Lux de Luna - Capítulo 44
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Capítulo 44: El primer celo de la sanadora (Primera parte)
Lux se removió entre las sábanas por tercera vez en menos de un minuto.
No estaba enferma. No le dolía nada en concreto. Era peor que eso. Era una inquietud que le recorría el cuerpo por dentro, como un cosquilleo constante, incómodo, que no la dejaba estarse quieta. Calor. Demasiado calor. Y una sensación extraña en el pecho, en el vientre… como si algo tirara de ella hacia un lugar que no sabía nombrar.
Hanna, que seguía de pie junto a la cama, lo notó de inmediato.
—Tranquila —dijo con voz suave—. Por ahora descansa. Te mantendré segura aquí hasta que pases tu primer celo, de forma segura.
Lux abrió los ojos de golpe.
—¿Mi… primer celo?
Hanna asintió despacio, sin dramatismo.
—Así es, cariño. Pero no quiero que te asustes. Era hora de encontrarnos —añadió con una pequeña sonrisa—. Y seré tu cuidadora, tu guía en todo.
Lux tragó saliva. No entendía del todo lo que estaba ocurriendo, pero la calma de Hanna le daba algo a lo que aferrarse.
—Gracias… Hanna.
El hada inclinó la cabeza, satisfecha, y se dirigió hacia la puerta.
—Descansa. Lo difícil no es sentir… es sobrevivir a lo que los demás sienten por ti.
Cerró la puerta con cuidado.
Y en cuanto lo hizo, el ambiente cambió.
———————
Conall estaba revisando mapas en su despacho cuando sintió el golpe.
No fue físico. Fue un tirón seco en el pecho, brutal, primitivo. Su lobo se incorporó dentro de él como si hubiera estado dormido durante siglos.
— Es nuestra compañera. Nos necesita —, exclamó su lobo.
El Alfa apretó la mandíbula.
—¡No! —gruñó para sí mismo.
La puerta se abrió sin llamar.
Hanna entró con paso firme, sin miedo. Eso ya le dijo a Conall que lo que venía no le iba a gustar.
—Tenemos que hablar —anunció.
Conall dejó los mapas a un lado.
—Nunca te anuncias, hada.
—Porque soy un hada y no te debo sumisión, lo hago. Y porque esto es importante y no puede esperar.
—Si es sobre Lux, ya sé que…
—Lux está en celo. —interrumpió Hanna.
Las palabras cayeron como una sentencia.
El aire pareció espesarse. El pulso de Conall se aceleró de inmediato y su lobo rugió con una fuerza que casi lo dobló por dentro.
—¿Qué…? —Conall se levantó de golpe—. Eso es imposible. Ella no es…
—No es una cambiaformas —lo interrumpió Hanna—. Pero tampoco es lo que tú crees. Y ahora mismo eso es lo de menos.
Conall caminó de un lado a otro del despacho, tenso, las manos cerradas en puños.
—¿Qué implica exactamente? —preguntó con voz dura.
Hanna lo miró fijamente.
—Atracción. Deseo. Un aroma que los lobos solteros no podrán ignorar. Si no se toman medidas, perderán el control y todos pelearán por aparearse con ella.
— Encerrarla. Escóndela. Protégela. Mátalos si hace falta. Nadie tocará lo que es nuestro.
El lobo no susurraba. Exigía.
—Nadie va a tocarla —dijo Conall con los dientes apretados—. ¡Nadie!
—Por eso Raunak ya está actuando —respondió Hanna—. Anaisha le avisó. Está convocando a todos los guerreros emparejados para formar un escudo alrededor de su habitación.
Como debe ser.
Pero para Conall no era suficiente.
—Quiero guerreros dobles —ordenó Conall—. Y que nadie se acerque sin mi permiso.
— Reclámala. Márcala. Hazla tuya.
El rugido interno lo hizo detenerse en seco.
—No —susurró, casi con rabia—. No ahora.
Hanna arqueó una ceja. Parecía que entendiera su guerra interna.
—Te estás mintiendo, Alfa. Se nota tu particular interés en ella.
Conall la miró con furia contenida.
—Soy un Alfa —escupió—. No un animal sin control. No caeré en la tentación.
El lobo se río dentro de él.
— ¿Tentación? Esto es destino. Haz cachorros. Reclama lo que es tuyo.
Conall cerró los ojos un instante, respirando hondo.
—No la tocaré —se repitió—. La protegeré. Eso es todo.
—Tu autocontrol será puesto a prueba —advirtió Hanna—. El celo no solo afecta a quienes lo sienten… también a quienes están unidos a ella.
Conall abrió los ojos lentamente.
—¿Unidos cómo?
Hanna no respondió de inmediato.
—Eso aún no te corresponde saberlo.
———————-
En los pasillos de la fortaleza, Raunak no perdía el tiempo.
—Quiero a todos los guerreros emparejados aquí —ordenó—. Nadie sin vínculo se acerca a esta ala.
—¿Qué está pasando? —preguntó uno de ellos en voz baja.
Raunak los miró con severidad.
—Protección máxima. Y silencio absoluto.
Sabía que el rumor se extendería igual. El olor ya estaba cambiando el aire.
De vuelta en el despacho, Conall apoyó las manos sobre la mesa, respirando con dificultad.
“¿Por qué ella?”
“¿Por qué ahora?”
“Si la encierro… estará a salvo.”
“Si la reclamo… será mía para siempre. Pero también perderé mi alma…”
El pensamiento le quemó por dentro.
—No voy a perderme —murmuró—. No puedo… aun no me he vengado.
