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Lux de Luna - Capítulo 54

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Capítulo 54: La ira del príncipe heredero

“Ella es la Luna del Norte”

Esas palabras no desaparecieron de la mente de Zeta.

Cuando la comitiva comenzó a dispersarse y, los altos rangos del Norte se llevaron a los invitados a sus alojamientos, Zeta se adelantó y sujetó el brazo de Conall con fuerza.

—Necesito hablar contigo —dijo entre dientes.

Conall lo miró un segundo. Supo de inmediato que no era una petición.

—Ahora no es buen momento.

—Para mí sí.

Raunak intentó intervenir, pero Conall alzó la mano. Sus ojos se clavaron en Zeta con frialdad controlada.

—Cinco minutos.

Caminaron hacia un corredor lateral, lejos de oídos indiscretos. En cuanto estuvo solo, Zeta perdió la compostura.

— ¿Qué demonios crees que estás haciendo? —escupió, empujándolo contra la pared.

Conall no se movió. Ni siquiera sorprendió.

—Marcando a mi compañera.

El golpe llegó antes de que Conall terminara la frase.

Un puñetazo seco, cargado de rabia contenida.

Conall respondió de inmediato, devolviéndolo con la misma fuerza. Ambos chocaron con la pared opuesta, respirando con dificultad, los lobos rugiendo bajo la piel.

—¡No tenías derecho! —gruñó Zeta—. ¡No así!

—¿Derecho? —Conall rió con amargura—. ¿Y tú sí?

Zeta se quedó helado.

—¿Qué…?

—No soy idiota —continuó Conall—. Tu recuerdo siempre está ahí. Tú la besaste primero y has estado a punto de marcarla.

Zeta apretó los puños.

—No podía reclamarla —admitió al fin—. No ahora. No con mi padre. No con el trono. Lux habría sido destruida.

—Y aun así la deseas.

—¡Claro que sí! —rugió—. ¡Es mi compañera! Aunque no pueda marcarla… aunque no pueda decirlo en voz alta.

El silencio se tensó entre ambos.

—Yo la protegí a mi manera —continuó Zeta, con la voz quebrada—. Manteniéndola lejos de la corte. Lejos de él. Lejos de todo lo que podría usarla.

—Y yo la protegí reclamándola —replicó Conall—. Aquí. Donde nadie volverá a tocarla sin morir por ello.

Zeta cerró los ojos un segundo.

—Si mi padre lo descubre… Vendrá una guerra.

—Ya vino —dijo Conall—. Solo que aún no la has visto.

Zeta abrió los ojos, llenos de frustración y algo más oscuro.

—No he terminado contigo, Alfa.

—Ni yo contigo, Príncipe.

Zeta se apartó bruscamente.

—Esto no quedará así —advirtió—.

Se dio la vuelta sin esperar respuesta.

Mientras caminaba, su lobo aullaba de impotencia.

No podía reclamarla.

No podía decir la verdad.

Pero tampoco iba a perdonar.

Y eso, Zeta lo sabía, se convertiría en el enemigo más peligroso que Conall tendría jamás.

——————–

Las expresiones eran un auténtico caos.

El pueblo celebraba. Cantaban, brindaban, golpeaban los vasos contra las mesas improvisadas y gritaban el nombre de Lux como si siempre hubiera pertenecido a la manada. Para la Escarcha Feroz, la llegada de una Luna no era solo un acontecimiento: era una bendición largamente esperada. Las hogueras ardían con más fuerza, los lobos aullaban desde los límites del bosque y la fortaleza vibraba con una alegría casi salvaje.

Pero a pocos metros de allí, el aire era otro.

Espeso. Denso. Cortante.

La Real observaba la escena como si se tratara de una obra mal ensayada. La familia de Lux no celebraba. No sonreía. No brindaría. Sus rostros eran máscaras tensas, rígidas, llenas de cálculos y silencios peligrosos.

Zeta, en particular, parecía una estatua a punto de resquebrajarse.

