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Lux de Luna - Capítulo 33

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  4. Capítulo 33 - 33 La curiosidad de Lux
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33: La curiosidad de Lux 33: La curiosidad de Lux Después de comer, el ambiente se volvió más ligero.

El fuego ya no rugía con hambre, sino que crepitaba suave, como si también estuviera descansando.

El río seguía su curso indiferente a los dramas de alfas, amantes improvisadas y secretos mal guardados.

Lux se había apartado un poco del grupo.

Caminaba despacio, estirando las piernas, mirando todo con la curiosidad de alguien que acababa de descubrir que el mundo era mucho más grande que la celda donde la habían dejado vivir.

No sabía si estaba feliz o aterrada.

Probablemente ambas.

Conall la observó desde la distancia un momento antes de acercarse.

Sus pasos eran firmes, seguros, pero por dentro no estaba tan tranquilo como aparentaba.

Se detuvo a su lado.

—¿Te encuentras bien?

Lux dio un pequeño respingo.

Aún no se acostumbraba a que él apareciera sin hacer ruido.

—Sí… bueno… —miró alrededor—.

Es la primera vez que viajo fuera de mi manada.

Lo dijo como si estuviera confesando un delito.

Conall se tensó apenas.

Fuera de su manada.

Fuera del control de Bodolf.

Fuera del alcance de Aria.

Y ahora… bajo el suyo.

—Será mejor que te acostumbres a viajar —dijo finalmente—.

Vendrás conmigo a todas mis misiones.

Lux se giró de golpe.

—¿A todas?

Había sorpresa en su voz.

Y algo más.

¿Emoción?

¿Miedo?

—Así es.

Un alfa lleva a su amante antes que a su Luna.

La frase cayó pesada entre ellos.

Lux frunció el ceño.

—Eso no me gusta…  Conall la miró con genuina curiosidad.

—¿Por qué no te gusta?

Ella bajó la vista un momento, como ordenando sus pensamientos.

—El lugar de la Luna debería ser a tu lado siempre.

Ella es quien te amará y respetará antes que ninguna otra persona.

La naturalidad con la que lo dijo lo desarmó más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Nunca tendré a una Luna.

La voz fue baja.

Contenida.

Dentro de él, su lobo reaccionó de inmediato.

¡Cobarde!

Ella es tu Luna…  Conall apretó la mandíbula.

No le respondió.

¡No me ignores!

Sabes que no podrás contenerte y que la terminarás reclamando como tu compañera.

Un gruñido bajo escapó de su pecho.

No soportaba que su lobo fuera tan entrometido.

Lux lo miró, confundida.

—¿Por qué dices eso, alfa?

—Porque lo sé.

No añadió nada más.

Ella se quedó en silencio unos segundos.

Luego, como si no pudiera evitarlo volvió a hablar.

—Alfa…  Conall suspiró por la nariz.

Ya la conocía.

Sabía lo que venía.

Curiosidad llena de ingenuidad.

—Dime.

—¿Qué tengo que hacer como tu amante?

El silencio que siguió fue incómodo.

No para Lux.

Ella estaba siendo sincera.

Para él.

En su mente, su lobo se estaba volviendo completamente inútil.

Demasiadas opciones.

Demasiadas imágenes.

Demasiadas ganas de reclamar lo que ya sentía suyo.

Su lobo de despachó a gusto, enviándole imágenes de todo lo que podría hacer con su ella.

Cómo la tomaría entre sus brazos y no la soltaría.

Como la llevaría una y otra vez hasta su clímax…

como…

Conall cerró esa puerta de golpe.

No iba a permitir que su bestia lo dominara frente a ella.

—No quiero que te preocupes por eso —respondió al fin—.

Tú y yo guardaremos un secreto.

Lux parpadeó.

—¿Un secreto?

Sus ojos se iluminaron con incredulidad.

—¿Cuál?

¿Qué secreto?

Conall casi sonrió.

—Eres muy curiosa.

¿Lo sabías?

Ella se sonrojó de inmediato.

—Es que… nadie había hablado conmigo.

Nadie me ha prestado atención nunca.

Y menos, me han confiado un secreto.

La confesión fue suave, pero dolió más de lo que debería.

