Lux de Luna - Capítulo 42
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42: El aullido del lobo.
42: El aullido del lobo.
Zeta llevaba horas caminando de un lado a otro, con las manos entrelazadas a la espalda y el ceño fruncido.
El fuego de la chimenea crepitaba, pero no lograba calentarle el pecho.
Tenía la sensación de que el tiempo se le escapaba entre los dedos… y Lux con él.
Sebastián, su fiel guerrero personal, lo observaba desde una silla cercana, apoyado de manera informal, aunque sus ojos atentos delataban que nada de aquello le hacía gracia.
La habitación estaba impregnada de un aire opresivo, como si las sombras del pasado se deslizaran por las paredes encaladas y los recuerdos de viejas traiciones asediaran su mente.
—Zeta —dijo por fin Sebastián, su voz grave cortando el silencio tenso como un cuchillo afilado—, no creo que sea buena idea ir detrás de tu padre.
Zeta se detuvo en seco.
La mención de su padre resonó en su interior como un tambor lejano, golpeando una ansiedad que había decidido mantener bajo control.
¿Acaso no conocía ya la ira desmedida del rey?
La historia de su familia estaba llena de guerras fútiles y sacrificios injustificados.
—No puedo permitir que inicie una guerra —respondió con firmeza—.
No cuando Lux está en medio.
Las palabras de Zeta estaban cargadas de un fervor intenso, una determinación que otros podrían haber considerado imprudente.
Lux, con su dulzura y fortaleza, no merecía ser arrastrada a los juegos de poder.
Cada vez que imaginaba su seguridad comprometida, un abismo se abría bajo sus pies, amenazando con devorarlo todo.
Sebastián suspiró, un sonido que encapsulaba su preocupación y la desesperanza por ver a su amigo atrapado en un dilema tan tortuoso.
—Hablas de ella como si ya fuera tu Reina Luna —dijo, midiendo cada palabra como si fueran balas en una batalla silenciosa.
Zeta apretó la mandíbula.
—Lo es.
Lo supe en el instante en que la vi.
—¿Estás seguro de que es ella?
—insistió su amigo—.
No es una cambiaformas.
Eso complica mucho las cosas.
Zeta volvió a caminar, más despacio esta vez.
—Definitivamente es ella.
No hay duda.
El vínculo está ahí, aunque no pueda manifestarse como debería.
Sebastián ladeó la cabeza.
—Sabes mejor que yo que el pueblo de los lobos no es precisamente tolerante.
¿Cómo crees que aceptarán a una futura reina mestiza?
Zeta soltó una risa breve, sin humor.
—Cuando sea rey, no tendrán más remedio que aceptarla.
—Ese es el problema —replicó Sebastián—.
Cuando seas rey.
Hasta entonces, cualquiera podría usarla para impedir tu ascenso.
Incluso tu propio padre.
El nombre no necesitó ser pronunciado.
Ambos sabían a quién se refería.
Zeta se acercó a la ventana y miró hacia la oscuridad del exterior.
—Lo sé —admitió en voz baja—.
Y por eso no puedo reclamarla todavía.
Sebastián frunció el ceño.
—Eso te puede llevar años, Zeta.
¿Qué harás mientras tanto?
¿Esperar?
Zeta cerró los ojos un segundo.
—Ella está, por ahora, más segura con el Alfa Conall que conmigo.
Sebastián levantó una ceja.
—¿De verdad crees eso?
El Alfa del Norte no tiene precisamente fama de misericordioso.
—Me dio su palabra —respondió Zeta—.
Me aseguró que la matendría a salvo.
—¿Y confías en él?
Zeta giró la cabeza, mirándolo directamente.
—No.
Sebastián soltó una risa seca.
—Al menos eres honesto.
—Pero nuestra llegada a su manada es inminente —continuó Zeta—.
Aprovecharemos la ocasión.
Tú te quedarás allí, como mi mensajero real.
—¿Y eso qué cambiará?
—Me dará ojos y oídos cerca de Lux —dijo Zeta sin rodeos—.
Y a Conall no le será fácil negarse.
Si se opone… será él quien tenga que elegir entre su terquedad y la paz.
Sebastián se incorporó lentamente.
—¿Lo estás presionando con una amenaza de guerra?
Zeta no respondió de inmediato.
—Le estoy recordando las consecuencias —dijo al fin—.
Él sabe mejor que nadie lo que cuesta derramar sangre en el Norte.
Sebastián negó con la cabeza.
—Es un plan peligroso.
Conall no es un hombre al que se le doblegue con facilidad.
—Lo sé —admitió Zeta—.
Pero tampoco es un hombre al que le guste perder el control de su territorio.
Sebastián lo observó con atención.
—Hablas como un rey —dijo—.
Pero piensas como un hombre enamorado.
Zeta esbozó una sonrisa triste.
—Ese es mi mayor problema.
—¿Y Lux?
—preguntó Sebastián—.
¿Qué crees que pensará de todo esto?
Zeta sintió un nudo en el pecho.
—Espero que no me odie cuando entienda por qué no he ido a buscarla antes.
Sebastián apoyó una mano en su hombro.
—Si es realmente tu compañera… te esperará.
Zeta no respondió.
En su mente solo había una imagen: Lux, lejos, rodeada de lobos, bajo la sombra de un Alfa al que no podía controlar.
—Reza para que tengas razón —murmuró—.
Porque si algo le ocurre… no habrá corona, ni reino, ni mundo que me importe conservar.
——————— En la Manada de las Sombras Plateadas, el ambiente estaba tan cargado que casi se podía morder.
—¡Quiero ir!
