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Lux de Luna - Capítulo 53

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Capítulo 53: La Luna y la Corona

Las puertas de la fortaleza del Norte se abrieron con un fuerte crujido , antiguo, como si la propia piedra protestara por lo que estaba a punto de entrar. El viento helado descendía desde la imponente montaña Pico Blanco, que tantos misterios albergaba. Conall permanecía erguido en lo alto de los escalones, las manos cruzadas a la espalda, la mandíbula tensa y la paciencia colgando de un hilo.

Los cuervos no se equivocaban nunca.

El Rey Eliseo había llegado.

La comitiva era extensa, ruidosa, exagerada. Carruajes dorados que no tenían ningún sentido práctico en el Norte, guerreros con armaduras demasiado pulidas, estandartes reales ondeando como si pretendieran recordarle a todos quién mandaba… ya quién no le gustaba nada estar allí.

Conall solo pensaba en Lux.

En su respiración débil.

En el silencio inquietante de su habitación.

En el miedo que le había dejado clavado en el pecho desde que Hanna le había dicho que el marcado había sido demasiado para ella.

Y, aun así, allí estaba. Cumpliendo como Alfa.

—Alfa Conall —saludó Eliseo al descender de su carruaje—. Qué alegría volver a estas tierras.

Conall apenas inclinó la cabeza. El gesto justo. Ni más ni menos.

—Mi Rey.

Eliseo sonriente, pero no fue una sonrisa amable. Fue una de esas sonrisas que pesan, que miden, que calculan. A su lado, Zeta descendió con elegancia estudiada. El príncipe heredero tenía el rostro serio, los ojos atentos… y una tensión apenas disimulada en los hombros.

Zeta ya sentía que algo estaba mal. Lo supo en cuanto cruzó el umbral del territorio.

La manada entera había salido a recibirlos. Algunos curiosos, otros desconfiados. Raunak y Leo se movían entre la multitud organizando, asignando, vigilando. El ambiente estaba demasiado cargado, como si el aire mismo supiera que algo iba a estallar.

Detrás del Rey descendió el Alfa Bodolf, ancho como un roble, con una sonrisa satisfecha. Y tras él, Aria.

Aria bajó del carruaje con gracia ensayada… y en cuanto sus pies tocaron el suelo, sus ojos comenzaron a buscar.

Electra.

Su única hija no estaba.

La sonrisa se le borró de inmediato.

—Maldición… —masculló por lo bajo.

Su mirada se clavó en Will, que estaba unos metros más atrás, cumpliendo su deber como guerrero personal del Alfa más temido del continente. Aria frunció la nariz con abierto desprecio.

— ¿Dónde está mi hija? —escupió, sin molestarse en saludar.

Will apretó la mandíbula.

—Ella está bien cuidada, Luna Aria.

Aria miró a Will con desprecio y siguió su camino sin mirarlo.

Sion, que estaba a su lado, no pudo evitar el comentario…

—Oye, tus suegros parecen encantados de verte.

Will le lanzó una mirada asesina.

—Calla o te arrancaré la lengua.

Conall dio un paso adelante antes de que la tensión se desviara.

—Mi beta y mi gamma se encargarán de alojarlos. La fortaleza y las casas cercanas están preparadas para la comitiva.

Raunak asintió de inmediato y comenzó a dar órdenes. Leo tragó saliva, aún inseguro, pero obedeció.

El Rey Eliseo, sin embargo, no parecía interesado en la logística.

—¿Y ella? —preguntó de pronto, sin rodeos—. ¿Dónde está Lux?

El silencio cayó como una pérdida.

Conall sintió cómo su lobo se irguió dentro de él, alerta, protector, furioso.

—Está enferma —respondió con frialdad.

Zeta alzó la mirada de golpe.

Aria sonrió apenas.

—Y más que lo estará… —pensó.

Eliseo ladeó la cabeza, curioso.

