Lux de Luna - Capítulo 45
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Capítulo 45: El primer celo de la sanadora (Segunda parte)
Conall ladeó la cabeza apenas, mirándola desde arriba con esa expresión suya que siempre parecía hecha de hielo… pero que ahora tenía grietas.
—¿Ya no extrañas a tu príncipe? —preguntó, con un tono demasiado neutro para ser honesto. Había filo ahí. Y celos. Muchos.
Lux lo miró un segundo en silencio… y luego escuchó. No una sonrisa tímida. No. Una pequeña, traviesa, cargada de intención.
—Eso son celos… ¿o me lo parecen? —replicó, inclinando la cabeza como si estuviera jugando.
El lobo de Conall bufó dentro de su cabeza, impaciente.
—Sabes que tu compañera huele exquisita y está en celo? —refunfuñó la bestia—. Todo tu cuerpo te está llamando.
—Lo sé… —respondió Conall mentalmente, tenso.
—Ella aún no lo sabe, pero te desea, Alfa. Te estás buscando.
—No la tocaré.
El lobo soltó una carcajada oscura.
—Me minas la moral, Alfa…
Lux dio un paso más cerca, sin darse cuenta —o finciendo no darse cuenta— de que cada centímetro que acortaba era una provocación directa.
—Conall…
—Dime —respondió él, sin apartar la mirada.
—Me gusta estar aquí contigo —dijo ella con sencillez—. Tú me cuidas. Yo protegidos. Me abrazas por la noche para que sienta tu calor.
Aquellas palabras, tan limpias, tan sinceras, fueron peores que cualquier provocación consciente.
Lux se inclinó un poco más y, con una naturalidad que lo dejó sin aliento, le dio un beso suave en la mejilla. Apenas un roce. Inocente. Devastador.
El lobo rugió.
—¡Nunca nos hemos acostado con una virgen! Marquela. Híncale el colmillo. Hazla tuya.
Conall presionó la mandíbula. Cada músculo de su cuerpo estaba en guerra. No hay estafa Lux. Consigo mismo.
—¿Lo dices en serio? —preguntó, con la voz más grave de lo normal.
—Sí —respondió ella sin dudar—. Eres bueno conmigo. Me has ayudado cuando nadie más lo hizo.
Conall respiró hondo.
—Me alegra saber que te sientes a gusto aquí.
Luxió frunció el ceño, curiosa.
— ¿Qué ocurre ahí fuera? ¿Por qué no puedo salir?
Conall apoyó una mano en la pared, a su lado, como si necesitara algo firme para no perder el equilibrio.
—Porque tu celo es más fuerte que el de cualquier otra loba —explicó—. Los que no están emparejados no logran controlarse.
Ella lo miró, directa.
—Tú tampoco estás emparejado… y aquí estás.
—Soy el Alfa —respondió él—. Y aun así… —tragó saliva— tendré dificultades para controlarme cuando llegues a tu pico.
Lux bajó la mirada… y luego levantó el rostro con una expresión vulnerable que le partió el pecho.
— ¿Eso significa que me dejarás sola?
Hizo un pequeño puchero. Nada exagerado. Nada fingido.
El corazón de Conall dio un golpe brutal.
—Por ahora… sí —admitió—. Hasta que sepamos cómo tratar tu celo. Es lo más seguro.
—Solo me siento segura cuando me tienes en tus brazos, mi Alfa… —susurró.
El lobo casi perdió la razón.
—¡Despabila! Te lo estás pidiendo ella.
Conall cerró los ojos un instante, luchando por mantener la compostura.
—En la puerta estará Will —dijo, forzándose a ser práctico—. Estás emparejado con tu hermana. Tratarás solo con mujeres de la manada. Y si hace falta, será Raunak quien venga a verte.
Lux dio un paso más. Tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo.
—Yo solo te quiero a ti.
Y volvió a besarle la mejilla.
Conall se quedó inmóvil. No porque no quisiera responder… sino porque sabía que, si lo hacía, no habría vuelta atrás.
—Por instinto buscando estás la protección de un Alfa, Lux —dijo al fin, con un hilo de voz—. Lo que sientes ahora es el celo hablando.
Ella negoció lentamente con la cabeza.
—No me rechaces…
El lobo aulló.
—¡No la rechaces!
—No voy a aprovecharme de ti —respondió Conall, con dureza—. Más adelante te arrepentirías.
