Lux de Luna - Capítulo 52
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Capítulo 52: Ecos de una sangre antigua
Conall se incorporó de golpe cuando el grito volvió a desgarrar la quietud de la habitación.
—¡No puedo hacer eso! ¡Yo no quiero ser la elegida!
Lux se agitaba entre las sábanas, atrapada en un sueño que parecía más una condena que una pesadilla. Sus manos se cerraban en puños, su respiración era errática, y su voz —normalmente dulce— sonaba rota, desesperada.
—¡Déjame en paz! ¡No me toques!
Durante un segundo, Conall quedó completamente paralizado.
No era miedo lo que sentía.
Era impotencia.
El Alfa del Norte, el guerrero temido por todos, no podía hacer nada contra aquello.
—Lux… —murmuró, acercándose de inmediato.
La sostuvo con cuidado, como si temiera romperla, y al ver que no despertaba, la cubró con las sábanas con un gesto instintivo de protección. Luego, sin perder un segundo, se giró hacia la puerta.
-¡Beta! —ordenó con un rugido contenido—. ¡Tráedme al hada, ahora!
No tardó mucho en aparecer el hada, deslizándose en la habitación con un vaso de líquido morado que parecía brillar tenuemente incluso en la penumbra.
— ¿Qué es eso? —preguntó Conall, desconfiado.
—Un brebaje para reponer energías —respondió Hanna con seriedad—. Ella no estaba preparada para esto, Alfa. Su cuerpo… y su poder… han sido forzados.
Conall apretó la mandíbula.
—Dijiste que sobreviviría.
—Y lo hará —replicó ella—. Pero el proceso de marcado no es solo físico. Lux está luchando contra algo que lleva dormido toda su vida.
Hanna se acercó a la cama, observando con atención cómo el cuerpo de Lux reaccionaba incluso inconsciente. Había pequeños temblores, una tensión invisible en el aire.
—Está batallando contra el vínculo —añadió—. Y contra lo que es.
—Y ¿qué es? —cuestionó el alfa.
—Alguien que lo cambiará todo, me temo.
— ¿Cuánto tardará en despertar? —preguntó Conall con voz baja, peligrosa.
—Varios días —respondió Hanna sin rodeos—. Es joven. Demasiado débil para un proceso así.
Eso fue suficiente.
Conall se inclinó, la tomó en brazos con extremo cuidado y salió de la habitación sin decir una palabra más. La llevó al dormitorio que ahora ocupaba, un lugar más silencioso, donde nadie se atrevería a entrar sin permiso.
Cuando la depositó en la cama, sus movimientos perdieron dureza. Le apartó un mechón de cabello del rostro, le acarició la mejilla con los nudillos y besó su frente con una suavidad que nadie en la manada le había visto jamás.
—Quédate con ella —ordenó al incorporarse, clavando los ojos en Hanna—. No la dejes sola en ningún momento.
El tono bajó… pero la amenaza se volvió más clara.
—Y si le ocurre algo malo…
Hanna alzó una ceja, nada impresionada.
— ¿Me matarás? —murmuró con sarcasmo apenas disimulado—. Ya quisieras, lobito.
Conall no respondió. Se dio media vuelta y salió de la habitación, llevándose consigo la tensión… y la culpa.
Cuando el Alfa se hubo marchado, Hanna sospechó y se acercó a Lux. Con delicadeza, logró que bebiera parte del brebaje, susurrándole palabras antiguas, suaves, casi maternales.
—Tranquila… esto te ayudará.
Pero cuando el líquido terminó de deslizarse por su garganta, la expresión del hada se endureció.
—No puedo permitir que manches tu linaje —murmuró para sí—. Ni que arruines el sacrificio de tu madre.
Sus dedos brillaron brevemente al posarse sobre la frente de Lux.
—Cuando despiertes… tendremos una larga charla, Princesa Lux.
———————
La semana pasó con una rapidez inquietante.
Lux aun no despertaba.
Conall apenas dormía.
La semana pasó con una rapidez inquietante.
Lux aun no despertaba.
Conall apenas dormía.
La marca no fue solo un símbolo.
Eso fue lo primero que Conall comprendió en los días que siguieron.
Lux no despertaba, pero su cuerpo hablaba por ella.
La piel alrededor de la mordida brillaba con un fulgor suave, casi irreal, como si la marca respirara. No cicatrizaba del todo, pero tampoco sangraba. Palpitaba. A veces ardía con un calor tan intenso que obligaba a Hanna a enfriar la habitación con conjuros antiguos. Otras veces, el frío la invadía de golpe, y Lux se encogía entre las sábanas como una niña enferma.
—El vínculo se está asentando —explicó Hanna en voz baja, mientras revisaba runas grabadas en el suelo—. Pero no de la forma habitual.
—¿Qué significa eso? —preguntó Conall, sin apartar los ojos de Lux.
El hada dudó. Mala señal.
—Significa que tu marca no solo la reclama como Luna… la ha despertado.
