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Lux de Luna - Capítulo 46

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  4. Capítulo 46 - Capítulo 46: El primer celo de la sanadora (Tercera parte)
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Capítulo 46: El primer celo de la sanadora (Tercera parte)

—Quiero a Conall…

Anaisha apenas alcanzó a asentir.

—Debes asegurarte de que el Alfa Conall se vaya lo más lejos posible —le insistió Hanna, con el rostro tenso—. Si se cruzan ahora…

—Voy —respondió Anaisha, ya girando hacia la puerta.

Pero fue un error. Un solo segundo. Un parpadeo.

En cuanto la puerta se abrió, Lux reaccionó como si algo dentro de ella hubiera olido la libertad.

—¡Lux, no! —gritó Sabine.

Demasiado tarde.

Lux se escabulló de sus brazos con una agilidad que no le conocían, esquivó la mano de Hanna y salió corriendo descalza por el pasillo, con el camisón ondeando detrás de ella como una bandera de guerra.

—¡Maldición! —escupió Anaisha, saliendo tras ella—. ¡Raunak!

El castillo, normalmente silencioso y ordenado, se convirtió en un hervidero de caos.

Porque no muy lejos de allí, en uno de los pasillos principales de la casa de la manada, Raunak y Will estaban librando su propia batalla.

—¡Suéltenme! —rugió Conall.

Su voz ya no era del todo humana. Era grave, rota, cargada de una furia tan densa que parecía doblar el aire a su alrededor.

Raunak le sujetaba un brazo, Will el otro, clavando los pies en el suelo con toda la fuerza que sus cuerpos podían ofrecer… y, aun así, apenas lograban contenerlo.

—¡Alfa, sabes que no puedes marcarla! —gruñó Raunak, sudando—. ¡Se terminaría todo para ti… y para todos nosotros!

—¡Ella me necesita! —bramó Conall, forcejeando—. ¡¿No lo hueles?! ¡Me está llamando!

—No —replicó Will, apretando los dientes—. No te necesita realmente. Es el celo hablando.

— ¡Mata al Beta Raunak! — Refunfuñó su lobo.

Dentro de Conall, su bestia golpeaba, arañaba, rugía como si estuviera encerrada en una jaula demasiado pequeña.

— Mátalos a todos, Alfa.

La voz del lobo era un veneno dulce.

— Mata al guerrero Will. Mata a cualquiera que se interponga.

Las paredes del pasillo crujieron cuando Conall apoyó una mano contra ellas, dejando marcas profundas con las uñas.

—Su aroma… —jadeó—. Es como una maldita canción de sirena.

Raunak tragó saliva.

—Nunca había visto algo así —murmuró—. ¿Cómo puede ser tan fuerte su celo?

—No lo sé —respondió Will, con la respiración agitada—. Pero no es normal.

Conall giró la cabeza bruscamente hacia él, los ojos completamente encendidos de rojo.

—¿Y por qué tú y yo no estás perdiendo la cabeza, Beta?

Raunak no apartó la mirada.

—Porque tenemos a nuestras compañeras —dijo con voz firme—. Es diferente para los que no estamos solos.

Conall gruñó, un sonido profundo que vibró en los huesos de ambos.

—Ah… —añadió Will, como si pensara en voz alta—. Por eso el Gamma Leo está encerrado en su habitación. Él tampoco tiene compañera… y el celo de la señorita Lux lo ha desquiciado.

Eso solo empeoró las cosas.

—¡Mataré a cualquier lobo que se acerque a ella! —rugió Conall, tirando con tal fuerza que Raunak casi perdió el equilibrio.

—¡Alfa, debes calmarte! —le gritó Raunak—. ¡Ella te matará!

Conall soltó una carcajada oscura, sin humor.

—¿No lo entiendes? —dijo, con la voz cargada de deseo y rabia—. Quiero hundir mis dientes en la suave curva de su cuello. Marcarla como mía. Reclamarla para que nadie más lo intente jamás.

Will sintió un escalofrío.

—Para que mi olor se impregne en cada poro de su ser —continuó Conall, casi en trance—. Para que sea mía… y solo mía.

— Para joderla y follarla hasta engendrar en ella y reclamarla para que nadie más pueda hacerlo.

— ¿Ahora lo entiendes? — Reivindicaba su lobo, eufórico. — Ella es nuestra chica. No vamos a dejarla nunca.

Conall gruñó con los dientes apretados, el cuerpo temblándole por el esfuerzo de no perderse del todo.

—¡Ella es mía! —rugió.

Y entonces…

—¡CONALL!

La voz resonó por el pasillo como un rayo.

Los tres giraron la cabeza al mismo tiempo.

Lux estaba allí.

Descalza. Despeinada. Con las mejillas encendidas y los ojos brillantes, clavados solo en él.

El mundo pareció detenerse.

El aroma de ella golpeó a Conall como un puñetazo directo al pecho. Dulce, cálido, desesperado. Un elixir imposible de ignorar.

Raunak palideció.

—No… —susurró—. No aquí…

—Conall… —dijo Lux, dando un paso hacia él—. Me dejaste sola.

El lobo dentro de Conall aulló de triunfo.

— Es nuestra. Mírala. Ha venido a nosotros.

—Lux… —jadeó Conall.

Raunak aflojó el agarre sin querer. Will también.

Fue suficiente.

Con un rugido que hizo temblar los cimientos de la fortaleza, el Alfa del Norte se lanzó hacia delante, rompiendo el control de sus captores como si no fueran más que sombras.

Y esta vez… nada parecía capaz de detenerlo.

