Lux de Luna - Capítulo 29
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29: La amante del Alfa 29: La amante del Alfa —¡Maldita seas, Alfa Bodolf!
—rugió el rey—.
¿Le has prometido a una de tus hijas?
Bodolf tragó saliva.
Por primera vez en muchos años, no supo qué decir.
—Mi Rey… no se suponía que fuera Lux… El rostro de Eliseo se endureció aún más.
Sus ojos brillaron con una ira contenida que nadie se atrevió a provocar.
Sin responder, se giró sobre sus talones y subió a su carruaje, cerrando la puerta de un portazo que resonó como una sentencia.
El silencio que dejó atrás fue incómodo, pesado.
Fue el príncipe Zeta quien, con la compostura que había aprendido desde niño, se encargó de despedirse de los demás alfas.
Apretó manos, intercambió palabras formales… hasta que llegó a Conall.
—¿Podemos hablar?
Conall asintió sin decir nada.
Se alejaron unos metros, lo suficiente para quedar fuera del alcance de oídos curiosos.
—Mi padre no se quedará tranquilo —dijo Zeta en voz baja—.
Querrá conseguirla.
Sea como sea.
Conall clavó la mirada en el horizonte.
—Lux, ahora es mi amante.
Y yo no comparto lo que me pertenece.
Zeta tensó la mandíbula.
—Ella no te pertenece.
Un gruñido grave escapó del pecho de Conall.
—Creí que aceptabas el hecho de que también es mi compañera.
—Acepté no marcarla —respondió Zeta con frialdad—.
Al igual que lo has prometido tú.
Eso fue un acuerdo entre caballeros.
—Entonces más te vale encontrar la forma de que tu padre se olvide de ella —replicó Conall—.
Porque si no lo haces, puede que me la quede… y la haga mi Luna.
—No lo harás.
Me diste tu palabra —añadió Zeta—.
Y sé que todo esto, en el fondo, va de tu venganza.
Conall ladeó la cabeza, esbozando una sonrisa torcida.
—Puede ser.
—Ya tienes a sus dos hijas —continuó Zeta—.
No hagas que Lux pague por los pecados de su padre.
Conall no respondió.
Solo lo miró de reojo.
—Nuestro pacto es mantenerla a salvo —insistió Zeta—.
Y si hace falta, estoy dispuesto a todo… incluso a marcarla y convertirla en mi Reina Luna.
Los ojos de Conall se oscurecieron.
—¿Crees que no seré capaz de tratarla bien?
—No tienes buenas referencias —admitió Zeta—.
Dicen que eres cruel.
Que no tienes alma.
—Tal vez —respondió Conall, dándose la vuelta—.
Pero ella no es mi enemiga, ella es mi compañera.
Conall se giró y se marchó sin mirar atrás.
Zeta permaneció allí unos segundos, inquieto.
Algo no le cuadraba.
“Tendré que enviar a alguien a su manada”, pensó.
“Alguien que me informe de Lux.” ——————– Mientras tanto, en su habitación, Lux guardaba en silencio algunas de sus pocas pertenencias.
Sus manos temblaban un poco al doblar la ropa.
—Iré con él… —susurró, más como una aceptación que como una decisión.
De pronto, el mundo pareció girar.
Se apoyó en la cama para evitar caerse al suelo, cerrando los ojos.
—He comido bien… no puede ser hambre.
Entonces llegaron las imágenes.
No eran recuerdos.
Tampoco imaginación.
Era como mirar una escena ajena… desde fuera.
—¿Dónde estoy?
— se preguntó Lux.
La posada era modesta, casi olvidada por el tiempo, encajada en un cruce de caminos cerca del territorio de la manada de las Sombras Plateadas.
El olor a madera vieja, humo y vino barato se mezclaba en el aire, creando esa sensación espesa que se te pega a la piel y no te suelta.
Detrás de la barra trabajaba una mujer joven.
Su belleza no era llamativa ni agresiva, sino suave, cálida… peligrosa en silencio.
Tenía el cabello rojo, encendido como una brasa, recogido de forma descuidada.
Sus rasgos eran delicados, demasiado parecidos a los de Lux como para ser coincidencia.
Estaba embarazada.
Lo ocultaba con vestidos amplios y gastados, siempre un poco más grandes de lo necesario.
Evitaba mirarse el vientre, como si ignorarlo pudiera hacer que desapareciera.
Se movía con cuidado, midiendo cada paso, cada gesto.
—Ponme otra ronda —gruñó una voz grave desde una de las mesas.
El alfa ocupaba casi todo el banco.
Grande, de hombros anchos, mandíbula dura y mirada oscura.
Tenía el ceño fruncido, el cuerpo tenso, como si el mundo entero le debiera algo.
Claramente no estaba de buen humor.
—Te he dicho que quiero otra ronda.
¿Acaso eres sorda?
—Sí, señor —respondió ella con rapidez, bajando la cabeza mientras llenaba la copa.
Sus manos temblaron apenas.
El alfa no apartó los ojos de ella.
La siguió con la mirada de arriba abajo, demasiado atento para ser casual.
Algo en esa mujer le había llamado la atención desde el primer momento, aunque aún no supiera qué.
—¿De dónde eres?
—preguntó de pronto.
Ella alzó la vista, sorprendida por el interés.
—Soy humana, mi señor.
No pertenezco a este lado del continente.
Los humanos no convivían con los cambia formas.
