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Lux de Luna - Capítulo 49

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Capítulo 49: La Luna del Norte

El instante en que los colmillos de Conall se cerraron sobre la piel de Lux no fue silencioso.

Fue un error pensar que algo así podía pasar desapercibido.

La marca ardió como un sello antiguo, profundo, imposible de deshacer. Lux jadeó, no de dolor, sino de una sensación abrumadora, como si algo dentro de ella hubiera despertado de golpe tras siglos de sueño. El vínculo se cerró con un pulso violento que atravesó la fortaleza entera.

El suelo tembló.

Las paredes crujieron.

Las antorchas chisporrotearon como si el aire mismo se hubiera vuelto inestable.

—¿Qué demonios ha sido eso…? —murmuró uno de los guerreros en los pasillos, aferrándose a la pared.

En otra ala de la fortaleza, Leo se detuvo en seco, con el corazón desbocado. Sabine, a su lado, palideció al sentir el estremecimiento bajo sus pies.

—Leo… —susurró—. ¿Qué ha sido eso?

El gamma cerró los puños.

—Algo muy malo, Sabine.

Leo respiró hondo, tratando de calmar el torrente de pensamientos que se agolpaban en su mente. Se pasó una mano por el cabello desordenado y miró a Sabine, quien lo observaba con esos ojos inquietos que siempre parecían saber más de lo que ella dejaba entrever.

—Sabine, escucha —empezó, buscando las palabras adecuadas. No podía revelarle todo, no todavía. Pero no podía dejar de sentir que lo que había sucedido era solo la punta del iceberg. La conexión entre Conall y Lux era peligrosa, y si bien sabía que podría parecerle un mero capricho, él conocía la historia detrás de esos colmillos afilados.

—Conall no es solo un alfa más, ¿sabes? —continuó Leo, bajando la voz como si las sombras pudieran escuchar. El aire estaba cargado, vibrante, como si la fortaleza misma estuviera reteniendo la respiración—. Marcar a Lux… eso significa algo. Y Lux… Lux es diferente. Esa marca no es solo un gesto; es un reclamo.

Sabine frunció el ceño, confusa.

—Pero… ¿qué significa todo esto? —preguntó.

—Significa que Conall está reclamando a Lux como su Luna del Norte. Es su compañera, su igual, su todo. Pero el problema es que eso también implica un montón de cosas que no estamos listos para manejar —Leo hizo una pausa, buscando la manera de explicarlo sin que sonara tan abrumador.

—Es como si al darle ese poder, Lux no solo estuviera aceptando su destino con Conall, sino que también se vería arrastrada a un mundo de traiciones, disputas y viejas rencillas. Nunca hemos tenido más que problemas con los que se consideran ‘poseedores’. La última vez, terminó en un desastre total. Los demás clanes no se quedan de brazos cruzados, especialmente cuando hay un nuevo poder en juego.

Sabine apretó los labios, entendiendo lentamente la gravedad de la situación.

—¿No hay nada que podamos hacer? —su voz tembló, llena de temor.

Leo suspiró.

—Desgraciadamente, no. Una vez que Conall ha hecho la marca, las fuerzas que se despiertan son incontrolables. El círculo se cerrará alrededor de ellos, y Lux se convertirá en el centro de toda esta tormenta. No solo tiene que lidiar con ser la compañera de un alfa indomable, sino que también estará en la mira de todos aquellos que quieren tomar ventaja del poder que Conall ha reclamado para sí mismo.

—Entonces, ¿no podemos hacer nada para detenerlo? —insistió Sabine, su preocupación palpable.

—Lo único que podemos hacer es seguir de cerca, asegurarnos de que Lux esté a salvo y esperar a que esto no escale a algo más grande. La realidad es que, sin importar lo que digamos o hagamos ahora, el destino ya está sellado. El vínculo entre ellos se hará muy fuerte, y lo que viene podría ser mucho más peligroso de lo que imaginamos.

Leo miró hacia la esquina oscura del pasillo donde la sombra parecía moverse. Sentía que el tiempo se les escapaba entre los dedos, y que cada instante podría ser el último antes de que todo estallara. Estaba claro que la calma había desaparecido, y la tormenta estaba a punto de desatarse.

No hizo falta decir más. Ambos lo sabían.

——————–

En su habitación, Hanna se llevó las manos a la cabeza, el rostro desencajado, los ojos brillando con una mezcla de terror y resignación. Caminó de un lado a otro murmurando palabras antiguas, maldiciones en lenguas que ya casi nadie recordaba.

—No… no… no así… —gruñó entre dientes—. Maldición, Conall… has sellado más de lo que crees.

Abrió de golpe un arcón repleto de frascos, hierbas secas y símbolos grabados en vidrio.

—Será mejor que empiece ahora mismo —se dijo, sacando morteros y calderos—. Litros de brebajes. Todos los que haga falta.

Apretó los labios, con amargura.

—Si queda embarazada… todo el sacrificio de su madre habrá sido en vano.

Y esa idea, más que cualquier profecía, la aterraba.

———————-

Muy lejos de allí, en el corazón del palacio real, Zeta se dobló sobre sí mismo con un gruñido ahogado.

