Lux de Luna - Capítulo 3
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3: Liberad al lobo 3: Liberad al lobo La noche caía sobre el Norte con la lentitud de una sentencia.
Desde lo alto de la fortaleza de la Escarcha Feroz, Conall observaba el horizonte cubierto de nieve.
El viento golpeaba las murallas con un lamento grave, casi humano, y levantaba remolinos blancos que se perdían en la oscuridad.
Aquel sonido lo había acompañado toda su vida.
Para otros era desolación.
Para él, era memoria.
El Norte no perdonaba a los débiles.
Nunca lo había hecho.
Conall apoyó las manos enguantadas sobre la piedra helada del balcón.
El frío atravesaba el cuero y mordía la piel, pero no se apartó.
El dolor físico era un ancla.
Una forma de permanecer presente cuando los recuerdos amenazaban con arrastrarlo.
Había sobrevivido cuando no debía.
Esa verdad pesaba más que la corona invisible que llevaba sobre la cabeza.
Cerró los ojos un instante y el pasado volvió sin pedir permiso.
El fuego.
La sangre oscura sobre la nieve.
El olor metálico de la muerte mezclado con humo.
Recordó a su padre cayendo de rodillas, atravesado por una lanza que no había venido del frente, sino de un costado.
Recordó el grito ahogado de su madre, el sonido seco de un cuerpo al caer al lado del cuerpo inerte de su compañero.
Recordó haber visto como mataban a sus pequeñas hermanitas…
Recordó haber huido, no por cobardía, sino porque alguien lo empujó y le ordenó vivir.
Vive, le habían dicho.
Sobrevive, aunque duela.
Y lo había hecho.
A veces, Conall se preguntaba si aquel mandato no había sido una condena.
—Mi alfa.
La voz de Raunak rompió el silencio.
No se acercó más de lo necesario.
Conocía bien los momentos en los que Conall necesitaba espacio.
El respeto entre ellos no era formal, era ganado.
—Habla —respondió sin girarse.
—Los exploradores han regresado.
No hay movimientos militares… pero hay tensión.
Las manadas del Sur están inquietas.
Conall abrió los ojos lentamente.
—Que lo estén —dijo—.
La inquietud también desgasta.
Raunak dudó un segundo.
—Hay rumores.
Eso sí hizo que Conall se girara.
—¿Qué clase de rumores?
—Dicen que Bodolf está preparando algo —continuó el beta—.
No un ataque directo.
Algo más… retorcido.
Un músculo se tensó en la mandíbula de Conall.
—No me extraña.
Ese alfa nunca ataca de frente —murmuró—.
Prefiere pudrir las cosas desde dentro.
Raunak asintió.
—Algunos creen que intentará un acercamiento diplomático.
Conall soltó una risa breve, sin humor.
—Diplomacia —repitió—.
Una palabra muy elegante para alguien que construyó su poder sobre cadáveres.
El silencio volvió a instalarse entre ellos.
El viento aulló con más fuerza, como si la propia manada respondiera al humor de su alfa.
—Si Bodolf quiere hablar —continuó Conall—, hablaremos.
Pero no bajaré la guardia, nunca.
Raunak lo observó con atención.
—Te estás preparando para algo más grande que una negociación.
Conall sostuvo su mirada.
En sus ojos oscuros no había duda, solo una certeza pesada.
—El Norte ya sangró una vez —dijo—.
No volverá a hacerlo mientras yo respire.
Raunak inclinó la cabeza en señal de lealtad antes de retirarse.
Conall volvió a quedarse solo.
O eso creyó.
En lo profundo de su pecho, algo se agitó.
No era su lobo —ese permanecía en calma, alerta—, sino una sensación distinta.
Anticipación.
Presagio.
Como si un hilo invisible comenzara a tensarse en algún punto del mundo.
No sabía por qué, pero una imagen vagando cruzó su mente.
Ojos claros.
Una presencia frágil… y demasiado vulnerable.
Una chispa donde no debería haber nada.
Conall frunció el ceño.
— Pero ¿qué significa esto?
Sacudió la cabeza, molesto consigo mismo.
No tenía tiempo para fantasías.
El Norte dependía de él.
Cada decisión que tomaba pesaba sobre cientos de vidas.
No podía permitirse distracciones de ninguna índole.
Y, sin embargo… Algo, dentro de él, estaba cambiando.
El aire mismo parecía cargado de una promesa oscura, como si el destino hubiera dado un paso, lento pero imparable.
Conall apretón los puños.
Si el mundo iba a volver a arder, él sería el incendio que lo enfrentaría.
La manada de la Escarcha Feroz dormía, pero su Alfa, no.
Conall aprendió que el descanso era un lujo peligroso.
Cuando cerraba los ojos, el pasado encontraba la forma de colarse entre las grietas de sus sueños.
Él no dormía, no podía.