—Ella no se arrepentirá si la haces sentir segura y la dejas satisfecha… —insistió la bestia.
Lux bajó los hombros, abatida. Sus ojos brillaron, no de deseo ahora, sino de tristeza.
Conall lo vio. Y aquello fue peor que cualquier gemido.
Se acercó y tomó su mano. Solo eso. Nada más.
Pero cuando sus dedos se entrelazaron, algo poderoso recorrió a ambos. Una conexión intensa, profunda, imposible de ignorar.
Se miraron sin hablar.
El pulgar de Conall acarició el dorso de la mano de Lux, lento, casi inconsciente.
Ella se sonrojó.
Respiró hondo.
—Te necesito…
No fue una orden. No fue una súplica exagerada.
Fue una verdad desnuda.
Conall cerró los ojos, sabiendo que estaba caminando por el filo de su propia condena… y que, aun así, jamás había querido algo tanto como protegerla de todo. Incluso de sí mismo.
Lux inclinó levemente su barbilla hacia arriba para mirarle a los ojos y Conall se inclinó para susurrarle algo al oído.
— ¿Necesitas un Alfa, Lux?
Lux avanzando jadeando, mientras él arrastró sus manos enlazadas hasta el muslo de Lux por debajo de su camisón, presionando suavemente en la parte superior de su pelvis.
Ella se contorneó y Conall aprovechó para morder el lóbulo de su oreja.
— Puedo oler tu celo y eso me está matando, pequeña.
— Conall… — susurró Lux como si fuera una plegaria mientras Conall se arrimó a su cuello para comenzar a lamerlo.
—¡Ah! —un suave gemido salió de la boca de Lux.
Conall lamió su cuello como si fuera un manjar, alternando pequeños mordiscos y succionando de manera fuerte.
—¡Más fuerte! —exigió Lux.
Conall la cogió entre sus brazos y continuó mordiéndola fuerte.
— Eres mi perdición, Lux… Por ti estoy dispuesto a entregar mi vida.
—¡Tócame, Conall! —suplicó Lux. —Por favor…
La fuerte mano de Conall descendió hasta sumergirse entre las piernas de ella con una precisión increíble.
Lux sintió los horribles dedos de Conall deslizándose mientras separaba sus labios vaginales cuando…
—¡Alfa Conall!
Raunak entró gritando. Conall dejo escapar un fuerte gruñido mientras metía sus dedos dentro de Lux y ella intentaba desesperadamente mantenerse allí, sacudiéndose contra su mano.
— ¡Sí! ¡Si! —imploraba Lux. —No permitas que nadie nos separe, mi Alfa.
Raunak volvió a gritar y eso, hizo reaccionar a Conall.
Cuando regresó en sí y se da cuenta de lo que estaba haciendo, maldijo con todo su ser.
—¡Maldición!
Conall salió de la habitación como si el aire le quemara los pulmones. Cerró la puerta tras de sí con más fuerza de la necesaria, no por rabia hacia Lux, sino por puro instinto de supervivencia. Si se quedaba un minuto más, iba a romper promesas, maldiciones… y probablemente el mundo.
Dentro, el ambiente quedó cargado, espeso, vibrante.
—Ve a ayudar al Alfa, amor —dijo Anaisha en voz baja, sin apartar la mirada de Lux—. Yo me encargo de ella.
Raunak no discutió. Asintió con una mezcla de preocupación y urgencia y salió casi corriendo.
Lux, en cambio, no parecía registrar nada de eso.
Se paseaba por la habitación como un animal enjaulado, descalza, con el camisón pegado a la piel por el sudor. Sus mejillas estaban encendidas, los ojos brillantes, la respiración irregular.
—Tómate esto —ordenó Hanna, acercándose con una copa humeante entre las manos.
—¡No quiero! —protestó Lux, apartando la cara—. ¡Quiero a mi Alfa!
Sabine tragó saliva. Jamás la había visto así. Aquella Lux dulce, curiosa y algo despistada había desaparecido. En su lugar había una loba que ni siquiera sabía que lo era… y eso la hacía aún más peligrosa.
—Lo sé, pequeña —murmuró Hanna con paciencia forzada—. Pero esto te ayudará.
Antes de que Lux pudiera reaccionar, Hanna apoyó la copa en sus labios y la obligó a beber.
—¡Puaj! —Lux tosió y escupió parte del líquido—. ¡Qué asco!
—No exageres —bufó Anaisha—. He probado cosas peores.
