Lux de Luna - Capítulo 43
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43: La hada madrina, Hanna 43: La hada madrina, Hanna Dieciocho años atrás… El aire del santuario estaba cargado de incienso y tensión.
Las antorchas proyectaban sombras largas contra los muros blancos, deformando los rostros de quienes allí se encontraban.
Hanna caminaba de un lado a otro, con las alas plegadas y el ceño fruncido, como si el simple acto de respirar le pesara.
—Tienes que hacerlo, Hanna —insistió Iris, con los brazos cruzados y la espalda recta—.
No hay otra salida.
Hanna se detuvo en seco y la miró, incrédula.
—¿Me estás pidiendo algo imposible o solo cruel?
—escupió—.
Porque empieza a sonar a ambas cosas.
Iris apretó los labios, pero no retrocedió.
—No podemos permitir que nuestra princesa Lilian caiga en manos del Rey Eliseo.
El nombre cayó como una maldición.
Hanna soltó una risa seca.
—Así que ya es oficial… —murmuró—.
La guerra es un hecho, entonces.
—Lo será —respondió Iris— si no actuamos ahora.
Hanna pasó una mano por su cabello, visiblemente alterada.
—Nuestro rey quiere unir el Reino Sagrado con el Reino de los Cambiaformas —dijo con desprecio—.
¿Te das cuenta de lo que eso significa?
—Significa poder —replicó Iris—.
Un poder que él desea controlar.
—¿Aliarse con esas bestias?
—Hanna chasqueó la lengua—.
Lobos mugrientos, olorosos, gobernados por el instinto… ¿te imaginas a esos salvajes con nuestro poder divino?
Hizo un sonido exagerado de arcada.
—Menuda mezcla, Iris.
Awwww.
Iris rodó los ojos, pero había tensión en su expresión.
—No te pases.
—No me paso —replicó Hanna—.
Me quedo corta.
Se produjo un breve silencio, roto solo por el crepitar del fuego.
—Nunca sabremos por qué el Rey Lucius ha accedido a entregar a la princesa Lilian —añadió Iris con amargura—.
Nadie une a su joya más preciada sin un motivo oculto.
Hanna dejó escapar un suspiro.
—Y mientras investigamos ese motivo, ¿qué hacemos?
¿La dejamos sola?
—Exactamente lo contrario —dijo Iris, acercándose—.
Hay que sacarla de aquí.
Hanna la miró con atención, percibiendo algo más detrás de sus palabras.
—¿Hay algo más que debería saber?
—preguntó, en voz baja.
Iris dudó.
Apenas un segundo.
Pero fue suficiente.
—Lilian está embarazada, Hanna.
El mundo pareció detenerse.
—¿Qué?
—susurró Hanna.
—Está embarazada.
Hanna abrió mucho los ojos, y luego, para sorpresa de Iris, sonrió.
—¡Oh!
—exclamó—.
¡Vaya con la pequeña!
—Esto no es gracioso —gruñó Iris.
—No, no lo es —admitió Hanna, sobria de inmediato—.
Pero explica muchas cosas.
Iris se acercó más, bajando la voz.
—Si el Rey Lucius se entera, matará al padre.
Y no me sorprendería que… se deshiciera del bebé.
Las alas de Hanna temblaron.
—No podemos permitir que eso suceda.
—Exacto.
Hanna cerró los ojos, respirando hondo.
Podía sentirlo ya: el peso de la decisión cayendo sobre sus hombros.
Siempre era ella.
Siempre la que tenía que hacer lo impensable.
—Tiene que escapar —dijo finalmente—.
No hay otra opción.
—Con tu ayuda —añadió Iris—.
Tú puedes ocultarla.
Protegerla.
Alterar los rastros.
—¿Sabes lo que me estás pidiendo?
—preguntó Hanna, abriendo los ojos—.
Si hago esto, estaré traicionando al rey.
A nuestro pueblo.
A todo lo que juré proteger.
—Y si no lo haces —replicó Iris con dureza—, estarás firmando la sentencia de muerte de una poderosa sanadora inocente y de un niño que aún no ha nacido.
Hanna apretó los puños.
—Maldita sea… Se giró hacia una de las ventanas del santuario, desde donde se veía el cielo nocturno, sereno, ajeno a todo.
—¿Cuál de los dos es el padre?
—preguntó sin mirarla.
Iris negó lentamente.
—Lilian no quiere decirlo.
Hanna río, amarga.
—Claro que no.