Pasaba las noches recorriendo los largos y fríos pasillos de la Fortaleza.
Ese lugar que aprendió a hacerlo suyo.
Dónde vagaban los recuerdos de aquellos años de felicidad que compartió con su familia.
Había sido construido sobre un antiguo enclave de poder, un lugar donde la magia rúnica se filtraba desde la tierra misma.
Por eso, Eliseo la deseaba.
Por eso Bodolf nunca había dejado de codiciarla.
Y por eso el Norte, era peligroso.
—¿Lo estoy haciendo bien?
—murmuró al vacío.
No hubo respuesta.
Nunca la había.
Su lobo se agitó en su interior, inquieto.
No era una bestia salvaje, sino una presencia densa, contenida, esperando el momento oportuno para atacar.
Oscuridad.
Ambos compartían el mismo peso: proteger a los suyos, incluso de sí mismos.
Conall cerró los ojos y respiró hondo.
El nombre de Bodolf surgió de nuevo en su mente, acompañado de una sensación viscosa.
Aquel alfa representaba todo lo que él despreciaba: poder sin límites, dominio sin responsabilidad, crueldad disfrazada de liderazgo.
Durante años había sido una sombra al otro lado del mapa, una amenaza constante.
Ahora se movía.
—No vendrás por mí —susurró Conall—.
Vendrás por algo más débil.
Eso era lo que hacía Bodolf.
Siempre lo había hecho.
Atacar donde dolía menos… para causar más daño.
Una imagen volvió a colarse en su mente sin permiso.
Ojos claros, demasiado claros para un mundo tan oscuro.
Una figura sola, pequeña frente a algo inmenso.
Conall abrió los ojos de golpe.
El vínculo con su lobo vibró con fuerza.
— ¿Qué eres?
—preguntó en voz baja, como si aquella presencia pudiera escucharlo.
No había visto un rostro.
No había oído un nombre.
Pero la sensación persistía, extraña, incómoda.
No era deseo.
No era curiosidad.
Era… reconocimiento.
Como si algo suyo estuviera siendo llamado desde muy lejos.
Conall apretó los dientes.
Aquello lo enfureció.
No podía permitirse distracciones.
No podía permitirse debilidad.
El Norte no necesitaba un alfa que soñara con sombras y fantasmas.
Se giró justo cuando una presencia cruzó el umbral.
—No deberías estar aquí solo —dijo Leo, su gamma, con tono tranquilo—.
No a estas horas.
Conall lo observe en silencio antes de responder.
—El sueño no viene esta noche.
Leo no insistió.
Caminó hasta la mesa y apoyó el codo con familiaridad.
Era uno de los pocos que se permitía estar tan cerca sin pedir permiso.
Había sangrado junto a él.
Eso creaba un tipo distinto de jerarquía.
—Los mensajeros del Sur han pedido audiencia —informó—.
No de manera oficial.
Quieren tantear el terreno.
—Cobardes —escupió Conall—.
Mandan palabras cuando lo que desean es territorio.
Leo lo estudió con atención.
—Bodolf no mandará solo palabras.
Conall lo sabía.
—Vendrá con algo bajo la manga —continuó el gamma—.
Algo que crea que te obligará a negociar.
El silencio se tensó entre ellos.
—No negocio con monstruos —dijo Conall finalmente.
Leo suspiró.
—A veces, negociar no es rendirse.
A veces es ganar tiempo.
Conall levantó la mirada.
Sus ojos oscuros brillaban con una mezcla peligrosa de ira y determinación.
—El tiempo es lo único que no tenemos —respondió—.
Cada día que Eliseo no consigue las piedras rúnicas, su impaciencia crece.
Y los hombres impacientes cometen errores… o atrocidades.
Leo asintió lentamente.
—Entonces, ¿qué harás?
Conall guardó silencio.
Por primera vez desde que había asumido el mando, no tenía una respuesta inmediata.
Algo se estaba moviendo fuera de su control.
Y eso lo inquietaba más que cualquier ejército.
—Esperar —dijo al fin—.
Y observar.
Leo frunció el ceño.
—Eso no suena a ti.
—Estoy aprendiendo —admitió Conall—.
El Norte me enseñó que sobrevivir no siempre significa atacar primero.
El gamma suena apenas, una mueca cargada de cansancio.
—Ojalá los demás alfas hubieran aprendido eso antes.
Cuando Leo se retiró, Conall volvió a quedarse solo.
Caminó hasta una de las ventanas estrechas y miró hacia el sur.
Más allá de montañas y bosques, existía una manada donde una vida frágil resistía en silencio.
No sabía cómo lo sabía.
Solo sintió que era así.
Una vida que no debería importar.
Una vida que, sin embargo, pesaría.
—Sea lo que seas —murmuró—, mantente viva.
No era una orden.
Era un ruego.
Y en algún punto del mundo, mientras una muchacha dormía sobre piedra fría, el destino escuchó.
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