—Esto es peor de lo que esperaba —murmuró Hanna, frunciendo el ceño—. Sus poderes han estado reprimidos toda su vida. Ahora están saliendo de golpe… como una olla a presión sin válvula.
Lux se llevó las manos al pecho, respirando con dificultad.
—¡Lo necesito! —gritó—. ¡Necesito al Alfa Conall!
El nombre resonó en la habitación como un conjuro prohibido.
—No —respondió Hanna con firmeza—. No lo necesitas. Lo que sientes no es amor ahora mismo, es el celo hablando.
—¡Sí lo necesito! —replicó Lux, con los ojos vidriosos—. Él me calma. Cuando está conmigo… todo deja de doler.
Sabine sintió un nudo en el estómago.
—Nunca la había visto así —susurró, más para sí misma que para las otras.
—Está en trance —confirmó Hanna—. Su cuerpo está buscando un ancla. Un Alfa. Y ha elegido al más peligroso de todos.
Lux se giró hacia la puerta como si pudiera atravesarla con la mirada.
—¡Déjenme salir! —gritó—. ¡Conall!
Anaisha se interpuso con rapidez, bloqueando el paso.
—Tranquila, Lux —dijo con voz dulce, pero firme—. Escucha a Hanna. Esto pasará.
—¡No quiero que pase! —sollozó Lux, golpeando la pared con el puño—. ¡Quiero a Conall ahora!
El silencio que siguió fue tenso, casi cruel.
Hanna apoyó una mano en el hombro de Lux, concentrándose.
—Respira —le ordenó—. Si no te calmas, tu cuerpo va a pedir más de lo que nadie puede darte sin consecuencias.
Lux temblaba. No de frío. De deseo, de confusión, de algo antiguo despertando en sus entrañas.
—No me dejen sola… —murmuró al fin, agotada, dejándose caer sobre la cama.
Sabine se sentó a su lado de inmediato y le tomó la mano.
—No lo estás —dijo con suavidad—. Estamos contigo.
Lux cerró los ojos, pero aun así, una última palabra escapó de sus labios, rota, desesperada:
—Quiero a Conall…
Y en algún lugar del castillo, el Alfa sintió su nombre como un tirón directo al alma que juró no tener.
—Quiero a Conall…
Anaisha apenas alcanzó a asentir.
—Debes asegurarte de que el Alfa Conall se vaya lo más lejos posible —le insistió Hanna, con el rostro tenso—. Si se cruzan ahora…
—Voy —respondió Anaisha, ya girando hacia la puerta.
Pero fue un error. Un solo segundo. Un parpadeo.
En cuanto la puerta se abrió, Lux reaccionó como si algo dentro de ella hubiera olido la libertad.
—¡Lux, no! —gritó Sabine.
Demasiado tarde.
Lux se escabulló de sus brazos con una agilidad que no le conocían, esquivó la mano de Hanna y salió corriendo descalza por el pasillo, con el camisón ondeando detrás de ella como una bandera de guerra.
—¡Maldición! —escupió Anaisha, saliendo tras ella—. ¡Raunak!
El castillo, normalmente silencioso y ordenado, se convirtió en un hervidero de caos.
Porque no muy lejos de allí, en uno de los pasillos principales de la casa de la manada, Raunak y Will estaban librando su propia batalla.
—¡Suéltenme! —rugió Conall.
Su voz ya no era del todo humana. Era grave, rota, cargada de una furia tan densa que parecía doblar el aire a su alrededor.
Raunak le sujetaba un brazo, Will el otro, clavando los pies en el suelo con toda la fuerza que sus cuerpos podían ofrecer… y, aun así, apenas lograban contenerlo.
—¡Alfa, sabes que no puedes marcarla! —gruñó Raunak, sudando—. ¡Se terminaría todo para ti… y para todos nosotros!
—¡Ella me necesita! —bramó Conall, forcejeando—. ¡¿No lo hueles?! ¡Me está llamando!
—No —replicó Will, apretando los dientes—. No te necesita realmente. Es el celo hablando.
— ¡Mata al Beta Raunak! — Refunfuñó su lobo.
Dentro de Conall, su bestia golpeaba, arañaba, rugía como si estuviera encerrada en una jaula demasiado pequeña.
— Mátalos a todos, Alfa.
La voz del lobo era un veneno dulce.
— Mata al guerrero Will. Mata a cualquiera que se interponga.
