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Lux de Luna - Capítulo 40

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  4. Capítulo 40 - 40 El precio de la calma
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40: El precio de la calma 40: El precio de la calma Por la mañana, Conall despertó antes de que la luz terminara de colarse por las rendijas de la ventana.

No fue el canto de ningún ave ni el murmullo de la fortaleza lo que lo sacó del sueño, sino esa sensación incómoda, persistente, que llevaba días instalándose en su pecho como una astilla.

Lux dormía a su lado.

No, se corrigió de inmediato.

No a su lado.

En su cama, sí, pero con una distancia prudente, casi respetuosa.

Ella se había acurrucado como si aún temiera ocupar espacio, como si incluso dormida pidiera permiso para existir.

Conall la observó en silencio.

El cabello rojo se extendía sobre la almohada como un incendio dócil.

Su respiración era lenta, regular.

Inocente.

Demasiado inocente para el caos que arrastraba consigo sin saberlo.

—No puede ser ella mi talón de Aquiles… —murmuró para sí.

— Ese licántropo te la ha jugado, — gruñó su lobo, furioso, retumbando en su cabeza.

— Y lo sabes.

Conall apretó la mandíbula.

—Ha hecho trampa.

— Lux es la mujer de la profecía, — insistió la bestia.

— La que hará que pierdas definitivamente tu alma.

Conall cerró los ojos un instante.

No quería mirarla y sentir esa presión absurda en el pecho.

No quería admitir que algo dentro de él reaccionaba de forma… incorrecta cuando estaba cerca.

—Aún no he terminado con mis enemigos —susurró—.

No puedo permitir que ese maldito ente se apodere por completo de mi ser.

— Entonces aléjate de ella.

—No puedo.

— Entonces márcala y acabemos con esto.

—Ni se te ocurra.

—Alfa, me minas la moral.

El silencio que siguió fue tenso.

Incluso su lobo sabía que no era el momento de insistir.

Conall volvió a mirarla una última vez.

—¿Cómo puede ser la hija de mi enemigo mi condena…?

—pensó en voz baja.

Lux se movió levemente, murmuró algo inaudible y frunció el ceño, como si estuviera soñando algo inquieto.

Conall sintió el impulso casi irrefrenable de acomodarle el cabello, de asegurarse de que estaba bien.

No lo hizo.

Se levantó de la cama con cuidado, tomó una túnica oscura y se la colocó sin mirarla de nuevo.

Si se permitía un segundo más… sabía que perdería la batalla.

Salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí.

—Guerrero —ordenó en cuanto vio a uno de sus hombres—.

Envía a Sabine.

Que le sirva el desayuno a mi amante.

El guerrero asintió sin hacer preguntas.

Conall caminó por los pasillos de piedra de la fortaleza con paso firme.

La Manada de la Escarcha Feroz despertaba poco a poco.

Guerreros entrenando en el patio.

Omegas organizando tareas.

Todo seguía su curso.

Como debería.

Entró en su despacho y cerró la puerta con un golpe seco.

El olor a cuero, pergamino y acero lo recibió como siempre.

Ese lugar era su refugio.

Aquí no había profecías, ni mujeres pelirrojas, ni licántropos burlones.

Solo estrategia.

Guerra.

Control.

Extendió varios mapas sobre la mesa.

El Norte.

Las fronteras.

Las rutas de acceso.

Los puntos débiles.

—Bodolf no se quedará quieto —murmuró—.

Ni Luna Aria.

Ni el Rey Eliseo.

La puerta se abrió sin previo aviso.

—¿Qué tal tu primera noche como galán de telenovela humana?

—preguntó Leo con una sonrisa descarada.

Conall alzó la vista lentamente.

La mirada que le lanzó fue suficiente para borrar la sonrisa del gamma… casi.

—No pienso discutir las cosas de alcoba con nadie —dijo con voz baja y peligrosa—.

Eso los incluye.

Leo levantó las manos en gesto de rendición.

—Uff, siempre igual de aburrido.

Raunak, carraspeó antes de intervenir.

Su expresión era mucho más seria.

—Alfa…  —Dime, Raunak.

—Esta estrategia es muy arriesgada.

Traerte a las dos hijas de Bodolf… y además a la bastarda… —hizo una pausa—.

Es peligroso.

Bodolf no se quedará de brazos cruzados.

Conall apoyó ambas manos sobre la mesa.

—No temo a las consecuencias.

Leo frunció el ceño.

—Eso suena a que se viene algo grande.

—Llevo años preparando esta venganza —continuó Conall—.

Años esperando el momento adecuado.

Si ha llegado ahora… —alzó la mirada, desafiante— que así sea.

Raunak intercambió una mirada con Leo.

—El Rey Eliseo también se moverá —advirtió su beta—.

No es hombre de quedarse observando cuando algo le interesa.