Conall tensó la mandíbula.
Desde la unión, él también había cambiado.
Su fuerza era mayor, sí, pero no de la forma habitual en un Alfa recién emparejado. Era una fuerza desbordada, difícil de contener, como si algo más empujara desde dentro. Sus sentidos estaban alterados: oía latidos a través de las paredes, percibía emociones ajenas sin esfuerzo, y por las noches, cuando cerraba los ojos, veía símbolos que no conocía. Antiguos. Luminosos. Demasiado parecidos a los que el licántropo había mencionado en aquella cueva maldita.
Y su lobo…
Su lobo estaba inquieto. Demasiado despierto.
—La has unido a ti —continuó Hanna—, pero Lux no es una sanadora común. Su magia estaba sellada desde antes de nacer. La marca ha roto ese sello a la fuerza.
—¿Puede matarla? —preguntó Conall sin rodeos.
Hanna lo miró de frente.
—Si no se estabiliza, sí.
El silencio que siguió fue pesado.
—¿Y a mí? —añadió él.
Ella ladeó la cabeza.
—A ti te está acercando peligrosamente a tu propio final.
Conall soltó una risa seca.
—Eso ya lo sé.
La fortaleza también estaba cambiando.
Los guerreros emparejados hacían guardia permanente cerca del ala oeste, donde Lux descansaba. Los solteros habían sido enviados lejos, a patrullas externas o a las montañas. El ambiente estaba cargado, denso, como si el aire mismo presintiera una tormenta.
Raunak coordinaba defensas sin descanso.
—No es solo el celo residual —le dijo a Conall—. La marca ha emitido una onda mágica. Otras manadas la han sentido.
—¿El Rey? —preguntó Conall.
—Especialmente el Rey.
La confirmación llegó al amanecer del sexto día.
Un explorador regresó exhausto, cubierto de polvo y nieve.
—Mi Alfa… la comitiva real ha cruzado el desfiladero del Este. Avanzan rápido. Demasiado rápido.
Conall cerró los ojos un instante.
Zeta ya debía saberlo.
La marca no solo había sellado un vínculo. Había roto equilibrios antiguos. El Rey Eliseo no vendría solo por política, ni por territorios, ni siquiera por orgullo.
Vendría por Lux.
Por la Luna recién marcada que ahora portaba un poder que no le pertenecía al Norte… ni a los lobos.
Esa misma noche, Lux se movió.
La habitación estaba sumida en la penumbra, un silencio denso que presagiaba lo inevitable. Hanna observaba a Conall, sus labios se movían en una danza de sonidos que le resultaban familiares y a la vez extraños. La lengua que pronunciaba era como un eco de un tiempo remoto, una melodía perdida entre los hilos del tiempo. Esa lengua antigua, prohibida, representaba todo lo que había sido olvidado y lo que debería nunca haber sido recordado.
El hada, aunque pequeña y etérea, proyectaba una energía intensa, casi palpable, que hizo que el aire temblara a su alrededor. “Está soñando con recuerdos que no son suyos”, susurró, su voz apenas un hilo en el aire. “Con vidas que no ha vivido”. Las palabras resonaron en la mente de Hanna como un canto lacerante.
Conall se movió, sentándose al borde de la cama, sus ojos fijos en el rostro de la joven. Tomó su mano con una firmeza inesperada, su unión enviando una corriente eléctrica por todo su ser. En ese instante, la marca en su piel hizo eco de su contacto; un pulso caliente que ascendió desde su brazo, atravesándose en su pecho como una puñalada. Dolió. Fue un ardor que no solo la lastimó, sino que la despertó a una realidad aterradora.
—No te soltaré —murmuró Conall, su mirada llena de determinación y desafío—. Que venga el Rey. Que venga el licántropo. Que venga quien quiera. Las palabras salieron de sus labios como una promesa, una declaración de guerra contra el destino que parecía acercarse.
Lux, en un rincón oscuro de la habitación, frunció el ceño. Su presencia era silenciosa pero inquietante; algo en su postura insinuaba que había escuchado cada palabra. Los rumores de su poder parecían cobrar vida en el instante en que su mirada se fijó en ellos. Una tensión palpable llenó el aire, como si el universo mismo estuviera conteniendo la respiración.
Hanna sentía un torbellino de emociones; miedo, confusión y una chispa de esperanza. La sombra del pasado y la amenaza del futuro convergían en ese momento, desdibujando las líneas entre lo real y lo soñado. No quería pensar en lo que podría venir, pero sabía que la batalla apenas comenzaba. Con una respiración entrecortada, se preparó para afrontar lo desconocido, armada con la fuerza de Conall a su lado y un misterioso legado que amenazaba con despertar.
Y por primera vez desde la unión, una lágrima silenciosa rodó por su mejilla.
La guerra no había empezado aún.
Pero el Norte ya estaba pagando el precio de una marca que no debía existir…
y de una Luna que jamás debió despertar.
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