alzó las cejas, fingiendo sorpresa.
—Oh, nada.
Me emociono ver que el hijo de mi mejor amigo y mi hija puedan llegar a entenderse.
Quién sabe… —añadió, con una sonrisa calculada— tal vez algún día la hagas tu Luna.
Conall comprendió la jugada al instante.
Electra no era una hija.
Era otra pieza en el juego de este asesino.
Bodolf quería infiltrarse en el Norte, colocar ojos y oídos donde no debía.
Lo que no sabía era que Conall llevaba varios movimientos por delante.
—Muy bien —dijo finalmente el Alfa del Norte, con voz firme—.
Lady Electra, prepara tus cosas.
Mañana partiremos hacia la manada de Escarcha Feroz.
Electra alzó la vista, sorprendida.
No dijo nada.
Asintió, porque no tenía elección.
—Ahora, si me disculpan —añadió Conall—, las fiestas no son lo mío.
Se giró para marcharse.
—Alfa Conall —lo detuvo Bodolf.
Conall se volvió lentamente.
—El Rey quiere hablar contigo sobre el bloqueo de la mina que se sitúa en la montaña de Pico Blanco.
—No hay nada que discutir —respondió sin rodeos—.
Luché por ese territorio.
Y ahora, es mío.
Su mirada fue dura, definitiva.
—Y lo que es mío, no lo comparto.
Dicho eso, salió del salón sin mirar atrás.
Desde la distancia, Aria había observado cada gesto, cada palabra.
Su sonrisa se había ido tensando poco a poco hasta desaparecer por completo.
Se acercó a Liz, bajando la voz.
— ¿Estás seguro de que la copa le llegó?
—Sí, mi señora —respondió la hechicera—.
Yo misma se la di a su guerrero y he visto como el Alfa Conall se labebió de un solo trago.
Aria entrecerró los ojos, calculando.
—Entonces, cuando el brebaje haga efecto… reconocerá el olor de Electra como el de su compañera destinada.
La marcará.
Sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, peligrosa.
—Y Electra será la Luna del Norte.
——————– El jardín estaba en calma, bañado por la luz suave de las estrellas.
Lux y Zeta caminaban despacio, del brazo, como si el mundo entero hubiera decidido darles una tregua.
—¿Qué se siente ser diferente al resto?
—preguntó él de pronto.
Lux parpadeó, sorprendida.
—Supongo que lo mismo que debes sentir tú, siendo el príncipe heredero.
Zeta frunció el ceño, intrigado.
—¿Y eso qué significa?
Lux soltó una pequeña risa nerviosa.
—Sentirse extraño.
Solo.
Como si nunca encajaras del todo, incluso rodeado de gente.
Zeta se detuvo.
La miró de frente.
Por primera vez en mucho tiempo, alguien había puesto palabras a algo que llevaba años callando.
—¿De verdad crees que yo me siento así?
Lux se encogió de hombros.
—No estarías aquí conmigo ahora mismo si no fuera así.
Eso lo desarmó.
Zeta levantó la mano con cuidado y apartó un mechón del cabello rojizo de Lux, colocándolo tras su oreja.
El gesto fue lento, casi reverente.
—Eres… muy especial, Lux.
Ella bajó la mirada, con las mejillas encendidas.
—Nunca nadie me ha dicho algo así.
Y era verdad.
Zeta sintió un nudo en el pecho.
Quería ser otro.
No el heredero, no el hijo del Rey.
Solo un lobo cualquiera con derecho a elegir.
—Si las cosas fueran distintas… —murmuró.
—¿He dicho algo mal?
—preguntó ella, inquieta.
Él negó suavemente y acarició su mejilla.
Lux contuvo el aliento.
El contacto era cálido, firme… real.
—Nunca creí que sentiría esto por alguien.
Su corazón latía con fuerza.
Lux levantó la vista y sus miradas chocaron.
Algo eléctrico, invisible, los envolvió.
Zeta no pudo resistirse más.
La rodeó por la cintura y la atrajo hacia él.
—Quiero besarte —susurró.
Lux abrió los ojos, nerviosa, pero no se apartó.
—Nunca… nadie me ha besado.
Zeta sonrió apenas, con una ternura que no solía mostrar.
—Entonces déjame hacerlo despacio.
El aire estaba impregnado de una tensión eléctrica, una conexión palpable que se intensificaba a medida que Zeta se acercaba a Lux.
A pesar de las dudas que aún rondaban en la mente de Lux, la ternura del gesto de Zeta le hizo olvidar el mundo que las rodeaba.
