Lux de Luna - Capítulo 31
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31: Camino a la Escarcha Feroz 31: Camino a la Escarcha Feroz —Quiero matarlo con mis propias manos.
Bodolf caminaba de un lado a otro en su despacho como un lobo enjaulado.
Sus botas resonaban contra el suelo de madera, marcando el ritmo de su furia.
Cada vuelta era más corta que la anterior, como si las paredes se estuvieran cerrando sobre él.
Aria estaba sentada en una de las sillas frente al escritorio, rígida, con los dedos clavados en los apoyabrazos.
Redmond, el Beta, permanecía de pie, observando en silencio… esperando el momento adecuado para hablar.
—Bodolf —intervino por fin Redmond—.
¿Qué haremos ahora?
El alfa se detuvo en seco.
—No lo sé.
Ese muchacho me la ha jugado.
“Muchacho”.
Lo dijo como si la palabra le supiera amarga.
Como si admitir que Conall lo había superado fuera una humillación peor que perder territorio.
Aria giró el rostro hacia él lentamente.
—¿Qué has pactado con él?
—preguntó con una calma peligrosa—.
¿Qué beneficios le has pedido a cambio de nuestra hija?
Bodolf evitó su mirada.
Sus hombros, anchos y siempre orgullosos, parecieron encogerse apenas un segundo.
Suspiró.
—No le he pedido nada.
Silencio.
Un silencio tan espeso que parecía poder cortarse con un cuchillo.
Los ojos de Aria se abrieron como platos.
—¿Qué has dicho?
—Necesitábamos que Conall aceptara a Electra —gruñó Bodolf—.
No podía arriesgarme a presionarlo.
Aria se puso de pie tan rápido que la silla casi cae hacia atrás.
—¿Has dejado que se lleven a tus dos hijas… sin reclamar ningún pago?
Bodolf apretó la mandíbula.
—Las cosas no salieron como esperábamos.
—¡Eso ya lo veo!
Aria se llevó una mano al pecho, teatral… pero también sincera.
Se dejó caer de nuevo en la silla.
—Me va a dar algo… —murmuró.
Redmond reaccionó enseguida.
Tomó unas hojas del escritorio y comenzó a abanicarla con torpeza.
—Luna, ¿te encuentras bien?
—¿Crees que puedo estar bien?
—espetó ella sin mirarlo—.
¿Escuchaste lo que dijo nuestro brillante alfa?
¡Ha regalado a sus hijas como si fueran corderos en feria!
Bodolf resopló.
—No las he regalado.
—Peor —respondió Aria, afilada—.
Las has entregado gratis.
El golpe fue certero.
Bodolf se dejó caer pesadamente en su sillón.
—El rey tampoco querrá negociar conmigo ahora.
Conall ha quedado como el salvador… y yo como un idiota.
Redmond dejó de abanicar y se acercó al escritorio, apoyando las manos sobre la madera.
—No todo está perdido.
Ambos lo miraron.
—Aprovechemos que el rey se ha encaprichado de la bastarda.
Aria alzó una ceja.
—Sigue.
—Si conseguimos arrebatársela a Conall… y entregársela al Rey Eliseo… volveremos a estar en una posición ventajosa.
El despacho quedó en silencio unos segundos.
La idea empezó a tomar forma en la mente de Aria.
Sus labios se curvaron lentamente.
—Eso… podría funcionar.
Bodolf frunció el ceño.
—¿Pretendes enfrentarte a Conall otra vez?
¿Después de lo que pasó hoy?
—No directamente —replicó Aria, ahora mucho más tranquila—.
El rey tiene poder.
Si Eliseo exige algo, pocas alfas se atreverán a negarse.
Redmond asintió.
—El rey no soporta que le quiten lo que desea.
Bodolf entrecerró los ojos.
—¿Y cómo se la quitamos?
Conall ya la ha reclamado como amante.
La llevará a Escarcha Feroz bajo su protección.
Aria apoyó los codos en el escritorio y entrelazó los dedos.
—La protección no es eterna.
Y las amantes… son prescindibles.
Una sonrisa lenta, calculadora, apareció en su rostro.
—Si logramos sembrar desconfianza… si provocamos un conflicto entre ellos… o mejor aún, si hacemos que el rey crea que Conall le está desafiando… Eliseo hará el trabajo sucio por nosotros.
Redmond sonrió, impresionado.
—Provocar una disputa entre la Corona y Escarcha Feroz… —Exacto —dijo Aria—.
Y en medio del caos… Lux cambiará de manos.
Bodolf la miró con atención.
Poco a poco, la rabia fue transformándose en algo más frío.
Más estratégico.
—Siempre fuiste ambiciosa, Aria.
—Y tú siempre fuiste impulsivo —replicó ella con suavidad venenosa—.
Por eso seguimos vivos.
Porque yo pienso cuando tú ruges.
Redmond carraspeó, incómodo.
—Entonces… ¿cuál es el primer paso?
Aria se levantó despacio.
—Hablaré con Liz.
Necesitaremos algo más fuerte que un simple brebaje esta vez.
Sus ojos brillaban con una luz peligrosa.
—Si Conall cree que ganó esta partida… se va a llevar una sorpresa.
Bodolf apoyó los codos en el escritorio y sonrió por primera vez desde que había entrado.
Una sonrisa oscura.
—Muy bien.
Si quiere jugar conmigo… jugaremos.
