Lux de Luna - Capítulo 51
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Capítulo 51: Consecuencias
El despacho del Alfa olía a madera vieja, pergamino y tensión contenida.
Raunak caminaba de un lado a otro, con las manos a la espalda, marcando el suelo con pasos medidos, como si contara el tiempo que les quedaba antes de que todo estallara. Leo, en cambio, permanecía sentado, rígido, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada clavada en el fuego que crepitaba en la chimenea sin lograr calentarlo.
—Esto es un verdadero desastre… —murmuró Raunak al fin, rompiendo el silencio.
Leo levantó la vista despacio.
—Sabía que esa muchacha iba a ser un problema —añadió el beta, sin mirarlo—. Pero no así. No de esta magnitud.
Leo tragó saliva.
—Conall va a ejecutarme —dijo en voz baja, casi para sí mismo.
Raunak se detuvo en seco y lo miró por fin.
—No digas estupideces.
—No es una estupidez —replicó Leo, con una risa nerviosa que no tenía nada de humor—. Perdí el control. Me volví loco. Intenté… —no terminó la frase—. El Alfa no perdona ese tipo de errores.
Raunak presionó la mandíbula. Él también recordaba demasiado bien aquella escena: los ojos enloquecidos de Leo, el olor del celo de Lux impregnándolo todo, la daga de plata hundiéndose en la carne del gamma para evitar una tragedia mayor.
—No eras tú —dijo finalmente—. Algo actuó a través de ti.
—Eso no le importará cuando despierte con la marca hecha y el mundo ardiendo a sus pies.
Raunak volvió a caminar.
—Lo que me preocupa no es solo Lux —admitió—. Es lo que representa. Una Luna no anunciada. Una Luna mestiza… o lo que sea que realmente sea. Y sobre todo… una Luna ligada a un Alfa que no es del todo dueño de sí mismo.
Leo frunció el ceño.
—¿Hablas del licántropo?
Raunak admitió lentamente.
—Conall cree que lo tiene bajo control. Siempre lo ha creído. Pero ese ente no duerme, no descansa… espera. Y ahora que Lux es su Luna, ahora que el vínculo está hecho, el riesgo es mayor.
Leo se pasó una mano por el rostro.
—Entonces estamos condenados.
—No —respondió Raunak, aunque su voz carecía de verdadera convicción—. Aún no.
—Y ¿qué se supone que hagamos? —preguntó la gamma—. ¿Fingir que aceptar a Lux como Luna no va a desatar media docenas de guerras? ¿Que el Rey no vendrá a reclamar lo que cree suyo? ¿Que los Alfas del continente no cuestionarán el liderazgo de Conall?
Raunak se giró hacia él, con una nueva dureza en la mirada.
—Acéptalo.
Leo parpadeó.
—¿Aceptar… qué?
—Que Lux es la Luna de la Manada Escarcha Feroz —dijo el beta—. Nos gusta o no. Es la Luna de la manada más grande e importante del continente. Y si nosotros, los primeros, no la aceptamos… nadie más lo hará.
Leo bajó la mirada.
—Yo no sé si puedo mirarla sin recordar lo que casi hice.
Raunak suspiró.
—Entonces tendrás que aprender. Por tu bien… y por el de todos.
El silencio volvió a caer sobre el despacho.
—¿Y ahora qué? —preguntó Leo al cabo de un rato.
Raunak miró la puerta cerrada que conducía a los aposentos del Alfa.
—Ahora —dijo— no nos queda más remedio que esperar.
Esperar a que Conall despierte del todo.
Esperar a que Lux recupere su lugar.
Y esperar, con el corazón encogido, a ver si el sacrificio que todos acababan de aceptar no terminaba condenándolos para siempre.
——————-
Hanna cerró la puerta de su habitación con un gesto rápido, casi brusco, como si temiera que alguien pudiera oír los pensamientos que ya empezaban a arremolinarse en su cabeza.
El temblor aún resonaba en sus huesos.
No había sido un simple efecto colateral de una marca alfa. No. Hanna llevaba siglos viva, había presenciado uniones, despertares, rituales prohibidos y bendiciones divinas… y aquello había sido distinto. Demasiado profundo. Demasiado antiguo.
Se apoyó en la mesa de trabajo y respiró hondo. El aire estaba cargado de magia residual, espesa, vibrante, como si el propio mundo hubiera contenido el aliento cuando Lux fue marcado.
—No… no puede ser —murmuró, llevándose una mano a la sien.
Encendió las velas con un chasquido de dedos y comenzó a desplegar antiguos pergaminos, algunos tan viejos que el idioma apenas se sostenía en símbolos y pulsos de energía más que en palabras. Sus dedos temblaban, no de miedo, sino de una certeza incómoda que crecía a cada segundo.
Había sentido algo al tocar a Lux. No solo el celo. No solo el despertar de sus poderes como una sanadora.
Algo más había respondido.
Hanna colocó un cuenco de cristal sobre la mesa y dejó caer en él unas gotas de su propia sangre. Luego agregó un mechón de cabello rojo que había quedado en su mano tras ayudar a Lux a descansar. El líquido comenzó a brillar… primero con un tono suave, esperable.
Luego cambió.
—No… —susurró, retrocediendo un paso.
El brillo se tornó blanco, casi cegador, y símbolos antiguos comenzaron a formarse en el aire, girando lentamente como si alguien los estuviera escribiendo desde otra dimensión.
Hanna reconoció aquellos signos.
Y eso fue lo que la heló por dentro.
—Esto es imposible… —dijo con voz ronca.
Lux no era una loba. Ni una humana. Ni siquiera una sanadora despertando tarde.
Lux poseía un poder absoluto, y alguien la estaba esperando hacía muchos siglos.