Se apoyó contra la pared, dejando que la gravedad de la situación la aplastara durante unos segundos.
—Si la ayudo a huir —dijo al fin—, tendrá que renunciar a todo.
A su nombre.
A su linaje.
A su vida tal como la conoce.
—Lo sabe —asintió Iris—.
Y aun así está dispuesta.
Hanna cerró los ojos de nuevo.
—Entonces la ayudaré.
Iris dejó escapar el aire que llevaba conteniendo.
—Gracias.
—No me agradezcas todavía —advirtió Hanna—.
Esto no será limpio ni fácil.
Tendré que mezclar magia antigua con sellos prohibidos.
Alterar destinos.
Crear algo… nuevo.
—¿Un híbrido?
—susurró Iris.
—Un milagro —corrigió Hanna—.
O una maldición.
Aún no lo sé.
Se giró, con la mirada decidida.
—Pero una cosa te prometo: mientras yo respire, nadie tocará a Lilian ni a su hijo.
Iris asintió, solemne.
—Entonces que los dioses nos perdonen.
Hanna esbozó una sonrisa ladeada.
—Los dioses no suelen perdonar —dijo—.
Pero esta vez… tendrán que entenderlo.
Y así, en aquel santuario bañado por fuego y secretos, se selló un pacto que cambiaría el destino de los tres reinos.
Aunque ninguno de ellos lo supiera aún.
——————– Lux no recordaba el golpe contra el suelo.
Solo el vacío.
Un tirón extraño, como si algo antiguo hubiera despertado de golpe dentro de ella y la hubiera apagado por completo.
La primera voz que escuchó fue lejana, distorsionada.
—¡El Alfa nos matará!
—exclamó Anaisha con pánico apenas disimulado—.
¿Qué le has hecho?
Lux intentó abrir los ojos, pero le pesaban como si estuvieran llenos de arena.
—Nada —respondió Hanna, mucho más tranquila, casi divertida—.
Ella está bien.
Despertará.
—¿Y cómo puedes estar tan segura?
—insistió Anaisha, claramente nerviosa.
—Porque sé muy bien que lo hará.
Ese tono.
Seguro.
Antiguo.
Lux sintió un escalofrío recorrerle la piel incluso antes de abrir los ojos.
Parpadeó una vez.
Luego otra.
El techo volvió a enfocarse lentamente.
Las vigas de madera.
El olor a hierbas.
Y, justo encima de ella, dos rostros.
Anaisha respiró aliviada de inmediato.
—Hola, querida.
¿Qué tal te encuentras?
Lux intentó incorporarse, pero una punzada le atravesó la cabeza.
—Me duele… —se llevó una mano a la sien—.
Me duele mucho la cabeza.
—Eso es normal —intervino, Hanna, con absoluta naturalidad—.
Muy normal.
Lux giró la cabeza hacia ella.
La observó con más atención ahora que estaba despierta.
No era como las demás.
Había algo en su presencia que imponía sin necesidad de alzar la voz.
Algo que no pertenecía del todo a ese lugar.
Además de sus curiosas orejas.
—¿Qué… qué ha pasado?
—preguntó Lux—.
Solo me cogiste la mano y… —Y te desmayaste —completó Hanna—.
Sí.
Era esperable.
—¿Esperable?
—repitió Anaisha, tensa—.
¿Esperable para quién exactamente?
Hanna no respondió de inmediato.
Se acercó un poco más a Lux, la observó como quien evalúa una herida invisible.
—Dime —preguntó—.
¿Qué edad tienes?
Lux frunció el ceño.
—He cumplido dieciocho años.
—¿Y cuántos ciclos has tenido?
Lux la miró como si acabara de hablarle en otro idioma.
—¿Ciclos?
—repitió—.
— ¿Para qué necesitas saber eso?
—preguntó Anaisha.
—Además, no es una loba propiamente dicha.
—Lo sé, pero tampoco es una humana ¿recuerdas lo que he dicho antes?
—¿Qué es un ciclo?
—preguntó Lux un poco confundida.
—Un ciclo es cada vez que tu cuerpo se prepara para traer cachorros…
bueno, en este caso…
bebés místicos.
Cuando una mujer cambiante entra en celo, se vuelve fértil y experimenta el deseo de encontrar a su compañero predestinado, en tu caso solo querrás aparearte y te dará igual con quien.
Lux se sonrojó.
—Esto suena a problemas.
—sentenció Anaisha.