—¿Y Sabine?

—Ella ha hecho lo imposible por pasar tiempo conmigo —dijo con una pequeña sonrisa—.

Pero la Luna Aria siempre se encargaba de tenerla ocupada.

Conall asintió lentamente.

Lo entendía demasiado bien.

El aislamiento también era una forma de tortura.

—Entiendo.

Lux lo miró con atención.

—Alfa…  —Dime.

—¿Por qué me ayudas?

Ahí estaba.

La pregunta que él sabía que llegaría.

Y para la que no tenía una respuesta sencilla.

— Tengo que hacerlo.

Fue lo único que dijo.

Lux bajó la mirada.

Dudó.

Luego lo soltó.

—¿Zeta te lo ha pedido?

El nombre cayó como una chispa en pólvora seca.

Conall se tensó de inmediato.

Sus ojos se endurecieron.

—¿Le llamas por su nombre?

Lux interpretó mal ese cambio.

Se llevó ambas manos a la boca.

—¡Lo siento!

Se me escapó… sé que no debería llamarlo así delante de otras personas.

—Yo no soy cualquier “otra persona” —la ira de Conall amenazaba con salir.

—¡Todo esto es tan nuevo para mí!

Yo…

no sé si encajaré…

tal vez…

era mejor que me dejaras en la Manada de las Sombras Plateadas.

Conall la observó en silencio.

—¿Él te ha pedido que lo llamaras así?

Ella asintió, avergonzada.

—Pero solo cuando estemos solos.

Algo se partió dentro de él.

Maldito príncipe encantador.

—Él no me ha pedido nada —respondió con frialdad—.

A él, le das igual.

De hecho, veo que quiere mantener lo que signifique eso que tenéis, en secreto.

El lobo de Conall, festejó la victoria.

—Bien ahí, alfa.

Desmoraliza esa sensación de nuestra compañera hacia el príncipe heredero.

El lobo de Conall, le susurraba al oído, mientras Conall se encendía cada vez más antes la desilusión notoria en la cara de Lux.

Lux levantó la vista.

—Oh…  El cambio en su expresión fue inmediato.

La pequeña ilusión que había en sus ojos se apagó un poco.

Conall lo notó.

Y por alguna razón, eso lo molestó más que el nombre del príncipe.

—¿Te gusta el príncipe?

—preguntó, demasiado directo.

Lux parpadeó.

—¿Gustarme?

—¿Sientes cosas por él?

Ella se sonrojó otra vez.

—Me ha besado en los labios.

Conall apretó la mandíbula.

—Eso ya me lo has dicho.

Lux tragó saliva.

—Me ha metido su lengua y …

Silencio.

Un segundo.

Dos.

Dentro de la cabeza de Conall, su lobo explotó.

— ¡Vamos a matar a ese intruso!

Un calor brutal le subió por la columna.

—No necesito tanta información… —gruñó, pero ya era tarde.

La imagen lo había alcanzado.

El príncipe inclinándose hacia ella.

Tocándola.

Probándola.

El mundo se volvió rojo.

Conall se levantó de golpe.

Tan brusco que Lux dio un paso atrás.

Sus ojos brillaban.

Literalmente.

El rojo empezó a invadir el ámbar.

Su respiración se volvió pesada.

Irregular.

—Alfa… —susurró Lux, asustada.

Pero él ya no estaba del todo allí.

El dolor, la rabia, la posesividad que llevaba tiempo conteniendo encontraron una grieta.

Y se colaron.

Su cuerpo se tensó, los huesos crujieron.

La transformación fue rápida, violenta, inevitable.

Donde segundos antes había un hombre alto y dominante, ahora había una bestia enorme de pelaje oscuro y ojos incandescentes.

El lobo soltó un rugido que hizo que las aves levantaran vuelo.

Lux se quedó helada.

Y luego, sin mirarla, la bestia salió corriendo hacia el bosque.

Leo fue el primero en reaccionar.

—Genial… —murmuró.

Se acercó a Lux, que parecía a punto de desmayarse.

—¿Qué le has dicho?

Ella lo miró con los ojos enormes llenos de lágrimas que amenazaban con deslizarse sobre sus mejillas.

—Yo… no lo sé…  Leo suspiró.