——————-

No muy lejos de allí, un estruendo sacudió el ala este de la fortaleza.

Un golpe seco. Madera astillándose. Un rugido que no era humano.

—¿Dónde está? —bramó una voz fuera de sí—. ¡La necesito!

Leo apareció al final del corredor como una tormenta desatada. Los ojos encendidos, la respiración desbocada, el cuerpo tenso como si algo desde dentro estuviera a punto de romperle la piel.

—Esto no termina bien… —murmuró uno de los guerreros emparejados que intentaba, sin éxito, sujetarlo.

Leo ni siquiera lo vio.

—Puedo olerla —gruñó, llevándose una mano al pecho—. Está aquí. La necesito.

—¡Maldita seas, Gamma! —escupió otro guerrero—. ¡No podemos lidiar con el Alfa y contigo al mismo tiempo!

Leo se río. Una risa rota, peligrosa.

—Quiero hacerle cachorros… quiero follarla y marcarla como mía.

—Esto es una locura —susurró alguien. El ALfa Conall nos matará a todos.

Conall lo sintió antes de verlo.

Ese tirón en las entrañas. Esa amenaza que se acercaba a su territorio. A ella.

Giró la cabeza lentamente, los sentidos afilados, y entonces lo vio: Leo avanzando directo hacia la habitación de Lux, con la intención clara, brutal, de tocarla.

Algo dentro de Conall se rompió.

—Voy a matarte —dijo, con una calma aterradora.

Leo alzó la mirada y sonrió, desafiante.

—No si yo te mato primero.

No hubo más palabras.

Ambos rugieron al mismo tiempo.

La transformación fue violenta. Huesos crujiendo, músculos expandiéndose, piel rasgándose para dar paso a dos bestias colosales. El aire se llenó de feromonas, rabia y deseo descontrolado.

El choque fue brutal.

Garras contra colmillos. Rugidos que hicieron temblar las lámparas del pasillo. Los lobos rodaron por el suelo, golpeando columnas, dejando marcas profundas en la piedra.

—¡Alfa! —gritó Raunak—. ¡No!

Pero Conall estaba ciego.

Ciego de celo.

Ciego de protección.

Ciego de posesión.

Leo se lanzó de nuevo, buscando la garganta del Alfa, pero Raunak actuó sin pensarlo.

La daga de plata brilló un segundo antes de hundirse en el costado de Leo.

—¡AUCH! —aulló Leo, tambaleándose.

—¡Reacciona! —le gritó Raunak—. ¡Maldita sea, reacciona!

El efecto fue inmediato. Leo volvió a su estado humano.

El dolor en Leo atravesó la neblina del celo como un latigazo. Retrocedió, respirando con dificultad, los ojos perdiendo poco a poco ese brillo enloquecido.

—¿Qué…? —parpadeó—. ¿Qué hago aquí?

Miró a su alrededor. A los guerreros. A Raunak. A la daga. A los destrozos.

—Joder…

En ese momento, Sabine apareció al final del pasillo, con el corazón en la garganta.

—¡Oh…!

Raunak no perdió tiempo.

—¿Puedes llevarlo a su habitación?

Sabine asintió de inmediato, tragando saliva.

—Vamos, Leo —dijo, rodeándole el brazo—. Antes de que empeore.

Leo no protestó. Caminó como si despertara de una pesadilla, dejándose guiar, murmurando maldiciones entre dientes.

El pasillo quedó en silencio.

Conall volvió a su forma humana lentamente. El sudor le recorría la piel. El pecho subiendo y bajando con respiraciones profundas y desiguales.

Y entonces la vio.

Lux estaba frente a él.

Pequeña. Descalza. Con el camisón arrugado y los ojos brillantes, fijos solo en él.

No hizo falta decir nada.

El lobo dentro de Conall aulló con desesperación.

— Es ahora, Alfa. Reclama lo que es nuestro.

—Ya no puedo luchar más… —pensó Conall—. Ya no quiero.

Rugió. Un sonido gutural, primitivo, y avanzó.

—¡Alfa! —exclamó Lux.

Su voz fue suficiente para hacerlo temblar entero.

Se detuvo a un palmo de ella. Sus miradas se encontraron y todo lo demás desapareció. No había guerra. No había profecías. No había licántropos ni condenas.

Solo ellos.

Conall la tomó en brazos con una facilidad que la hizo jadear. Lux encajó contra él como si su cuerpo hubiera sido diseñado para ese abrazo. Curvas suaves contra músculos tensos. Calor contra calor.

—Alfa… —susurró ella, cerrando los ojos—. Te necesito.

Ese suspiro fue su ruina.

—Puedo sentir tu calor —continuó Lux, sin entender del todo lo que decía—. Mi cuerpo te necesita.

Conall apretó la mandíbula, luchando por última vez.

—No te besaré… —dijo con la voz rota— … a menos que me lo pidas.

Lux abrió los ojos. Sus pupilas estaban dilatadas, oscuras, llenas de una necesidad que no sabía nombrar.

—¿Recuerdas? —añadió él, casi suplicando.

Lux levantó una mano y la apoyó en su pecho, justo sobre su corazón acelerado.

—Hazlo.

Eso fue todo.

Conall se inclinó y aplastó sus labios contra los de ella en un beso ardiente, profundo, cargado de todo lo que había contenido hasta ese momento. No fue delicado. No fue torpe. Fue una promesa y una amenaza al mismo tiempo.

Y mientras el mundo contenía el aliento, el Alfa del Norte supo que, pasara lo que pasara después…

Ya era demasiado tarde para volver atrás.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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