—Una pena —dijo—. Me habría gustado verla. Lux es una mestiza muy… interesante.

—Nuestros curanderos podrían ayudar —intervino Zeta—. Acelerar su recuperación.

Conall lo miró fijamente.

—No será necesario.

El Rey alzó una ceja.

—Oh, insisto en que nuestros curanderos la examinen. La Real tiene a los mejores. No puedes negarte, Alfa. —insistió Eliseo.

Conall respiró hondo. Era ahora o nunca.

—Sí que puedo negarme, su majestad. De hecho —dijo, elevando la voz lo suficiente para que todos escucharan—, quería informarlos de algo importante.

—Ahora es cuando morimos todos entre terribles sufrimientos… —expresó Leo por el enlace de la manada.

La multitud guardó silencio.

—Desde que Lux juró lealtad a la Manada de la Escarcha Feroz… nació entre nosotros un vínculo de compañeros destinados.

El mundo se detuvo.

Zeta palideció.

Su lobo rugió en su interior.

— ¡No… no habrá sido capaz, príncipe!

— ¿Compañeros? —repitió Eliseo lentamente.

Bodolf abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Aria parecía haber olvidado cómo parpadear.

—Eso es imposible —espetó Bodolf al fin—. Esa muchacha es una mestiza.

Conall dio un paso más al frente.

—Para mí, ya no lo es.

La frase cayó como una sentencia.

—Desde hace una semana —continuó—, Lux es la Luna de esta manada.

Un murmullo recorrió la entrada de la casa de la manada.

—Mi compañera. Mi Luna. La Luna del Norte.

Zeta sintió cómo algo se le rompía por dentro.

— ¿La marcaste? —preguntó con la voz demasiado tensa.

Conall mantuvo su mirada sin pestañear.

-Si.

El Rey Eliseo avanzó un paso, su expresión endureciéndose.

—¿Eres consciente de lo que has hecho?

—Perfectamente.

—Has reclamado a una hembra que estaba prometida.

—No estaba marcada —replicó Conall—. No era compañera de nadie.

—¡Era parte de un acuerdo! —rugió Eliseo—. ¡Un acuerdo político! El Alfa Bodolf me la había prometido a mí.

—¡Lux no es una moneda!

Eliseo soltó una carcajada amarga.

—Ahora resulta que los lobos del Norte dan lecciones de moral.

—¿Y qué dirá el continente cuando sepa que la gran manada del Norte ha puesto a una mestiza sin lobo en el trono lunar? —preguntó Aria, y su mirada cortante atravesó a Conall como una daga.

Conall la miró con desprecio abierto, los músculos de su mandíbula tensos y duros. No había espacio para la duda en su mente; su decisión estaba tomada, aunque ella intentara hacerle dudar.

—Dirán que mi Luna es fuerte —afirmó, su voz profunda resonando en el vasto salón, un eco que parecía desafiar la propia estructura del lugar—. Que sobrevivió a un marcado que habría matado a otras.

Zeta, que había estado observando en silencio, apretó los puños, la rabia burbujeando en su interior. Con todo lo que había luchado por mantenerse al margen de Lux, aquello era un golpe bajo.

—La has puesto en peligro —dijo, su tono firme y enérgico, mientras buscaba una forma de hacerle ver la responsabilidad que llevaba sobre sus hombros—. ¿No lo entiendes? Ella no es como nosotros.

—Ya lo sé —respondió Conall, su expresión imperturbable. Era evidente que no iba a recular, no ante las provocaciones de Zeta, ni ante el veneno disfrazado de preocupación de Aria.

—¿Y aun así lo hiciste? —insistió Zeta, su voz casi un susurro, pero cargada de incredulidad—. Has puesto tus intereses antes que la seguridad de tu manada.

—Sí —replicó Conall, sin titubear. Sabía que eso podría costarle caro. La tensión crecía, como un río desbordándose, arrastrando consigo dudas y miedos. Su respuesta era definitiva.

