Lux de Luna - Capítulo 34
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34: La verdadera amenaza 34: La verdadera amenaza En la casa principal de la Manada Sombras Plateadas, el aire estaba más cargado que antes de una tormenta.
—¡Quiero una explicación!
—rugió Aria.
El grito rebotó contra las paredes del despacho y hasta las velas parecieron titilar con miedo.
Liz, la bruja, dio un pequeño paso atrás.
No por cobardía —bueno, un poco sí—, sino por pura supervivencia.
La Luna Aria no era alguien para tenerla como enemiga.
Esa mujer era el mal personificado.
—No entiendo, mi señora… El brebaje es muy potente.
Debería haber hecho efecto.
Nunca ha fallado antes.
Aria caminaba de un lado a otro como una loba enjaulada.
Sus uñas golpeaban la madera del escritorio cada vez que giraba.
—La única explicación que encuentro, es que él ya sintiera el vínculo con otra loba.
—reforzó Liz esa antigua teoría.
—No puedo creer que el Alfa Conall sintiera el vínculo con su verdadera compañera y no la haya reclamado.
Había rabia en su voz, pero también algo peor…
Frustración.
Liz la observó con cautela.
—¿Qué cree entonces?
Aria se detuvo en seco.
Su pensamiento se dirigió directamente hacia Will.
—El guerrero personal.
No sé como, pero él se bebió la copa de vino y no Conall.
—Pero yo misma he visto como el alfa se bebía la copa.—agregó Liz.
—Electra estaba frente a Will, el día que llegaron a la manada.
Si fueran compañeros destinados, lo hubiéramos sabido en ese mismo momento.
Liz parpadeó.
Lo pensó un segundo.
—Esa… es una opción.
Aria la fulminó con la mirada.
—No necesito opciones, Liz.
Necesito resultados.
El silencio se volvió incómodo.
—Lo que no puedo entender —continuó Aria, más baja, más venenosa— es por qué mi hija nos traicionó de esta manera.
Ella podría haber rechazado a ese mugroso e insignificante guerrero.
No hablaba de Lux.
Hablaba de Electra.
De su primogénita.
De su pieza clave en el juego que estaba perdiendo.
—Tal vez el vínculo fue real, mi señora.
A veces la Madre Luna…
—No me hables de la Madre Luna —la cortó Aria con frialdad—.
La Madre Luna no arruina los planes.
Los estúpidos sí.
Liz tragó saliva.
La ira de la Luna Aria parecía incrementarse por segundos.
Aria se acercó a la ventana.
Desde allí podía ver parte del territorio.
Lo que quedaba de su orgullo.
Todo lo que ella había pasado para llegar hasta ahí, para que en cuestión de días, todo se estuviera desmoronando.
Ella no podía permitirlo, no quería y no se rendiría tan fácilmente.
—No nos queda otro remedio que lanzar los hechizos de magia negra sobre la bastarda.
Liz abrió los ojos como platos.
Ella sabía, sabía lo malo que podría resultar eso.
Los hechizos de magia negra eran rituales orientados a causar daño, destrucción, manipulación o control sobre personas, animales o cosechas.
Liz sabía que tocaba la invocación de espíritus.
Ella debía volver a invocar a la diosa de la magia negra, Mystra.
También sabía que la intención negativa conllevaría el riesgo de la “Ley de Retorno”, que devolvería el daño multiplicado.
—Mi señora… eso sería muy peligroso.
—¿Peligroso para quién?
—reclamó Aria.
—Para todos.
Ya lo intentamos una vez.
Los hechizos nunca han funcionado con la bastarda.
Aria giró lentamente la cabeza.
—Precisamente por eso quiero seguir probando.
No descansaré hasta quitarla del medio.
Había algo obsesivo en su tono.
—Hay que conseguir que enferme —añadió—.
Que se debilite.
Que el Alfa Conall la descarte como si fuera ganado defectuoso y se la entregue al Rey Eliseo.
Liz sintió un escalofrío.
—Mi Luna… si el Alfa Conall sospecha… —Ese muchacho está demasiado ocupado jugando a ser héroe para darse cuenta de algo de semejante emvergadura.
Aria dejó escapar una sonrisa fina, pero al mismo tiempo, cruel.
—Quiero que lo prepares todo.
Lo que no hemos podido conseguir hace dieciocho años atrás, lo conseguiremos ahora.
—sentenció Aria.
—Me pondré con ello —murmuró Liz, finalmente.
Aria asintió satisfecha con su nuevo plan.
—Ya veremos quién es el último que ríe en esta guerra.
——————– Mientras tanto, en el castillo del rey, el ambiente no era mucho más amable.
—¡No puedo creer cómo ese muchacho nos está complicando tanto las cosas!
—bramó el Rey Eliseo.
El eco de su voz rebotó contra las columnas de mármol y se perdió en las alturas del salón.
Las antorchas vibraron levemente, como si hasta el fuego temiera su mal humor.
Zeta permanecía de pie frente a él, con las manos enlazadas a la espalda.
La postura perfecta.
El heredero perfecto.
El hijo obediente.
Por dentro, sin embargo, no había calma.
—Lo sé, padre.
El Alfa Conall parece… peligroso.
