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Lux de Luna - Capítulo 35

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35: La Fortaleza 35: La Fortaleza Cuando por fin divisaron las murallas de la Manada de la Escarcha Feroz, el cielo ya comenzaba a teñirse de gris azulado.

El viaje había sido largo, silencioso… incómodo.

Conall no había vuelto a pronunciar una sola palabra desde que regresó en su forma humana y le pidió a Lux que no volviera a mencionar el hecho que besó a Zeta en la boca.

Ni una.

Lux lo había notado.

Claro que lo había notado.

El aire entre ellos durante el trayecto se sentía más frío que el propio viento del Norte.

Él cabalgaba rígido, distante.

Ella apenas se atrevía a moverse, consciente de cada respiración que compartían sobre el caballo.

“¿Por qué se habrá enfadado tanto?”  No lo entendía.

Solo había respondido a su pregunta.

¿Acaso mencionar el beso con Zeta era motivo para transformarse en una bestia furiosa y salir corriendo como si el mundo ardiera?

Los hombres del Norte abrieron las enormes puertas de hierro al ver llegar a su alfa.

Las murallas de piedra oscura se alzaban imponentes, con torres que parecían arañar el cielo.

No era una simple manada.

Era una fortaleza.

—Bienvenidas a la Fortaleza —anunció Leo, con ese tono mitad orgulloso, mitad burlón que siempre llevaba encima—.

Impresionante, ¿no?

Sabine asintió, boquiabierta.

Lux también.

Nunca había visto algo así.

Su antigua manada parecía una aldea comparada con aquello.

Will ayudó a Electra a bajar del caballo con una sonrisa casi ridícula en el rostro.

El vínculo lo tenía completamente eufórico.

Se le notaba en los ojos.

—Bienvenida a tu nueva manada, Electra.

Ella tragó saliva.

Miró las murallas, los guerreros, la crudeza del ambiente.

—Tengo miedo…  Will la rodeó por la cintura con firmeza, inclinándose hacia su cuello para dejar un beso justo sobre la marca.

Electra se estremeció sin poder evitarlo, dejando escapar un pequeño gemido que hizo que Will se tensara, orgulloso y algo excitado.

Sion los observó desde unos pasos más atrás, con el ceño fruncido.

—No voy a dejar que él te lastime, princesa.

Confía en mí —susurró Will.

Electra lo miró a los ojos, buscando algo sólido a lo que aferrarse.

—¿Lo dices en serio?

—Sí.

Quiero que nuestro vínculo crezca.

Quiero que me ames de verdad.

Voy a esforzarme para estar a tu altura.

Yo… siento algo muy fuerte por ti.

Electra no respondió con palabras.

Solo se inclinó y lo besó, tímida, insegura.

Will prácticamente brilló.

Sion bufó.

“Esto no le gustará al alfa”, pensó.

Y tenía razón.

Conall tenía planes muy diferentes para Electra.

Dentro de la fortaleza, los miembros de la manada se inclinaron ante Conall.

Reverencias, respeto, silencio absoluto.

Quien salió a recibirlos fue el Beta Raunak junto a su compañera, Anaisha.

—¡Bienvenidos!

—saludó ella, con una sonrisa cálida que contrastaba con el ambiente severo del lugar.

Raunak, en cambio, miró a las mujeres y arqueó una ceja.

Claramente esperaba a una sola hembra, no a tres.

Conall bajó del caballo sin mirar a nadie.

Le pidió a Sion que ayudara a Lux.

Él evitó cruzar sus ojos con los de ella.

Porque si lo hacía… no respondía de lo que podría pasar.

Había sentido el remolino de emociones cuando Lux habló de Zeta.

No solo las palabras.

Las emociones.

Confusión.

Curiosidad.

Algo que dolía reconocer.

Celos.

Y eso lo enfurecía más que cualquier traición.

—Beta.

Gamma.

A mi despacho.

Ahora.

Raunak y Leo lo siguieron sin discutir.

Anaisha se acercó a las tres mujeres.

—Hola, soy Anaisha, compañera del Beta Raunak.

Su mirada curiosa recorrió el grupo.

—Esperaba ver solo a una…  Anaisha conocía de sobra el apetito sexual de Conall, pero en ningún caso, se atrevería a traerse tres amantes de la Manada de las Sombras Plateadas.

Esto la desconcertaba…

y mucho.

Will se adelantó de inmediato.

—Electra viene conmigo.

Es mi compañera.

No vivirá en la casa principal.

Anaisha observó la marca en su clavícula y abrió los ojos.

—¡Oh!

Vaya sorpresa.

Felicidades, Will.

Ella es hermosa.

Electra bajó la mirada, incómoda pero satisfecha.

— Vamos, princesa.

Quiero mostrarte nuestra casa.

Sion soltó una pequeña risa cuando Will mencionó “nuestra casa”.

—No tenemos casa —murmuró con ironía.

—No me importa —intervino Electra con firmeza inesperada—.

Me iré con mi compañero a donde sea.

El vínculo vibró entre ellos.

Mientras tanto, Anaisha se volvió hacia Lux.

—¿Y tú?

Ese cabello rojo… ¿perteneces a las Sombras Plateadas?