Las paredes del pasillo crujieron cuando Conall apoyó una mano contra ellas, dejando marcas profundas con las uñas.
—Su aroma… —jadeó—. Es como una maldita canción de sirena.
Raunak tragó saliva.
—Nunca había visto algo así —murmuró—. ¿Cómo puede ser tan fuerte su celo?
—No lo sé —respondió Will, con la respiración agitada—. Pero no es normal.
Conall giró la cabeza bruscamente hacia él, los ojos completamente encendidos de rojo.
—¿Y por qué tú y yo no estás perdiendo la cabeza, Beta?
Raunak no apartó la mirada.
—Porque tenemos a nuestras compañeras —dijo con voz firme—. Es diferente para los que no estamos solos.
Conall gruñó, un sonido profundo que vibró en los huesos de ambos.
—Ah… —añadió Will, como si pensara en voz alta—. Por eso el Gamma Leo está encerrado en su habitación. Él tampoco tiene compañera… y el celo de la señorita Lux lo ha desquiciado.
Eso solo empeoró las cosas.
—¡Mataré a cualquier lobo que se acerque a ella! —rugió Conall, tirando con tal fuerza que Raunak casi perdió el equilibrio.
—¡Alfa, debes calmarte! —le gritó Raunak—. ¡Ella te matará!
Conall soltó una carcajada oscura, sin humor.
—¿No lo entiendes? —dijo, con la voz cargada de deseo y rabia—. Quiero hundir mis dientes en la suave curva de su cuello. Marcarla como mía. Reclamarla para que nadie más lo intente jamás.
Will sintió un escalofrío.
—Para que mi olor se impregne en cada poro de su ser —continuó Conall, casi en trance—. Para que sea mía… y solo mía.
— Para joderla y follarla hasta engendrar en ella y reclamarla para que nadie más pueda hacerlo.
— ¿Ahora lo entiendes? — Reivindicaba su lobo, eufórico. — Ella es nuestra chica. No vamos a dejarla nunca.
Conall gruñó con los dientes apretados, el cuerpo temblándole por el esfuerzo de no perderse del todo.
—¡Ella es mía! —rugió.
Y entonces…
—¡CONALL!
La voz resonó por el pasillo como un rayo.
Los tres giraron la cabeza al mismo tiempo.
Lux estaba allí.
Descalza. Despeinada. Con las mejillas encendidas y los ojos brillantes, clavados solo en él.
El mundo pareció detenerse.
El aroma de ella golpeó a Conall como un puñetazo directo al pecho. Dulce, cálido, desesperado. Un elixir imposible de ignorar.
Raunak palideció.
—No… —susurró—. No aquí…
—Conall… —dijo Lux, dando un paso hacia él—. Me dejaste sola.
El lobo dentro de Conall aulló de triunfo.
— Es nuestra. Mírala. Ha venido a nosotros.
—Lux… —jadeó Conall.
Raunak aflojó el agarre sin querer. Will también.
Fue suficiente.
Con un rugido que hizo temblar los cimientos de la fortaleza, el Alfa del Norte se lanzó hacia delante, rompiendo el control de sus captores como si no fueran más que sombras.
Y esta vez… nada parecía capaz de detenerlo.
——————-
No muy lejos de allí, un estruendo sacudió el ala este de la fortaleza.
Un golpe seco. Madera astillándose. Un rugido que no era humano.
—¿Dónde está? —bramó una voz fuera de sí—. ¡La necesito!
Leo apareció al final del corredor como una tormenta desatada. Los ojos encendidos, la respiración desbocada, el cuerpo tenso como si algo desde dentro estuviera a punto de romperle la piel.
—Esto no termina bien… —murmuró uno de los guerreros emparejados que intentaba, sin éxito, sujetarlo.
Leo ni siquiera lo vio.
—Puedo olerla —gruñó, llevándose una mano al pecho—. Está aquí. La necesito.
—¡Maldita seas, Gamma! —escupió otro guerrero—. ¡No podemos lidiar con el Alfa y contigo al mismo tiempo!
Leo se río. Una risa rota, peligrosa.
—Quiero hacerle cachorros… quiero follarla y marcarla como mía.
—Esto es una locura —susurró alguien. El ALfa Conall nos matará a todos.
Conall lo sintió antes de verlo.
Ese tirón en las entrañas. Esa amenaza que se acercaba a su territorio. A ella.