El rey soltó una risa seca, áspera.
—¿Peligroso?
Lo es.
Y tú vas y te metes a defender su postura delante de todos.
Zeta sostuvo su mirada sin titubear.
—Si queremos que los demás alfas sigan respaldando a la Manada Real, debemos hacer las cosas correctamente.
Eliseo lo observó largo rato.
Lo examinó como si intentara descubrir en él alguna debilidad oculta.
Luego negó con la cabeza.
—Cada vez me recuerdas más a tu madre.
Siempre queriendo hacer las cosas bien.
La mención fue como un cuchillo fino y bien afilado.
Zeta bajó la mirada apenas un segundo.
No por sumisión, sino por control.
Si alzaba la vista demasiado rápido, su padre vería el odio.
—¿Y dónde ha acabado?
—añadió el rey con una crueldad innecesaria.
El golpe fue directo al pecho.
Zeta apretó la mandíbula.
—Padre… —No, hijo.
Las cosas no se hacen así.
Cuando uno quiere algo, va a por todas.
Algo en el tono de Eliseo no hablaba de política.
Hablaba de posesión.
Zeta frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
El rey se acercó a la mesa central y apoyó ambas manos sobre ella, inclinado hacia delante como un depredador.
—Que no voy a esperar a que el Alfa Conall acceda de buena voluntad a desbloquear el acceso a las minas de piedras runas.
Zeta levantó la vista.
—¿Iras al Norte?
—Iremos —corrigió el rey—.
A visitarle.
A darle el último aviso.
Zeta sintió que algo no encajaba.
Las minas eran importantes, sí.
Pero no lo suficiente como para provocar otra guerra… no ahora.
—¿Y si no acepta la libre comercialización?
Los ojos de Eliseo brillaron con algo oscuro.
Algo personal.
—Entonces lanzaré la orden a los demás alfas y comenzará otra guerra por el territorio del Norte.
La palabra guerra quedó suspendida entre ambos.
Pesada.
Amenazante.
Zeta respiró hondo.
—Padre, creí que ese tema no era de tu incumbencia.
¿Son las minas tan importantes para la Corona?
Eliseo se enderezó.
Por un segundo, pareció debatirse entre decir la verdad o mantener su máscara.
Eligió contar solo una parte de su verdad.
—Las minas me dan igual.
La verdad es que no.
No le daba igual, pero no podía poner en evidencia su plan para hacerse con las riendas de esas minas y explotarlas.
Sobre todo, porque sabía que la reliquia que estaba añorando desde que supo de su existencia, se encontraba allí.
Por ese motivo, pensó en desviar la conversación a su otra parte de la verdad.
El corazón de Zeta comenzó a latir con fuerza.
Sabía lo que venía.
Lo sabía… y aun así dolía.
—¿Entonces qué te importa?
¿Qué es lo que te hace estar tan interesado por el Norte?
El rey sonrió.
No fue una sonrisa diplomática.
No fue política.
Fue lujuriosa.
—Me importa ella.
La bastarda de Bodolf.
El mundo parecía inclinarse ligeramente.
Zeta sintió cómo el estómago se le encogía, como si alguien le hubiera clavado una garra invisible.
Lux.
—Nadie se queda con algo que me gusta —añadió el rey, despacio, saboreando cada palabra.
Ahí estaba la verdad desnuda.
No eran solo las piedras runas.
No era simplemente el comercio.
No era la política.
Era Lux.
Zeta guardó silencio.
Porque si hablaba, su voz lo traicionaría.
Por fuera seguía siendo el príncipe heredero.
Sereno.
Estratégico.
Impecable.
Por dentro, era un torbellino.
Celos.
Rabia.
Impotencia.
Él la había besado.
Había sentido su temblor, su inocencia torpe, la forma en que sus labios respondieron sin saber qué estaban despertando.
Y aun así… no la había reclamado.
Por cálculo.
Por estrategia.
Por miedo a convertirla en objetivo.
Y ahora su propio padre la deseaba.
La imagen de Lux en la manada del Norte se coló en su mente sin permiso.
Lux sobre el caballo de Conall.
Lux respirando el aroma de otro alfa.
Lux aprendiendo a vivir bajo su protección.
¿Qué estaría haciendo Conall con ella en ese momento?
¿La estaría tocando?
¿La estaría reclamando?
La idea le quemó la sangre.
Si Conall la marcaba… todo cambiaría.
Zeta cerró los puños detrás de la espalda.
Sus uñas se clavaron en la piel.
— ¡Reclámala!
—le gritó su lobo interior—.
Es tu compañera.
Pero no podía.
Si la reclamaba, la colocaría en el centro de una guerra.
La convertiría en moneda política.
En objetivo directo de su padre.
Y Eliseo no era un hombre que aceptara un “no”.
Su padre quería a Lux.
La certeza se le clavó como una espina bajo la piel.
Y cuando el Rey Eliseo quería algo… el mundo solía arder antes de que lo consiguiera.
Zeta alzó la vista de nuevo.
Sereno.
Frío.
Pero en su interior, por primera vez, empezó a considerar algo que jamás había contemplado.
Tal vez la verdadera amenaza para el reino… no estaba en el Norte.
Tal vez dormía bajo su propio techo.
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