Lux de Luna - Capítulo 39
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- Capítulo 39 - 39 La historia del licántropo y el alfa
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39: La historia del licántropo y el alfa 39: La historia del licántropo y el alfa —¿Y ahora qué pasará?
La pregunta de Conall no era temerosa.
Fue seca.
Directa.
Casi desafiante.
Frente a él, la cueva ya no parecía simplemente un refugio húmedo y oscuro.
Las paredes latían con una energía antigua, casi viva.
El aire olía a hierro y a magia quemada.
Y en el centro, flotando sobre un pedestal de piedra, descansaba el frasco de cristal.
Dentro, una luz plateada giraba lentamente.
Su alma.
El licántropo observó la escena con una sonrisa satisfecha.
—Ahora —dijo con voz profunda casi musical— tendrás tu fuerza y tu poder.
Podrás vengarte de todos aquellos que te han traicionado.
Podrás vengar a tu familia.
Conall presionó la mandíbula.
En su mente todavía veía sangre.
El eco de los gritos.
El olor a traición impregnada en la tierra que había jurado proteger.
— ¿Por cuánto tiempo?
—preguntó, sin apartar la vista del frasco.
El ente inclinó la cabeza, como si la pregunta le resultara divertida.
—Llegará el momento en el que aparecerá una mujer… —su voz se deslizó como humo por la cueva—.
Una mujer que te hará desear tener alma otra vez.
Y ahí, mi querido, sellarás tu propio destino.
Conall frunció el ceño.
—¿Por qué me pones sobre aviso?
El licántropo soltó una risa baja.
—Porque debo hacerlo.
Las reglas son claras.
Tengo que decirte todas las consecuencias de tus decisiones.
Solo así, además de tu envase, tu alma será definitivamente mía.
El frasco brilló con más intensidad, como si reaccionara a aquellas palabras.
Conall sintió un vacío extraño en el pecho.
Sin dolor.
Sin angustia.
Vacío.
Era inquietante… no sentir nada.
—Sin alma no encontraré a mi compañera predestinada —murmuró, más para sí que para el ente.
El licántropo soltó una carcajada abierta, sarcástica.
—Oh, la encontrarás.
El silencio se volvió pesado.
—¿Qué?
—Ella será tu talón de Aquiles.
La sonrisa del ente se ensanchó, cruel.
—Si la marcas… me cederás tu alma.
Y entonces me adueñaré de ti por completo.
El eco de aquellas palabras retumbó en la cueva.
Conall sintió, por primera vez desde que había aceptado el trato, una punzada de duda.
— ¿Qué significa “adueñarte de mí”?
El licántropo se acercó.
Su figura era alta, imponente, hecha de sombras y luz plateada al mismo tiempo.
Sus ojos brillaban con una inteligencia antigua.
—Significa que tu lobo ya no será tuyo.
Que tu cuerpo obedecerá mis impulsos.
Que tu mente…
terminará por desvanecerse.
Tú serás una voz lejana.
Un recuerdo atrapado en algún rincón.
Conall sostuvo su mirada.
—Pero mientras tanto… tendré el poder.
—Mientras tanto —repitió el ente con suavidad— serás invencible.
El joven Conall respiró hondo.
Recordó el día en que Bodolf mató a sus padres y sus guerreros se ocuparon de sus pequeñas hermanas.
Recordó la traición interna.
Recordó los nombres de quienes habían vendido información al enemigo.
Recordó su impotencia.
—No tengo nada que perder —dijo al fin.
El licántropo ladeó la cabeza.
—Eso crees.
Conall avanzó un paso.
—Acepté porque quiero justicia.
—Aceptaste por ira —corrigió el ente, con una sonrisa casi amable—.
Y la ira es el mejor combustible para un pacto como este.
El frasco vibró levemente.
Conall lo miró.
Dentro, la luz parecía agitarse, como si quisiera escapar.
—¿Siente?
—preguntó de repente.
El licántropo lo observará con curiosidad.
—Mi alma.
¿Siente lo que está pasando?
—Claro que sí —respondió con indiferencia—.
Está consciente.
Encerrada.
Observando.
Conall tragó saliva.