—Déjame hacer mi trabajo, Anaisha —dijo Hanna sin apartar la vista de Lux—.
Y será mejor que avises a tu compañero.
Dile que reúna a todos los guerreros y escoltas que estén emparejados.
Quiero un escudo en esta puerta.
Anaisha palideció.
—¿Por qué?
—Hazme caso —respondió Hanna, ahora sí mirándola—.
Y corre.
Anaisha dudó apenas un segundo, pero algo en la voz de Hanna la convenció.
Asintió y salió casi corriendo de la habitación.
Lux intentó incorporarse de nuevo, esta vez más despacio.
—¿Un escudo?
—preguntó—.
¿De qué?
Hanna se sentó a su lado.
—Ahora respóndeme tú —dijo con suavidad—.
¿Cuántos ciclos has tenido?
—No lo sé —admitió Lux—.
Creo que ninguno.
Además… no soy cambiante.
—Lo sé —respondió Hanna sin dudar—.
Y tampoco eres mestiza.
Lux abrió los ojos de par en par.
—¿Qué?
—Respira —le indicó Hanna—.
Y dime, ¿has notado algún cambio últimamente?
Lux dudó.
—Bueno… —empezó, incómoda—.
Como mucho más que antes.
Varias veces al día.
Y… —se sonrojó— mis pechos se han vuelto grandes.
Hanna asintió, muy seria.
—Entiendo.
—Y tengo calor —añadió Lux—.
Antes siempre tenía frío.
Pero ahora… —sonrió sin darse cuenta—.
Es porque el Alfa Conall me abraza.
Eso me da gustito.
Hanna arqueó una ceja.
—Vaya.
Lo cuentas todo sin filtros.
Lux bajó la mirada, avergonzada.
—Lo siento… —No —sonrió Hanna—.
Me gusta.
La verdad suele ser más útil cuando no se adorna.
Lux tragó saliva.
—¿Qué me pasa?
Hanna apoyó los codos sobre las rodillas y entrelazó los dedos.
—Estás experimentando un ciclo de celo.
Lux se quedó en blanco.
—¿Un… qué?
—Y en tu caso —continuó Hanna— no es uno cualquiera.
Es el despertar de tus poderes.
Lux negó lentamente con la cabeza.
—Eso no puede ser.
Yo no tengo poderes.
No soy cambiaformas.
No soy nada.
Hanna la miró con una intensidad que la hizo estremecerse.
—Eres muchas cosas, Lux.
Solo que nadie te lo ha explicado todavía.
—¿Poderes?
—susurró—.
¿Como… magia?
—Más antiguo que eso —respondió Hanna—.
Pero ya hablaremos más adelante.
Lux se tensó.
—¿Más adelante?
—Ahora mismo tengo que ayudarte —dijo Hanna—.
Si no lo hago, vas a crear un problema muy serio en esta fortaleza.
Lux tragó saliva.
—¿Qué tipo de problema?
Hanna no respondió enseguida.
Se levantó y se acercó a la puerta.
Apoyó la palma contra la madera, como si sintiera algo al otro lado.
—El tipo de problema —dijo al fin— en el que todos los lobos que no tengan a su compañera perderán el control.
Lux sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Por qué?
Hanna la miró por encima del hombro.
—Porque todos querrán aparearse contigo.
El silencio cayó como una losa.
—¿Qué?
—susurró Lux, aterrada—.
No… eso no… —Tranquila —interrumpió Hanna—.
Por eso he pedido el escudo.
Y por eso estoy aquí.
Lux apretó las manos contra la manta.
—No quiero que nadie me toque —dijo con un hilo de voz—.
Yo… yo solo… Hanna volvió a sentarse a su lado y, esta vez, le tomó la mano con cuidado.
No hubo descarga.
No hubo desmayo.
—Nadie lo hará —afirmó—.
No mientras yo esté aquí.
Y no mientras el Alfa del Norte siga respirando.
Lux levantó la vista, aferrándose a esa certeza como a un salvavidas.
—¿Esto… esto tiene que ver con mis poderes?
—preguntó—.
Hanna no sonrió.
—Tiene que ver con todo —respondió—.
Y por primera vez en tu vida, Lux… alguien va a decirte la verdad.
—Estoy destinada a ser tu maestra, tu cuidadora.
Debo enseñarte a controlar tus poderes, Lux.
Fuera de la habitación, el sonido de pasos apresurados y órdenes bajas comenzaba a llenar el pasillo.
La calma había terminado.
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