Lux se irguió un poco.

Tragó saliva.

Recordó las palabras de Conall.

—Soy Lux.

Y soy la amante del Alfa Conall.

La frase salió más firme de lo que se sentía por dentro.

Anaisha parpadeó.

—Ah… interesante.

Eres muy guapa.

Seguro mantendrás contento al alfa.

Lux se puso roja como su propio cabello.

Sabine intervino rápidamente.

—Soy Sabine, criada de la señorita Lux.

Anaisha río suavemente.

—Vaya, nuestro alfa consiguió una amante con rango.

Ninguna respondió.

Era mejor callar.

Después del recorrido por la fortaleza —pasillos de piedra, tapices de guerra, olor a leña y metal—, Anaisha las condujo hasta una puerta imponente.

—Aquí está tu habitación, Lux.

Al lado de la del alfa.

Sabine sintió un escalofrío.

—Tu misión será ayudar en tareas y… estar disponible para él.

Lux sonrió, inocente.

No tenía la menor idea de lo que eso implicaba.

— Dentro tenéis de todo.

Sabine, será mejor que prepares a tu señorita para que espere apropiadamente al alfa esta noche.

— Gracias, Beta Anaisha.

—respondió Sabine.

—¡Ah, que linda!

Pero ambas podéis llamarme Anaisha.

Los rangos no son lo mío.

Anaisha las dejó a solas para que se acomodarán.

Cuando entraron, Lux quedó maravillada.

El cuarto era amplio, elegante, con telas gruesas, joyeros, vestidos, espejos.

—¿Todo esto es para mí?

Sabine sonrió.

—Parece que sí.

Lux daba pequeños saltos de emoción mientras admiraba los vestidos.

Sabine la miraba con ternura… y preocupación.

— Lux…

Sabine llevaba tiempo llamándola por su nombre, ya que Lux, había insistido en ello.

Lux la mira intrigada.

— ¿Qué ocurre?

— ¿El Alfa Conall te ha mencionado lo que quiere que hagas como su amante?

— Aun no.

Solo me ha dicho que no me preocupará y que me lo irá diciendo.

— Ya…

bueno verás…

Las amantes tienen que intimar…

— ¡Oh!

— Lux dejó escapar un chillido que asustó hasta la loba de Sabine.

— ¿Qué has visto?

— Toda las joyas y el vestuario que hay…

¡Me encanta!

— Lux da pequeños saltitos de alegría, como una niña que había recibido regalos para su cumpleaños.

Sabine sonrió y decidió callar.

No le pareció buen momento para arruinarle esta emoción a Lux, contándole sobre sus funciones como la amante del alfa.

“Espero de corazón, que el Alfa Conall no sea tan desgraciado como todos dicen que es.”  Sabine pensó para ella misma, mientras disfrutaba ver a Lux encantada con todo lo que había en aquella lujosa habitación.

——————-  Esa noche, Conall evitó la cena.

Informó lo necesario a Raunak y se encerró en su habitación.

Se dio un baño largo, intentando ahogar pensamientos que no lo dejaban respirar.

Pero Lux no se iba.

Su risa.

Su cabello.

Su maldita inocencia.

—¡Ve!

—gruñó su lobo.

—Déjame en paz…  —¡Ve y bésala!

¡Quítale el olor del principito!

Conall apretó los dientes.

—No me hostigues.

—¡Cobarde!

—¡No soy cobarde!

—Sí, lo eres.

No quieres acercarte a tu compañera porque temes ser feliz.

—sentenció su lobo.

Conall salió del baño con una toalla en la cintura.

El agua aún corría por su torso definido, marcando cada músculo.

Miró la puerta que comunicaba con la habitación contigua.

—No puedo hacerlo…  —Quieres hacerlo.

—insistió su lobo.

Su respiración se volvió pesada.

Se acercó.

Puso la mano en el pomo.

Abrió.

Lux dormía.

La luz tenue iluminaba su piel pálida, su cabello rojo extendido sobre la almohada como una llama suave.

Respiraba tranquila, ajena a la guerra que él llevaba dentro.

Se acercó despacio.

Le apartó un mechón del rostro.

Era tan frágil.

Tan distinta a todo lo que había conocido.

—Despiértala —susurró su lobo.

—No seas bruto.

Está descansando.

La observó en silencio.

Se suponía que él no sentía.

Se suponía que estaba roto.

Sin alma.

Pero ahí estaba, con el pecho oprimido y el corazón golpeando fuerte por una chica mestiza que apenas entendía el mundo en el que se había metido.

¿Qué demonios me está pasando?

Su mano rozó apenas su mejilla.

Lux suspiró en sueños… y se movió ligeramente hacia su contacto.

Ese pequeño gesto lo desarmó.

No era deseo lo que lo sacudía.

Era algo peor.

Protección.

Necesidad.

Temor de perderla.

Conall retrocedió un paso, confundido por la intensidad de lo que sentía.

—Estoy maldito… —murmuró.

Pero su lobo guardó silencio por primera vez.

Porque en el fondo, ambos sabían la verdad.

No era maldición.

Era vínculo.

Y eso… eso era lo único que realmente podía destruirlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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