Una parte diminuta de él —la parte que aún no había sido silenciada por la seda de venganza— se estremeció.
—Entonces sabrá lo que hago.
—Oh, lo sabrá todo —confirmó el ente—.
Cada decisión.
Cada error.
Cada vez que estés a punto de romperte por dentro… y no puedas hacerlo.
La crueldad en su tono fue deliberada.
—Sin alma no sufrirás —añadió—.
No te sientas culpable.
No sentirás amor.
No siento compasión.
—Perfecto —replicó Conall con frialdad.
El licántropo se inclina levemente hacia él.
—Pero cuando ella aparecerá… algo en ti reaccionará.
Aunque no tengas alma.
Aunque yo esté ocupando el lugar de tu lobo.
Conall frunció el ceño.
—No la marcaré.
La risa fue inmediata.
—Eso dicen todos.
El silencio volvió a instalarse.
—¿Y si no la marco?
—preguntó Conall.
—Entonces vivirás poderoso.
Temerario.
Vacío.
—El ente encogió los hombros—.
Hasta que el tiempo termine de desgastarte y yo tome el control igualmente.
Conall apretón los puños.
—Me dijiste que podría vengarme.
—Y lo harás.
La figura del licántropo comenzó a desvanecerse, integrándose en el cuerpo de Conall.
Una energía ardiente recorrió sus venas.
Su lobo interior rugió… y luego quedó en silencio.
Un silencio antinatural.
Conall se llevó la mano al pecho.
Nada.
Ni latido acelerado.
Ni miedo.
Ni emoción.
Solo determinación fría.
—Recuerda mis palabras —susurró la voz ahora dentro de su mente—.
Ella será tu debilidad.
———————- Años después, en la Fortaleza de la Escarcha Feroz, Conall miraba a Lux dormir.
Y aquellas palabras regresaban como un eco maldito.
“Ella será tu talón de Aquiles”.
Observe el cabello rojo extendido sobre la almohada.
El contraste con las sábanas blancas.
La fragilidad aparente de su cuerpo.
No debería sentir nada.
No podía.
Y, sin embargo… Cuando alguien la miraba demasiado tiempo, su lobo gruñía.
Cuando pensaba en el príncipe heredero besándola, algo ardía en su interior.
Cuando ella sonreía… había una presión extraña en su pecho.
No era alma.
No podía serlo.
—Es química —murmuró para sí.
Conall cerró los ojos un instante.
—Es tu compañera.
—pronunció su lobo.
—No la marcaré.
—Ya veremos.
—No arriesgaré mi manada por una mujer.
—No la arriesgarás por la manada —corrigió el lobo—.
La arriesgarás por ti.
Conall apretó la mandíbula.
Recordó el frasco.
Recordó la luz plateada girando lentamente.
Recordó la advertencia.
“Si la marcas… me cederás tu alma”.
Miró la clavícula de Lux.
Imaginó sus dientes hundiéndose en su piel.
La conexión sellándose.
La esencia de ella mezclándose con la suya.
Y, al mismo tiempo, sintió el terror silencioso de perder el último vestigio de sí mismo.
Porque, aunque no tuviera alma… Sabía que había algo que aún era suyo.
Su voluntad.
—No caeré —susurró.
Conall observar cómo Lux se movía en sueños, murmurando algo incomprensible.
Se acercó apenas.
El aroma a cítricos y canela llenó sus sentidos.
Su lobo rugió.
—Marcala.
—Cállate.
—Hazla tuya.
Conall retrocedió un paso, como si la distancia pudiera protegerlo.
Ahora entendía la trampa.
No era solo un pacto por poder.
Era un pacto diseñado para esperar.
Para dejar que el tiempo hiciera su trabajo.
Para que, cuando finalmente encuentres algo que desees proteger… tuviera que elegir.
Poder.
O alma.
Venganza.
O amor.
Conall presionó los puños hasta que los nudillos se volvieron blancos.
—Estoy maldito… —murmuró.
Y en algún rincón lejano, atrapada en un frasco de cristal oculto en una cueva olvidada, una luz plateada vibró con fuerza.
Como si aún estuviera esperando el momento de regresar.
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