Eliseo, que había permanecido en un segundo plano, respiró hondo, como si estuviera conteniéndose de una explosión inminente. No podía evitar sentir que todo el equilibrio de su reino estaba a punto de colapsar.

—Esto cambia muchas cosas, Alfa —dijo finalmente, su voz temblando con la gravedad de sus palabras—. Debes ser consciente de las consecuencias. Esto no es solo una decisión personal; es política. Tierra de Lobos estará dividida, habrá quienes no lo acepten.

—No cambia mi decisión —interrumpió Conall, su tono dejando claro que no había lugar para más debate. Su mirada fija en Eliseo revelaba una mezcla de ténue confianza y desafío. No iba a dejarse intimidar.

—Podría declararte traidor —dijo Eliseo, y el desafío en su voz resonó como un retumbar lejano.

—Podrías intentarlo —replicó Conall, con un destello de furia en su mirada. No temía la ira de aquellos que pretendían cuestionar su autoridad. Era el Alfa del Norte, y esa era su palabra.

El silencio volvió a caer, esta vez cargado de algo más oscuro. Las miradas se entrelazaban, unos buscando respuestas, otros colocando en la balanza la lealtad y la justicia. La sombra de la traición comenzaba a cernirse sobre ellos, y el futuro del trono lunar se tornaba cada vez más incierto.

Finalmente, Eliseo deja escapar una sonrisa estudiada.

No era de alegría.

Era de anticipación.

—Muy bien —dijo—. Conozcamos entonces a esta Luna que ha puesto al Norte en jaque.

Conall sintió el frío colarse bajo la piel.

—Cuando esté recuperada.

—Oh, no —respondió el Rey—. Ahora tengo aún más interés en verla.

Zeta apartó la mirada.

Sabía que nada volvería a ser igual.

No escuchó el final de la conversación.

O, mejor dicho, sí lo escuchó… pero las palabras dejaron de tener forma en su cabeza en el preciso instante en que Conall pronunció “mi Luna”. Fue como si algo invisible le atravesara el pecho y se le clavara entre las costillas, directo al corazón. No era rabia. No era sorpresa. Era algo mucho más primitivo. Más sucio. Más doloroso.

Celos.

Unos celos que no podía permitirse.

Se mantuvo erguido, con la pose impecable del heredero al trono, mientras por dentro su lobo golpeaba, aullaba, arañaba las paredes de su conciencia como una bestia encerrada demasiado tiempo.

Era ella. Su compañera…

Lux.

Desde el primer momento en que la vio. Desde antes incluso de comprenderlo. El vínculo estaba ahí, incompleto, silenciado, reprimido por las normas, política y deber.

Y ahora…

Ahora otro la había marcado.

Un Alfa. Y no cualquier Alfa…

El Alfa del Norte.

Zeta presionó la mandíbula con tanta fuerza que le dolieron los dientes. Su padre seguía hablando con Conall, intercambiando frases cargadas de poder y amenaza, pero Zeta apenas podía concentrarse en no perder el control delante de todos.

No ahora.

No aquí.

No delante de él.

El Rey Eliseo no podía saberlo.

No podía saber que su hijo también era compañero de Lux.

No podía saber que ese vínculo, aunque no consumado, existía.

Porque si lo supiera… Lux dejaría de ser una persona y se convertiría en un problema político aún mayor. Un arma. Un sacrificio. Un error que debía corregirse.

Zeta no permitiría eso.

Y muy lejos de allí, en una habitación silenciosa, Lux dormía… sin saber que su nombre acababa de encender una guerra.

——————-

Las imágenes del Rey Eliseo, El Alfa Bodolf y la Luna Aria aparecerán en los comentarios.

“Ella es la Luna del Norte”

Esas palabras no desaparecieron de la mente de Zeta.

