Lux de Luna - Capítulo 32
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32: Nuevas jerarquías 32: Nuevas jerarquías El camino hacia la Manada de la Escarcha Feroz era largo, pedregoso y cada vez más frío a medida que avanzaban hacia el Norte.
El viento golpeaba con más fuerza, pero Lux apenas lo sentía.
Estaba demasiado consciente de otra cosa.
Del escandaloso cuerpo de Conall.
Ella sentía cada músculo de él.
Era como una piedra.
El movimiento constante del caballo hacía que su espalda rozara el pecho firme del alfa en un ritmo casi hipnótico.
Cada paso del animal los acercaba más, aunque ya no quedaba prácticamente espacio entre ellos.
Lux notaba el calor que irradiaba él.
Notaba su respiración.
Notaba su brazo fuerte alrededor de su cintura.
Y eso la ponía roja hasta las orejas.
—¿Tenemos que estar tan cerca el uno del otro?
—preguntó en voz baja, intentando sonar natural.
Gran error.
Casi al instante, sintió cómo el pecho de Conall vibraba apenas, como si contuviera una risa que jamás saldría.
Se inclinó un poco más, hasta que sus labios quedaron peligrosamente cerca de su oído.
—Para todos eres mi amante —murmuró, grave, lento.
— Necesitas hacerlo creíble.
El aliento cálido le rozó el cuello.
Lux se estremeció sin poder evitarlo.
—Entonces debes actuar como tal… no puedes estremecerte cada vez que te toco.
El corazón le dio un salto.
—Eso… no responde mi pregunta —masculló, intentando recuperar algo de dignidad.
—Será mejor que te cojas fuerte si no quieres caerte, pequeña.
Antes de que pudiera replicar, uno de los brazos de Conall se ajustó con más firmeza alrededor de su cintura, acercándola todavía más.
Con la otra mano mantenía las riendas del caballo negro azabache, que avanzaba seguro y dominante, igual que su dueño.
Lux sintió el cuerpo sólido de Conall envolviéndola por completo.
Él era alto, ancho, fuerte.
Ella… pequeña, demasiado delgada, aún con la fragilidad de quien no ha sido bien alimentada ni cuidada.
Juntos eran un contraste casi ridículo.
O impresionante.
Depende de quién mirara.
——————– Durante horas avanzaron sin detenerse.
El grupo mantenía un ritmo constante, pero Conall estaba atento a algo más que el trayecto.
Cada vez que notaba que Lux se tensaba o se movía incómoda, ajustaba ligeramente su agarre.
No dijo nada.
Simplemente lo hacía.
A mediodía, ordenó detener la marcha.
—Descansamos aquí.
Sion y los demás no cuestionaron la orden.
Los cambiaformas rara vez necesitaban pausas.
No se agotaban con facilidad, sus cuerpos sanaban rápido y la enfermedad era casi un mito entre ellos.
Pero Lux no era como ellos.
Conall desmontó primero y luego levantó a Lux con la misma facilidad con la que la había subido.
Cuando sus pies tocaron el suelo, ella vaciló apenas.
—Estoy bien —se apresuró a decir.
Él la sostuvo un segundo más de lo necesario antes de soltarla.
—No he dicho que no lo estés.
Lux frunció el ceño.
—Entonces, ¿por qué paramos?
Conall la miró.
De verdad la miró.
Sus mejillas estaban algo pálidas, y aunque intentaba mantenerse firme, sus piernas no tenían la misma seguridad que al inicio.
—Porque quiero —respondió con simpleza.
Lux cruzó los brazos.
—Eso no es una explicación.
—No necesito darte explicaciones.
Ella entrecerró los ojos.
—Eres muy mandón.
Sion, que pasaba cerca, casi se atraganta con el aire.
Leo directamente giró la cabeza para no reírse.
Conall, en cambio, la observó en silencio.
Había algo en esa pequeña mestiza que no retrocedía cuando debería.
—Ven —dijo finalmente.
La condujo hacia una roca plana donde el sol alcanzaba a calentar un poco la superficie.
Sacó de una alforja panecillos (los preferidos de ella), fruta y agua.
—Come.
—le exigió.
Lux abrió los ojos sorprendida.
—¿Es para mí?
—No suelo hacer picnics en mitad de una ruta militar.
Ella no pudo evitar sonreír.
—Entonces ¿por qué lo haces ahora?
Conall suspiró con frustración.
¿Cómo era posible que ella siempre le cuestionara todo?
— Come y no preguntes más.
