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Lux de Luna - Capítulo 24

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24: Tú eres mía 24: Tú eres mía Conall había regresado a la casa de la manada, con la cabeza llena de pensamientos y una sensación profunda de inquietud.

Sin pensarlo dos veces, se desvió directamente hacia la habitación de Lux.

La puerta se abrió con un ligero chirrido y el ambiente lo envolvió en un aire cálido y tranquilo, en contraste con su agitación interna.

Al entrar, sus ojos se posaron en las dos figuras que yacían en la cama: Lux y Sabine, profundamente dormidas.

La imagen le provocó una mezcla de ternura y un impulso de proteger a Lux de cualquier cosa que pudiera amenazarla.

Se acercó un poco más, cauteloso de no hacer ruido, observando como las respiraciones calmadas de ambas llenaban la habitación.

Pero no podía quedarse ahí por mucho tiempo; necesitaba aclarar algunas cosas con Leo.

Así que salió a buscarlo.

Lo encontró pronto en el pasillo, casi al borde del desmayo por la curiosidad.

Conall no podía evitar un leve suspiro de frustración.

Leo era uno de sus amigos más cercanos, pero su inquisición podía ser demasiado.

—Tú y yo tenemos mucho de qué hablar —empezó Leo, manteniendo su tono serio y rígido, como siempre lo hacía cuando quería que nadie cuestionara su autoridad—.

No creas que dejaré pasar el numerito de macho alfa de recién.

Conall arqueó una ceja, con esa sonrisa diabólica que lo caracterizaba.

—Eres mi gamma y no tengo que contarte nada.

—¿Para qué me has pedido que venga aquí?

— cuestionó Leo.

Conall le lanzó una mirada fulminante, la tensión palpable entre ellos.

—Quiero que te lleves a la omega Sabine de la habitación de Lux.

—¿Perdona?

—Leo se quedó atónito, con la sorpresa completamente dibujada en su rostro.

—Llévatela a dormir a otro lado —repitió Conall, esta vez con un tono aún más autoritario.

Leo soltó un bufido, claramente confundido por la repentina disposición de su amigo.

Pero no dijo más nada y ambos se fueron hasta la habitación de Lux.

— ¡Cógela!

— ordenó Conall.

Y Leo, sin entender en que se estaba metiendo, asintió.

Cogió a Sabine entre sus brazos mientras la miraba delicadamente.

—¿Y ahora qué hago yo contigo?

—preguntó, sin dejar de observarla.

Con una mezcla de desdén y determinación, Conall se dio la vuelta para despegarse de esa conversación incomoda.

Cuando Leo salió con Sabine dormida en sus brazos, Conall cerró la puerta tras de sí, el clic resonando como un eco en el pasillo.

Avanzó de nuevo hacia la cama donde Lux seguía en su profundo sueño, ajena a la tormenta que había dejado atrás.

Se acomodó en la cama a su lado, sintiendo el calor de su cuerpo.

Era un contraste abrumador con la frialdad que sentía en su corazón por todo lo que estaba sucediendo.

Observó detenidamente su rostro, notando lo hinchados que tenía los ojos por las lágrimas.

Conall se deslizó detrás de ella, rodeando su figura con sus brazos.

El dulce aroma de su cabello lo envolvió de inmediato, provocándole un latido fuerte en el pecho.

Susurrándole al oído con una voz baja y firme, dijo: —No dejaré que él te reclame.

Tú eres mía.

La afirmación sorprendía incluso a Conall, quien se consideraba a sí mismo alguien práctico, que no se dejaba arrastrar por emociones desbordadas.

Pero cuando se trataba de Lux, algo en su interior se desataba.

La posesividad brotaba naturalmente, como si cada fibra de su ser la reclamara y la protegiera.

De repente, una oleada de desasosiego lo atravesó.

¿Cómo había llegado a este punto?

Sus pensamientos vagaron entre la desesperación y un deseo ardiente de mantenerla a salvo.

Sabía que no podía permitir que nadie —ni siquiera Zeta— interfiriera.

La visión de Lux débil, tan vulnerable en ese momento, lo hizo apretar los labios con fuerza.

Mientras su mente giraba en un torbellino de emociones, se dio cuenta de que Leo había sido testigo de un comportamiento inusual en él.

La curiosidad de Leo apenas comenzaba a manifestarse.

Sin embargo, a Conall no le importaba: solo quería estar cerca de Lux y asegurarse de que nadie la perturbara.

Pero no podía dejar de preguntarse cómo se verían las cosas en el futuro, si su vínculo se tornaba más complicado con cada interacción.

La conexión entre ellos se volvía cada vez más intensa, y eso asustaba a Conall.

Pero no importaba cuánto lo asustara, estaba decidido a protegerla.

Se aferró a ella un poco más fuerte, y en ese momento, el mundo exterior se desvaneció.