Giró la cabeza lentamente, los sentidos afilados, y entonces lo vio: Leo avanzando directo hacia la habitación de Lux, con la intención clara, brutal, de tocarla.
Algo dentro de Conall se rompió.
—Voy a matarte —dijo, con una calma aterradora.
Leo alzó la mirada y sonrió, desafiante.
—No si yo te mato primero.
No hubo más palabras.
Ambos rugieron al mismo tiempo.
La transformación fue violenta. Huesos crujiendo, músculos expandiéndose, piel rasgándose para dar paso a dos bestias colosales. El aire se llenó de feromonas, rabia y deseo descontrolado.
El choque fue brutal.
Garras contra colmillos. Rugidos que hicieron temblar las lámparas del pasillo. Los lobos rodaron por el suelo, golpeando columnas, dejando marcas profundas en la piedra.
—¡Alfa! —gritó Raunak—. ¡No!
Pero Conall estaba ciego.
Ciego de celo.
Ciego de protección.
Ciego de posesión.
Leo se lanzó de nuevo, buscando la garganta del Alfa, pero Raunak actuó sin pensarlo.
La daga de plata brilló un segundo antes de hundirse en el costado de Leo.
—¡AUCH! —aulló Leo, tambaleándose.
—¡Reacciona! —le gritó Raunak—. ¡Maldita sea, reacciona!
El efecto fue inmediato. Leo volvió a su estado humano.
El dolor en Leo atravesó la neblina del celo como un latigazo. Retrocedió, respirando con dificultad, los ojos perdiendo poco a poco ese brillo enloquecido.
—¿Qué…? —parpadeó—. ¿Qué hago aquí?
Miró a su alrededor. A los guerreros. A Raunak. A la daga. A los destrozos.
—Joder…
En ese momento, Sabine apareció al final del pasillo, con el corazón en la garganta.
—¡Oh…!
Raunak no perdió tiempo.
—¿Puedes llevarlo a su habitación?
Sabine asintió de inmediato, tragando saliva.
—Vamos, Leo —dijo, rodeándole el brazo—. Antes de que empeore.
Leo no protestó. Caminó como si despertara de una pesadilla, dejándose guiar, murmurando maldiciones entre dientes.
El pasillo quedó en silencio.
Conall volvió a su forma humana lentamente. El sudor le recorría la piel. El pecho subiendo y bajando con respiraciones profundas y desiguales.
Y entonces la vio.
Lux estaba frente a él.
Pequeña. Descalza. Con el camisón arrugado y los ojos brillantes, fijos solo en él.
No hizo falta decir nada.
El lobo dentro de Conall aulló con desesperación.
— Es ahora, Alfa. Reclama lo que es nuestro.
—Ya no puedo luchar más… —pensó Conall—. Ya no quiero.
Rugió. Un sonido gutural, primitivo, y avanzó.
—¡Alfa! —exclamó Lux.
Su voz fue suficiente para hacerlo temblar entero.
Se detuvo a un palmo de ella. Sus miradas se encontraron y todo lo demás desapareció. No había guerra. No había profecías. No había licántropos ni condenas.
Solo ellos.
Conall la tomó en brazos con una facilidad que la hizo jadear. Lux encajó contra él como si su cuerpo hubiera sido diseñado para ese abrazo. Curvas suaves contra músculos tensos. Calor contra calor.
—Alfa… —susurró ella, cerrando los ojos—. Te necesito.
Ese suspiro fue su ruina.
—Puedo sentir tu calor —continuó Lux, sin entender del todo lo que decía—. Mi cuerpo te necesita.
Conall apretó la mandíbula, luchando por última vez.
—No te besaré… —dijo con la voz rota— … a menos que me lo pidas.
Lux abrió los ojos. Sus pupilas estaban dilatadas, oscuras, llenas de una necesidad que no sabía nombrar.
—¿Recuerdas? —añadió él, casi suplicando.
Lux levantó una mano y la apoyó en su pecho, justo sobre su corazón acelerado.
—Hazlo.
Eso fue todo.
Conall se inclinó y aplastó sus labios contra los de ella en un beso ardiente, profundo, cargado de todo lo que había contenido hasta ese momento. No fue delicado. No fue torpe. Fue una promesa y una amenaza al mismo tiempo.
Y mientras el mundo contenía el aliento, el Alfa del Norte supo que, pasara lo que pasara después…
Ya era demasiado tarde para volver atrás.
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