El lobo respondió con una certeza brutal.
— Entonces la perderás a ella y el príncipe la reclamará.
Conall levantó la cabeza, tenso, sabiendo que esta batalla —la más peligrosa— acababa de comenzar.
———————
La mañana llegó envuelta en un silencio raro, espeso, como si la fortaleza entera estuviera conteniendo la respiración.
Lux llevaba horas despierta cuando Sabine entró con la bandeja del desayuno.
—Buenos días… —saludó con una sonrisa forzada.
Lux estaba sentada en la cama, abrazándose las rodillas, el pelo rojo revuelto y los ojos demasiado brillantes.
Llevaba puesto un fino camisón de seda.
—¿Dónde está Conall? —preguntó sin rodeos—. ¿Por qué no ha venido a verme?
Sabine se detuvo un segundo antes de dejar la bandeja sobre la mesa.
—Está trabajando —respondió, algo nerviosa—. Ya sabes cómo es.
—No voy a comer nada hasta que venga a verme.
Sabine cerró los ojos un instante.
—Lux, no seas terca.
—¡Soy tu señorita!—replicó Lux, cruzándose de brazos—, y exijo ver al Alfa.
Eso sí que era nuevo.
Sabine la miró con auténtica sorpresa.
—Tú no eres caprichosa… ¿se puede saber qué te ocurre?
Lux desvió la mirada, molesta consigo misma y con el mundo.
—Quiero al Alfa Conall conmigo.
Sabine suspiró, derrotada, y salió un momento. Habló rápido con Will en el pasillo, volvió a entrar y señaló la bandeja.
—Ya irán a buscarlo. Ahora desayuna.
—No quiero.
Sabine decidió cambiar de estrategia.
—He conocido al hada Hanna —comentó mientras acomodaba una silla—. Parece maja.
—Sí… es muy amable —respondió Lux sin ganas—. Me ha dicho que he despertado algo antiguo y que ahora estoy en celo.
—Sí, algo he escuchado…
—Quiero salir a pasear.
Sabine negó con la cabeza de inmediato.
—No es buena idea.
—No me gusta estar encerrada —insistió Lux—. Me trae malos recuerdos.
La voz se le quebró apenas.
—Serán solo unos días —dijo Sabine con suavidad—. Luego todo volverá a la normalidad. Come, por favor.
—No quiero —repitió Lux—. Solo quiero ver a Conall.
Se sentó en la cama, avergonzada de repente, y bajó la voz.
—Estoy sintiendo como… como que me palpita esa cosa de ahí abajo.
Se señaló torpemente sus partes nobles, sin pudor, más confundida que provocadora.
Sabine se quedó rígida.
—Eh… bueno. Sí. Eso… eso es bastante normal cuando se está en celo.
Ambas guardaron silencio.
Entonces la puerta se abrió.
—Alfa… —exclamó Sabine, aliviada.
Lux levantó la cabeza y su rostro se iluminó como si hubiera salido el sol solo para ella.
—¡Alfa!
Conall estaba allí, serio, impecable, con ojeras marcadas y una tensión que se le notaba hasta en la postura.
—Puedes irte —ordenó sin mirarla.
Sabine no discutió. Salió casi corriendo.
Lux se levantó de un salto y fue directa hacia él, rodeándolo con los brazos antes de pensar siquiera si debía hacerlo.
—¡Has venido a verme!
Conall no se movió. No la abrazó. No la apartó.
—Tienes que comer —dijo con voz grave.
—Luego —respondió ella, apoyando la mejilla en su pecho—. ¿Podemos salir a pasear?
—No.
Lux levantó la cabeza, ofendida.
—¿Por qué?
—No es seguro.
Ella dio un paso más, buscando contacto. Él se mantuvo rígido, como una estatua a punto de resquebrajarse.
—Ayer no viniste a dormir conmigo.
—Estaba ocupado.
—¿Estás enfadado porque estoy en celo?
Conall tragó saliva. Estaba sudando. Literalmente luchando consigo mismo.
—No.
—Algo te ocurre —insistió Lux—. Tú nunca eres tan serio conmigo.
—Estoy intentando mantener mis impulsos al margen para protegerte.
—Me dejaste muchas horas sola… —murmuró—. Te extrañé.
Y entonces, sin entender del todo por qué, empezó a tocarle el pecho. Primero con timidez, luego con curiosidad. Por encima de la ropa. Siguiendo la dureza de sus músculos.
—Eres fuerte —dijo en voz baja—. Me gustas.
Conall cerró los ojos un segundo.
—No deberías tocarme, Lux —dijo con esfuerzo—. Haces que esta situación sea más difícil de sobrellevar.
Ella no se apartó.
—Me gusta cómo me siento cuando estoy cerca tuyo —confesó—. Mi cuerpo se calienta.
El lobo dentro de Conall rugió con furia y deseo.
— Nuestra. Reclámala. Ahora.
Conall apretó los puños.
—Lux… —advirtió.
—Quiero que te quedes —susurró ella—. No me dejes sola.
Eso fue demasiado.
El Alfa inhaló con fuerza, luchando por no perder el control.
—¿De verdad que no la hueles? Ella está excitada y su olor… —intensificaba su lobo y Conall no podía concentrarse.
“Dame un respiro, lobo”
—Esto ya es tortura… —gruñó entre dientes.
Su lobo se lanzó contra las paredes de su mente, desatado.
Y Conall supo, con una claridad aterradora, que estaba a un solo paso de cruzar una línea que jamás podría borrar.
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