Miraba a Conall con una ira tan viva que casi podía sentirse en la piel. Sus puños estaban cerrados, los nudillos blancos, el pecho subiendo y bajando con una respiración forzada. Por dentro, su lobo rugía sin descanso.

— El Alfa del Norte debe morir. Debe desaparecer.

—Lo sé… —respondió Zeta en silencio, con los dientes apretados, intentando mantener a raya a la bestia que exigía sangre.

No podía meterse entre ellos. No podía romper el vínculo. No podía reclamar lo que también era suyo.

Y eso lo estaba destrozando.

Eliseo fue el primero en romper el tenso equilibrio. Dio un paso al frente, con esa sonrisa pulida que usaba cuando algo no le gustaba en absoluto.

—Vaya sorpresa, mi estimado Alfa —dijo, con un tono tan amable que resultaba insultante—. Qué casualidad que hayas encontrado a tu compañera justo ahora.

La palabra casualidad cayó como una piedra.

Conall no se inmutó. Su postura era firme, su expresión tranquila, pero sus ojos… sus ojos estaban alerta, afilados.

—Soy afortunado —respondió sin dudar—. Cuando ya había abandonado la esperanza de encontrar a mi otra mitad, apareció Lux para completar mi vida.

Un murmullo recorrió a los presentes. Para algunos fue romántico. Para otros, una provocación directa.

Aria ladeó la cabeza, con una sonrisa venenosa.

—Solo tú puedes sentir ese supuesto vínculo, Alfa —intervino—. ¿Y si crees que lo es… pero en realidad no lo es?

La uña se hundió. Justo donde más dolía.

Conall sonrió, pero no había humor en ello.

—¿Crees que no puedo reconocer a mi alma gemela?

Aquello fue demasiado.

Desde un extremo del grupo, Leo se inclinó apenas hacia Raunak, conectándose con él a través del vínculo mental.

—¿Desde cuándo nuestro Alfa es tan cursi?

Raunak ni siquiera lo miró. Sus ojos estaban fijos en Eliseo, en la tensión de su mandíbula, en la forma en que sus dedos tamborileaban contra el bastón ceremonial.

—Esto se va a poner muy feo —respondió—. Basta verle la cara al Rey para temer lo peor.

—Ponerse a la Corona en contra no entraba en nuestros planes futuros —añadió Leo, tragando saliva. —Espero que Conall sepa lo que está haciendo.

Raunak dudó un segundo ante de respuesta.

—Y ¿si ya no es solo Conall?

Leo frunció el ceño.

—¿Crees que el licántropo ya ha tomado posesión de él?

—Espero que no —contestó Raunak—. Porque si es así… esto ya no es política. Es guerra.

Mientras tanto, Zeta seguía observando. Cada gesto entre Conall y la idea de Lux como su Luna era una cuchillada. Su lobo empujaba, exigía, reclamaba.

— Ella debería estar a tu lado. No con él.

Pero Zeta no se movió. No todavía.

Sonrió lentamente, con una promesa oscura brillándole en los ojos.

Aquella celebración… no era el final de nada.

Era apenas el principio.

El Rey no tardó en retomar la palabra, como si necesitara reafirmar su autoridad tras el anuncio que había sacudido a todos.

—Será mejor que hablemos a solas, Alfa —dijo Eliseo, con una sonrisa que no alcanzaba a sus ojos—. He venido con el Alfa Bodolf para arreglar esos asuntos que nos tienen… algo preocupados.

Conall inclinó apenas la cabeza, lo justo para no parecer sumiso.

—Por supuesto. Después de la cena podremos ponernos al día.

Aquello sonó educado. Demasiado educado para lo que realmente bullía bajo la superficie.

Mientras el Rey se giraba para hablar con Bodolf y Aria, Zeta aprovechó la distracción. Rompió la formación sin pedir permiso, atravesando el gentío con pasos largos y decididos. No había nada diplomático en su forma de avanzar. Era pura furia contenida.