Y esta vez, no pensaban perder.
——————– Los lobos de la manda del Norte habían llegado a caballo, imponentes, alineados como una muralla oscura frente a la casa de Sombras Plateadas.
Ahora, el aire estaba cargado de despedidas incómodas y miradas tensas.
Tocaba partir.
Will fue el primero en moverse.
Se acercó a Electra con una mezcla extraña de decisión y nerviosismo.
Ella evitaba mirar a su familia.
Todavía tenía los ojos un poco hinchados, pero la barbilla alta.
—Ven —murmuró él, ofreciéndole la mano.
La ayudó a subir al caballo con cuidado, como si temiera romperla.
—Gracias —susurró ella, acomodándose.
—No tienes que agradecerme nada —respondió Will, intentando sonar firme—.
Eres mi compañera.
Debo protegerte y ayudarte.
Electra lo miró de reojo.
—Will… —Lo sé —la interrumpió con suavidad—.
Esto no fue… precisamente una bendición de la diosa Selene.
Ella dejó escapar una pequeña risa triste.
—Ayer me trataste con cariño.
Nunca me había sentido tan…
bien.
Will se sonrojó hasta las orejas.
—Bueno… tampoco soy un monstruo.
En ese momento, Sion pasó junto a ellos y los observó con esa expresión severa que parecía permanente en su rostro.
—Espero que estés a la altura —le dijo a Will, evaluándolo como si fuera un recluta nuevo.
—¡Déjanos tranquilos!
—espetó Will.
Sion arqueó una ceja, pero no dijo nada más y fue a colocarse en uno de los flancos del caballo de Conall.
Un poco más atrás, Sabine seguía de pie, con los brazos cruzados, como si aún no se creyera que aquello estaba ocurriendo.
Miraba los caballos como si fueran criaturas míticas.
—Bueno… —murmuró para sí—.
¿Y ahora con quién me toca?
No tuvo mucho tiempo para pensarlo.
Unos brazos fuertes la rodearon por la cintura y, antes de que pudiera protestar, la levantaron del suelo.
—¡Ay!
¡Cuidado!
Leo la acomodó sobre un caballo de pelaje castaño brillante, precioso, casi demasiado elegante para su dueño.
—¿Qué haces?
—bufó ella.
Leo sonrió de lado y se subió detrás, rodeándola con las piernas.
—Te sujeto.
No sea cosa que te perdamos por el camino.
—No serás capaz, ¿verdad?
—No me pongas a prueba.
Sabine resopló, pero no se apartó.
Muy en el fondo, el contacto no le disgustaba tanto como fingía.
Y entonces estaba el caballo negro.
Imponente.
Oscuro.
Tan intimidante como su dueño.
Conall ya estaba junto a él cuando Lux se acercó con paso inseguro.
Miró al animal y luego al Alfa.
—Nunca me he subido a un caballo.
Conall la observó unos segundos.
No había burla en su expresión, solo una concentración extraña.
—Ven.
Le tomó la cintura con firmeza y la alzó con facilidad, colocándola sobre la montura.
Lux soltó un pequeño jadeo al sentirse elevada de pronto.
— Para no caerte de un caballo, la clave no es “aferrarse” con las manos, sino mantener el equilibrio mediante la postura corporal y la presión de las piernas, bajando los talones.
—dijo él.
Ella obedeció.
Conall subió detrás con una destreza casi insultante.
El caballo apenas se movió bajo su peso.
Y entonces, el espacio desapareció.
Las manos de Conall rodearon los costados de la cadera de Lux para tomar las riendas.
Su pecho, sólido y caliente, quedó pegado a la espalda de ella.
Lux se quedó rígida.
Podía sentirlo todo.
El calor.
La fuerza.
La respiración.
Y ese silencio intenso que siempre lo rodeaba.
El aroma cítrico y canela de Lux se elevó con el viento, dulce y fresco.
Conall lo inhaló sin querer… y su lobo se removió inquieto.
Más cerca.
Sin darse cuenta, acortó la distancia.
—¿Tenemos que estar tan pegados?
—preguntó Lux en voz baja, intentando que sonara casual.
Notaba su corazón latiendo en la espalda.
Conall inclinó el rostro hasta quedar a la altura de su oído.
Su voz salió grave, casi un murmullo.
—Para todos eres la amante del Alfa.
El aliento cálido rozó la piel de su cuello.
Lux se estremeció sin comprender del todo por qué.
—Entonces debes actuar como tal.
Ella tragó saliva.
—¿Y eso implica…?
—Que no parezcas asustada de estar entre mis brazos.
Lux giró apenas la cabeza, lo suficiente para mirarlo de perfil.
—No estoy asustada.
—¿Ah, no?
—Estoy… nerviosa.
Una sombra de algo parecido a una sonrisa cruzó los labios de Conall.
—Eso es diferente.
El caballo comenzó a avanzar cuando el resto de la manada hizo lo mismo.
El sonido de los cascos marcó el inicio del viaje.
Lux respiró hondo.
—Alfa… —¿Hum?
—Si me caigo, prometes no dejarme tirada, ¿verdad?
Conall apretó ligeramente su cintura, firme, protector.
—Si te caes, el suelo será lo último que toques.
Lux no supo si aquello era una amenaza o una promesa.
Y, por primera vez desde que todo había comenzado, no estaba segura de querer descubrirlo demasiado pronto.
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