Lux se sentó y comenzó a comer con más educación que la última vez, aunque el hambre seguía traicionándola.
Conall se quedó de pie un momento, observándola.
La forma en que sostenía el panecillo.
La manera en que intentaba no parecer desesperada.
La delicadeza natural que tenía incluso en la precariedad.
Su lobo se movió inquieto.
— Nuestra compañera necesita ser reclamada.
El vínculo de pareja la fortalecerá de inmediato, alfa.
Conall apretó la mandíbula.
Pero se negó a responderle a la voz en su cabeza.
Desde siempre, Conall podía comunicarse con su lobo.
Algo que, al parecer, era exclusivo de él.
Pensó en Lux y en todo lo que había comenzado a hacer por ella.
Y ahora, llevarla a su manada.
No lo hacía por Zeta.
No lo hacía por un pacto.
No lo hacía por venganza.
Lo hacía porque cada vez que Lux se alejaba unos pasos, algo dentro de él se tensaba como si fuera a perderla.
Y eso era inaceptable.
—Alfa… —murmuró Lux después de beber agua—.
Gracias.
Él arqueó una ceja.
—¿Por qué me agradeces?
—Porque podrías haber seguido sin parar.
Y no lo hiciste.
Sabes que no tengo a mi lobo y piensas en lo mejor para mí.
No estoy acostumbrada a este tipo de trato y quería que supieras que estoy muy agradecida.
Conall no respondió de inmediato.
Miró hacia el horizonte, hacia el Norte que los esperaba.
—Te dije que vendrías conmigo.
No que sufrirías por ello.
Lux lo observó en silencio.
Había dureza en él, sí.
Frialdad.
Oscuridad.
Pero también algo más.
Algo que no sabía nombrar todavía.
Y mientras el viento del Norte comenzaba a soplar más fuerte, Lux sintió que aquel viaje no solo la alejaba de su pasado… sino que la acercaba peligrosamente al corazón del hombre más temido del continente.
Y eso, de alguna forma, ya no le daba tanto miedo.
——————— El río corría claro y frío, arrastrando pequeñas hojas y reflejando el cielo gris del Norte.
Lux y Sabine estaban descalzas en la orilla, con los vestidos recogidos apenas por encima de los tobillos, dejando que el agua les entumeciera los pies.
—Está helada —susurró Lux, pero no se apartó.
—Mejor eso que el calor del sur… —respondió Sabine, lanzándole una mirada cómplice.
Por primera vez desde que habían salido del territorio de Bodolf, Lux parecía relajada.
Incluso se permitió reír cuando Sabine salpicó agua sin querer… o queriendo.
—Lux — Sabine se reía — Quiero darte las gracias.
— ¿A mí?
— Lux la miró sorprendida.
— Por interceder por mí, ante el Alfa Conall.
— contestó Sabine un poco avergonzada.
—Sabine, tú eres la única que me ha tratado bien.
—Bueno, el Alfa Conall, también te trata bien.
Y muy bien, por cierto.
— Sabine arqueó la ceja descaradamente, dejando caer lo que creía de las verdaderas intenciones del alfa.
—¡Oye!
Solo lo hace porque le doy lástima y porque…
bueno porque…
en realidad no sé por qué lo hace.
—Lux se sumergió en su propio torbellino de emociones contradictorias.
Un poco más lejos, Sion inspeccionaba el perímetro con expresión severa, como si esperara que alguien apareciera de imprevisto y le declararan la guerra en cualquier momento.
Will, concentrado, encendía fuego con habilidad para asar unas presas recién cazadas.
Y Leo, incapaz de quedarse quieto demasiado tiempo, decidió que ya era hora de molestar a su alfa, para variar.
Se acercó a Conall, que observaba el campamento con esa calma peligrosa que siempre precedía a algo.
—Alfa —empezó Leo, cruzándose de brazos—.
Sé que no sueles dar explicaciones… pero necesito algunos detalles.
—No necesitas detalles.
—¡No seas así, hombre!
¡No puedo vivir en ascuas!
Conall ni siquiera lo miró.
—¿Qué quieres saber?
Leo suspiró exageradamente.
—Hemos venido a por una hembra amante, medio esclava y ahora, resulta que nos llevamos a tres hembras.
Definitivamente, no me dan los números.
Conall entrecerró los ojos.
—Electra ha conseguido a su compañero.
—Digamos que ese asunto fue algo “inesperado” que surgió al final —replicó Leo con ironía—.
Pero ¿qué hace Lux aquí?