El dolor fue súbito. Brutal. Como si alguien hubiera atravesado su pecho con una daga de plata y la hubiera girado sin piedad.

—¡Ah…! —jadeó, llevándose una mano al corazón.

El mundo se le volvió borroso por un instante.

—¿Zeta? —preguntó Sebástian, avanzando hacia él alarmado—. ¿Qué ocurre?

Zeta respiró hondo, con dificultad. El dolor no se iba. No era físico. Era algo más profundo. Algo que no sabía cómo explicar.

—No lo sé… —murmuró—. Pero no es nada bueno.

Cerró los ojos un segundo, intentando entender qué había cambiado. Lo supo sin necesidad de palabras.

Alguien la había tocado.

No. Peor.

Alguien la había reclamado.

—Es ella… —susurró, con una certeza que lo dejó helado—. Algo ha pasado con Lux.

Sebástian lo observó en silencio, comprendiendo más de lo que decía.

—¿Quieres que hable con el Rey? —preguntó con cautela—. Podemos retrasar la salida hasta mañana. No estás bien.

Zeta negó con la cabeza de inmediato.

—No —dijo con firmeza, aunque el dolor seguía ahí—. Partimos esta misma noche.

Alzó la mirada, decidida, peligrosa.

—Quiero llegar al Norte cuanto antes.

Sebástian asintió sin discutir. Sabía cuándo no hacerlo.

—Me encargaré de todo —respondió—. Los carruajes, los guardias, los guerreros.

Y se retiró de inmediato, dejando a Zeta solo con sus pensamientos.

Zeta apoyó ambas manos sobre el alféizar de la ventana, mirando la noche cerrarse sobre el reino. El dolor seguía latiendo, acompasado con su corazón.

No era solo celos.

Era pérdida.

Era rabia.

Era la certeza de que había llegado tarde.

—Conall… —murmuró, con los dientes apretados—. Si la has marcado…

No terminó la frase.

No quería pensar en lo que eso significaba.

Desde esa misma noche, la comitiva real se puso en marcha. Una semana de travesía los separaba de la montaña de Pico Blanco, del territorio del Alfa del Norte, de la fortaleza Escarcha Feroz.

Una semana.

Y en ese tiempo, el mundo podía arder más de una vez.

Porque una Luna había sido marcada.

Porque un Alfa había sellado su destino.

Y porque el príncipe heredero… no estaba dispuesto a perder lo que creía suyo.

——————–

De regreso a la habitación de Conall, el mundo dejó de existir para ambos.

El Alfa la sostuvo como si temiera que desapareciera si aflojaba el agarre, respirando su aroma como si fuera lo único que lo mantenía anclado a la realidad. Lux estaba caliente, vibrante, completamente despierta… y era suya.

Su Luna.

Un gemido escapó de los labios de ella, suave al principio, luego imposible de contener. La habitación se llenó de su voz, del latido compartido, de ese algo primitivo que no podía apagarse ni con razón ni con miedo.

—Eres… —la voz de Conall se quebró— increíble.

No había control. No quedaba nada de la contención que había intentado mantener durante días. Solo el vínculo, el tirón salvaje que los reclamaba el uno al otro.

—Compañera… —gruñó, con la voz cargada de algo antiguo.

—Compañero… —respondió ella, sin saber de dónde salía esa palabra, pero sintiendo que era verdad.

El colmillo volvió a rozar su piel, no como advertencia, sino como promesa. Lux se estremeció, atrapada entre el filo del dolor y la dulzura inmediata que siguió, cuando él calmó la marca con caricias lentas, casi reverentes.

El sonido grave que salió de su pecho hizo que Lux se aferrara a él con más fuerza.

—Más… —susurró, sin vergüenza, sin filtros.

Conall la sostuvo contra la pared apenas un instante, como si necesitara sentir su peso, su calor, su existencia completa. Sus frentes se tocaron, respirando el mismo aire, compartiendo la misma urgencia.

—¿Más? —preguntó, con una sonrisa peligrosa.

Lux asintió, rendida.

—Luego… —murmuró él—. En la cama.

La llevó con cuidado inesperado, depositándola sobre las sábanas como si, a pesar de todo, siguiera siendo algo sagrado. Su cuerpo cubrió el de ella, firme, protector, inevitable.

—Quiero sentirte —dijo ella, con la voz temblorosa—. Mi Alfa… mi compañero.

Conall la besó entonces, lento al principio, profundo después. Un beso que no pedía permiso, que no dejaba dudas. Cuando se separó, sus ojos brillaban con una mezcla de devoción y posesión absoluta.

—Eres mía, Lux.

Ella sonrió, sin miedo.

—Soy tuya, Conall.

Él la envolvió entre sus brazos, piel contra piel, como si el mundo pudiera romperse afuera y no le importara. Su voz bajó hasta convertirse en confesión.

—Te he deseado desde el primer momento en que te vi.

Lux alzó una ceja, divertida incluso en medio de la tormenta, y lo atrajo más hacia ella.

—Entonces no te detengas.

Y Conall no lo hizo.

El resto quedó sellado entre sus respiraciones entrecortadas, el crujido de las sábanas y la certeza de que, a partir de ese instante, nada volvería a ser igual.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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