La magia que brotaba de ella no era salvaje ni caótica. Tampoco era etérea y contenida. Era… primigenia. Antigua. Del tipo que no se manifiesta sin romper equilibrios.
Hanna cayó en la silla, sintiendo de pronto el peso de dieciocho años de decisiones que creyó correctas.
—Lilian… —murmuró—. ¿Qué hiciste realmente?
Las piezas comenzaron a encajar de una forma que no le gustó en absoluto.
El sacrificio.
El ocultamiento.
La represión de los poderes de Lux desde su nacimiento.
El hecho de que no hubiera tenido ciclos antes.
La intensidad absurda de su celo.
No había sido solo para protegerla del Rey Lucius.
Había sido para contener algo que nunca debía despertar… o que debía hacerlo solo bajo condiciones muy específicas.
—Y Conall… —susurró con un hilo de voz—. Justo él.
El vínculo entre ambos no era casual. No era solo destino ni capricho de los dioses. Era una convergencia peligrosa. Un Alfa sin alma completa. Una mujer con un poder dormido capaz de alterar juramentos antiguos.
Hanna se levantó de golpe.
—Esto no estaba en los cálculos —dijo, ya sin disimular la preocupación.
El brebaje para evitar el embarazo ahora le parecía una solución ridícula, casi ingenua. Porque si Lux concebía… no nacería un cachorro cualquiera. Nacería algo que el mundo no estaba preparado para enfrentar.
Caminó de un lado a otro, tirándose del cabello.
Demasiadas amenazan convergiendo en una sola muchacha que aún dormía creyendo que su mayor problema era un corazón dividido.
Hanna se detuvo frente al espejo y se miró con dureza.
—Te prometí protegerla —dijo—. Y lo haré… aunque tenga que mentir, traicionar o enfrentar a un Alfa.
Apagó las velas de un soplido.
Antes de salir, miró una última vez el cuenco de cristal, ahora quieto, inofensivo en apariencia.
—No esperaba esto, pequeña Lux —susurró—. Y temo que tú tampoco estás preparado para lo que eres.
Y por primera vez en siglos…
Hanna tuvo miedo de lo que había despertado.
———————
Al tercer día, Conall despertó con la sensación extraña —y peligrosamente agradable— de no estar solo.
Lux dormía enredada entre sus brazos, tibia, tranquila, con la respiración lenta y regular. Su cuerpo encajaba contra el suyo como si siempre hubiese pertenecido allí. Conall permaneció inmóvil unos segundos, observándola, como si temiera que al moverse pudiera romper aquel frágil equilibrio.
Alzó una mano y acarició con cuidado su cabellera rojiza, despeinada y alborotada, extendida sobre la almohada como un incendio domesticado. Tenía una expresión serena, casi inocente, que contrastaba brutalmente con el caos que había provocado en la manada… y en él mismo.
—No has estado nada mal —comentó su lobo con descaro, estirándose dentro de su mente como si acabara de despertarse de una siesta gloriosa.
—Cállate —gruñó Conall en voz baja, sin apartar la mirada de Lux.
—Mírala… —insistió la bestia, burlona—. Parece satisfecha. A lo mejor cuando recobre del todo sus sentidos ya no quiera irse con el principito encantador.
Los dedos de Conall se tensaron ligeramente.
—Ella no se irá con nadie —respondió con firmeza—. Es mía.
—Nuestra —corrigió el lobo, encantado consigo mismo.
Conall dejó escapar un gruñido de desconformidad.
—Zeta se enfadará.
—Oh, sí… el heredero perfecto —se burló el lobo—. Pero admítelo, Alfa, no lo pudiste evitar. Su celo era una tentación andante.
—No empieces —masculló Conall.
—Alfa… —el tono del lobo se volvió un poco más serio—. El ente vendrá a por ti. Y no creo que esta vez pueda hacer mucho para ayudarte.
Conall apretó la mandíbula.
—Lo sé.
—¿Y eso no te preocupa? —preguntó el lobo, sorprendido.
—Parecía que a ti tampoco te preocupaba demasiado cuando me llenabas la cabeza con ideas fijas de que la reclamara como mi compañera.
El lobo bufó, casi ofendido.
—Es que ella es muy bonita. Y dulce. Y tierna.
—Deja de hablar así de ella.
—Oye, recuerda que soy parte de ti —replicó con descaro—. Si tú la deseas, yo la deseo.
—Entonces haz tu trabajo —replicó Conall—. Y ayúdame a evitar que el licántropo me mate.
—Si no fueras tan calenturiento…
—¿De verdad ahora es culpa mía?
La discusión mental se interrumpió de golpe cuando Lux comenzó a moverse inquieta entre sus brazos. Su respiración se aceleró, el ceño se frunció y un leve gemido escapó de sus labios.
—No… —murmuró ella, atrapada en el sueño—. No puedo hacer eso… yo no quiero ser una sanadora…
Conall se tensó al instante.
—Lux… —susurró, incorporándose un poco.
Ella negó con la cabeza, como si luchara contra manos invisibles.
—¡Dejadme en paz! ¡No me toquen!
El corazón de Conall dio un vuelco. La estrechó con cuidado, apoyando una mano firme en su espalda, intentando transmitirle calma.
—Tranquila… estás a salvo —murmuró cerca de su oído.
El lobo guardó silencio por primera vez.
Conall apoyó la frente contra la de ella, inquieto, sintiendo cómo algo oscuro se agitaba bajo aquella pesadilla. No era solo un mal sueño.
Y por primera vez desde que despertó, una preocupación real se abrió paso entre el deseo, la culpa y el orgullo.
—¿Qué te están haciendo, pequeña…? —susurró, sin saber si ella podía oírlo.
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