—gritó Aria, paseándose como una fiera enjaulada por la sala—.
¡Tengo derecho a ver a mi hija!
Bodolf, sentado en su sillón de Alfa, levantó la vista con una mezcla de cansancio y fastidio.
—Tu hija ha elegido ser la compañera de un guerrero —dijo con frialdad—.
No tiene ningún estatus.
—¡Es el guerrero personal del Alfa!
—replicó Aria, enseñando los colmillos.
—Aria… —Bodolf suspiró—.
Sabes perfectamente que eso no es nada.
Si al menos fuera un guerrero real, con linaje… Ella gruñó, un sonido bajo y cargado de rabia.
—Bodolf, tienes que encontrar la manera de llevarnos a Liz y a mí —insistió, acercándose—.
Hemos encontrado una forma de que la bastarda enferme y el Alfa la rechace como amante.
Bodolf frunció el ceño.
—Mujer, cada vez que tienes un plan, las cosas se complican —murmuró—.
Será mejor que lo dejes en mis manos.
—Esta vez no fallaremos —dijo Aria, con una sonrisa peligrosa.
Él la miró con desconfianza.
Esa sonrisa nunca traía nada bueno.
Aun así, tras unos segundos de silencio, cedió.
—Iremos con la comitiva del Rey Eliseo —dijo finalmente—.
Tal vez ni siquiera necesitemos una excusa para que vengáis.
Los ojos de Aria brillaron.
—Perfecto.
Liz, que había permanecido en silencio hasta entonces, inclinó la cabeza con satisfacción.
Todos tenían planes.
Demasiados planes.
Muy lejos de allí, Lux no sospechaba absolutamente nada.
Era mediodía en la Manada de la Escarcha Feroz, y el sol iluminaba los patios de piedra con una calma engañosa.
Lux caminaba por los pasillos con paso tímido, sintiéndose aún como una intrusa en un lugar demasiado grande para ella.
Aún no había visto a Conall.
Eso le provocaba una mezcla incómoda de alivio y decepción.
Anaisha caminaba a su lado, con una bandeja bajo el brazo y una sonrisa serena.
—¿Cómo te sientes hasta ahora?
—preguntó con naturalidad.
Lux se sonrojó, bajando la mirada.
—Todos sois muy amables conmigo.
Anaisha la observó un segundo más de lo habitual antes de responder.
—Lux, aquí hemos sufrido mucho —dijo con suavidad—.
La mayoría hemos perdido a nuestros seres queridos.
Lux levantó la vista.
—Lo sé… —Estamos rotos —continuó Anaisha—.
Y fuera de esta casa, la gente puede no ser amable contigo… ni con tu hermana.
Lux tragó saliva.
—¿Es por lo que pasó con mi padre durante la guerra fría?
Anaisha asintió.
—Así es.
—Pero yo era pequeña… —murmuró Lux—.
No tuve la culpa de nada.
—Lo sé —respondió Anaisha con sinceridad—.
Pero eso no impide que las heridas sigan ahí.
No te lo digo para que te sientas mal.
Te lo digo para que estés preparada.
Lux respiró hondo.
—Gracias, Anaisha.
Eres muy buena conmigo.
Anaisha sonrió.
—Ven.
Quiero presentarte a alguien.
—¿A quién?
—A nuestra hada.
Lux parpadeó.
—¿Un hada?
—Sí —rio Anaisha—.
Son raras, pero existen.
Llegó durante la guerra, sin avisar, y desde entonces forma parte de nuestra manada.
Caminaron hasta una pequeña habitación apartada, más cálida que el resto.
El aire allí era distinto, como si vibrara suavemente.
Nada más cruzar el umbral, una mujer de aspecto delicado se estremeció.
—¡NO-PUEDE-SER!
Anaisha se detuvo.
—Hanna, quiero presentarte a Lux.
Ella es… Hanna se giró de golpe.
Sus ojos, grandes y brillantes, se abrieron como platos al ver a Lux.
—¡Una sanadora!
—exclamó, acercándose a toda prisa.
Anaisha frunció el ceño.
—¿Cómo dices?
Lux sonrió, incómoda, y levantó una mano.
—No… no soy sanadora —corrigió—.
Soy la amante del Alfa Conall.
La hija mestiza del Alfa Bodolf.
Hanna no pareció escucharla.
Se acercó aún más, rodeándola, observándola como si fuera una reliquia.
—De mestiza nada —murmuró—.
Eres pura.
Lux se ruborizó.
—¿Qué… qué sucede?
—preguntó, nerviosa.
Anaisha dio un paso al frente.
—Hanna, ¿qué estás sintiendo?
El hada se detuvo, su expresión cambiando de sorpresa a preocupación.
—Me temo que nada bueno, Anaisha.
Lux sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿He hecho algo mal?
Hanna negó con la cabeza.
—No, pequeña.
Tú no.
Pero llevas dentro algo que muchos desearían… y otros querrían destruir.
Anaisha apretó los labios.
—¿Estás segura?
—Completamente —afirmó Hanna—.
Su energía no es humana, ni loba.
Es antigua.
Y está despertando.
Lux tragó saliva.
—No entiendo… Hanna la miró con una mezcla de pena y determinación.
—Lo harás —dijo—.
Y cuando lo hagas, ya no habrá vuelta atrás.
El silencio cayó sobre la habitación como un presagio.
Muy lejos de allí, los engranajes del destino seguían girando.
Y Lux, aún ajena a todo, acababa de dar el primer paso hacia algo que cambiaría el equilibrio de los tres reinos.
El Reino Sagrado, El Reino de los Lobos y el Reino Humano.
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