Él era todo lo que podía ver ahora, su mirada ardiente y decidida, un refugio donde el caos exterior no podía alcanzarlos.
Zeta, con movimientos suaves y calculados, se inclinó hacia ella, sus labios apenas a centímetros de los de Lux.
Su corazón latía con fuerza, una sinfonía de deseo resonando en su pecho.
Cuando finalmente se encontraron, fue como si el tiempo se detuviera.
Los primeros picos fueron delicados, casi insinuantes, pero pronto se transformaron en caricias urgentes y apasionadas.
Lux, atrapada en un torbellino de sensaciones, se dejó llevar por el momento.
La calidez de los labios de Zeta la envolvía, y el roce suave de su lengua en sus labios despertó en ella un anhelo profundo.
El gemido que escapó de su boca fue un eco de su deseo, una invitación silenciosa a profundizar aún más en ese encuentro.
—¡Ah!— fue todo lo que pudo pronunciar, la claridad de sus pensamientos desvaneciéndose ante la intensidad de sus emociones.
Con cada beso, Zeta exploraba un nuevo rincón de su mundo.
La dulzura inicial se tornó en una necesidad apremiante, un hambre que solo podía satisfacer besándola con más profundidad.
—Eres increíble y tu boca sabe a gloria—, murmuró entre los besos, la voz cargada de devoción y deseo.
El lobo dentro de Zeta comenzó a asomarse, un instinto primitivo que le decía que debía proteger y poseer a Lux.
En un acto desesperado y lleno de pasión, comenzó a explorar su cuello, sus labios y su lengua dejando una estela de calor en la piel de Lux.
—¡Zeta, ah!—respondió ella, sintiéndose completamente atrapada en ese torbellino de euforia.
—Eres mía, Lux.
— pronunció Zeta con una ferocidad que la hizo temblar.
Aunque Lux no podía escuchar claramente sus palabras, sí sentía la intensidad detrás de ellas.
La línea entre lo humano y lo bestial se desdibujaba; Zeta sabía que estaba a un paso de marcarla, de sellar su conexión de manera irrompible.
Al acercarse más, la osadía brilló en sus ojos cuando sus colmillos asomaron, deseando dejar una huella eterna en su piel, un símbolo de que eran uno solo en esta danza de deseo y necesidad.
El vínculo que estaban a punto de forjar sería indestructible, duradero incluso más allá del tiempo.
Todo lo demás se desvanecía en la bruma de su pasión.
Ella dejó escapar un pequeño suspiro, casi un gemido involuntario, y Zeta se estremeció.
Su lobo rugía dentro de él.
—Es ella.
Es nuestra.
Zeta cerró los ojos, luchando contra ese impulso salvaje.
Bajó el rostro, rozando su cuello, respirándola, perdiéndose en su aroma a lavanda…
—Eres increíble… —dijo con voz rota—.
No sabía que algo así existía.
Lux apenas podía pensar.
Todo su cuerpo estaba encendido.
Y entonces… Un gruñido profundo, antinatural, quebró el aire.
Zeta se quedó rígido.
Lux giró la cabeza, paralizada.
De entre las sombras emergió una bestia enorme, negra como la noche, con los ojos encendidos de furia.
—Grrr… El lobo de Conall.
—¡Apártate de ella si no quieres morir!
—rugió.
Zeta reaccionó al instante.
Sus ojos se dilataron.
—¡Corre, Lux!
Pero ella no pudo moverse.
Ante sus ojos, Zeta se transformó, y el príncipe desapareció para dar paso a un lobo plateado, tenso, preparado para luchar.
Lux retrocedió un paso, temblando.
El lobo negro era distinto a todos los que había visto.
Más grande.
Más feroz.
Más… dominante.
Los lobos de su manada eran, en su mayoría, blancos con algunos matices marrones y plateados.
Evidentemente el lobo negro era característico del Norte y, por su gran tamaño, debía de ser un Alfa.
Lux abrió sus ojos muy sorprendida con esta revelación.
Era el Alfa Conall, el temible Alfa del Norte.
—Ella es nuestra —gruñó el lobo de Conall.
—No dejaremos que la reclames —respondió el lobo de Zeta.
Los dos lobos se miraron, tensos, listos para saltar.
Lux entendió entonces la verdad.
El beso.
El tirón.
El caos en su pecho.
Todo estaba a punto de estallar.
Y ella… se encontraba en medio de una guerra que no había elegido.
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