Conall lo vio venir.

Cuando el príncipe se detuvo frente a él, quedaron a escasos centímetros. Dos alfas en potencia midiéndose con la mirada. El aire entre ambos se tensó como una cuerda a punto de romperse.

—¿Se te ha perdido algo, mi príncipe? —preguntó Conall con una calma que era casi una provocación—. ¿O vienes a reclamar lo que ya no te pertenece?

Zeta apretó la mandíbula.

—¿Qué le has hecho? ¿Por qué no la hemos visto aun?

La pregunta salió baja, cargada de veneno.

Conall no apartó la mirada.

—La he marcado —respondió sin rodeos—. Y al parecer… el proceso la ha extasiado más de lo esperado. Ya conoces mi virilidad ¿verdad?

Zeta sintió cómo algo se le rompía por dentro.

El lobo rugió, arañándole la conciencia.

— ¡Mátalo! ¡Despelléjalo ahora!

—Haré que te arrepientas de esto, Alfa —escupió Zeta, con la voz temblándole de rabia—. Te lo juro.

Conall ladeó la cabeza, estudiándolo como si fuera un problema menor, aunque en el fondo sabía que no lo era.

—Será mejor que ella sea mi Luna —replicó— y no una atracción para tu padre. ¿No te parece?

Aquello fue un golpe directo.

Zeta abrió la boca para protestar, pero las palabras se le quedaron atascadas.

—Nunca dejaría que mi padre pusiera un dedo encima de ella —dijo al fin, con firmeza.

Conall sonrió, esta vez sin humor alguno.

—Sabes que no puedes protegerla.

Silencio.

Una verdad incómoda se instaló entre ambos.

—Nunca dirás que es tu compañera —continuó Conall, bajando la voz—. Y no vas a ir en contra de tu padre. No ahora. No cuando todo el continente te observa.

Zeta se estremeció.

Porque era cierto.

Por muy fuerte que fuera su vínculo, por mucho que su lobo reclamara a Lux como suya, él estaba atado por la Corona, por la sangre, por las expectativas. Decir la verdad significaba debilidad. Guerra abierta. Caos.

—No puedo dejar de pensar en ella —admitió al final, con un hilo de voz que solo Conall pudo oír.

El Alfa del Norte suspiró despacio mientras su lobo soltaba una de las suyas.

—Uff… este intruso nos dará muchos dolores de cabeza.

Zeta levantó la vista, los ojos encendidos.

—No renunciaré a Lux. Ella me ha correspondido. Sé que me quiere.

Conall dio un paso al frente. No fue una amenaza abierta, pero lo parecía.

—¡Aléjate de ella! —rugió sin piedad. — Ahora es mi Luna —dijo con firmeza—. Y es muy grave desear a la compañera de otro lobo.

El lobo de Conall gruñó satisfecho en su interior.

— Asegúrate de que lo entienda. Que retroceda.

Zeta apretó los puños.

—Buscaré la manera de llevármela al palacio —dijo, con una calma peligrosa—. Y cuando esté a mi lado, la marcaré. Ya veremos qué vínculo prevalece más.

Durante un segundo, el mundo pareció detenerse.

Los ojos de Conall brillaron con algo oscuro, antiguo.

—Si intentas tocarla —respondió en un susurro helado—, no habrá Corona ni rey que pueda salvarte.

Zeta sostuvo su mirada, sin ceder.

—Esto no ha terminado, Alfa.

—No terminará bien para ti —contestó Conall.

El príncipe dio media vuelta y regresó junto a su padre, con la espalda recta y el rostro impasible. Nadie que los observara desde fuera habría imaginado la guerra silenciosa que acababa de declararse.

Conall se quedó inmóvil unos segundos más.

Pensó en Lux. En su respiración tranquila. En su debilidad tras la marca. En el peligro que ahora la rodeaba desde todos los frentes.

La Luna del Norte…

Y el detonante de una guerra que ya nadie podía detener.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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