Cuando la comitiva comenzó a dispersarse y, los altos rangos del Norte se llevaron a los invitados a sus alojamientos, Zeta se adelantó y sujetó el brazo de Conall con fuerza.

—Necesito hablar contigo —dijo entre dientes.

Conall lo miró un segundo. Supo de inmediato que no era una petición.

—Ahora no es buen momento.

—Para mí sí.

Raunak intentó intervenir, pero Conall alzó la mano. Sus ojos se clavaron en Zeta con frialdad controlada.

—Cinco minutos.

Caminaron hacia un corredor lateral, lejos de oídos indiscretos. En cuanto estuvo solo, Zeta perdió la compostura.

— ¿Qué demonios crees que estás haciendo? —escupió, empujándolo contra la pared.

Conall no se movió. Ni siquiera sorprendió.

—Marcando a mi compañera.

El golpe llegó antes de que Conall terminara la frase.

Un puñetazo seco, cargado de rabia contenida.

Conall respondió de inmediato, devolviéndolo con la misma fuerza. Ambos chocaron con la pared opuesta, respirando con dificultad, los lobos rugiendo bajo la piel.

—¡No tenías derecho! —gruñó Zeta—. ¡No así!

—¿Derecho? —Conall rió con amargura—. ¿Y tú sí?

Zeta se quedó helado.

—¿Qué…?

—No soy idiota —continuó Conall—. Tu recuerdo siempre está ahí. Tú la besaste primero y has estado a punto de marcarla.

Zeta apretó los puños.

—No podía reclamarla —admitió al fin—. No ahora. No con mi padre. No con el trono. Lux habría sido destruida.

—Y aun así la deseas.

—¡Claro que sí! —rugió—. ¡Es mi compañera! Aunque no pueda marcarla… aunque no pueda decirlo en voz alta.

El silencio se tensó entre ambos.

—Yo la protegí a mi manera —continuó Zeta, con la voz quebrada—. Manteniéndola lejos de la corte. Lejos de él. Lejos de todo lo que podría usarla.

—Y yo la protegí reclamándola —replicó Conall—. Aquí. Donde nadie volverá a tocarla sin morir por ello.

Zeta cerró los ojos un segundo.

—Si mi padre lo descubre… Vendrá una guerra.

—Ya vino —dijo Conall—. Solo que aún no la has visto.

Zeta abrió los ojos, llenos de frustración y algo más oscuro.

—No he terminado contigo, Alfa.

—Ni yo contigo, Príncipe.

Zeta se apartó bruscamente.

—Esto no quedará así —advirtió—.

Se dio la vuelta sin esperar respuesta.

Mientras caminaba, su lobo aullaba de impotencia.

No podía reclamarla.

No podía decir la verdad.

Pero tampoco iba a perdonar.

Y eso, Zeta lo sabía, se convertiría en el enemigo más peligroso que Conall tendría jamás.

——————–

Las expresiones eran un auténtico caos.

El pueblo celebraba. Cantaban, brindaban, golpeaban los vasos contra las mesas improvisadas y gritaban el nombre de Lux como si siempre hubiera pertenecido a la manada. Para la Escarcha Feroz, la llegada de una Luna no era solo un acontecimiento: era una bendición largamente esperada. Las hogueras ardían con más fuerza, los lobos aullaban desde los límites del bosque y la fortaleza vibraba con una alegría casi salvaje.

Pero a pocos metros de allí, el aire era otro.

Espeso. Denso. Cortante.

La Real observaba la escena como si se tratara de una obra mal ensayada. La familia de Lux no celebraba. No sonreía. No brindaría. Sus rostros eran máscaras tensas, rígidas, llenas de cálculos y silencios peligrosos.

Zeta, en particular, parecía una estatua a punto de resquebrajarse.

Miraba a Conall con una ira tan viva que casi podía sentirse en la piel. Sus puños estaban cerrados, los nudillos blancos, el pecho subiendo y bajando con una respiración forzada. Por dentro, su lobo rugía sin descanso.

