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Lux de Luna - Capítulo 41

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  4. Capítulo 41 - 41 La corona que no pidió
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41: La corona que no pidió 41: La corona que no pidió —Lux, estoy tan feliz por ti —dijo Sabine mientras acomodaba la bandeja del desayuno sobre la mesita—.

Aunque el Alfa no sea tu pareja predestinada… parece que te toma en serio.

Lux jugueteó con el borde de la manta.

No levantó la vista de inmediato.

—Sabine…  —Dime.

—Ayer… Conall me besó.

Sabine se llevó el panecillo a la boca en el mismo instante en que Lux soltó la frase.

Mala combinación.

—¡Stuff!

¡Stuff!

Lux dio un pequeño respingo.

—¿Sabine?

¿Estás bien?

Sabine empezó a toser con fuerza, los ojos abiertos como platos, la cara tornándose peligrosamente morada.

Señaló la bandeja con desesperación hasta que consiguió coger el vaso de agua y beber a grandes tragos.

—Necesito… un momento —jadeó al fin.

Lux se inclinó hacia ella, preocupada.

—Estabas morada…  —Lo sé —respondió Sabine entre respiraciones—.

He visto la luz.

No era agradable.

Lux intentó sonreír, pero la tensión seguía ahí.

—No es que no me haya gustado —añadió con voz baja—.

Pero… la noche de mi presentación fue el Príncipe Zeta quien me besó por primera vez.

Sabine se quedó completamente inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido en ese instante.

—Sabine… ¿sigues viva?

—Estoy procesando —respondió ella muy seria, intentando asimilar la avalancha de información que acababa de recibir—.

Dame otro sorbo de agua.

Bebió.

Respiró.

En su mente, Lux parecía haber soltado una bomba de relojería.

La miró con ojos amplios, como si acabara de confesar que había invocado a un demonio en la cocina.

—¿Ambos te han besado?

—preguntó, casi incredulidad en su voz.

Lux asintió despacio, como si una tormenta estuviera a punto de desencadenarse sobre sus cabezas.

Era un gesto pequeño, pero cargado de peso, como si cada asentimiento temiera provocar el desplome del mundo tal como lo conocían.

—Vaya… —murmuró Sabine, intentando captar la magnitud del asunto—.

Vaya, vaya, vaya.

Lux se pasaba los dedos nerviosamente por el cabello, sintiendo cómo las dudas empezaban a tomar forma en su pecho.

—Zeta me dijo que soy su compañera —continuó Lux, cada vez más nerviosa, como un náufrago aferrándose a un trozo de madera en medio de una tormenta—.

Estaba a punto de marcarme cuando el Alfa Conall lo desafió a combate.

Sabine dejó el vaso con un cuidado exagerado, como si pudiera romper la tensión que se había acumulado entre ellas.

—¿Qué?

—su pregunta salió en un susurro, incrédula.

—Pero luego… cuando el Alfa Conall me reclamó como su amante —Lux frunció el ceño, recordando la extraña mezcla de emociones que había sentido—, Zeta no lo impidió.

Como si lo que pasó esa noche… no hubiera ocurrido.

El silencio que siguió fue pesado, como un coloso esperando a caer.

—Lux —dijo Sabine al fin, su voz era un hilo tenso—.

¿Te das cuenta de la gravedad de todo esto?

—No… —admitió ella, sinceramente abrumada.

Sabine se sentó frente a ella, apoyando los codos en las rodillas, como si el peso de la situación la obligara a buscar estabilidad.

—Si tu compañero predestinado es el futuro rey de este continente… tú serías la reina de todos los lobos.

—Las palabras de Sabine resonaron, como un eco distante que reverberaba en la mente de Lux.

La realidad empezó a desdibujarse en su cabeza; ser reina no era sólo un título.

Era un poder, una responsabilidad, y también un tormento.

¿Podría realmente enfrentarse a eso?

Lux abrió los ojos como platos.

—¿Reina… yo?

La palabra le resultó absurda.

Ella, que había vivido en una celda toda su vida.

Ella, que había aprendido a no levantar la voz, a no mirar a los ojos, a no ocupar espacio.

—Sabine… creo que te equivocas.

Yo no podría…

no tengo a mi loba.

—Ojalá —respondió con una mueca—.

Pero todo encaja demasiado bien como para ser casualidad.

Lux negó con la cabeza.

—Zeta es amable… pero distante.

Conall es… intimidante.

No sé qué se supone que debo sentir.

Sabine suspiró.

—No se trata solo de lo que sientes.

Se trata de lo que representas.

Lux bajó la mirada.

—Yo no quiero representar nada.

—Lo sé —dijo Sabine con suavidad—.

Y por eso me da miedo.

Lux se abrazó las rodillas.

—Zeta me mira como si fuera algo valioso.

Como si ya le perteneciera.

Y Conall… —tragó saliva—.

Conall me mira como si estuviera luchando consigo mismo.

Sabine levantó una ceja.

—Eso último es peor.

—¿Por qué?

—Porque los hombres que luchan consigo mismos suelen arrasar con todo alrededor —respondió sin rodeos.

Lux pensó en el beso.

En la forma brusca, posesiva… y en cómo se había detenido de repente, como si se hubiera asustado de sí mismo.

—No quería hacerme daño —dijo en voz baja—.

Se disculpó.

Sabine la observó con atención.

—Eso no lo hace menos peligroso.

—Pero tampoco malo —replicó Lux con un hilo de convicción.

Sabine no respondió de inmediato.

Se levantó y empezó a ordenar la bandeja, dándole tiempo a Lux para respirar.

—Escúchame bien —dijo al fin—.

El Príncipe Zeta puede ofrecerte una corona.

El Alfa Conall puede ofrecerte protección.

Pero ninguno de los dos está jugando limpio.

Lux levantó la vista.

—¿Y yo qué soy en todo esto?

Sabine la miró con una mezcla de ternura y preocupación.

—La chispa.

Lux frunció el ceño.

—Eso no me tranquiliza.

—No debería —admitió Sabine—.

Porque cuando dos poderes grandes se disputan algo… ese algo suele salir herido.

—No quiero que se enfrenten por mí —susurró Lux—.

Ya lo hicieron una vez.

—Y volverán a hacerlo —respondió Sabine—.

La diferencia es que ahora tú ya no eres invisible.

Lux se quedó en silencio.

—Sabine…  —Si Zeta es mi compañero… ¿por qué me duele pensar que Conall se aleje?

Sabine se apoyó en la pared.

—Porque el vínculo predestinado no siempre llega primero —dijo—.

A veces llega el peligro antes.

Y el peligro deja huella.

Lux cerró los ojos un instante.

—Tengo miedo.

—Yo también —admitió Sabine—.

Pero no estás sola.

Un golpe suave en la puerta interrumpió el momento.

—Señorita Lux —dijo una voz masculina desde fuera—.

El Alfa solicita su presencia más tarde.

Lux y Sabine se miraron.

—¿Ves?

—susurró Sabine—.

El tablero ya está en movimiento.

Lux respiró hondo.

—No quiero ser reina.

Sabine sonrió con tristeza.

—Nadie que valga la pena quiere serlo.

Lux se levantó despacio, con el corazón latiéndole fuerte en el pecho.

—Entonces… haré lo único que sé hacer.

—¿Y qué es eso?

Lux apretó los puños, un gesto pequeño, pero decidido.

—Sobrevivir.

Y, sin saberlo aún, acababa de tomar la primera decisión que cambiaría el destino de todos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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