Solo existía Lux, su dulzura y la convicción de que, sin importar la lucha, él no la dejaría ir.

——————– Leo se encontraba en un aprieto.

En sus brazos cargaba a Sabine, y aunque la imagen era digna de un príncipe rescatando a su damisela, no era precisamente lo que él hubiera elegido para terminar la noche.

—¿Por qué siempre me meto en estos líos?

—murmuró para sí, mientras intentaba equilibrar el peso de Sabine, que dormía plácidamente, ajena a la tormenta de pensamientos que assaltaban la mente de Leo.

Sabine era absolutamente adorable cuando dormía, con esos cabellos color platino desordenados que caían sobre su frente y esa mueca infantil que hacía que cualquiera quisiese protegerla.

Pero, maldición, ella no debería estar aquí.

La orden del Alfa de llevársela de la habitación de Lux había sido clara, pero nadie mencionó qué hacer después.

“Si alguien me ve…”, pensó, mientras caminaba con paso sigiloso por el pasillo de la manada de las Sombras Plateadas.

La idea de que algún miembro de la manada, lo viesen en esta situación le provocaba escalofríos.

No quería que la gente pensara que estaba intentando algo raro.

Por eso, rezó en silencio a la Diosa de la Luna, pidiendo que a nadie le diera por interrogarlo en ese momento tan…

incómodo.

De repente, un ruido resonó por el pasillo.

Con un sobresalto, Leo casi deja caer a Sabine.

Era Will, el guerrero personal de Conall que siempre tenía el don de aparecer en el momento más inoportuno.

—¡Eh, Leo!

—gritó Jake, acercándose con su sonrisa despreocupada—.

¿Qué llevas ahí?

¿Un saco de patatas?

Un gemido interno brotó de los labios de Leo mientras trataba de no perder el equilibrio.

—No es un saco de patatas, es…—dijo, titubeando—.

Es Sabine, la amiga omega de la hija bastarda del Alfa Conall.

No se encontraba muy bien y me pidió que la acompañara.

Will frunció el ceño, claramente no convencido.

—Vaya, no sabía que las patas de un saco podían soñar.

Se ve como si estuviera en el mundo de los sueños.

Leo rodó los ojos.

—Por favor, Will, no hay tiempo para chistes.

Sé que esto parece raro, pero necesito que no digas nada.

—¿Y por qué debería?

Esto es realmente divertido, a quien le importa lo que digan.

Apuesto a que todos pensarán que eres su príncipe encantado o algo así.

—Oh, genial —respondió Leo con sarcasmo—.

Justo lo que necesito, más rumores sobre mí y mis “servicios”.

— Leo, eres muy mujeriego y no hay omega que se te escape.

¿Por qué fingir que este no es el caso?

sentenció, Will.

— ¡Porque no lo es!

—sentenció Leo.

— ¡Déjame pasar!, ya hablaremos mañana.

Con cada paso, la preocupación seguía creciendo en su estómago.

¿Y si Sabine se despertaba en el camino?

¿Y si lo malinterpretaba?

Podía imaginar su mirada de sorpresa y la posibilidad de que lo acusara de acoso.

“Nos conocimos hace dos días”, pensó, “¿cómo puedo explicarle que es solo una misión del Alfa?” Finalmente, Leo llegó hasta su propia habitación.

Abrió la puerta con cuidado y entró.

La luz tenue iluminaba el lugar con suavidad, pero el nerviosismo no disminuyó.

Colocó a Sabine en la cama de él, asegurándose de que estuviera cubierta con una manta, antes de sentarse a su lado.

Necesitaba pensar.

Mientras la miraba dormir, una risa nerviosa escapó de su boca.

“Vaya, Leo, realmente has hecho un gran trabajo”, se dijo a sí mismo.

Si su vida no fuera tan complicada, podría haber disfrutado del momento.

Pero la realidad era que, en poco tiempo, Sabine se despertaría y él tendría que enfrentarse a todas esas preguntas embarazosas.

En su mente, empezó a imaginar cómo podría explicarlo sin parecer un completo idiota.

“Hola, Sabine, te encontré durmiendo.

Mi Alfa me pidió que te sacara del lado de su pequeña bastarda.

No hay nada raro aquí… ¿quieres café?”.

El rostro de Sabine al escuchar eso sería épico.

Mientras tanto, una ráfaga de aire fresco entró por la ventana, haciendo que la manta se moviera ligeramente.

Leo no pudo evitar sonreír al pensar en lo afortunado que era de tenerla cerca, incluso en esta situación ridícula.

Sabine era fuerte, inteligente y, aunque a menudo se comportaba como una chica ruda, estaba claro que había mucho más debajo de esa superficie.

——————— La imagen de Leo y Sabine en comentarios.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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