— El Alfa del Norte debe morir. Debe desaparecer.

—Lo sé… —respondió Zeta en silencio, con los dientes apretados, intentando mantener a raya a la bestia que exigía sangre.

No podía meterse entre ellos. No podía romper el vínculo. No podía reclamar lo que también era suyo.

Y eso lo estaba destrozando.

Eliseo fue el primero en romper el tenso equilibrio. Dio un paso al frente, con esa sonrisa pulida que usaba cuando algo no le gustaba en absoluto.

—Vaya sorpresa, mi estimado Alfa —dijo, con un tono tan amable que resultaba insultante—. Qué casualidad que hayas encontrado a tu compañera justo ahora.

La palabra casualidad cayó como una piedra.

Conall no se inmutó. Su postura era firme, su expresión tranquila, pero sus ojos… sus ojos estaban alerta, afilados.

—Soy afortunado —respondió sin dudar—. Cuando ya había abandonado la esperanza de encontrar a mi otra mitad, apareció Lux para completar mi vida.

Un murmullo recorrió a los presentes. Para algunos fue romántico. Para otros, una provocación directa.

Aria ladeó la cabeza, con una sonrisa venenosa.

—Solo tú puedes sentir ese supuesto vínculo, Alfa —intervino—. ¿Y si crees que lo es… pero en realidad no lo es?

La uña se hundió. Justo donde más dolía.

Conall sonrió, pero no había humor en ello.

—¿Crees que no puedo reconocer a mi alma gemela?

Aquello fue demasiado.

Desde un extremo del grupo, Leo se inclinó apenas hacia Raunak, conectándose con él a través del vínculo mental.

—¿Desde cuándo nuestro Alfa es tan cursi?

Raunak ni siquiera lo miró. Sus ojos estaban fijos en Eliseo, en la tensión de su mandíbula, en la forma en que sus dedos tamborileaban contra el bastón ceremonial.

—Esto se va a poner muy feo —respondió—. Basta verle la cara al Rey para temer lo peor.

—Ponerse a la Corona en contra no entraba en nuestros planes futuros —añadió Leo, tragando saliva. —Espero que Conall sepa lo que está haciendo.

Raunak dudó un segundo ante de respuesta.

—Y ¿si ya no es solo Conall?

Leo frunció el ceño.

—¿Crees que el licántropo ya ha tomado posesión de él?

—Espero que no —contestó Raunak—. Porque si es así… esto ya no es política. Es guerra.

Mientras tanto, Zeta seguía observando. Cada gesto entre Conall y la idea de Lux como su Luna era una cuchillada. Su lobo empujaba, exigía, reclamaba.

— Ella debería estar a tu lado. No con él.

Pero Zeta no se movió. No todavía.

Sonrió lentamente, con una promesa oscura brillándole en los ojos.

Aquella celebración… no era el final de nada.

Era apenas el principio.

El Rey no tardó en retomar la palabra, como si necesitara reafirmar su autoridad tras el anuncio que había sacudido a todos.

—Será mejor que hablemos a solas, Alfa —dijo Eliseo, con una sonrisa que no alcanzaba a sus ojos—. He venido con el Alfa Bodolf para arreglar esos asuntos que nos tienen… algo preocupados.

Conall inclinó apenas la cabeza, lo justo para no parecer sumiso.

—Por supuesto. Después de la cena podremos ponernos al día.

Aquello sonó educado. Demasiado educado para lo que realmente bullía bajo la superficie.

Mientras el Rey se giraba para hablar con Bodolf y Aria, Zeta aprovechó la distracción. Rompió la formación sin pedir permiso, atravesando el gentío con pasos largos y decididos. No había nada diplomático en su forma de avanzar. Era pura furia contenida.

Conall lo vio venir.