Silencio.
—Alfa… —insistió.
—He visto la ocasión y la he aprovechado.
Además, me debían una amante.
—Eso no me explica nada.
—Ya te he dicho que no necesitas los detalles.
Leo se llevó la mano al rostro.
—Te hubiera dejado morir en la cueva en la que te encontré.
Era su frase favorita cuando quería recordarle a Conall que, técnicamente, le debía la vida.
Conall por fin lo miró.
Lento.
Desafiante.
Levantó una ceja.
—Te he traído diversión para que me dejes en paz de una maldita vez, Leo.
Leo frunció el ceño.
—¿Qué diversión?
Conall inclinó apenas la cabeza hacia la orilla del río.
Leo siguió la dirección… y cuando entendió, abrió los ojos como platos.
—¡Oh, no!
La omega cascarrabias no… —Tendrás que llevarte bien con ella —sentenció Conall—.
Necesitamos información sobre el Alfa Bodolf.
—¡Ella me odia!
— Le habrás hecho algo.
— Solo lo que tú me has dicho, y desde entonces me acusa de pervertido.
Conall miró a Leo con sarcasmo.
— ¿No le has hecho nada, nada de nada?
— No, yo no…
—Me da igual.
Es una orden, y debes cumplirla.
Te acercarás a ella y le sacarás información sobre esa maldita manada y todos los miembros de alto rango.
Seco.
Inapelable.
Leo gruñó algo ininteligible mientras se alejaba, resignado a su destino.
——————— En la orilla, Electra, que hasta entonces había permanecido sola, decidió que ya había tenido suficiente de ver a Sabine reír con Lux como si nada hubiera cambiado.
Se acercó con la barbilla en alto.
—¡Omega!
Vé a buscarme algo para comer y beber.
¡Ya!
Sabine se tensó de inmediato.
La costumbre pesa más que la libertad.
—Sí, señorita Electra… Lux hizo una mueca.
No le gustaba.
Pero, como siempre, las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta.
Electra no tuvo tiempo de decir nada más.
Una sombra mal entonada se interpuso entre ellas y el vello de Electra se erizó de inmediato.
Era Conall.
—¿Qué crees que estás haciendo?
La voz fue baja.
Fría.
Cortante.
Electra palideció al instante.
—Alfa Conall… yo… —Has elegido ser la compañera de un guerrero personal del Alfa —continuó él, sin elevar el tono—.
Eso no te da ningún estatus.
Eres una omega más.
Will se tensó al escuchar aquello.
Sus manos se cerraron en puños.
Pero Sion, desde su posición, le hizo una señal clara: quieto.
No era el momento.
Electra bajó la mirada, roja de vergüenza.
—Además —añadió Conall—, Sabine será la criada de mi amante.
Ella tiene más estatus que tú.
Lux se quedó paralizada.
Electra levantó la vista, incrédula.
—Pero, Alfa… —No te he dado permiso para que hables.
El aire pareció congelarse.
Electra tragó saliva.
—Vas a tener que acostumbrarte a tu nueva vida, omega.
No hubo gritos.
No hubo amenazas explícitas.
Y, aun así, el mensaje fue brutal.
Conall se dio media vuelta y caminó hacia Lux y Sabine.
Su presencia imponía silencio a cada paso.
Se detuvo para hablarle directamente a Sabine.
—A partir de ahora, solo le servirás a ella.
—señaló a Lux.
—Y a los altos rangos, si se te ordena hacerlo.
Pero tu principal tarea será cuidar de todas las necesidades de Lux.
Lux sonrojó de inmediato mientras miraba silenciosamente a Electra.
—Sí, mi Alfa —respondió ella en un hilo de voz.
—Cuando lleguemos a la manada, las tres juraréis lealtad a vuestro nuevo alfa y renunciareís a la Manada de las Sombras Plateadas.
Las tres se estremecieron.
Lux sostuvo la mirada de Conall un segundo más de lo necesario.
Había dureza en él.
Autoridad.
Una rabia que parecía vivir siempre bajo su piel.
Siempre parece tan enfadado, pensó.
—Sí, mi Alfa —respondieron las tres al unísono.
Conall asintió apenas.
Y mientras el fuego comenzaba a crepitar y el olor a carne asada llenaba el aire, el equilibrio entre ellas había cambiado para siempre.
En la Manada de la Escarcha Feroz no habría hermanas privilegiadas.
Solo jerarquías.
Y Lux, sin buscarlo, acababa de subir un escalón que nadie esperaba.
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