—¿Has mencionado al príncipe?

Lux asintió lentamente.

—Solo dije que me besó…  Leo se llevó la mano a la frente.

—Claro.

Solo eso.

Ella tragó saliva.

—¿Va a volver?

Leo la observó un momento.

Luego suavizó el gesto.

—No te preocupes.

Volverá.

—Parecía… muy enfadado.

—Siempre parece muy enfadado.

Eso le arrancó una pequeña sonrisa nerviosa.

Leo se sentó en una roca cercana.

—Mira, Lux… nuestro alfa no está acostumbrado a sentir ciertas cosas.

—¿Qué cosas?

—Celos, por ejemplo.

Lux abrió los ojos.

—¿Celos?

Pero si yo solo soy su amante…  Leo soltó una risa corta.

—Sí.

Claro.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que a veces los alfas son más complicados de lo que parecen.

Lux miró hacia el bosque por donde había desaparecido la bestia.

El corazón todavía le latía rápido.

No había entendido exactamente qué había hecho mal.

Solo había dicho la verdad.

Siempre decía la verdad.

Quizás ese era el problema.

—No quería enfadarlo… —murmuró.

Leo la miró con algo parecido a compasión.

—No lo has enfadado.

Lo has provocado.

—¿Es diferente?

—Mucho.

El viento sopló entre los árboles.

A lo lejos, un aullido rompió el silencio.

No era de ataque.

Era de descarga.

De furia contenida.

Lux abrazó sus propios brazos.

—¿Crees que el príncipe le cae mal?

Leo la miró de lado.

—Creo que cualquier macho que te toque le va a caer mal.

Ella volvió a sonrojarse.

—No entiendo por qué.

Leo sonrió, divertido.

—Créeme… él tampoco lo entiende del todo.

En el bosque, Conall corría como si no hubiera un final.

Cada zancada arrancaba tierra.

Cada respiración era fuego.

El olor de Lux seguía en su nariz.

Cítricos & Canela.

Y mezclado con la idea de otro hombre sobre su boca.

El lobo rugía dentro de él.

— Reclámala.

— Márcala.

— Haz que todos sepan que es tuya.

Conall se detuvo en seco, clavando las garras en la tierra.

— ¡No!

No iba a convertirla en una pieza más de su guerra.

No iba a usarla.

No iba a atarla por impulso.

Respiró hondo.

Una vez.

Otra.

El rojo comenzó a apagarse.

La furia no desapareció.

Pero se controló.

Porque si algo sabía hacer Conall… era controlar monstruos.

Incluso el suyo.

Cuando regresó al campamento, lo hizo caminando.

Humano otra vez.

Frío otra vez.

Lux lo vio llegar.

Y aunque intentó mantenerse firme, no pudo evitar dar un pequeño paso hacia atrás.

Conall lo notó.

Y algo dentro de él se quebró un poco.

Se detuvo frente a ella.

—No vuelvas a contarme detalles así —dijo, con voz baja pero firme.

Lux asintió de inmediato.

—Lo siento, alfa.

No era mi intención…

Se hizo silencio.

Conall inspeccionaba cada detalle de Lux, su comportamiento físico y, mediante el vínculo que él podía sentir…

Medía sus emociones.

—No me importa lo que haya hecho el príncipe.

—terminó por decir.

Mentía.

Pero necesitaba decirlo.

Lux lo miró, buscando algo en sus ojos.

—¿De verdad?

Conall sostuvo su mirada.

—De verdad.

Ella dudó un segundo.

Y luego sonrió, pequeña.

Sincera.

—Entonces está bien.

No vuelvo a mencionarlo.

¿Pero es por qué estás celoso?

Conall se tensó, preguntándose como ella había llegado a esa conclusión.

—No.

—contestó tajante.

—De acuerdo.

Y, como si nada hubiera pasado, ella volvió a sentarse junto al fuego.

Conall se quedó de pie un momento más.

Observándola.

Su lobo ya no rugía.

Ahora solo murmuraba.

— Es nuestra hembra, y nadie podrá quitárnosla.

Conall cerró los ojos un segundo.

— Sí.

Ella es nuestra.

Y eso, era exactamente lo que lo asustaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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