Cuando el príncipe se detuvo frente a él, quedaron a escasos centímetros. Dos alfas en potencia midiéndose con la mirada. El aire entre ambos se tensó como una cuerda a punto de romperse.

—¿Se te ha perdido algo, mi príncipe? —preguntó Conall con una calma que era casi una provocación—. ¿O vienes a reclamar lo que ya no te pertenece?

Zeta apretó la mandíbula.

—¿Qué le has hecho? ¿Por qué no la hemos visto aun?

La pregunta salió baja, cargada de veneno.

Conall no apartó la mirada.

—La he marcado —respondió sin rodeos—. Y al parecer… el proceso la ha extasiado más de lo esperado. Ya conoces mi virilidad ¿verdad?

Zeta sintió cómo algo se le rompía por dentro.

El lobo rugió, arañándole la conciencia.

— ¡Mátalo! ¡Despelléjalo ahora!

—Haré que te arrepientas de esto, Alfa —escupió Zeta, con la voz temblándole de rabia—. Te lo juro.

Conall ladeó la cabeza, estudiándolo como si fuera un problema menor, aunque en el fondo sabía que no lo era.

—Será mejor que ella sea mi Luna —replicó— y no una atracción para tu padre. ¿No te parece?

Aquello fue un golpe directo.

Zeta abrió la boca para protestar, pero las palabras se le quedaron atascadas.

—Nunca dejaría que mi padre pusiera un dedo encima de ella —dijo al fin, con firmeza.

Conall sonrió, esta vez sin humor alguno.

—Sabes que no puedes protegerla.

Silencio.

Una verdad incómoda se instaló entre ambos.

—Nunca dirás que es tu compañera —continuó Conall, bajando la voz—. Y no vas a ir en contra de tu padre. No ahora. No cuando todo el continente te observa.

Zeta se estremeció.

Porque era cierto.

Por muy fuerte que fuera su vínculo, por mucho que su lobo reclamara a Lux como suya, él estaba atado por la Corona, por la sangre, por las expectativas. Decir la verdad significaba debilidad. Guerra abierta. Caos.

—No puedo dejar de pensar en ella —admitió al final, con un hilo de voz que solo Conall pudo oír.

El Alfa del Norte suspiró despacio mientras su lobo soltaba una de las suyas.

—Uff… este intruso nos dará muchos dolores de cabeza.

Zeta levantó la vista, los ojos encendidos.

—No renunciaré a Lux. Ella me ha correspondido. Sé que me quiere.

Conall dio un paso al frente. No fue una amenaza abierta, pero lo parecía.

—¡Aléjate de ella! —rugió sin piedad. — Ahora es mi Luna —dijo con firmeza—. Y es muy grave desear a la compañera de otro lobo.

El lobo de Conall gruñó satisfecho en su interior.

— Asegúrate de que lo entienda. Que retroceda.

Zeta apretó los puños.

—Buscaré la manera de llevármela al palacio —dijo, con una calma peligrosa—. Y cuando esté a mi lado, la marcaré. Ya veremos qué vínculo prevalece más.

Durante un segundo, el mundo pareció detenerse.

Los ojos de Conall brillaron con algo oscuro, antiguo.

—Si intentas tocarla —respondió en un susurro helado—, no habrá Corona ni rey que pueda salvarte.

Zeta sostuvo su mirada, sin ceder.

—Esto no ha terminado, Alfa.

—No terminará bien para ti —contestó Conall.

El príncipe dio media vuelta y regresó junto a su padre, con la espalda recta y el rostro impasible. Nadie que los observara desde fuera habría imaginado la guerra silenciosa que acababa de declararse.

Conall se quedó inmóvil unos segundos más.

Pensó en Lux. En su respiración tranquila. En su debilidad tras la marca. En el peligro que ahora la rodeaba desde todos los frentes.

La Luna del Norte…

Y el detonante de una guerra que ya nadie podía detener.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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