Algunos sabían de su existencia, otros fingían no saber nada.
Aun así, durante siglos habían mantenido una paz frágil, casi sagrada.
—¿Humana?
—repitió él, levantándose lentamente.
Se acercó lo suficiente como para invadir su espacio.
Lilian contuvo el aliento cuando él inclinó un poco la cabeza y aspiró.
Frunció el ceño.
—Hueles… rico.
No a vino.
No a miedo.
A algo vivo.
—Gracias —murmuró ella, incómoda, bajando la mirada.
—¿Qué haces aquí?
—insistió.
—Escapé de casa.
Encontré este lugar para dormir… trabajo a cambio de vivienda y comida.
—¿Eres una esclava?
Ella negó de inmediato.
—No, mi señor.
—Tu nombre.
—Lilian.
El Alfa repitió el nombre en voz baja, como si lo probara.
—Lilian… Una sonrisa lenta, peligrosa, se dibujó en su rostro.
—Me gustas —dijo sin rodeos—.
Creo que vendré a verte a diario.
El corazón de Lilian dio un vuelco.
No sabía si aquello era una promesa o una amenaza.
—¿Puedo… puedo preguntar su nombre?
—se atrevió a decir.
El alfa alzó una ceja, divertido.
—¿No sabes quién soy?
Ella negó con la cabeza.
Sus mejillas se tiñeron de rojo.
—Soy el Alfa Bodolf —respondió—.
Pero tú puedes llamarme Bodolf.
Sus ojos se quedaron fijos en ella un segundo más de lo necesario.
Como si ya la hubiera elegido.
Como si algo dentro de él hubiera despertado sin previo aviso.
Entonces, la escena comenzó a distorsionarse.
Las paredes parecieron ondular, el ruido de la posada se apagó, y Lilian levantó lentamente la cabeza.
Miró directamente a Lux.
—¡Despierta!
—ordenó con una voz que no era solo suya—.
Es hora de despertar tus poderes, hija.
Lux abrió los ojos de golpe, jadeando.
El corazón le golpeaba el pecho con fuerza, como si quisiera escapar.
—¿Quién… quién eres?
—susurró al vacío.
No hubo respuesta.
Solo la certeza de que su vida… acababa de complicarse mucho más.
De inmediato, Aria irrumpió en la habitación sin molestarse en anunciarse.
La puerta golpeó la pared con un ruido seco que hizo que Lux diera un respingo.
Detrás de ella entró Liz, silenciosa como una sombra, con esa expresión suya que nunca prometía nada bueno.
—Y pensar que eras tonta —escupió Aria, sin preámbulos.
Lux apenas tuvo tiempo de reaccionar.
La Luna la agarró del pelo con fuerza y la zarandeó sin miramientos, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás.
—¡Ay!
¡No me lastimes, mi Luna!
—gimió Lux, llevándose las manos a las muñecas de Aria—.
Yo no he hecho nada… —Precisamente por no hacer nada —replicó Aria, furiosa— has conseguido la atención del Alfa Conall y del mismísimo Rey.
Liz dio un paso al frente, con tono aparentemente calmado.
—Señora, es mejor que se calme.
Aria soltó a Lux de golpe y la empujó con rabia.
Lux tropezó, perdió el equilibrio y cayó al suelo, golpeándose la cadera contra la alfombra.
—No puedo —gruñó Aria—.
Tengo ganas de matarla ahora mismo.
Lux negó con la cabeza entre sollozos.
—Fue… fue padre quien le prometió una amante al Alfa del Norte.
Yo no hice nada… —¡Debía ser Electra, no tú, bastarda apestosa!
—le gritó Aria.
Las lágrimas comenzaron a correr libremente por las mejillas de Lux.
—¡Lo siento!
Aria la miró desde arriba, con una sonrisa fría que no tenía nada de maternal.
—Será mejor que prestes atención y que nos obedezcas en todo lo que te digamos.
—S-sí… —susurró Lux, asustada.
—Tienes que conseguir que tu hermana rechace a ese asqueroso guerrero y se meta en la cama del Alfa Conall —continuó Aria, sin rodeos—.
Ella debe ser su amante.
Necesitamos un primogénito para poder presionar a ese muchacho terco y obstinado.
Liz asintió despacio, como si aquello fuera lo más lógico del mundo.
—Es lo único que puede ayudarnos a recuperar nuestro estatus y nuestro poder.
—Luna Aria… —intentó decir Lux, levantando la vista.
—No quiero que digas nada —la cortó Aria—.
Solo entiende una cosa: si no haces esto, buscaré la manera de acabar contigo.
Puedo encerrarte en el sótano y perder las llaves para siempre.
Lux sintió un nudo en el pecho.
Las palabras salieron solas, rotas.
—¿Por qué… por qué me odia tanto?
Aria se inclinó un poco hacia ella, mirándola con desprecio puro.
—Eres un estorbo, igual que lo fue tu madre.
Lástima que no hayas muerto junto con ella.
Eso fue lo que terminó de romperla.
Aria se dio la vuelta sin decir nada más y salió de la habitación.
Liz la siguió, cerrando la puerta tras ellas, rumbo al despacho de Bodolf.
Lux se quedó sola en el suelo, temblando, con el corazón hecho pedazos y una certeza amarga clavándosele en la mente: Para ellos, nunca había sido una hija.
Solo un problema… o una moneda de cambio.
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