El nombre provocó un gruñido en la garganta de Conall.

—Que venga —respondió—.

Esta vez no huiré.

No negociaré.

No cederé.

Leo se cruzó de brazos.

—¿Y Lux?

—preguntó sin rodeos—.

Porque no es solo una amante decorativa, Alfa.

Lo sabemos.

Conall se tensó apenas un segundo.

Lo justo para que ambos lo notaran.

—Lux es parte del tablero —dijo al fin—.

Y estará protegida.

—¿Por estrategia… o por algo más?

—insistió Leo, divertido.

Raunak le lanzó una mirada de advertencia.

—No cruces esa línea.

—No lo hago por cariño —replicó Conall, frío—.

Lo hago porque Bodolf cree que aún puede usarla contra mí.

Y está equivocado.

— No del todo…

y lo sabes.— murmuró su lobo, burlón.

Ignoró la voz interna.

—Preparad a los exploradores —ordenó—.

Quiero informes diarios de los movimientos de las Sombras Plateadas y del castillo del rey.

Y refuercen las patrullas nocturnas.

—¿Esperas un ataque?

—preguntó Raunak.

—Espero una traición —corrigió Conall—.

Y suelen llegar sin aviso.

———————-  Mientras tanto, en la habitación contigua, Lux despertó con una sensación extraña.

El lado de la cama estaba frío.

Abrió los ojos despacio y se incorporó, confundida.

Durante unos segundos no supo dónde estaba.

Luego recordó la fortaleza, la cama enorme, el calor de Conall rodeándola durante la noche.

—¿Conall…?

—susurró.

No hubo respuesta.

Sabine entró poco después con una bandeja de desayuno.

—Buenos días, Lux.

Arriba dormilona…

— Tengo sueño…

Sabine sonrió con un poco de sarcasmo.

— ¿Durmiendo con tu alfa en la misma cama, picarona?

— ¡Oye!

— Bueno, eres su amante.

Es normal.

Aquí te he traído tu desayuno por órdenes del Alfa Conall.

Lux abrió sus ojos cuando observó una bandeja repleta de alimentos diversos.

— ¡Ala!

¡Panecillos!

Lux se sentó de inmediato en la cama y cogió dos panecillos, uno en cada mano.

— ¡Despacio!

— exclamó Sabine.

— Esto está mortal…

Lux comía como si no lo hubiera hecho en días.

— Toma, pruébalos.

— ¡Oh!

No puedo, eso es para ti.

— Y yo quiero compartirlo contigo.

Sabine miró hacia todas partes como si esperara que alguien apareciera.

— ¿A que esperas?

Sabine asintió cogiéndole un panecillo a Lux para probarlo.

— Madre del Reino Sagrado…

esto es…

— ¡Glorioso!

— interrumpió Lux.

Ambas se miraron y se echaron unas risas cómplices.

Pero luego, Lux sonrió débilmente.

—¿Has visto al Alfa…?

—Ya se ha levantado —respondió Sabine con cuidado—.

Ha pedido que te sirva el desayuno y luego se ha encerrado en su despacho con su beta y con su gamma.

Lux asintió, pero la inquietud ya se había instalado en su pecho.

—¿He hecho algo mal?

—preguntó en voz baja.

Sabine negó de inmediato.

—No, no.

Él parece ser así.

Callado.

Intenso.

—Dudó—.

Aunque hoy parecía… más serio de lo habitual.

Lux bajó la mirada.

Recordó el beso.

La interrupción brusca.

La forma en que Conall se había apartado como si ella quemara.

—Sabine… —murmuró—.

¿Crees que me odia?

La omega dejó la bandeja y se acercó a ella.

—No —respondió con firmeza—.

Si te odiara, no estaría aquí.

Créeme.

Lux no parecía convencida.

—A veces siento que estoy en medio de algo muy grande… y que no entiendo nada.

——————–  Horas después, Conall seguía encerrado en su despacho cuando sintió algo.

No fue un sonido.

Fue un tirón.

Una presión incómoda en el pecho.

Un eco lejano.

Lux.

—Maldita sea… —gruñó.

Su lobo se removió, inquieto.

— No puedes ignorarla eternamente.

—Sí puedo.

— No deberías.

Conall cerró los ojos.

La profecía.

El pacto.

El frasco de cristal.

Todo lo había aceptado por venganza.

Por rabia.

Por poder.

Nunca pensó que el precio tendría el rostro de una muchacha que no sabía defenderse.

—No caeré —murmuró—.

No hoy.

Pero incluso mientras lo decía, una certeza incómoda comenzaba a formarse en su interior.

La guerra estaba cerca.

Y Lux… sería parte de ella, quisiera o no.

Porque cuando los dioses, los licántropos y los reyes empezaban a mover fichas…  Nadie salía ileso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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